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El orden liberal llega a su fin

Por Tomás Peña

De Ucrania a Medio Oriente, y de Washington a Beijing, las grandes crisis actuales parecen responder a una misma lógica: el declive del orden liberal y el regreso de una política internacional marcada por la competencia entre potencias.


La política internacional atraviesa una transición de profunda magnitud histórica. El orden liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial y consolidado después de la caída de la Unión Soviética evidencia signos crecientes de desgaste, fragmentación y pérdida de legitimidad. La guerra en Ucrania, el conflicto en Medio Oriente, la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, la crisis energética, el debilitamiento del multilateralismo y el avance de liderazgos nacionalistas reflejan una transformación estructural del sistema internacional.

El mundo ingresó en una etapa de creciente unilateralismo, donde las potencias ya no buscan preservar el orden internacional, sino instrumentalizarlo en función de sus intereses inmediatos. La principal consecuencia de este fenómeno es la erosión de las instituciones multilaterales, la pérdida de previsibilidad estratégica en base a la asimetría del poder global, y la consolidación de un escenario internacional dominado por la incertidumbre. El mundo siempre fue un caos, pero al menos tenía un rumbo. La pregunta ya no parece girar en torno de si la ONU es fiel sirviente o no a los propósitos y objetivos mundiales, a los intereses y las reglas que ordenan el tablero mundial, sino cuándo va a quedar obsoleta. Cuándo el orden moderno, amparado en normativa que proteja y pacifique, va a ser declarado inoperante frente la crisis, la voluntad del poder, y la influencia del interés geoeconómico.

La transformación del comportamiento estadounidense constituye uno de los ejes más importantes de este diagnóstico. Durante décadas, Estados Unidos se presentó como el garante principal del orden liberal internacional basado en reglas. Ese sistema, construido luego de 1945, descansaba sobre instituciones como Naciones Unidas, el FMI, el Banco Mundial, la OTAN y un entramado de normas jurídicas destinadas a evitar conflictos interestatales de gran escala. Incluso durante la Guerra Fría, Washington buscó justificar sus intervenciones militares apelando a valores universales como la democracia, la seguridad colectiva o los derechos humanos. Hoy, ese pilar remanente se convierte en una paradoja. Para un sinfín de analistas, las causas que abanderan estos postulados hoy carecen de sustento. Hoy se pelean ideologías y, en esta debacle, se erosiona lo antes expuesto. La democracia se vuelve más autoritaria, la seguridad colectiva se torna en seguridad propia, y los derechos pasan a ser para todos menos los humanos. 

Tal vez siempre existió que quien escribe las reglas las reserve, enmiende y adapte a su beneficio y tal vez sea por ello que los giros unilaterales obedezcan a una lógica realista, o de poder. No obstante, el escenario contemporáneo evidencia una mutación significativa. La política exterior estadounidense comenzó a abandonar progresivamente el paradigma del liderazgo cooperativo para adoptar rasgos cada vez más asociados al unilateralismo coercitivo.


El profesor de Relaciones Internacionales e investigador del CONICET, Federico Merke, describe este proceso señalando que Estados Unidos empezó a comportarse como un “Estado depredador”, es decir, una potencia que ya no pretende sostener el sistema internacional, sino utilizarlo selectivamente según su conveniencia estratégica.

Esta transformación puede rastrearse históricamente desde la invasión a Irak en 2003. Aquella guerra marcó un punto de inflexión porque significó la decisión de intervenir militarmente sin autorización explícita del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La administración de George W. Bush justificó la invasión alegando la existencia de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron dado que Powell y Blair jamás dieron prueba sustancial de ello.  El episodio produjo un daño profundo sobre la legitimidad internacional estadounidense. Hartos de la disuasión y contención como el matiz principal de la guerra fría, Bush trató de disfrazar una incursión militar unilateral amparándose en el Art. 51 de la Carta de Naciones Unidas, la cual le otorga a los países el derecho de legítima defensa. No estaba debidamente probado que fuera inminente un ataque en los Estados Unidos para el 2003. No pudo entonces disfrazarse de preemptivo el ataque, sino postular la doctrina Bush como una “guerra preventiva”, como consecuencia de 9/11 que, por lo menos hace 20 años, busco un quicio legal diera lugar al debate para legitimar una ofensiva ilegal.

Su paralelo más reciente serían las incursiones y operaciones militares en Venezuela perpetradas por la administración de Trump el 3 de enero del 2026. En ninguno de ambos casos hay un consenso internacional de que las acciones se adecuen al derecho de gentes, pero en el primero hubo un intento de búsqueda, en el segundo una heroización de resultados. El justificativo esgrimido por el republicanismo fue mediante la ley de Poderes de Guerra (War Powers Act), cuya jurisprudencia y opiniones legales sostuvieron que el presidente tiene una autoridad constitucional inherente para el despliegue de fuerzas armadas y para arrestar a personas acusadas de violar leyes estadounidenses en el exterior. En el caso de Maduro, imputado por narcoterrorismo, narcotráfico y conspiración, hicieron declarar el régimen como una amenaza pasible a recibir acciones militares de corto plazo sin aprobación previa del congreso. Constitucionalmente, incluso para abogados, legisladores y doctrinarios del derecho internacional, coinciden que un cargo penal no justifica un ataque militar, y que, sin estar frente a la gravedad de un agravio o amenaza inminente, no hay lugar para esquivar al congreso. 


Por su parte, el politólogo John Mearsheimer, uno de los máximos exponentes del realismo ofensivo, sostuvo que las grandes potencias siempre persiguen maximizar su poder relativo para garantizar su supervivencia. Desde esa perspectiva, la conducta estadounidense no representa una anomalía, sino la expresión natural de una potencia hegemónica en declive relativo.

“El objetivo de los estados es ser el más grande y poderoso del barrio, porque si eres el más grande y poderoso del barrio, es muy improbable que cualquier otro estado te desafíe simplemente porque eres muy poderoso.”

John J. Mearsheimer

Sin embargo, la novedad actual radica en que Washington parece haber abandonado incluso la necesidad de legitimar normativamente sus acciones. La política exterior de Donald Trump profundizó esta tendencia. Su lógica internacional combinó nacionalismo económico (una segunda dosis de “America First” pero potenciado), confrontación comercial y una marcada desconfianza hacia los organismos multilaterales (Trump retiró a Estados Unidos de 66 organizaciones y tratados internacionales incluyendo a 31 agencias de la ONU). El retiro estadounidense de acuerdos internacionales, las amenazas a aliados históricos y la utilización sistemática de sanciones económicas, embargos comerciales y restricciones a terceros como herramienta diplomática reflejan una política exterior basada en la coerción antes que en el consenso.

En consecuencia, hay una priorización de objetivos tácticos inmediatos por encima de cualquier estrategia de estabilidad global de largo plazo. Ahora bien, el problema central no es únicamente militar, sino político e institucional y cuando una superpotencia actúa unilateralmente y sin mecanismos efectivos de rendición internacional, el sistema global entero pierde previsibilidad.

El historiador británico Adam Tooze sostiene que el siglo XXI está marcado por una “policrisis”, es decir, una acumulación simultánea de crisis financieras, climáticas, energéticas, militares y políticas que se retroalimentan mutuamente. La guerra en Medio Oriente ilustra perfectamente esta lógica. Un conflicto regional ya no permanece contenido dentro de fronteras geográficas específicas: impacta sobre el precio del petróleo, altera cadenas logísticas globales, modifica mercados financieros y produce efectos políticos internos en países alejados del escenario bélico.

Podemos decir que, el estrecho de Ormuz, constituye uno de los ejemplos más claros de la interdependencia contemporánea. Aproximadamente un quinto del petróleo comercializado globalmente circula por esa vía marítima estratégica. Cualquier amenaza sobre su estabilidad genera inmediatamente incrementos en el precio internacional del crudo y tensiones inflacionarias globales. Esto demuestra cómo la globalización incrementó la vulnerabilidad sistémica de la economía mundial. 

Por otro lado, Irán comprendió que la forma más efectiva de responder a Estados Unidos no era necesariamente mediante una confrontación militar convencional directa, sino atacando la infraestructura económica regional. Esta observación remite a una transformación más amplia de la guerra contemporánea. Los conflictos actuales ya no se limitan exclusivamente al campo militar tradicional. Las potencias utilizan herramientas híbridas: ciberataques, sabotajes energéticos, manipulación financiera, operaciones de inteligencia y presión tecnológica.

Así las cosas, la guerra híbrida se consolidó como una de las características centrales del nuevo escenario internacional. Rusia utilizó esta estrategia en Ucrania mediante campañas de desinformación, ataques cibernéticos y manipulación energética sobre Europa. China aplica métodos similares a través de coerción económica, restricciones comerciales y expansión tecnológica para crear dependencia en cadenas de valor global. Estados Unidos, por su parte, emplea sanciones financieras, bloqueos comerciales y controles tecnológicos. La guerra indirecta tomó el sendero de arancelar a tus enemigos, de embargar comercialmente a Cuba, Irán, Corea del Norte, Rusia y restringirlos punitivamente.

Esto fue antedicho por el académico Joseph Nye quien definió hace años el concepto de “smart power”, es decir, la combinación de poder duro y poder blando. Sin embargo, el problema contemporáneo es que el componente coercitivo parece estar desplazando progresivamente a los mecanismos cooperativos. Las relaciones internacionales ingresaron en una lógica donde la competencia estratégica prevalece sobre la gobernanza global.


Asimismo, el sociólogo alemán Ulrich Beck hablaba de una “sociedad global del riesgo”, donde los peligros contemporáneos trascienden fronteras nacionales y ningún Estado puede controlarlos completamente. Europa enfrenta precisamente ese escenario: vulnerabilidad energética, crisis migratorias, dependencia militar y fragmentación política interna. Haber externalizado en aliados sus problemas ha demostrado, por lo menos en el caso europeo, que el BREXIT lo ha hecho a Boris Johnson un adelantado.

El ascenso de fuerzas nacionalistas y euroescépticas refleja también las dificultades del proyecto europeo. Países como Hungría, Italia o incluso Francia muestran el crecimiento de discursos críticos hacia la integración supranacional. La guerra, la inflación y las crisis económicas fortalecieron tendencias políticas más proteccionistas y soberanistas. Se erosiona, nuevamente, la mera idea de que el mundo puede ser gobernado por la voluntad de todos.

El fenómeno Trump debe analizarse además como parte de una transformación más amplia de las democracias occidentales. La polarización política, el deterioro de las clases medias y la desconfianza hacia las élites tradicionales alimentaron el surgimiento de liderazgos populistas de derecha e izquierda.

Trump no representa una anomalía exclusivamente estadounidense, sino la expresión norteamericana de una crisis global de representación. El filósofo italiano Antonio Gramsci sostenía que las crisis históricas ocurren cuando “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”. El sistema internacional actual parece atravesar precisamente ese momento. El orden liberal posterior a la Guerra Fría perdió capacidad de organización global, pero todavía no existe un nuevo equilibrio estable que lo sustituya ¿Estamos ante un “sálvese quien pueda” o aún persiste algo de aquella premisa que sostiene que nadie se salva solo?

La disputa entre Washington y Beijing ya no es únicamente comercial. Incluye inteligencia artificial, semiconductores, infraestructura digital, control marítimo y liderazgo tecnológico. El politólogo Graham Allison popularizó la idea de la “trampa de Tucídides”, mencionada por Xi Jing Ping en su reunión con Trump el pasado mes, según la cual las guerras suelen producirse cuando una potencia emergente desafía a una potencia dominante. Aunque una confrontación militar directa entre Estados Unidos y China sigue siendo improbable debido al costo nuclear y financiero, la rivalidad estructural entre ambos países define gran parte de la política internacional contemporánea. Xi insiste en adaptarse al juego global; Trump parece priorizar gobiernos funcionales a sus intereses estratégicos como la búsqueda inquebrantable del petróleo venezolano, antes que transformaciones democráticas profundas. Por todo ello, el contexto denota que el discurso liberal-democrático perdió capacidad de legitimación universal.

La crisis cubana constituye otro ejemplo relevante. Cuba enfrenta un deterioro económico extremadamente severo producto de sanciones, crisis productiva y emigración masiva. Sin embargo, cualquier intento de colapso abrupto del régimen podría desencadenar una crisis humanitaria regional de enormes dimensiones. Aquí aparece otra tesis importante de Merke: destruir un Estado suele ser mucho más sencillo que reconstruirlo. Afganistán, Irak y Libia constituyen ejemplos paradigmáticos de intervenciones occidentales que lograron derrotas militares rápidas, pero fracasaron completamente en la construcción posterior de estabilidad institucional.


Resulta menester mencionar a Francis Fukuyama, quien en los años noventa proclamó “el fin de la historia”, terminó reconociendo posteriormente que construir instituciones estatales funcionales representa uno de los desafíos más complejos de la política contemporánea. Las guerras modernas en Libia, Irán y Ucrania demuestran que la superioridad militar no garantiza estabilidad política. La política internacional contemporánea también evidencia un retorno de la geopolítica clásica. El control territorial, las rutas marítimas, los recursos energéticos y las zonas de influencia recuperaron la centralidad estratégica. Durante los años noventa predominó la idea de que la globalización económica reduciría progresivamente la importancia de los conflictos geopolíticos tradicionales. Esa hipótesis resultó equivocada.

Por otra parte, la invasión rusa a Ucrania mostró que las guerras convencionales entre Estados siguen siendo posibles en pleno siglo XXI. Del mismo modo, las tensiones alrededor de Taiwán revelan la importancia crítica del control marítimo y tecnológico.

Resultando que la transición energética global agrega otra dimensión estratégica fundamental. La competencia por el litio, cobre, tierras raras y tecnologías verdes redefine prioridades geopolíticas. Países anteriormente periféricos adquieren relevancia debido a sus recursos naturales críticos pero no por ello cuentan con el margen de maniobra necesario para entenderse ganadores en el tiempo. El Congo genera más del 73% del Cobalto, pero China controla el 60% de sus minas. El triángulo del litio (Argentina, Chile y Bolivia) concentra más del 55% del litio mundial, pero China procesa directamente el 65% del litio para convertirlo en batería.

Quizás el dato más revelador de nuestro tiempo no sea la cantidad de guerras abiertas, ni el volumen de sanciones económicas, ni siquiera el crecimiento exponencial de la inteligencia artificial. Tal vez el verdadero indicador sea otro: mientras el comercio mundial continúa transportando más de cien mil millones de dólares diarios, mientras cerca de un tercio de la humanidad acudirá a procesos electorales durante esta década y mientras la economía global sigue produciendo más riqueza que en cualquier otro momento de la historia, la sensación dominante es la de vivir en un mundo cada vez menos ordenado.

La paradoja define la época. Nunca hubo tanta interdependencia y, sin embargo, nunca pareció tan difícil construir consensos duraderos. Los primeros meses de 2026 dejaron una imagen elocuente: las grandes potencias ya no discuten qué reglas deben gobernar el sistema internacional, sino quién posee la fuerza suficiente para ignorarlas. La política global parece haber entrado en una fase donde el poder vuelve a hablar un lenguaje que creíamos archivado junto con el siglo XX.

Sin embargo, la historia rara vez concede finales definitivos. Los órdenes internacionales no caen en un instante; se erosionan lentamente hasta que una generación descubre que las certezas con las que nació ya no existen. Quizás estemos atravesando precisamente ese umbral. El mundo que emergió de 1945 envejece frente a nuestros ojos, mientras otro intenta nacer entre conflictos, crisis y disputas tecnológicas que aún no comprendemos del todo. Como escribió Gramsci, lo viejo termina de morir antes de que lo nuevo encuentre su forma. Y es allí, en esa penumbra histórica, donde hoy transita la humanidad: observando cómo se apagan los faros que durante décadas guiaron la navegación internacional, sin saber todavía cuáles serán las luces que iluminen el próximo horizonte.


Tomas Peña (Argentina): Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad de San Andrés, y columnista de Diplomacia Activa.

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