Babilon(IA)
Por Juan Francisco Baroffio
Imaginemos un mundo regido por una voluntad secreta. Una realidad en la que cada detalle, por ínfimo que sea, responde a una serie de predeterminaciones inexorables, absolutas e inapelables. Pero los que viven inmersos en ese mundo no son del todo concientes de que su vida está totalmente determinada. Llaman azar al sistema misterioso, omnímodo, que lo rige todo. Pero detrás de ese sistema, que se presenta como el mero y objetivo azar, hay un grupo humano que mueve todas las piezas. Ese grupo en las sombras ha creado, tal vez, el mayor de sus éxitos: hacer creer que no existen.

No, no estoy hablando de Peter Thiel (1967) o de cualquier otro tecnócrata u “Oligarca de Silicon Valley” que busca que la IA determine y coarte la libertad de los ciudadanos de un estado determinado (por ejemplo, del de cierto país del fin del mundo cuyo presidente ha invitado a liberar la IA). Este es el argumento de “La loteria en Babilonia”, uno de los cuentos más geniales de Jorge Luis Borges (1899-1986).
En la Babilonia del cuento, una serie de eventos, que terminaron en disturbios, marcaron el fin de una era y el comienzo de otra. “Algunos obstinados no comprendieron (o simularon no comprender) que se trataba de un orden nuevo, de una etapa histórica necesaria…” nos cuenta el narrador que, como todos los hombres de Babilionia, ha sido proconsul y esclavo.
Ese nuevo orden está regido por el azar. Nada escapa a sus inapelables dictámenes. Pero ese azar está contenido por una institución, la Lotería.
Hartos de los tiempos oscuros y del desorden, los babilonios decidieron someterse a la nueva voluntad del albur. Cada determinación de la lotería, que, por supuesto, incluye suertes adversas, es aceptada sin importar lo que depara: “Durante un año de la luna, he sido declarado invisible: gritaba y no me respondían, robaba el pan y no me decapitaban”.
Cada hombre y mujer de Babilonia vive marcado, literalmente, por un lugar en la estructura social, determinada por la lotería, que le da poder sobre otros o los somete. El tatuaje bermejo de una letra, por ejemplo, Beth o Ghimel o Aleph, encierra privilegios o servidumbres. O ambas.
“Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”, advierte León XVI en su encíclica Magnifica humanitas (2026). Y es justamente lo que ocurre en la Babilonia del cuento del autor de Ficciones.
El azar está organizado por la Lotería, esa institución que otras repúblicas ignoran “o que obra en ellas de modo imperfecto y secreto”. Y detrás de su fachada, encontramos a los verdaderos factótums: la Compañía.
El poder real es ejercido con la suma del poder público por esas personas misteriosas de las cuales nunca nos revelan su nombre, su cantidad o cómo es que llegaron a integrar el cuerpo que todo lo gobierna. Y esa capacidad de ostentar todo el poder reservado a las instituciones republicanas, no fue arrebatado mediante la fuerza. Por el contrario, el narrador nos cuenta (tal vez sin percatarse de la ironía de sus palabras) que el pueblo “logró” que la Compañía aceptara ese poder sin límites.
“La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores”. Nuestro narrador nos cuenta que algunos creen, por influencia de “heresiarcas enmascarados”, que la Compañía no existe y nunca lo ha hecho.

Alimentar el algoritmo
“Hay que recordar que los individuos de la Compañía eran (y son) todopoderosos y astutos –continúa más adelante Borges en su cuento– (…) los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y espías”. Voluntariamente los babilonios del cuento entregan también, día a día, la información que alimentaba el poder de la Compañía: “las personas malignas o benévolas depositaban delaciones en esos sitios. Un archivo alfabético recogía esas noticias de variable verdad”.
Y en esta fabulosa circulación de la información, los babilonios ya no pueden distinguir lo falso de lo real. Borges siempre trabajó con la imposibilidad de conocer la Verdad. En todo caso, cada individuo acepta unas verdades, desecha otras, disemina medias verdades o crea mentiras. Cada individuo llega a percibir, meramente, una representación de la realidad y eso termina determinado su destino.
Pero, en el caso del cuento, la Verdad ya ni siquiera se divisa como un anhelo. “La desinformación no surge con la IA, pero encuentra hoy en ella un potente multiplicador”, reflexiona León XIV en su primera encíclica. “La posibilidad de manipular contenidos, imágenes y videos expone a los ciudadanos a perspectivas parciales o engañosas”.
La reflexión y preocupación del Pontífice parece ser un eco infinito de lo que reina en la Babilonia borgesiana donde todo termina siendo divulgado “con alguna dosis de engaño”: “Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía (…) No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta”.
Sin la posibilidad de encontrar, tan siquiera, los hechos, la libertad se ve coartada. ¿Cómo decidir algún aspecto, por ínfimo que sea, si no hay conocimiento de hechos concretos? Entonces los babilonios no pueden jamás saber si el azar de la Lotería dominada por la Compañía es real o es solo una forma de manipularlos.
“Quienes disponen de poderosos recursos técnicos y económicos –y, con ellos, también de muchos recursos humanos para intervenir– tienen una gran capacidad para provocar cambios culturales y, en última instancia, para convencer a un número significativo de personas acerca de cuál es la verdad sobre el ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia, sobre la familia, e incluso sobre Dios”, leemos en el punto 133 de Magnifica humanitas.

“La lotería en Babilonia” se publicó por primera vez en el número 76 de la revista Sur, en enero de 1941. Más tarde ese mismo año integró el libro El jardín de senderos que se bifurcan, que luego sería absorbido definitivamente por Ficciones, publicado en 1944. Ocho décadas nos separan de aquel Borges.
La mayoría de sus cuentos se construyen sobre diferentes paradojas que, también, se bifurcan en otras posibilidades de interpretación. Una de las riquezas de la obra borgesiana justamente se encuentra en ese juego casi infinito de exploración que le permite al lector adentrarse, con cada relectura, en un laberinto distinto. Pero no es un laberinto pensado para perder y confundir al lector. Es un laberinto que tiene todo de juego y nada de tortura. No nos va a comer el minotauro en una vuelta de la esquina.
No es la primera vez que un texto de Borges, como el que intentamos analizar, parece adelantarse a paradigmas tecnológicos o científicos.
Su cuento “El jardín de senderos que se bifurcan” se publicó en la revista Sur en 1941. Su argumento de un espacio temporal que se bifurca y crea un nuevo espacio temporal se adelantó 16 años a la primera teoría cuántica sobre la existencia de diversos mundos posibles y paralelos del físico estadounidense Hugh Everett III (1930-1982). El principal responsable de popularizar, en la década de los 70s, la teoría de Everett, el físico Bryce DeWitt (1923-2004), incluso utilizaba el final del cuento del autor argentino para ilustrar la teoría de la Interpretación de los Muchos Mundos.
El cuento de Borges, por otro lado, había sido el primero en ser traducido al inglés y publicado en agosto de 1948 en Ellery Queen’s Mystery Magazine. Esa revista, curiosamente, era una de las favoritas de Stan Lee (1922-2018) quien muchas veces confesó haber abrevado en sus lecturas de juventud para crear sus fascinantes ficicones. Marvel comenzó a explorar las posibilidades literarias del Multiverso en 1962, en Strange Tales N° 103. En la década siguiente cimentó las bases de sus historias multiversales y en 1977 utilizó por primera vez, en el primer cómic de la serie “What If…?”, la palabra “multiverso”.
“La Biblioteca de Babel” de 1941 (hoy también en Ficciones) está considerada, en el ámbito de la tecnología, como una ficción especulativa que predijo la existencia de Internet. El físico y divulgador científico argentino Alberto Rojo explora estos cruces y muchos otros en su libro Borges y la física cuántica (2013).

Nosotros podemos darle el sentido que queramos a la obra de Borges y al arte en general. Así lo entendía el autor porteño. La literatura no pertenece a los autores, ni a las academias ni a la crítica. Le pertenece al lector, sin el cual cualquier obra solo sería un conjunto de símbolos muertos. En esa misma línea de pensamiento Borges entendía que eran los lectores los que creaban a los clásicos: cuando un grupo de personas encontraban en una obra del pasado algo que sentían que les hablaba a ellos y su tiempo, nacía un clásico.
“La lotería en Babilonia” también nos sigue hablando. Su vigencia se encuentra en esos ecos infinitos que hablan de los temores esenciales de la humanidad, del anhelo de orden y sentido en la vida, de una explicación, cualquiera sea, sobre el mundo. También nos habla del acceso a la Verdad, del poder, de la manipulación de la información y de la libertad. A 40 años de su muerte, Borges sigue más vivo que nunca entre los lectores argentinos y de todo el mundo. Borges nos sigue interpelando a cada uno de nosotros, babilónicos del siglo XXI.
Juan Francisco Baroffio: Escritor y ensayista. Instagram: (@queremoslibros). Director de Ulrica Revista.
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