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Argentina ¿Un país racista?

Por Evelin Pereyra

Mientras el mundo señala a la Argentina como un país racista, la historia, la Constitución y los hechos cuentan una versión muy distinta ¿Estamos frente a una verdad o ante la mayor «funa» internacional en la era de las redes sociales?

Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino.

Preámbulo de la Constitución de la Nación Argentina.

Durante los últimos años, la llamada cultura de la cancelación ha demostrado la velocidad con la que las redes sociales pueden condenar a una persona antes de que los hechos sean plenamente conocidos. La historia reciente ofrece numerosos ejemplos de figuras públicas cuya reputación quedó marcada durante años por relatos que, con el tiempo, se demostraron incompletos o alejados de la realidad. Uno de los casos más conocidos fue el de la cantante Taylor Swift, quien permaneció durante años en el centro de una narrativa que terminó desmoronándose cuando salieron a la luz nuevos antecedentes que evidenciaron que la versión difundida no reflejaba la totalidad de lo ocurrido. Sin embargo, lo que hasta ahora parecía reservado a personas famosas, parece haber dado un paso más. Hoy, por primera vez, la lógica de la cancelación parece haber alcanzado a un país entero.

Es solo un partido de fútbol”, frase repetida varias veces por muchas personas durante lo que fue el recorrido de la Copa del Mundo ¿Pero realmente fue solo un partido de fútbol? Al respecto el politólogo Jesús A. Núñez declaró: “Quien sigue soñando con que el deporte es una cosa y la política otra, se sale de la realidad”. El encuentro fue un acontecimiento de alcance mundial. En las tribunas se encontraban, entre otras autoridades, el presidente de los Estados Unidos, la presidente de México, el primer ministro de Canadá y el Rey de España. A ello se sumaron las repercusiones políticas posteriores, como la intervención pública de Donald Trump cuestionando una tarjeta roja mostrada a un jugador estadounidense, demostrando que el deporte trasciende el campo de juego y se convierte, muchas veces, en un escenario de disputa política, diplomática y comunicacional.

En ese contexto, tampoco resulta casual que en el desarrollo del torneo y una vez finalizado el partido, comenzara a instalarse en las redes sociales un relato que excedió lo deportivo y que terminó colocando a la Argentina en el centro de acusaciones generalizadas de racismo. Quizás, después de todo, nunca fue solo un partido de fútbol.

El punto de máxima inflexión se produjo tras el partido entre Argentina y Egipto. A partir de ese momento, el debate dejó de centrarse en lo estrictamente deportivo para trasladarse al terreno político y social. Los comentarios y las publicaciones en diferentes redes sociales fueron escalando llegando al punto de engañar a actores, cantantes, influencers y otras figuras públicas, quienes compartieron dichas publicaciones -muchas de ellas creadas con IA- como si se tratara de hechos reales, contribuyendo involuntariamente a la propagación de mensajes de odio y estereotipos contra un país que ocupaba el centro de la conversación mundial.

Está claro que, al recorrer las redes sociales, el mensaje que se repite una y otra vez es el mismo: «Argentina es un país racista». Publicaciones, videos, comentarios y miles de interacciones parecen reforzar esa idea hasta convertirla, para muchos, en una verdad indiscutible. Cada cuatros años se instala nuevamente la pregunta, de porqué la Selección Argentina no tiene jugadores negros, entre otros.

¿Argentina es realmente un país racista, o estamos frente a una generalización construida y amplificada por las redes sociales?

Sostener que Argentina es un país racista implica una afirmación categórica que difícilmente resista un análisis serio. Ello no significa desconocer que existen episodios de discriminación, xenofobia o racismo, los cuales deben ser visibilizados, condenados y sancionados. Sin embargo, una cosa es reconocer la existencia de conductas individuales o grupales, y otra muy distinta es atribuir esa característica a toda una sociedad. No nos queda otra alternativa que dejar de lado las percepciones, las publicaciones virales y los discursos instalados para acudir a los hechos, es decir, a las palabras no hay nada mejor que combatirlas con hechos.

Argentina, fue el primer país en abolir la esclavitud, con el proceso iniciado en el año 1813. La Asamblea del Año XIII prohibió el tráfico de esclavos y estableció la libertad de vientres, iniciando un proceso que culminaría con la Constitución de 1853, cuyo artículo 15 proclamó que en la Nación Argentina no había esclavos.

Claramente, la Argentina tomó un rumbo diferente al de los demás. No por ello es mejor o peor, sino que emprendió una historia distinta, otorgando libertades que muchos colonizadores aún no estaban dispuestos a reconocer a las personas esclavizadas. Del mismo modo, numerosos afroargentinos participaron voluntariamente en las guerras de la Independencia, luchando y dando su vida junto al resto de los patriotas por un ideal común: la libertad y la construcción de una Nación libre para todos sus habitantes.


Asimismo, y muy distinto de lo que suele afirmarse en las redes sociales, los afroargentinos han formado parte de la historia de nuestro país desde sus orígenes y han realizado aportes fundamentales a la construcción de la Nación. Un claro ejemplo es el Sargento Juan Bautista Cabral, recordado por haber salvado la vida del General José de San Martín en el Combate de San Lorenzo, hazaña inmortalizada en la célebre Marcha de San Lorenzo.

Otro caso emblemático es el de María Remedios del Valle, heroína afroargentina de la Guerra de la Independencia, reconocida como la «Madre de la Patria», cuyo legado es hoy homenajeado al integrar el billete de $10.000 de circulación en la República Argentina.

Estos ejemplos demuestran que la población afroargentina no fue invisibilizada por la historia nacional, sino que formó parte activa de la lucha por la independencia y continúa siendo reconocida como parte del patrimonio histórico y cultural del país.

Pero mayor aún, y de mayor peso y significancia; la Constitución Nacional Argentina invita desde 1853 “A todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo Argentino”, reflejando una clara vocación de apertura hacia quienes decidieran hacer de este país su hogar. En su artículo 20, reconoce a los extranjeros los mismos derechos civiles que a los ciudadanos. La ley de Migraciones declara que: Migrar es un derecho humano “esencial e inalienable” de la persona. Casi ningún país del mundo se animó a escribir ello en su ley, consagrándolo de forma expresa.

Ahora bien, miremos a los otros países, y podremos recordar que, la Monarquía española instauró en sus colonias americanas un sistema de castas que diferenciaba a las personas según su origen étnico y les asignaba distintos privilegios y limitaciones. En el entonces Estado Libre del Congo, administrado por Bélgica, millones de congoleños murieron como consecuencia de un régimen de explotación y violencia extrema. En los Estados Unidos, la esclavitud fue legal hasta 1865 y, tras su abolición, las leyes de Jim Crow mantuvieron durante décadas la segregación racial en escuelas, transportes, restaurantes y baños públicos. Además, el matrimonio interracial estuvo prohibido en numerosos estados hasta 1967, cuando la Corte Suprema de ese país lo declaró inconstitucional en el caso Loving v. Virginia. En la Alemania nazi, el racismo fue elevado a política de Estado y desembocó en el Holocausto. En Sudáfrica, el Apartheid institucionalizó la separación racial hasta 1994. Incluso en distintas ciudades europeas se realizaron los llamados «zoológicos humanos», donde personas provenientes de África, Asia y Oceanía eran exhibidas como atracciones, una práctica que perduró hasta bien entrado el siglo XX.

Mucho menos podemos olvidar que, no hace tanto tiempo, el mundo fue testigo de uno de los episodios de racismo más emblemáticos de la historia reciente. La muerte de George Floyd, en 2020 a manos de un policía en los Estados Unidos, dio origen al movimiento Black Lives Matter, que movilizó a millones de personas dentro y fuera de ese país para denunciar décadas de discriminación, violencia racial y racismo estructural.

Asimismo, en los últimos días se han registrado nuevos episodios que profundizan la preocupación por el patrón de actuación de agentes del ICE en los Estados Unidos. Dos personas murieron tras ser alcanzadas por disparos mientras se encontraban dentro de sus propios vehículos, cuando, según la información difundida hasta el momento, se dirigían a sus lugares de trabajo y no existían indicios públicos de que representaran una amenaza inmediata. Estos hechos, sumados a otros operativos dirigidos mayoritariamente contra comunidades migrantes latinoamericanas, alimentan el debate sobre el uso desproporcionado de la fuerza, la presunción de peligrosidad basada en perfiles raciales y las consecuencias que estas prácticas generan en poblaciones históricamente vulnerables.

Si bien los contextos institucionales de Estados Unidos y Argentina son diferentes, estos episodios permiten reflexionar sobre un problema común: la normalización de los prejuicios raciales y étnicos en el ejercicio del poder. El racismo no se expresa únicamente mediante discursos de odio, sino también cuando determinados grupos son sistemáticamente considerados más sospechosos, más peligrosos o menos merecedores de protección que el resto de la población.

Para ir terminando, y frente a estos antecedentes históricos, cabe preguntarse si resulta intelectualmente serio colocar a la Argentina en la misma categoría. Una cosa es reconocer que en nuestro país, como en cualquier sociedad, han existido y existen actos de discriminación que deben ser condenados; otra muy distinta es afirmar que la Argentina es racista o lo ha sido históricamente.

Claramente todo lo contrario, Argentina recibió a judíos, armenios, sirios, libaneses, españoles que huían de la guerra, italianos, peruanos, bolivianos, paraguayos, venezolanos, senegaleses y, más recientemente, ucranianos. Hombres y mujeres de distintas culturas, religiones y orígenes encontraron en este país un lugar donde vivir, trabajar y formar una familia. Sin muros, sin visas, sin redadas.

En Argentina nunca hubo separación, entre blancos y negros si no todo lo contrario, había que mezclarse hasta que el resultado fuera argentino.

Resulta más que llamativo, que un país mestizo sea acusado de racista. La identidad argentina no se construyó sobre una sola cultura, sino sobre el encuentro de muchas. El tango, uno de nuestros mayores símbolos, recibió una importante influencia del candombe afro-rioplatense. El mate tiene sus raíces en la cultura guaraní. Nuestro idioma cotidiano está lleno de expresiones heredadas de los italianos y españoles. En nuestras mesas conviven recetas españolas, italianas, árabes, judías, criollas y de tantos otros pueblos que hicieron de la Argentina su hogar. Porque Argentina, no borra los orígenes, los incorpora a su identidad.

Finalmente, cabe decir que, la Argentina nunca fue un país cómodo para los imperios. Como tantos otros pueblos de América Latina, hizo de la defensa de su soberanía una parte de su identidad. Y cuando un país no se arrodilla, suele ser más fácil deslegitimarlo que comprenderlo.


Evelin G. Pereyra (Argentina): Abogada. Egresada del Profesorado en Ciencias Jurídicas, Universidad Nacional de Cuyo. Docente de la Cátedra de Derecho del Trabajo, Universidad de Mendoza. Editora de redacción de Diplomacia Activa.

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