La Internacional Reaccionaria
Por Tomás Peña
Cuando el dogma reemplaza a la diplomacia, las discrepancias técnicas se vuelven confrontaciones simbólicas. La crisis entre Milei y Lula muestra hasta dónde puede erosionarse un vínculo construido durante décadas, y dónde están los límites que la economía todavía impone.

En épocas donde los discursos identitarios, encarnados por los partidos políticos tanto de izquierda como de derecha, endurecen alianzas globales desde la ideología y el dogmatismo, resulta menester efectuar un análisis que ponga el eje Buenos Aires-Brasilia como una referencia clara de que las alianzas globales, las redes de cooperación y las batallas culturales se retroalimentan de oposiciones coordinadas. Asimismo, de cómo estas se traducen al plano diplomático.
El pasado martes 4 de agosto Donald Trump revocó la visa de la embajadora en Brasil Maria Luiza Ribeiro Viotti como una respuesta a la demora brasileña sobre la aprobación del placet del nuevo embajador estadounidense designado en Brasil, Daniel Perez. Tras esta decisión diplomática, Lula da Silva se pronunció sobre el hecho calificando de “irresponsable”. La crítica del mandatario sudamericano se ampara en que esa representación lleva un año y medio acéfala, denotando el vago interés estadounidense por fortalecer el vínculo bilateral.
Previamente, Itamaraty había negado el visado de dos funcionarios norteamericanos que intentaron entrar a Brasil para tomar conocimiento de las urnas electrónicas, acción que fue duramente criticada por Flavio Bolsonaro, el hijo del ex presidente Jair Bolsonaro y actual candidato en las elecciones brasileñas. Ya en 2022 el partido criticó, infundadamente, fraudulencia en los comicios realizados por el mecanismo de voto, además de una profunda campaña de desinformación. Movida similar a la efectuada por el partido republicano norteamericano en enero del 2021, cuando se atacó el capitolio bajo un pretexto ecuánime.
Por otro lado, Brasil tomó la postura de rebajar su vínculo diplomático con la Argentina a encargado de negocios. Tras retirar a su embajador Julio Bitelli en Buenos Aires, Cancillería argentina protestó, etiquetando esta acción como una excesiva, según Quirno. Declaró que han sido 3 años de corridas ideológicas, pero no diplomáticas, según el funcionario. En paralelo, Itamaraty solicitó el regreso de Raimundi, embajador argentino en Brasilia, que regresará a su país de origen en los próximos días.
Las recientes tensiones diplomáticas deben ser comprendidas desde la intersección entre estructuras de interés y construcciones ideológicas sostenidas por liderazgos políticos. La literatura sobre relaciones internacionales distingue entre dinámicas motivadas por cálculos de poder y seguridad y aquellas en que las identidades, las normas y las narrativas adquieren primacía en la definición de la política exterior.
En los contextos actuales, la dogmatización (entendida como la cristalización de proposiciones normativas inamovibles) funciona como catalizador de fricción diplomática al convertir discrepancias técnicas en confrontaciones simbólicas y políticas, restringiendo los canales de negociación y favoreciendo respuestas performativas que influyen a su vez en los procesos electorales domésticos.


La instrumentalización electoral desempeña un papel amplificador. En periodos de contienda, las narrativas que enfatizan la defensa del mercado interno o la protección de “valores nacionales” derivan en una aversión elevada a las concesiones públicas. La literatura sobre política exterior subraya que los actores políticos (particularmente aquellos cuya legitimidad depende de discursos identitarios) tienen incentivos para adoptar posturas intransigentes frente a socios tradicionales cuando perciben que una concesión sería interpretada como debilidad ante el electorado.
En consecuencia, la diplomacia de “alto perfil” sustituye a la diplomacia técnica y discreta, incrementando la probabilidad de escaladas que se manifiestan en expulsiones diplomáticas, imposición de barreras comerciales y campañas mediáticas de deslegitimación. Estudios empíricos sobre sanciones y relaciones asimétricas destacan que la respuesta del Estado receptor frecuentemente se orienta hacia medidas de resistencia simbólica y práctica (contramedidas diplomáticas, diversificación de alianzas) que profundizan ciclos de represalia. Todo ello propicia la pendularidad en las relaciones bilaterales, haciendo que los consensos de décadas se desvanezcan en tiempos de mandatarios disruptivos. Tal infortunio, es solo palpable en tiempos modernos.
El rebaje de las relaciones diplomáticas representa, para la parte brasileña, una irrupción de Milei en la campaña presidencial. Ya agravada por los intercambios de público y notorio contra da Silva, en el viaje reciente de Milei al acto de campaña de Flavio Bolsonaro, respaldan que las descalificaciones personales directas dogmatizan las relaciones exteriores y desplazan el pragmatismo tradicional empleado en canales oficiales. Vale recordar que, en el inicio de la presidencia de Milei, Lula ofreció custodia y protección diplomática tras el desconocimiento mutuo de los resultados electorales en Venezuela y luego de la expulsión de la misión diplomática argentina en Caracas. Ello permitió proteger el edificio y a los asilados políticos opositores.
El intercambio de agravios personales entre ambos presidentes no constituye una vertiente identitaria de la diplomacia argentina, que destaca por su habilidad de negociar, mediar y apaciguar. Por el contrario, desestima por completo el espíritu de la profesión diplomática normativizado en la Convención de Viena de 1961, por el cual los estados se comprometen a no intervenir en asuntos internos, adecuarse a sus reglas y negociar por medios pacífico. El resultado de la degradación en la relación es un resultado concordante a las declaraciones de Quirno posteriores: “las diferencias con el gobierno brasileño son ideológicas”.
Dista de la realidad resumir, o peor aún, justificar, los improperios en el dogma. “ladrón” y “basura socialista” o, cómo Milei se refirió al ministro del Tribunal Superior Federal, “basura calva», son los nuevos modos de la política exterior argentina. Aunque entre el partido libertario y el partido de los trabajadores haya visiones diametralmente opuestas de la realidad, es evidente que la discreción, la prudencia y la cautela son menester para el servicio exterior de la nación. Y cabe resaltar que las gestiones de Kleckler, Magariños, Scioli e incluso Raimundi han elegido este norte.
El daño reputacional ocasionado, derivando en el llamado a consultas por parte de Lula a Bitelli, tiene un efecto derrame para toda la imagen de la cancillería argentina. La amplia y atípica rotación de cancilleres en la etapa de Milei (Mondino, Werthein y Quirno) demuestra que hoy ser Canciller es un rol, cuanto menos, controversial y difícil en la praxis. El dogma rebaja el músculo diplomático forjado en décadas.
Tal vez el presidente tenga razón cuando afirma ser “uno de los tres tipos más conocidos del mundo”, pero seguramente sea ingenuo creer que el mundo conoce y percibe a la Argentina por las razones que él sostiene. Rafael Grossi, un diplomático con gestiones de alto nivel, queda tercero en las elecciones para nuevo Secretario General de las Naciones Unidas, detrás de Costa Rica (Rebeca Grynspan) y Carolyn Rodrigues-Birkett (Guyana). Cabe cuestionarse, por lo menos, si el profundo alineamiento (y aislamiento) argentino, ha deteriorado la imagen que tienen los 193 países del mundo.
La figura del Ministro de Relaciones Exteriores ha sido siempre el portavoz del Presidente en el mundo. No obstante, hoy esa figura mutó a algo distinto. Primordialmente, porque es el propio Milei quien emprende giras internacionales para hacer mítines partidarios. Quirno se ha convertido en una especie de director de marketing del partido libertario en el mundo. El cargo no admite personalidades que contemplen una cancillería más pragmática que ideológica porque se barren al instante. El puesto termina quedando relegado para partidarios y no para funcionarios que representen la Argentina de todo el electorado.
El rol de un Canciller, sobre todo para destacarse, nunca ha sido tarea fácil; es un juego de doble nivel en el que debe, por un lado, ganarse la confianza de su jefe directo y, por el otro, detectar cuando se esté sobrepasando en su accionar en detrimento de los intereses nacionales. Metternich decía “adaptarse al vencedor, cooperar sin perder su propia alma, y asistir sin sacrificar su propia identidad”.
La divergencia de ambos gobiernos se ampara en un eje fundamental para el análisis de política exterior: alineamiento vs autonomía. Mientras el líder brasileño busca fortalecer el multipolarismo, estrechando lazos con el sur global y nuevos socios, Milei prioriza alineación con el norte global y hegemonía con los Estados Unidos. Lo novedoso en este último caso, es la ejecución. Un perfil es más institucionalista, aboga por el derecho internacional y confía en mecanismos de contrapeso del poder global. El otro desestima estos medios y canaliza su estilo mediante una diplomacia paragubernamental; en la que las agendas de partido y los vínculos con el sector privado catalizan las relaciones internacionales.

En los años que compartieron las presidencias de Trump y Bolsonaro, la política exterior brasileña vivió una tensión respecto a si la afinidad ideológica podía sobreponerse al interés nacional. Esta contradicción se evidenció, por un lado, en la activa coincidencia de Bolsonaro en encuentros y cumbres internacionales impulsadas por Trump, así como en votaciones en órganos internacionales (Brasil modificó patrones históricos de voto para acercarse a posiciones). Por otro lado, en la necesidad de preservar relaciones económicas con China, socio comercial cuya injerencia fue imposible de ignorar.
Este contraste se hizo particularmente visible en el mercado de las telecomunicaciones. Mientras Estados Unidos promovía una campaña internacional para excluir a Huawei del despliegue de redes 5G por razones de seguridad y competencia geopolítica, Brasil enfrentaba fuertes incentivos económicos para permitir la participación de la empresa china. La amplia presencia de Huawei en el mercado brasileño, las inversiones ya realizadas y la dependencia tecnológica de numerosos operadores limitaron la posibilidad de adoptar una postura plenamente alineada con Washington.
La actual crisis diplomática entre ambos países constituye un ejemplo de esta tensión. Si bien el vínculo político alcanzó uno de sus momentos más críticos con la rebaja de las relaciones diplomáticas al nivel de encargados de negocios y con los reiterados enfrentamientos públicos entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva, la cooperación económica e institucional no se ha interrumpido.
El vínculo bilateral con mayor peso económico para la Argentina (US$ 31.000 millones en el último periodo anual) ve hoy su diálogo político reducido. Brasil continúa siendo el principal socio comercial de Argentina, especialmente en sectores estratégicos como la industria automotriz, donde las cadenas de producción funcionan de manera integrada y dependen del comercio bilateral de autopartes y vehículos.
Asimismo, ambos países mantienen su participación en el Mercosur, preservando el arancel externo común, las negociaciones comerciales conjuntas y los mecanismos de coordinación regional. Del mismo modo, continúan vigentes los acuerdos en materia energética (como el intercambio de electricidad y gas en períodos de alta demanda) y los mecanismos de cooperación fronteriza, aduanera y sanitaria. Estos ejemplos evidencian que, pese al deterioro del diálogo político, los costos económicos e institucionales de una ruptura completa continúan actuando como un límite al alineamiento ideológico.
Tomas Peña (Argentina): Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad de San Andrés, y columnista de Diplomacia Activa.
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