Potencias medias y el derecho a no elegir
Por Axel Olivares
La política internacional parece haber reducido el mundo a una elección binaria entre aliados y adversarios. Pero mientras las grandes potencias endurecen sus esferas de influencia, una pregunta empieza a cobrar fuerza: ¿todavía existe un camino para quienes no quieren quedarse solo con un bando?

Enero de 2026, el mundo seguía asimilando la idea de que el orden mundial, tal como lo conocíamos, se encontraba al filo del ocaso. Fue en ese mes cuando las especulaciones se convirtieron en hechos con la captura de Nicolás Maduro.
Más allá de la apreciación de los resultados, los métodos dieron de qué hablar. Especialmente porque consagró una nueva forma de hacer política: un poco antigua, un poco inédita.
La “condena rotunda” o la “consternación” de todos esos acartonados comunicados perdieron relevancia ante una especie de Leviatán que entendió con exactitud las herramientas del siglo XXI y que ahora, ingresa por la puerta grande a la escena diplomática.
El “nuevo mundo”, inflexible y unilateral, parece complejo pero tiene una visión simple de la geopolítica, ya que prefiere un esquema con tintes de Guerra Fría que reduce la gran escala de actores en términos de “amigo” o “enemigo”.
Y, ¿qué pasa con los que se quedan en el medio?
Dudo que alguien se haya hecho esa pregunta. Supongo que se consideraba imposible contradecir ese sistema que se presentaba como el sumun de la realidad, trazado por quienes ya estaban hartos de tanta palabrería y querían pasar a la acción.
Antes que resistir o resignarse, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, fue el primero en expresar una nueva perspectiva, una que no cae en la ingenuidad, pero que tampoco le declara la muerte al multilateralismo.
“Parece que cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias, que el orden basado en reglas se está desvaneciendo, que los fuertes pueden hacer lo que pueden y los débiles deben sufrir lo que deben”
Mark Carney, Foro Económico Mundial en Davos en enero de 2026
El líder canadiense hizo referencia a las presunta limitación de opciones que tiene un país como Canadá. “Existe una fuerte tendencia entre los países a seguir la corriente para evitar conflictos, con la esperanza de que el cumplimiento les garantice seguridad… Pues no lo hará”.
Carney no solo cuestionó la cartilla de las grandes potencias, sino que además desnudó el sistema multilateral del cual muchos se jactaban. “Sabíamos que la idea del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa: que los más poderosos se eximirían cuando les convenía, que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o la víctima”.
Canadá, al igual que muchas otras potencias medias, participó del juego. Pero cuando las hegemonías dejaron de utilizar la integración como puente y la convirtieron en trincheras, los participantes se vieron obligados a evaluar qué tanto les convenía seguir jugando.
En ese sentido, Carney no tuvo pelos en la lengua al asegurar que “no se puede vivir bajo la mentira del beneficio mutuo a través de la integración, cuando la integración se convierte en la fuente de la subordinación”.
La palabra de Carney no es una más dentro del debate. Su carrera como presidente en el Banco de Inglaterra y el Consejo de Estabilidad Financiera del G20 le permitieron ver en primera plana el desarrollo de la economía mundial, un factor que, por lo general, antecede a la guerra.
Con esa autoridad, Carney advirtió con la severidad de un sargento que “cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo”. Para eso, hay piezas entre los escombros del multilateralismo que aún sirven para crear un nuevo sistema.
En lugar de construir muros impermeables, la complementariedad entre quienes comparten una misma situación puede ser de gran beneficio mutuo. “Esto no es multilateralismo ingenuo, ni se trata de confiar en sus instituciones. Se trata de construir coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar conjuntamente”.
Suena brillante, trascendente, hasta parece rasgar el discurso polarizante que envuelve a la geopolítica actual, pero su valor depende única y exclusivamente de su factibilidad.

Imagen | CNN en Español
¿Es posible mantenerse fuera de las etiquetas y crear una red que priorice el pragmatismo por sobre lealtades coercitivas?
Es difícil creer que se pueda desarrollar una red estratégica de países que esté por fuera de los planes de Estados Unidos, China o Rusia. Su influencia parece haber labrado la tierra incluso en los rincones más remotos del planeta.
Sin embargo, hay algo que no podría derribarse con balas ni con aranceles. Para el internacionalista español José Antonio Sanahuja, la interdependencia no es solo un efecto colateral de la globalización, es un baluarte cuya plasticidad la convierte en el arma más poderosa del mundo.
“El mundo está mucho más interconectado y es mucho más interdependiente de lo que algunas grandes potencias y algunas fuerzas políticas, soberanistas y antiglobalistas están dispuestas a admitir”, comentó el catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, en el marco del Foro Mendoza Global, celebrado en la Ciudad de Mendoza.
Para Sanahuja, todas esas potencias huérfanas de grandes consensos son hoy candidatas perfectos para la autonomía estratégica, un concepto que tomó relevancia luego de la invasión rusa a Ucrania y que inspiró a la Unión Europea a inaugurar una nueva etapa en materia de seguridad y, por supuesto, comercial, tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.
El profesor la define como la capacidad de construir asociaciones y gobernanza global compartida. Este enfoque permite que actores regionales (como la Unión Europea o América Latina) gestionen la interdependencia global de manera soberana, defendiendo sus valores e intereses propios frente a la competencia de grandes potencias sin cerrar sus fronteras ni romper con el multilateralismo.
Sanahuja siente la obligación de agregar la palabra “abierta” para que no se confunda con la idea de autarquía, pero también para que queden claras las obligaciones que una nación tiene consigo misma y con las demás.
“Tiene que construirse mediante la diversificación, mediante asociaciones con socios que sean confiables, que proporcionen predecibilidad, que estén sometidas a reglas comúnmente acordadas y sobre todo donde tengamos la certeza de que no nos vamos a hacer weaponization”, afirma. Además, agrega que la autonomía estratégica no tiene que ver con una visión realista de soft balancing o de hard balancing.
“La noción de autonomía estratégica abierta tiene en su corazón el relanzamiento del desarrollo económico y social. Sin él no hay autonomía. No la hay no solamente por razones de crecimiento económico, de capacidades económicas, sino porque además no puede haberla sino ganas a la población, a la sociedad, con un modelo de crecimiento que ofrezca expectativas económicas y sociales”.
Para sorpresa de nadie, el mejor semiconductor para una buena autonomía abierta son los tratados multilaterales. La efectividad de acuerdos como el firmado por la Unión Europea y el Mercosur recae en la garantía de que no solo uno sino miles de puentes se levantan entre pequeños y grandes productores desde ambas costas.
Aun así, la duda sigue latente: ¿puede una potencia media, por ejemplo en Occidente, tomarse el lujo de crear vínculos propios exentos de grandes compromisos con Estados Unidos? La realidad muestra una vez más que el pragmatismo siempre emerge en medio de cualquier paradigma.
“Incluso desde una lógica realista, la respuesta lógica de esos países va a ser justamente coaligarse para tratar de contrabalancear a una potencia que se ha vuelto despótica, errática, impredecible y que además busca una relación de subordinación”.
La amplitud de este ecosistema alcanza incluso a las economías regionales, una muestra más de que hay espacios disponibles en medio de tanto neorrealismo. A raíz del Tratado UE-Mercosur, centenares de empresas evalúan el horizonte que se abre a partir del acuerdo.
Pero, ¿qué influencia tiene por ejemplo la fricción entre la Comisión Europea y la Administración Trump sobre el tratado UE-Mercosur, particularmente en países como Argentina, cuyo Gobierno sostiene una sólida alineación con Washington? ¿Puede una empresa o una provincia confiar en que ese triángulo de relaciones mixtas no afecte sus negocios transnacionales?
Es ahí donde radica la magia de acuerdos como este. “Aunque los gobiernos nacionales quieran limitar la acción de los gobiernos subestatales, no pueden y además no es deseable que lo hagan”, comentó Sanahuja.

Para ilustrar esta idea trajo como ejemplo la experiencia en su propio país. Según explica, la Ley de la Acción y del Servicio Exterior del Estado en España distingue entre la política exterior —atribución exclusiva del gobierno central— y la acción exterior, entendida como la proyección internacional de las competencias que ejercen otros niveles de gobierno.
En la práctica, esto implica reconocer que provincias, municipios o regiones no solo pueden, sino que muchas veces deben desarrollar vínculos internacionales para trabajar en proyectos vinculados a la gestión de inversiones, la promoción comercial, la cooperación tecnológica o la participación en organismos regionales.
Lejos de representar una amenaza para la coherencia diplomática del Estado, Sanahuja sostiene que una delimitación clara entre política exterior y acción exterior puede potenciar la proyección internacional de un país.
La clave, afirma, reside en construir una relación basada en la lealtad institucional y en reglas claras, donde cada nivel de gobierno pueda actuar dentro de sus atribuciones. El resultado no es una fragmentación de la política exterior, sino una multiplicación de los canales mediante los cuales un país se inserta en el mundo.
En el fondo, el ejemplo español muestra que la interdependencia no solo existe entre países, sino que también atraviesa a los asuntos internos de una nación. Durante décadas la política exterior fue un monopolio casi absoluto de las cancillerías.
Hoy, en cambio, la competitividad, la innovación, las inversiones o la transición energética dependen de una red mucho más amplia de actores que no pueden pasarse todo el día en la aduana.
Dentro de esa enorme madeja que puede unir incluso al más pequeño actor, las potencias medias deben tomar decisiones. Frente a la presión por las evidentes asimetrías, el sentido común tiende a decir que la nación debe limitarse a la vieja y conocida potencia que ya no acepta un “no” por respuesta. Como dijo Maquiavelo, “nada grande fue jamás conseguido sin peligro”.
No obstante, toda esa cadena de valor —que conecta a las potencias medias con grandes potencias pero que a la vez se extiende a actores de su mismo calibre— nunca se cortó y puede seguir expandiéndose. Eso amortigua el peligro…si es que alguna vez lo hubo.
Cuando escuchamos noticias como que Trump quiere adueñarse de Groenlandia o que Rusia ya no es tan mal visto por invadir Ucrania (ya que se encuentra “en su vecindario”), hay una sensación de vértigo.
Pero quizás la cuestión no está en entender la velocidad con la que actúan las grandes potencias, sino en comprender que esperar a que el orden mundial vuelva a ser lo que fue ya no es una estrategia. La autonomía estratégica abierta no promete inmunidad frente al caos. Promete algo mucho más valioso: la posibilidad de conservar capacidad de decisión en medio de él.
Axel Olivares (Argentina): Estudiante de Comunicación Social, Universidad Nacional de Cuyo. Redactor y columnista en Diplomacia Activa.
Categorías
