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Estados Unidos y América Latina: historia de una asimetría 

Por Candela Mascetti

En el tablero latinoamericano, Estados Unidos es una de las claves para comprender el desarrollo político y económico. Sus intervenciones militares, económicas y diplomáticas han marcado al continente y a sus naciones. Entender los hechos históricos es central para anticipar los que vienen.

Desde hace décadas, la influencia estadounidense en el continente americano es evidente. La geografía, la historia compartida y los recursos naturales son algunas de las razones por las que hoy seguimos hablando de esos hechos históricos.._

Para Francisco Corigliano, Doctor en Historia y magíster en Relaciones Internacionales: «América Latina no logró hablar con una sola voz ante Estados Unidos por razones estructurales falta de estrategias coordinadas a largo plazo, dificultades económico sociales, habilidad de Washington por imponer el divide y reinarás».

¿Qué sucedió? Para comprender cómo un país ubicado al norte del continente logró tal influencia regional e internacional, primero hay que ser conscientes de las diferencias y similitudes entre América Latina y Estados Unidos.

Bases similares pero no iguales

A primera vista, las historias se parecen. Tanto Estados Unidos como los países latinoamericanos fueron colonias, libraron guerras de independencia y se asentaron sobre sus recursos naturales. Pero también existen amplias diferencias.

España e Inglaterra colonizaron sus territorios imponiendo, cada una, su propio sistema imperial. Gran Bretaña desarrolló un vasto sistema de colonias, pero les permitió cierta libertad a los colonos estadounidenses; los países latinoamericanos, en cambio, quedaron más limitados en su desarrollo económico y su organización.


A pesar de ello, las diferencias administrativas son uno de los puntos centrales. Estados Unidos fue colonia durante años, pero la Guerra de los Siete Años es una de las causas de su independencia. La corona británica buscó que las colonias fueran una de las fuentes de solvencia para los problemas económicos que arrastraba. 

En consecuencia, diversas imposiciones, conocidas como actas, fueron uno de los motivos de la protesta. La célebre frase “no taxation without representation” explica ese hecho. Los colonos no se sentían representados y, por lo tanto, se negaban a pagar los impuestos. Algunas de esas actas, como la Stamp Act, tuvieron repercusión.

Años más tarde llegaría la Tea Act. Frente al beneficio que se le daba a la Compañía de las Indias para comercializar té en las colonias, los colonos arrojaron al puerto cajas de ese insumo. En suma, ya circulaban ideas independentistas, también derivadas de lo que sucedía en Francia. Las razones revolucionarias de Estados Unidos son mucho más amplias —tema para un artículo propio—, pero lo relevante culmina en comprender que, hacia la declaración de independencia (1776), las trece colonias se unieron y llevaron adelante la creación de instituciones y las bases de su país.

Con sólidas referencias a lo conocido y heredado de los británicos, los revolucionarios firmaron el acta de independencia y crearon documentos como los Artículos de la Confederación, la Constitución de 1787 y la Declaración de Derechos, que formalmente dieron lugar a un Estado democrático.

Pero, por temor a la centralización del poder, derivaron en la creación de un poder nacional y federal. Es decir, cada provincia posee autonomía propia en ciertos tópicos. Además, se establecieron sistemas de pesos y contrapesos institucionales para que los políticos no llevaran adelante la tan temida concentración, sobre una base de creencias asentada en la libertad.

Así, la administración, la prosperidad económica y lo legal le dieron a Estados Unidos bases sólidas para el comercio y el desarrollo de un Estado estable, que comparte una ideología similar y un consenso frente a las cuestiones económicas. Es relevante mencionar que nada de esto evitó una guerra civil ni procesos de cuestionamiento político, pero sí creó bases institucionales y de valores compartidos.

En cambio, los países de América Latina tuvieron un proceso diferente. Como parte del imperio español, las colonias se fueron liberando en el siglo XIX. La falta de autoridad derivó en la existencia de juntas locales, luchas conjuntas y procesos de liberación. Sin embargo, existen legados que marcaron a los países.

Clive Thomas describe muy claramente en su texto “Entender la política latinoamericana: seis factores a considerar”,  los factores comunes de los estados:

  1. Tradición feudal: la Iglesia católica fue parte del régimen y del sistema social de las colonias. Además, grandes caudillos fueron relevantes en la política.
  1. Falta de una cultura política común: existe una conciencia omnipresente de la corrupción política en el continente. El foco está en que no hay reglas acordadas por todas las partes políticas en todos los países. Las elecciones son una forma de llegar al poder, pero durante años también lo fueron —y lo son, como sucede en Nicaragua— los golpes militares y las dictaduras.
  1. Plétora de ideologías: existe una gran diversidad de ideologías políticas en el continente.
  1. Los militares: en el continente se registran diversos golpes militares que detentaron el poder.
  2. Una montaña rusa de desarrollo político: existen alternancias, ya que a los períodos democráticos les siguen autoritarismos y la fragmentación de las ideologías.
  3. Instituciones inestables y el peso de la personalidad: las instituciones son débiles y volátiles, y muchas veces la lealtad a un líder pesa más que las reglas constitucionales. El propio Thomas menciona casos como los de Vargas en Brasil, Perón en la Argentina o Fujimori en Perú.

Estos factores ofrecen una breve explicación de las instituciones latinoamericanas. Históricamente, la región contó con ejércitos caudillistas, violencia entre facciones y la dificultad de establecer instituciones duraderas. Cómo lograr una autoridad legítima era una de las principales cuestiones, sumada a la necesidad de hacer funcionar la economía. Cada país tuvo su propio proceso y hoy cada historia es diferente. Sin embargo, gran parte de los estados del continente comparten estas características culturales, históricas y políticas.

Comprender las diferencias históricas e institucionales permite entender su desarrollo y sus posteriores implicaciones. Principalmente, Estados Unidos logró llevar adelante un sistema de creencias que no se estableció con similar solidez en América Latina.

Como señalan Douglass North, William Summerhill y Barry Weingast en Order, Disorder and Economic Change, la brecha entre las dos Américas no se explica tanto por los recursos naturales, sino las instituciones y la capacidad de acordar reglas de juego duraderas, ausente en la región. Ese sistema de creencias, en definitiva, no se estableció con la misma solidez en la región. 

Tres anillos de interés 

Esas diferencias institucionales e históricas le permitieron a Estados Unidos desarrollarse en lo económico y lo político, y adquirir capacidades y recursos que lo distinguieron dentro del continente. Queda, sin embargo, una pregunta: ¿en qué zonas, y por qué, ejerció su influencia?

Roberto Russell y Fabián Calle abordan ese interrogante en su texto “‘La periferia turbulenta’ como factor de la expansión de los intereses de seguridad de Estados Unidos en América Latina”. Según los autores, Washington llevó adelante una expansión de poder, sobre todo después de la Guerra Fría y del 11-S.

También le ponen nombre a esa dinámica: una expansión sobre la “periferia turbulenta”. La idea es que la potencia del norte se expande estableciendo una mayor presencia en busca de control político y económico. La zona es “periferia” por dos razones: la asimetría de poder político y una demarcación geográfica que fija un límite. Y es “turbulenta” porque en ella ocurren procesos capaces de afectar de manera negativa la seguridad estadounidense.

Sin embargo, no todas las periferias tienen el mismo interés para Estados Unidos. Para Russell y Calle existen tres zonas:

Primera: México, América Central, el Caribe, Colombia y Venezuela. Es la de mayor peso: control migratorio, la frontera con México, el tráfico de personas y el crimen organizado, y los altos márgenes de violencia. Cuba y Venezuela entran más por una cuestión ideológica y de recursos.

Segunda, la andina: Bolivia, Ecuador y Perú. Son importantes el narcotráfico, los recursos y el factor ideológico, con gobiernos de izquierda de estrategias opositoras a Washington.

Tercera: Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. Es la más lejana, y en ella Estados Unidos tiende a delegar en Brasil la gestión de esas cuestiones.


México es un caso particular, ya que es primera periferia por geografía, pero con una economía y una historia que lo diferencian del resto de Centroamérica. Corigliano lo analiza así: “comparte una frontera de más de 4000 kilómetros con Estados Unidos y las dos economías están interconectadas. Además, México es un importante proveedor de mano de obra barata para Estados Unidos. Y, a la vez, es uno de los principales productores de droga en la región. Esta combinación le da al vínculo Estados Unidos-México características muy distintas del resto de la región.”

A lo largo de los años, Washington implementó recursos, programas y políticas en estas zonas. El modo de hacerlo suele depender de la administración de turno: a medida que cambian los presidentes y el escenario internacional, cambian también los objetivos y las formas de aplicarlos.

En este sentido, los gobiernos suelen moverse entre políticas dogmáticas y pragmáticas. Las primeras actúan a través de las ideas: sus decisiones se justifican en un sistema de creencias. Las segundas ponen el acento en los objetivos: lo que importa, sobre todo, es el propósito. Estos términos, establecidos por Domínguez en su texto “Las relaciones Estados Unidos-América Latina: entre la ideología y el pragmatismo”, ayudan a leer la política exterior estadounidense. 

En consecuencia, según Corigliano los gobiernos siempre combinaron medidas ideológicas y pragmáticas: “Las medidas ideológicas tienen que ver con el deseo norteamericano de exportar sus valores liberal democráticos a otros países y las pragmáticas con intereses concretos de índole económica o estratégica o ambos que hacen que está exportación de valores se subordine a estos intereses».

Dos siglos de doctrinas

¿Cuál ha sido la influencia de Estados Unidos en América Latina? La historia es amplia y, en cierto sentido, variable. Hubo períodos en los que Washington llevó adelante políticas más aisladas respecto de la región, y otros en los que su influencia fue determinante.

Cada uno de esos hechos está marcado por las políticas internas del propio Estados Unidos (las administraciones cambian su visión), por la situación internacional (no solo bélica o política, sino también económica) y por las propias políticas domésticas de los Estados latinoamericanos. Para analizar ese cruce, el realismo neoclásico es una buena alternativa. Explica la política exterior como el resultado de la presión del sistema internacional filtrada por factores internos, como las percepciones de los líderes y la coyuntura doméstica

Por la extensión y el foco del artículo, no puedo repasar todas y cada una de las políticas e intervenciones estadounidenses, pero sí conviene comprender su evolución en grandes rasgos.

De Monroe a Biden, el tablero cambió de piezas pero no de lógica. La influencia estadounidense osciló entre el repliegue y la intervención, siempre según quién gobernara en Washington, de qué amenaza definiera cada época (el comunismo, el terrorismo, hoy el narcotráfico y China) y de cómo respondiera cada país de la región. Por eso ninguna doctrina se parece del todo a la anterior.

La Doctrina Donroe

Hoy, Estados Unidos aún conserva una mirada sobre el continente. Como en los gobiernos anteriores, las políticas dependen en gran medida de la administración de turno, y esta no es la excepción. Durante su segunda presidencia, Trump ha sido directo sobre su interés en la región. Según Corigliano, “Trump viene del mundo empresario y tiene un enfoque transaccional de la política. A mi modo de ver su accionar responde más al pragmatismo que a la ideología”.

Esto se ve, sobre todo, en su Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, donde el llamado “Corolario Trump” se presenta como una forma de volver a la Doctrina Monroe. La presión económica, diplomática e incluso el intervencionismo directo se hacen lugar en el territorio latinoamericano.

Entre sus principales intereses aparece México, en la primera periferia. El vínculo atraviesa un momento tenso alrededor del T-MEC: en la revisión iniciada en julio de 2026, Estados Unidos decidió no confirmar la extensión del tratado por otros dieciséis años (aunque sigue vigente hasta 2036) y ambos países entraron en una renegociación bilateral. Uno de los objetivos centrales de Washington es evitar que China utilice a México como plataforma para entrar sin aranceles al mercado estadounidense.

El caso más resonante, sin embargo, fue Venezuela. Una de las noticias del año fue la intervención estadounidense en el territorio venezolano y la captura de Nicolás Maduro, hoy expresidente y a la espera de juicio en Nueva York. Aun así, la influencia de Trump sigue latente sobre un país sumido en una profunda crisis institucional y económica, especialmente luego del reciente terremoto.

La relación con China, en cambio, es más ambigua. La estrategia de seguridad la define como una prioridad; sin embargo, este año Trump viajó a Pekín (su primera cumbre en China desde 2017) para sostener la tregua comercial con Xi Jinping. Los acuerdos de negocios, no obstante, no ocultan una rivalidad de fondo que sigue siendo de suma cero en temas como Taiwán o la inteligencia artificial.

En su gobierno también resuenan el interés por los minerales críticos de la región y la seguridad energética. Otro factor es la afinidad ideológica con varios gobiernos actuales. Una de sus expresiones fue el “Escudo de las Américas”, la cumbre que Trump convocó este año con trece jefes de Estado y de Gobierno de centro a extrema derecha afines a él, para armar una coalición contra los cárteles y el narcoterrorismo.

Como las generaciones anteriores, Trump desplegó políticas hacia América Latina a partir de una percepción de peligro que cambia según la época: antes fue el comunismo, luego el terrorismo y más tarde el narcoterrorismo, materializado en su intervención en Venezuela. Para Tokatlián, su nueva estrategia de seguridad tiene “El propósito, en consecuencia, es contener, y eventualmente revertir, la influencia china en el ‘patrio trasero’ que se autoasigna Estados Unidos”.

¿Cómo ven los estadounidenses estas posturas? Según Pew Research, ningún tema de política exterior despierta la confianza de una mayoría, y las opiniones se dividen según el partido. Cerca del 70% de los republicanos aprueba el manejo de Trump en Venezuela, frente a menos del 10% de los demócratas. Además, la tendencia es a la baja, ya que en enero un 44% confiaba en su política hacia Venezuela, pero para marzo esa cifra ya había caído.

La próxima jugada 

Por lo pronto, los temas que ocupan a la administración de Trump en América Latina son varios. En primer lugar, México y el T-MEC; Cuba, con la incertidumbre de un posible intento de cambio de régimen que siga el legado de lo ocurrido en Venezuela; y el peso de la relación con China. A eso se suma el intento de que las políticas cercanas a su propio territorio, si muestran un impacto positivo, lo beneficien frente al desgaste de la guerra con Irán.

La centralidad del narcotráfico y la migración seguiría firme, lo mismo que su intento de sostener diálogos con distintos gobiernos de la región. Sin embargo, no es de esperar que el fondo cambie. Tal como señala Corigliano, siempre “predominó un interés estratégico vinculado a los recursos naturales de América Latina que no debían caer en manos de rivales de Washington caucho petróleo estaño hoy el litio”.

Comprender la relación entre Estados Unidos y América Latina es, en el fondo, entender una asimetría que la historia repite. Las bases institucionales que separaron a las dos Américas, las periferias turbulentas, el vaivén entre dogmatismo y pragmatismo y la larga sucesión de doctrinas no son capítulos sueltos. Estas situaciones son variaciones de una misma partida. El «Corolario Trump”  actualiza a Monroe con el lenguaje de este siglo. El interrogante, entonces, no apunta al poder del norte, sino a la capacidad del sur de hacer frente a esas asimetrías estructurales.


Candela Mascetti (Argentina): Licenciada en Gobierno y Relaciones Internacionales, Maestranda en Periodismo (Universidad de San Andrés). Analista en el Observatorio de Conflictos Armados de la Escuela Superior de Guerra y redactora en Diplomacia Activa.

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