Minerales, chips e ideología
Por Cande Molina
La carrera por la inteligencia artificial ya no se libra únicamente en los laboratorios. Se disputa también en las minas de litio, las fábricas de chips y las alianzas estratégicas. ¿Cómo redefine esta competencia el orden internacional y qué lugar ocupa Argentina?

El profesor Roberto Russell, caracteriza la relación entre Estados Unidos y China como una situación de “competencia inevitable y cooperación imprescindible”. Bajo este marco, la dimensión tecnológica bilateral está atravesada por una constante pugna en donde ambas potencias buscan liderazgo. Se contempla, en este sentido, el concepto de “hegemonía compartida” del politólogo Juan Pablo Laporte, quien observa un sistema internacional estructurado entre dos grandes actores, sin que ninguno pueda reconstituir plenamente la totalidad de la preponderancia global. Entonces, la pregunta es: ¿Qué implicancias tiene la carrera tecnológica tanto para las superpotencias como para el resto del mundo? La hipótesis sostiene que la competencia tecnológica entre EEUU y China se ha convertido en una disputa geoeconómica integral, donde el control de minerales críticos, la política industrial doméstica y las narrativas ideológicas de seguridad nacional se refuerzan mutuamente para consolidar dos bloques rivales de cadenas de suministro. Para ello, el artículo se estructura sobre las siguientes variables: política exterior sobre recursos críticos, política doméstica y cuestión ideológica. Finalmente, se propone un apartado sobre la inserción de Argentina en este modelo bilateral.
En cuanto a política exterior, tanto Washington como Beijing, buscan satisfacer sus intereses en materia de seguridad económica a través de sus relaciones con socios estratégicos. El primero, en diciembre de 2025, a través del Departamento de Estado, impulsó la “Paz Silica”, iniciativa insignia en materia de inteligencia artificial (IA) y seguridad en las cadenas de suministro. Es una coalición de aliados que busca profundizar lazos con socios fiables para garantizar la seguridad económica mutua y reducir las dependencias coercitivas. A julio de 2026, cuenta con 24 miembros y opera bajo la lógica de un club cerrado de confianza. Asimismo, se observan propuestas relevantes en sectores periféricos. En mayo de 2026, se modernizó la Ley de Crecimiento y Oportunidad para África (AGOA, por su sigla en inglés). Varios medios de prensa han identificado en dicha renovación un marcado interés por la inclusión en la nueva AGOA de cuestiones vinculadas al desarrollo de los minerales críticos en los países beneficiarios del programa (que incluye a África Subsahariana).
Ello a los fines de diversificar las fuentes del suministro mediante asociaciones estratégicas con África, que incluyan no sólo la extracción de minerales, sino también las inversiones necesarias para el procesamiento local. En la misma línea, a principios de este año, la Corporación de Financiamiento para el Desarrollo Internacional de EE.UU. (DFC) otorgó un crédito millonario a Serra Verde, única empresa productora y comercializadora de tierras raras en Brasil. Es crucial recordar que este país, parte del Hemisferio Occidental, posee las segundas reservas más extensas de tierras raras en el mundo, sólo después de China.
China no se ha quedado atrás en su política exterior. «Una Franja, Una Ruta» es el nombre de la estrategia lanzada por el mandatario chino, Xi Jinping, en 2013. Tiene como objetivo fundamental la conectividad e integración económica. En el sector tecnológico, pretende el acceso garantizado a materias primas y recursos estratégicos en países en desarrollo (sobre todo en África y Sudamérica), a cambio de infraestructura financiada con deuda china. Esta expansión genera en muchos casos una situación de dependencia económica y diplomática, lo que varios analistas llaman «diplomacia de la trampa de deuda».
Por último, concibe la posible internacionalización del yuan y de estándares tecnológicos chinos (5G, infraestructura digital) en los países participantes. Adicionalmente, en mayo, Xi anunció la política de arancel cero para los productos africanos. Según indica el comunicado del gobierno chino, la medida será aplicable a prácticamente la totalidad del universo arancelario por al menos dos años, período durante el cual China se propone continuar trabajando para el establecimiento de un “acuerdo de asociación económica para un desarrollo compartido” con las principales economías africanas.
En general, todos estos mecanismos buscan operar como salvaguardias de la seguridad económica. No obstante, según el Peterson Institute for International Economics (PIIE- 2026), ambas potencias tienen ventajas y vulnerabilidades, por un lado, China muestra un dominio sobre la extracción y procesamiento de minerales críticos y tierras raras aplicables en sectores que van desde la industria al ámbito militar. Mientras que EEUU, Japón y Europa, en conjunto, suministran más del 95% del software de automatización de diseño electrónico (EDA) y de la propiedad intelectual utilizada en productos tecnológicos.
A nivel doméstico, Estados Unidos viene promoviendo medidas en materia tecnológica cuyo objetivo esencial es reducir la dependencia externa. En 2022, el ex-presidente, Joe Biden promulgó la Chips & Science Act, una ley que busca fomentar el desarrollo de semiconductores dentro del país. Provee un financiamiento de 52.700 millones de dólares en subsidios directos para la construcción de plantas de semiconductores en territorio estadounidense. Las empresas que reciben subsidios no pueden expandir significativamente su capacidad de manufactura de semiconductores avanzados en China (ni en otros países considerados «de preocupación») durante 10 años. Esto convierte a la ley en una herramienta de desacoplamiento tecnológico. Otro caso es la Inflation and Reduction Act (IRA), vigente desde la era Biden pero con modificaciones bajo la administración Trump. Se está desmantelando gradualmente el procedimiento de los subsidios, mientras se los reemplaza por nuevos mecanismos para acumulación stock nacional de minerales críticos e inversión en cadenas de suministro. Internacionalmente, EEUU pasó de la estrategia multilateral de la era Biden (alianzas tipo G7, como el Minerals Security Partnership) a un enfoque bilateral, cerrando acuerdos directos con países como Australia, República Democrática del Congo, Japón, Malasia, Tailandia y Ucrania.
Por su parte, desde el Zhongnanhai, se han diseñado instrumentos para consolidar una base tecnológica sólida. En mayo de 2015, se lanzó como hoja de ruta el proyecto “Made in China 2025”, cuyo objetivo es transformar a China de una economía basada en manufactura de bajo costo o de mano de obra intensiva a una potencia manufacturera de alta tecnología y alto valor agregado, reduciendo la dependencia de tecnología extranjera. Para el periodo, 2025-2025 se fijaba como meta alcanzar el nivel manufacturero de las potencias líderes en el sector. Cabe destacar que el nombre «Made in China 2025» fue retirado del discurso oficial público desde 2018-2019 por la presión de la guerra comercial con EE.UU. durante el primer mandato de Trump. Sin embargo, los objetivos y financiamiento del plan continuaron vigentes y fueron absorbidos dentro del lenguaje del 14º Plan Quinquenal (2021-2025) y las políticas de «autosuficiencia tecnológica». El último responde a los fines de consolidar el desarrollo tecnológico y la autonomía en este ámbito, para evitar que los vaivenes geopolíticos afecten las cadenas de suministro esenciales. En marzo de 2026, entró en vigor el 15° Plan Quinquenal (2026-2030), con un marco normativo similar al anterior. El matiz más destacado del documento actual es la manifestación de «un panorama internacional complejo» que demanda «ampliar la apertura de alto nivel». Es decir, combina autosuficiencia con un discurso de apertura, no de aislamiento total.
Finalmente, para ambos casos, se puede pensar a la narrativa ideológica como trasfondo que subyace como fundamento de legitimidad de las disposiciones formales mencionadas. Respecto a EE.UU., Trump publicó en diciembre de 2025 la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (ESN). Expresa que la diplomacia estadounidense seguirá apoyándose en sus redes de aliados y socios para conformar una coalición de naciones lo más sólida y amplia posible. En forma conjunta, dice defender su visión del mundo en un momento en el cual las potencias revisionistas y autoritarias socavan la paz y la estabilidad internacional. Asimismo, el “Corolario Trump” se presenta como un intento de protección del Hemisferio Occidental frente a influencias externas, planteando un retorno a la dinámica de las esferas de influencia. Finalmente, EE.UU. induce a sus aliados y socios a excluir a China de sectores críticos (tecnología, finanzas, recursos naturales) a cambio de la meta de un desacople irreversible.
Análogamente, el “Concepto Integral de Seguridad Nacional” fue mencionado por primera vez en 2014 por la Comisión de Seguridad Nacional Central de China. De forma reciente, en 2025, la Oficina de Información del Consejo de Estado publicó la «Estrategia de seguridad nacional para una nueva era», fue la primera vez que Beijing transparenta un documento de este tipo. Su fundamento consiste en la subsistencia del sistema socialista y la autoridad de gobierno del Partido Comunista, más que como una noción de defensa externa pura. La autosuficiencia científica y tecnológica se define como una parte esencial para la seguridad económica china.
Ambas potencias fusionan hoy economía + tecnología + seguridad nacional en un mismo marco doctrinal, pero con lógicas distintas: EEUU lo hace vía transaccionalismo bilateral y esferas de influencia regional (Corolario Trump), mientras que China lo hace vía un concepto holístico centrado en la protección del régimen y la autosuficiencia frente la intervención externa. En ambos casos, la tecnología deja de ser un sector económico más y pasa a ser tratada como territorio de soberanía nacional, lo cual es, en sí mismo, la evidencia más clara de que la «economía de la IA» ya no puede leerse por fuera de la geopolítica.

El caso argentino: de la retórica a los recursos concretos
Hacia mediados de 2026, la inserción argentina en el bloque liderado por Washington ya no es solo un gesto diplomático: en apenas los primeros meses del año, el país firmó cuatro acuerdos con Estados Unidos con el acceso a minerales críticos como denominador común, siendo este uno de los grandes cuellos de botella de la revolución de la IA. El más reciente y significativo de estos instrumentos es, precisamente, el ingreso formal a Pax Silica, confirmada por el canciller Pablo Quirno. Lo llamativo es qué minerales concentran el interés real de Washington: más allá de Vaca Muerta, lo que más le interesa a la administración de Trump es el potencial argentino en cobre y litio.
En litio, Argentina ya es un actor consolidado y en expansión acelerada. Detenta una producción cercana a las 120.000 toneladas anuales, ocupando el quinto puesto a nivel mundial, con una velocidad de crecimiento que podría llevarla al segundo lugar en la próxima década. El cobre, en cambio, parte de una base casi nula, pero con proyectos de gran escala en camino (Vicuña, Los Azules, El Pachón) que el gobierno estipula lleven a 18.700 millones de dólares de exportación anual para 2035, ubicando al país entre los cinco mayores productores mundiales. Por último, sobre tierras raras, el potencial argentino es todavía incipiente y muy inferior al de litio y cobre, lo que limita su rol en el frente donde China mantiene un dominio significativo.
Este caso puntual permite cerrar el análisis formulado con un dato clave: el interés de Estados Unidos no es solo geopolítico-ideológico, sino que responde a una lógica de intervención directa en el mercado. La revista Forbes publicó algunas declaraciones en relación a la Argentina. El vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, expuso que la idea es «un mercado más saludable y competitivo» que proteja a los productores de la «inundación» de minerales críticos baratos originada en la manipulación china, lo cual en la práctica implica garantizar precios mínimos de referencia que sostengan la rentabilidad de las inversiones occidentales. Argentina, entonces, no sólo aporta recursos naturales sino también, como destacó el secretario de Estado Marco Rubio, experiencia en procesamiento, lo que la posiciona como un eslabón relevante, aunque todavía periférico, dentro de la arquitectura de bloques que compiten por asegurar el futuro de la economía de la IA.
En este contexto, la ventaja comparativa argentina no radica únicamente en la disponibilidad de recursos estratégicos, sino también en la posibilidad de avanzar hacia una mayor agregación de valor. Si bien el litio y el cobre constituyen activos centrales para las cadenas globales de suministro vinculadas a la inteligencia artificial y la transición energética, el desafío consiste en evitar un rol exclusivamente extractivo. La capacidad para desarrollar procesos de refinación, manufactura de insumos críticos y cooperación tecnológica determinará si el país se limita a ser un proveedor de materias primas o logra consolidarse como un actor con mayor incidencia dentro de las nuevas cadenas de valor que estructuran la competencia entre Estados Unidos y China.

El recorrido por las tres variables propuestas, política exterior sobre recursos críticos, política doméstica e ideología, confirma la hipótesis inicial: la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China ya no puede leerse como una disputa sectorial o meramente comercial, sino como una arquitectura geoeconómica integral, donde cada instrumento de política opera en simultáneo como herramienta económica y como declaración de soberanía tecnológica. La variable ideológica termina siendo la que da sentido al resto: tanto la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense como el Concepto Integral de Seguridad Nacional chino revelan que ambas potencias conciben hoy la tecnología no como un mercado a disputar, sino como espacio de seguridad nacional en sí mismo.
Esto reafirma el marco teórico de Russell: la relación entre ambas potencias es, en efecto, de «competencia inevitable y cooperación imprescindible», se disputan el liderazgo tecnológico mientras dependen de cadenas de suministro entrelazadas (EEUU necesita las tierras raras que China domina; China necesita el software y la propiedad intelectual que domina Occidente). Y confirma también la lectura de Laporte sobre una «hegemonía compartida»: ningún actor logra reconstituir la preponderancia global unipolar del pasado, sino que ambos construyen, en paralelo, dos ecosistemas de dependencia que compiten por absorber al resto del mundo.

El caso argentino ilustra justamente esa dinámica de fragmentación. Su inserción en Pax Silica no es un hecho aislado ni puramente comercial: expresa cómo los países periféricos, poseedores de recursos estratégicos, quedan progresivamente empujados a alinearse con alguno de los dos bloques, con menor margen para una posición no alineada o multipolar. Lo mismo puede observarse en Brasil (con el crédito de la DFC a Serra Verde) o en los países africanos, disputados entre el arancel cero chino y la renovación de la AGOA estadounidense.
En definitiva, la economía de la IA no está construyendo un mercado global único, sino dos arquitecturas paralelas de cadenas de suministro, cada una sostenida por su propia narrativa de seguridad nacional. La pregunta que queda abierta es si ese esquema de bloques es sostenible en el tiempo, o si terminará fragmentando definitivamente la economía tecnológica global en dos sistemas incompatibles entre sí.
Candela Molina (Argentina): Licenciada en Relaciones Internacionales, estudiante de la carrera de Derecho y candidata a la Maestría en Política y Economía Internacionales en la Universidad de San Andrés. Columnista en Diplomacia Activa.
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