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El lenguaje silencioso de la diplomacia

Por Ivana Patanè

¿Por qué en una cumbre internacional los líderes, y sus respectivas banderas, se colocan en un orden determinado? ¿Quién decide dónde se sienta cada invitado? La respuesta está en el “lenguaje silencioso” del protocolo diplomático, el arte de aplicar las normas, las tradiciones y la cortesía que disciplinan armoniosamente la interacción entre representantes y funcionarios de diferentes Estados. 

En las relaciones internacionales, el protocolo diplomático es la unión entre la diplomacia y las tradiciones de cortesía. Si la diplomacia es el arte de la negociación por excelencia, el protocolo es simplemente el vehículo o, más bien, el “arte” de saber aplicar esa diplomacia, puesto que proporciona el marco formal para facilitar el diálogo y las negociaciones entre las partes. 

Lejos de ser solamente una tradición del pasado, el protocolo diplomático desempeña un rol fundamental en el mundo globalizado de hoy, puesto que facilita la convivencia entre naciones, favorece el respeto entre culturas distintas y evita conflictos entre Estados. En particular, en la era digital, donde cualquier gesto puede difundirse globalmente en cuestión de segundos, el ceremonial diplomático ha ganado más visibilidad debido a las constantes interacciones entre Estados que se desarrollan bajo el escrutinio constante de los medios de comunicación y de las redes sociales.  

Además, en entornos de alta exigencia, donde cada ubicación transmite un mensaje, el protocolo actúa como catalizador de las relaciones de poder, ya que toda nación necesita una forma estable y, sobre todo, previsible de relacionarse sin generar conflictos innecesarios

Ahora bien, ¿el protocolo y el ceremonial diplomático han existido siempre como los conocemos hoy? Antes del nacimiento del Estado moderno —con la Paz de Westfalia de 1648—, en la Antigüedad, el ceremonial diplomático se fue desarrollando como eje fundamental en las relaciones de poder. Tenía carácter esporádico, ya que las relaciones diplomáticas no eran permanentes, ni existía una carrera diplomática como tal ni reglas universales de precedencia.

Para entender los orígenes del protocolo, hay que hacer un recorrido por el Antiguo Egipto donde fueron escritas las “Cartas de Amarna” sobre tablillas de arcilla en el siglo XIV a.C. Estas cartas, que constituyen el primer archivo diplomático conocido, revelan la correspondencia diplomática y las intrigas de la época entre los faraones egipcios y otros reyes extranjeros. Escritas en acadio, la lengua diplomática de la época, las tablillas reflejan un protocolo desarrollado compuesto por fórmulas de saludo y cortesía; alianzas políticas y militares; reconocimiento de la igualdad o superioridad entre soberanos.  

Otro ejemplo de gran relevancia es el Papiro de Prisse (XXIV a.C.) que contiene las máximas del visir egipcio Ptahhotep. Se considera un manual ético y de comportamiento para funcionarios y altos cargos, aunque el visir, en primer lugar, quiso recoger las máximas para su hijo. El manual promueve valores universales de comportamiento como el autocontrol, la cortesía, el respeto a la jerarquía, la capacidad de negociar y de escuchar


Imagen | Nattional Geographic

Sin embargo, a partir del Renacimiento italiano, en el siglo XV, se asistió al nacimiento de la verdadera diplomacia moderna. En ciudades-Estado como Venecia, Florencia y Milán florecieron las primeras misiones permanentes extranjeras con representantes diplomáticos que empezaron a recibir formación diplomática específica mediante el estudio de idiomas extranjeros, derecho, política y estrategia de negociación. 

Además, en el siglo XV se establecieron las primeras reglas protocolares que preveían la estandarización de la recepción, la ubicación en las ceremonias y los tratamientos entre rangos distintos de los representantes. Las prácticas italianas comenzaron a expandirse por todas las cortes europeas y tuvieron un gran peso en la etiqueta del continente. 

En esa época, la célebre obra del italiano Baldassare Castiglione -“El cortesano” (1528)- era el principal manual de protocolo que influyó en la formación de diplomáticos, príncipes y altos funcionarios europeos. El manual reunía las primeras reglas del ceremonial moderno para la élite europea y describía, con gran precisión, las cualidades que debía tener el cortesano ideal de la época: educación humanística y militar; discreción y prudencia; habilidades comunicativas y de negociación y buenos modales —cualidades de todo diplomático renacentista —. 

Mientras tanto, no fue hasta el Congreso de Viena de 1814-1815 que se sentaron las bases de las primeras reglas universales de derecho diplomático. Finalmente, en 1961, la Convención de Viena sobre las relaciones diplomáticas codificó y estableció el marco jurídico moderno de los privilegios e inmunidades de los agentes diplomáticos. 

Por otra parte, el protocolo diplomático no es un lenguaje estático, a pesar de tener una base común disciplinada por reglas universales, sino que la forma en que se expresa varía según el continente y la cultura de cada país. En el caso latinoamericano, buena parte de sus reglas protocolares tiene raíces en el sistema cortesano heredado de la época colonial, de la península ibérica, aunque luego cada país ha desarrollado características propias. 

Efectivamente, durante el periodo virreinal, las autoridades españolas reproducían muchos aspectos de la corte de España, como la regla de la precedencia heredada, a su vez, del Renacimiento italiano. Sin embargo, tras las guerras de independencia, las nuevas repúblicas eliminaron todo símbolo monárquico, pero mantuvieron la estructura ceremonial, como el uso de tratamientos —en actos formales sigue presente la fórmula “Excelentísimo/a”, por ejemplo—. 

Asimismo, mientras que en América Latina, en el mundo musulmán y en los países mediterráneos, por ejemplo, la dimensión interpersonal se enfatiza mucho más a través de un ceremonial más cálido y de larga duración, otras culturas, como la estadounidense o las de los países nórdicos, prefieren evitar situaciones protocolares demasiado largas y poco sobrias. 


Imagen | Wikiquote

Asimismo, mientras que en América Latina, en el mundo musulmán y en los países mediterráneos, por ejemplo, la dimensión interpersonal se enfatiza mucho más a través de un ceremonial más cálido y de larga duración, otras culturas, como la estadounidense o las de los países nórdicos, prefieren evitar situaciones protocolares demasiado largas y poco sobrias. 

De ahí que nos surja una duda importante: cuando dos culturas emplean lenguajes protocolarios distintos, ¿cuál es el papel del experto en ceremonial diplomático y hasta qué punto el ceremonial funciona como “puente” entre culturas con formas distintas de entender el protocolo? Para esta pregunta y para las siguientes en este artículo, hemos entrevistado al Dr. Alexander Virgili, politólogo y experto en protocolo y ceremonial diplomático:

“Quien se dedica profesionalmente al ceremonial aprende muy pronto una cosa: el protocolo no es un conjunto de buenas maneras, sino un lenguaje. Y, como todo lenguaje, tiene una gramática, excepciones, registros formales e informales y, sobre todo, hablantes nativos que perciben de inmediato cuando alguien lo está utilizando correctamente o cuando lo está deformando. Cuando dos lenguajes ceremoniales distintos coinciden en una misma sala, la tarea de quien organiza no consiste en elegir cuál de ellos debe hablarse, sino en construir, durante el tiempo que dura ese encuentro, una especie de tercer lenguaje compartido, una interlengua diplomática que ninguno de los interlocutores sienta como impuesta y en la que ambos puedan reconocerse, al menos parcialmente.

Dicho esto, el conflicto entre códigos ceremoniales diferentes es menos dramático de lo que puede parecer desde fuera, porque en el ámbito de la diplomacia existe desde hace tiempo un lenguaje común. Existen convenciones internacionales, prácticas consolidadas en las organizaciones multilaterales y un vocabulario gestual y procedimental que diplomáticos y responsables de ceremonial de tradiciones muy distintas reconocen y utilizan recíprocamente desde hace décadas. La labor de quien organiza no consiste en inventar un terreno común desde cero, sino en apoyarse en ese lenguaje compartido ya existente y adaptarlo a las particularidades de cada encuentro.

Sobre esta base común se añade un segundo nivel, más sutil y, en cierto modo, más importante: el de la etiqueta, que en el ceremonial siempre está presente como fundamento, independientemente de la cultura de origen. El principio rector suele ser acercarse, en la medida de lo posible, a las tradiciones y solicitudes del invitado como una forma de cortesía institucional que cualquier cultura reconoce como muestra de respeto mutuo. Quien recibe estudia a quien es recibido y viceversa; y ese estudio recíproco, realizado con método antes del evento, es lo que permite evitar la mayor parte de los incidentes diplomáticos antes incluso de que lleguen a producirse.

En la práctica, esto significa tres cosas. En primer lugar, un estudio previo riguroso, no una improvisación de última hora. Antes de toda visita bilateral importante se analizan con semanas de antelación tanto los usos del país anfitrión como los de la delegación visitante: el orden de precedencia, las formas de saludo, la gestualidad, los obsequios apropiados y cualquier otro aspecto relevante.

En segundo lugar, una reciprocidad asimétrica pero equilibrada. Puede aceptarse una determinada forma de cortesía —como una leve inclinación, un gesto protocolario o un regalo simbólico que evoque la tradición del invitado— sin desvirtuar el propio código, siempre que esa concesión se vea compensada por un gesto equivalente en sentido contrario, de modo que ninguna de las partes tenga la impresión de haber cedido más que la otra.

Por último, y quizá sea el aspecto más determinante, está el cuidado de los pequeños detalles: un orden de precedencia respetado escrupulosamente, unos tiempos de espera calculados al minuto o una traducción simultánea impecable. Son precisamente esos elementos, invisibles cuando se ejecutan bien, los que evitan un incidente diplomático más que el saludo en sí.

Existen, además, contextos específicos que requieren un enfoque distinto, como las cumbres internacionales o los grandes acontecimientos deportivos, entre ellos los Juegos Olímpicos. En Milán-Cortina 2026, al gestionar el ceremonial para más de ochenta jefes de Estado, jefes de Gobierno, miembros de familias reales y ministros extranjeros, no tuve que adaptar el código ceremonial italiano al de cada uno de los países representados. En ese caso, el referente fue un tercer sistema, completamente autónomo: el ceremonial olímpico, cuyas normas han sido concebidas para ser independientes tanto de los usos y costumbres del país anfitrión como de las tradiciones ceremoniales propias de cada delegación participante. Se trata de un sistema elaborado específicamente por el Comité Olímpico Internacional, aplicado de forma uniforme —con las mínimas adaptaciones locales imprescindibles— en todas las ediciones de los Juegos, con independencia del país donde se celebren, y conocido de antemano por todos los participantes, cualquiera que sea su procedencia cultural o diplomática.

A mi juicio, esa es precisamente su mayor fortaleza. Como ningún país aplica su propio código nacional y todos se rigen por un mismo código olímpico compartido, no se generan situaciones de incomodidad para ninguna de las partes, especialmente para el país anfitrión, que, aunque en teoría podría reivindicar el derecho a imponer sus propias tradiciones ceremoniales en su territorio, también opta por ajustarse al sistema olímpico, al igual que el resto de los participantes. Se trata, por así decirlo, de un ceremonial «neutral por construcción»: no porque carezca de reglas, sino porque sus reglas son externas a todas las partes implicadas y, precisamente por ello, son aceptadas por todas sin que ninguna tenga que renunciar a su propio código cultural de origen, sencillamente porque, en ese contexto específico, ese no es el código que rige el encuentro”.


Alexander Virgili (Italia) es un politólogo, periodista y experto en relaciones internacionales y protocolo. Ocupa el cargo de Secretario General del Corpo Italiano di San Lazzaro y del Centro Studi Internazionali.

En este escenario, cabe señalar la relevancia que también tienen las banderas nacionales en las lógicas protocolares, ya que su orden no es una cuestión meramente estética, sino una representación visible de principios básicos que rigen las relaciones internacionales y el derecho internacional: igualdad entre los Estados y soberanía nacional. De hecho, una bandera mal colocada puede interpretarse como un mensaje político. En actos bilaterales, las banderas siguen la universal regla de precedencia —aunque haya excepciones—; en cambio, en organizaciones internacionales como la ONU, la UE o la OTAN, el orden de las banderas sigue las reglas protocolares previstas en cada estructura multilateral, que suelen ser el orden alfabético generalmente. 

Además, no es solo colocar una bandera de manera equivocada, sino que las controversias también ocurren cuando la bandera emplea un diseño incorrecto, está desactualizada y deteriorada, de tamaño distinto o se exhiben banderas de territorios cuyo estatus es objeto de disputa. A tal propósito, para seguir explorando el tema, le seguimos preguntando al Dr. Virgili si el protocolo “pretende” ser neutral: ¿por qué el simple orden de banderas puede convertirse en motivo de una crisis diplomática entre Estados? 

“Creo que, en este caso, conviene reinterpretar la propia premisa de la pregunta: el protocolo no es neutral en el sentido habitual del término; más bien, es neutralizador. La diferencia es sustancial. Un sistema neutral no tendría ninguna función activa; un sistema neutralizador, en cambio, está diseñado precisamente para eliminar la subjetividad de aquellas decisiones que, si se dejaran al arbitrio del momento, generarían conflictos cotidianos. El orden alfabético de las banderas según la lengua oficial de la organización, el criterio de antigüedad en el reconocimiento diplomático o la rotación periódica de las presidencias son mecanismos concebidos para liberar al organizador —y a cualquier otra persona— de la responsabilidad y, sobre todo, del poder de decidir quién va primero y quién después en función de una valoración política.

Y es precisamente aquí donde conviene precisar el papel de quien se dedica a esta profesión, porque creo que ese es el verdadero núcleo de la pregunta: el responsable de ceremonial está más cerca de un técnico que de un político. Su función principal no consiste en gestionar las tensiones diplomáticas, sino en proporcionar, desde el inicio, una justificación formal sólida y reconocible que elimine de antemano cualquier posibilidad de descontento. Su cometido es crear las condiciones formales ideales para que el diálogo pueda desarrollarse con serenidad. Cuando el orden de las banderas responde a un criterio alfabético documentado, verificable y aplicado de forma idéntica en cada edición de un evento, esa disposición deja de ser una elección para convertirse en un hecho técnico. Y un hecho técnico, por definición, no puede ser acusado de parcialidad; como mucho, podrá cuestionarse la validez de la regla en sí, pero no la manera en que se ha aplicado en esa ocasión concreta.

Ese es, en esencia, el papel que yo definiría como la función primordial del ceremonial en los contextos multilaterales: actuar como un escudo que absorbe la tensión política antes de que esta encuentre una vía para manifestarse a través de un detalle organizativo. Sé por experiencia directa que, en algunos casos, ese escudo no basta, especialmente cuando la tensión bilateral ya es muy elevada antes incluso de que comience el evento. En esas circunstancias, cualquier detalle, por impecable que sea desde el punto de vista técnico, puede ser instrumentalizado por quien busca un pretexto. Sin embargo, incluso entonces, el valor de la justificación formal permanece intacto: permite a quien representa a la organización —ya sea el Secretario General, la Presidencia de turno o la oficina de ceremonial— responder con un criterio objetivo y verificable, desplazando el debate del terreno político, donde todo es discutible, al terreno procedimental, donde la regla habla por sí sola.

En la práctica, esto se traduce en un trabajo concreto que siempre precede al evento: verificar, durante las semanas anteriores, si existen sensibilidades bilaterales, disputas territoriales, crisis diplomáticas en curso o antecedentes recientes de fricción que puedan convertir un detalle técnico en un asunto político de primer orden; comunicar con antelación a las delegaciones el criterio que se aplicará, de modo que la posición asignada no sea una sorpresa el día del evento, sino una decisión ya conocida y, por tanto, ya asumida antes de que pueda provocar una reacción inmediata; y mantener siempre preparadas soluciones alternativas —como accesos múltiples y simultáneos, disposiciones semicirculares que atenúan la percepción de una jerarquía lineal o la diferenciación entre el orden de colocación y el orden de intervención— para proponerlas, siempre con una justificación técnica, en aquellos casos excepcionales en los que la rigidez de la norma general pueda llegar a generar un incidente.

En definitiva, la bandera nunca provoca por sí sola una crisis; simplemente la pone de manifiesto cuando esa crisis ya existe en otro plano. La función del ceremonial no consiste en resolver ese conflicto, sino en construir alrededor de cada decisión organizativa un marco que permita que todos los actores se sientan cómodos, evite decisiones o descuidos motivados por intereses políticos o por desconocimiento y, sobre todo, impida ofrecer argumentos a quienes quieran interpretar determinadas decisiones como una muestra de parcialidad”.


El incidente conocido como «Sofagate» ocurrió el 6 de abril de 2021 en Ankara, Turquía, cuando Ursula von der Leyen se quedó sin silla frente a Recep Tayyip Erdoğan y Charles Michel.

Por último, es interesante hablar también sobre el rol que la diplomacia digital ha tenido a lo largo de estos últimos años, ya que ha sido un punto de inflexión para el desarrollo de las relaciones internacionales. Asimismo, la época moderna ha introducido desafíos totalmente nuevos para la diplomacia internacional y para el protocolo mismo: un pequeño error protocolario, un simple video o una imagen pueden difundirse rápidamente y a nivel mundial, generando cualquier tipo de reacción

En estos tiempos, es importante que el ceremonial también sepa gestionar la “percepción pública”, más allá de la simple relación entre Estados. De hecho, cuidar la narrativa visual y digital del evento resulta estratégico e imprescindible, al igual que cuidar los pequeños detalles protocolares. Por ende, le preguntamos al Dr. Virgili si “la diplomacia digital”, en la era de WhatsApp y de Zoom, está poniendo fin al protocolo tradicional o lo está reinventando y, en este caso, ¿quién tiene la precedencia: quien se encuentra presente en la sala o el jefe de Estado o de Gobierno desde su residencia oficial?

“Voy a empezar con una premisa que considero esencial para responder correctamente a esta pregunta: el ceremonial, en su sentido más amplio, es tan antiguo como el propio ser humano. Existe desde que las personas comenzaron a vivir en comunidad y a seguir ritos, procedimientos y tradiciones para organizar su vida colectiva. No nació con las cortes renacentistas ni con la diplomacia moderna; constituye una función antropológica fundamental. Por eso, también ahora, ante Zoom, WhatsApp y las cumbres híbridas, no estamos asistiendo a la desaparición del ceremonial, sino a su transformación y actualización.

Y la historia, si se observa con atención, lo confirma una y otra vez. Cada vez que una nueva tecnología ha irrumpido en la vida diplomática, alguien ha afirmado que las formas ceremoniales tradicionales quedarían obsoletas. Ocurrió con la carta sellada, con el telégrafo, con el teléfono y con las primeras generaciones de videoconferencias. Sin embargo, en todas esas ocasiones el protocolo no desapareció; simplemente encontró un nuevo lenguaje para expresar los mismos principios fundamentales. Nunca ha sido la tecnología la que ha puesto en peligro al ceremonial. Lo que realmente lo amenaza es la falta de capacidad para actualizar sus reglas con la rapidez necesaria para acompañar esos cambios.

En cuanto a la cuestión concreta de la precedencia, la conclusión a la que he llegado tras trabajar en eventos que combinaban la presencia física con la participación a distancia es la siguiente: la precedencia sigue estando determinada por el rango de la persona, no por su ubicación física en el espacio. Un jefe de Estado que participa por videoconferencia desde su residencia oficial no pierde ni un ápice de su precedencia protocolaria frente a otro jefe de Estado presente en la sala. La tecnología es simplemente el canal a través del cual ejerce su función; no constituye una forma de degradación simbólica. Considerar que la presencia física es automáticamente superior a la participación remota por el mero hecho de ser más «tradicional» sería un grave error conceptual y, además, un riesgo diplomático muy real.

Lo que realmente cambia —y donde, a mi juicio, se encuentra el gran desafío de estos años— no es la jerarquía en sí misma, sino la manera de representarla y traducirla visual y procedimentalmente. Es necesario replantear, por ejemplo, el orden de las intervenciones. En un contexto híbrido, «quién habla primero» ya no coincide necesariamente con «quién ocupa el asiento más cercano al centro de la mesa», y esa separación debe gestionarse mediante reglas claras, acordadas de antemano, para evitar que se perciba como una improvisación.


Imagen | El Mundo

También debe prestarse una atención extrema a la simetría visual en las pantallas. Una conexión inestable, un encuadre inadecuado o una ventana de videoconferencia más pequeña que la del resto de participantes puede producir, sin que nadie lo pretenda, el mismo efecto de incomodidad diplomática que provocaría asignar incorrectamente un asiento en una reunión presencial.

Del mismo modo, conviene formalizar, como un auténtico acto protocolario, la propia secuencia de la conexión: quién accede primero a la videoconferencia, quién saluda en primer lugar al resto de participantes o qué tiempos técnicos de seguridad se garantizan antes del inicio oficial de la reunión. En cierto modo, estas son las nuevas «puertas» a través de las cuales hoy se accede simbólicamente a la sala, y la forma en que se gestionan constituye una medida de la profesionalidad de quienes organizan el evento.

Es precisamente aquí donde el ceremonial contemporáneo ha asumido responsabilidades que hace apenas diez años nadie habría imaginado. Hoy debe ofrecer indicaciones sobre el fondo de pantalla y la iluminación, intervenir en cuestiones técnicas relacionadas con la realización audiovisual —que antes correspondían exclusivamente a los equipos de televisión— y ocuparse de la escenografía situada detrás del orador: qué objetos aparecen, qué banderas se muestran y qué elementos forman parte del encuadre. Porque también aquello que queda «al fondo» comunica un estatus, una pertenencia institucional y un mensaje político implícito. Y, por supuesto, sigue siendo imprescindible prestar la misma atención al atuendo adecuado que en una reunión presencial. La pantalla no reduce el nivel de formalidad exigido; al contrario, lo expone ante un público mucho más amplio y difícil de controlar.

Esta transformación, además, no afecta únicamente a la sala de reuniones o a la pantalla. También alcanza los canales a través de los cuales hoy se construyen, día tras día, las relaciones con las autoridades. Hace unos días, el presidente de una organización me pidió que contactara directamente con determinadas autoridades a través de WhatsApp, un canal completamente distinto de las confirmaciones oficiales de asistencia o de los contactos institucionales tradicionalmente utilizados con los invitados de alto nivel.

Hasta hace muy poco, este tipo de comunicación habría sido impensable en un contexto protocolario. Hoy, sin embargo, debe gestionarse con el mismo cuidado, la misma sensibilidad en el tono y el mismo equilibrio que se aplicarían a una carta oficial o a una llamada institucional. También aquí el principio sigue siendo el mismo: cambia el canal, pero no la naturaleza de la relación que ese canal transmite.

En definitiva, el principio fundamental —que es el rango el que determina la posición, y no al contrario— permanece plenamente vigente y, de hecho, debe protegerse con mayor cuidado precisamente ahora que los instrumentos para expresarlo han cambiado de forma tan radical. Lo único que se transforma es la sintaxis mediante la cual ese principio se traduce en imagen, en procedimiento y en canal de comunicación. Y es precisamente en este proceso de transición, del ceremonial físico al ceremonial híbrido y digital, donde se está escribiendo una nueva generación de normas protocolarias. Estoy convencido de que quienes trabajamos sobre el terreno tenemos la responsabilidad de contribuir a definir esas reglas con rigor y criterio profesional, antes de que otros lo hagan sin la sensibilidad necesaria para desarrollarlas adecuadamente”.

Entonces, el protocolo es lenguaje, un lenguaje político, no simple decoración. Es una comunicación de poder. En diplomacia, muchas cosas no se dicen explícitamente, sino que se muestran. Y el protocolo es precisamente este sistema que permite transformar esos símbolos en poder visible. El protocolo diplomático “habla sin palabras”, ya que define quién lidera, quién queda subordinado, quién es un aliado y quién se queda aislado.


vana Patanè (Italia): Licenciada en Lenguas Extranjeras para la Comunicación Intercultural, con especialización en estudios latinoamericanos. Estudiante de Relaciones Internacionales y Diplomacia en la Universidad de Padua. Columnista en Diplomacia Activa.

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