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Antes de la política, la geografía

Por Pablo Gastaldi

Antes de los aranceles y los tratados, la geografía ya había dispuesto las condiciones de los Estados. Como apunta Robert Kaplan, en Sudamérica los Andes, el Amazonas y la cuenca del Plata marcaron desde el terreno el desarrollo de cada país.

Si pudiésemos mirar a Sudamérica de noche desde el cielo, lo que se ve es un anillo de luces apiladas sobre los bordes que bajan pegadas al Atlántico desde Recife hasta Buenos Aires para reaparecer del otro lado, sobre la costa del Pacífico. En el medio de ese mapa queda un vacío del tamaño de Europa, un reflejo de que casi el 89% de la población de la región vive en ciudades costeras. El continente se pobló mirando hacia afuera y así se quedó.

Esta misma desconexión geográfica se refleja de forma idéntica en su estructura comercial. Menos del 20% de lo que venden estos países va destinado a otro país de la región, una cifra muy baja si se la compara con cerca del 40% en Asia y el 65% en Europa. Lo raro es que casi todas las condiciones que suelen pedirse para que una región se integre están dadas: es una de las zonas con menos guerras entre Estados del último siglo, la mayoría de sus países comparten lenguas que permiten entenderse y todos tienen religión, pasado colonial y estructuras económicas parecidas.

La explicación habitual apunta a los aranceles, a las instituciones que no se construyeron y a los presidentes que firmaron acuerdos que no se aplicaron. Y sí, algo de eso hay, pero conviene igual empezar más abajo, porque de todas las variables que intervienen en la política exterior de un Estado, el terreno es la única que no cambia con el gobierno de turno. Robert Kaplan construyó un libro entero sobre esa idea. En La venganza de la geografía, sostiene que después de la caída del muro buena parte del pensamiento occidental se convenció de que la globalización y la tecnología habían vuelto irrelevante al mapa, y que las guerras de las décadas siguientes se encargaron de desmentirlo.

Su respuesta fue rescatar las viejas lecciones de la geografía, apoyándose sobre todo en Halford Mackinder, de quien recupera una máxima que resume todo el argumento: el ser humano propone, pero la naturaleza dispone. Esa cautela es necesaria, sin embargo, conviene ir un paso más allá y preguntarse qué es exactamente lo que el terreno decide. Kaplan mismo ofrece una pista cuando explica que los continentes orientados de este a oeste funcionaron mejor que los orientados de norte a sur, porque a lo largo de una misma latitud el clima se repite y las técnicas viajan sin adaptarse.

Sudamérica, en cambio, está atravesada por una muralla de siete mil kilómetros que corre de norte a sur. Por ende, en este territorio opera una excepción única a esa regla. En los Andes tropicales, el clima no cambia según los kilómetros que se caminen de este a oeste, sino según los metros que se ascienda. Toda la variedad climática que en Europa o Asia se reparte a lo largo de varios países, aquí entra completa en una sola montaña. Al quedarse con la serie entera de climas dentro de sus propias fronteras, cada nación andina perdió los motivos económicos para buscar productos en sus vecinos.

Hay tres rasgos repartidos en la región que lo explican:

  • Los Andes al oeste organizaron el continente en columnas que bajan al mar por separado y volvieron caro cualquier movimiento lateral.
  • La Amazonia en el centro puso un tapón que ningún Estado pudo atravesar y dejó al país más grande dándole la espalda a la mitad de sus fronteras.
  • La cuenca del Plata al sudeste hizo lo contrario, porque metió a cinco países en la misma salida y los obligó a una relación que ninguno pidió.

Los Andes: subir antes que cruzar

Del lado del Pacífico del continente y en los altiplanos el agua se congela de noche y se deshiela de día casi todo el año, se mete en cada fisura y termina partiendo la roca, así que la pendiente se desarma sola sobre un terreno tembloroso. Del lado oriental el problema es la lluvia, porque el aire húmedo que sube desde la Amazonia choca contra la pared y descarga en algunos tramos más de cuatro mil milímetros al año, con la ladera saturada y una vegetación que crece los doce meses del año.

Como la temperatura cae casi un grado cada cien metros de altura, una sola montaña de cuatro mil metros concentra todos los climas del continente. Los ríos andinos nacen en las cumbres y bajan tallando valles hacia el océano o hacia la selva; por lo que, seguir su curso para llegar a la costa es relativamente sencillo. El verdadero desafío aparece cuando intentas viajar de norte a sur, a lo largo de la cordillera. Como los valles corren en dirección contraria, avanzar en paralelo a los Andes obliga a cortar esos abismos de forma perpendicular. Significa bajar dos mil metros hasta el fondo de una quebrada para luego subir otros dos mil metros por la siguiente pared vertical.

Por eso, en el núcleo andino no se formó una región unida, sino un mapa dividido en pasillos verticales. A Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia les tocó una franja de tierra apilada que empieza en el océano, sube hasta las nieves eternas y baja directo hacia la selva.

Cada país funciona como un edificio independiente que resuelve su alimentación y su comercio subiendo y bajando sus propios pisos térmicos, sin necesidad de mirar al vecino. John Murra descubrió que los pueblos prehispánicos enviaban colonias a distintas alturas para conseguir la sal, el maíz o la coca que su propio nivel no producía. El terreno, desde siempre, enseñó a los habitantes a buscar soluciones hacia arriba y hacia abajo, antes que hacia los lados.

Esta geografía impone dos realidades políticas:

  • En primer lugar, el abandono de las fronteras que, al quedar las capitales arriba en la sierra, los Estados agotaron sus recursos conectando el interior con sus propios puertos. Quedando la frontera en la última fila, pobre y desgobernada.
  • La segunda es que a diferencia de, por ejemplo, un río, una montaña se puede repartir. El Paraná obliga a Argentina y a Paraguay a negociar caudales y dragados. Los Andes, en cambio, le dieron a cada país su propia ladera, su paso y su salida al mar, sin dejar un solo interés común que los obligue a dialogar.

Este patrón cambia hacia el extremo norte de la cordillera. En Colombia los Andes se dividen en varios ramales y, al acercarse a Venezuela, el relieve deja entre ellos corredores y zonas más bajas que facilitan el movimiento de un lado al otro de la frontera. La relación entre ambos países se desarrolló, por eso, sobre una geografía distinta de la que organiza buena parte de Perú, Bolivia o Ecuador.

Ignacio José Bustinza geógrafo y magíster en relaciones internacionales señala que en esta región las relaciones entre Venezuela, Colombia y Ecuador han sido constantes tanto en términos comerciales como migratorios. El avance de las rutas y de la infraestructura permitió aumentar esos intercambios y convirtió algunos sectores de la cordillera en ejes de circulación de bienes y personas. Actualmente, esos países forman parte del tramo norte del Corredor de los Andes, recorrido cada año por importantes flujos migratorios en ambas direcciones.

La diferencia importa porque muestra que hablar de los Andes como si fueran una barrera uniforme esconde los cambios que tiene la propia cordillera a lo largo de siete mil kilómetros. En el núcleo central, la altura, la disposición de los valles y los pisos térmicos favorecieron durante siglos una organización más vertical del territorio. Hacia Colombia y Venezuela, donde el relieve se fragmenta y aparecen otros corredores, las posibilidades de conexión son distintas. Pero incluso donde la cordillera deja circular, sigue quedando otro problema sobre su vertiente oriental. La franja que corre entre las montañas y la selva amazónica representa una zona de difícil acceso para los Estados. La Carretera Marginal de la Selva -proyectada en 1963 para colonizar y unir esta región- quedó reducida a tramos sueltos y aislados que nunca llegaron a tocarse.

Sobre este tipo de ausencias estatales, Robert Kaplan explica en su obra que las montañas funcionan como un refugio natural que aísla y protege realidades que en las llanuras habrían sido destruidas o absorbidas por el progreso. En ese escenario, este terreno terminó convirtiendo a las cumbres en el escondite perfecto para guerrillas y carteles, dejando regiones enteras fuera del alcance del Estado.

En esa franja andino-amazónica, el aislamiento y las propias características del terreno crean un entorno perfecto para el cultivo de coca. La planta crece en parcelas ocultas bajo la sombra de árboles grandes de la selva. Arriba, un colchón de nubes cubre la franja casi todo el año; imposibilitando ver el suelo con imágenes satelitales. Abajo, los ríos navegables y las pistas clandestinas sacan la producción sin pisar jamás una ruta nacional, haciendo que entre el negocio y la capital, queda una barrera de tres mil metros de montaña.

La montaña canalizó intercambios en algunos tramos y dejó fronteras costosas de conectar en otros. Su peso estuvo en distribuir de manera desigual los costos de relacionarse: algunas conexiones encontraron corredores naturales y otras exigieron décadas de infraestructura para vencer distancias mucho mayores de lo que sugería el mapa.

El Amazonas: mucho territorio y pocos vecinos

El Amazonas nace a cien kilómetros del Pacífico, recorre casi siete mil kilómetros hasta el Atlántico y descarga más de doscientos mil metros cúbicos por segundo, más que los siete ríos que le siguen en el mundo sumados. En creciente sube varios metros e inunda el bosque hasta cien kilómetros a cada lado, haciendo casi imposible establecer una población firme.

Pese a concentrar la mayor biodiversidad del planeta, la Amazonia crece sobre uno de los suelos más pobres que existen. Esto es porque los nutrientes se guardan en la vegetación y no en la tierra, así que al talar el bosque el ciclo se corta y el terreno queda infértil en unas pocas cosechas. Arriba de eso, un techo de árboles de treinta o cuarenta metros deja el piso en penumbra permanente, con una humedad que no baja del ochenta por ciento y un calor que no afloja en la noche.

Mantener caminos abiertos en estas condiciones donde la madera se pudre en meses y la vegetación se traga el asfalto en una sola temporada, aislando por completo los asentamientos, es el desafío principal. Sumado a eso, durante siglos, la malaria y la fiebre amarilla frustraron cualquier intento de colonización permanente, haciendo que apenas vivan cuarenta millones de personas dispersas en un territorio del tamaño de Australia. La única gran excepción tierra adentro es Manaos, un gigante urbano que solo logró prosperar porque en 1967 el gobierno la convirtió en una zona franca libre de impuestos.

Ese vacío es también lo que define la forma del continente. Las dos mitades pobladas de Sudamérica quedaron separadas por miles de kilómetros de bosque, con Brasilia a más de tres mil kilómetros en línea recta de Lima y de Bogotá, y sin una sola ruta que atraviese. Lo que en otras regiones es un centro que reparte y conecta, acá es un hueco que obliga a rodear. Los dos bordes continentales crecieron dándose la espalda, cada uno mirando su propio océano, y dejando atrás un interior despoblado de difícil acceso y pocas oportunidades por las que preocuparse. 

La dictadura formuló en 1970 el lema de integrar para no entregar, sobre una idea de Golbery do Couto e Silva según la cual un espacio vacío es un espacio que otro puede reclamar. El reclamo que temían no venía de los vecinos sino de las potencias, que ya discutían tratar a la selva como patrimonio de la humanidad, y llenarla de brasileños era la forma de volver esa discusión impracticable.

De ahí salieron la Zona Franca de Manaos y la Transamazónica, que corre de este a oeste dentro del país y que todavía tiene buena parte de sus cinco mil kilómetros sin pavimentar. Cuando en 1978 se firmó el Tratado de Cooperación Amazónica, Itamaraty negoció país por país para calmar los recelos de hegemonía que preponderaron en esa época y la expresión integración física terminó reemplazada por cooperación económica, con cada Estado comprometido a desarrollar su porción adentro de sus propias fronteras. Resultando en que la selva quede repartida en ocho patios traseros.

La carretera Interoceánica Sur, el único intento por quebrar ese aislamiento, fue diseñada para unir los puertos de Perú con el suroeste brasileño a lo largo de 5.404 kilómetros. Se terminó en 2011 tras costar cuatro veces más de lo previsto, pero la inversión no logró cambiar la dinámica de la región. Una década después de su inauguración, cerca del 90% del comercio entre ambos países se sigue haciendo por mar, obligando a los cargamentos a dar toda la vuelta por el canal de Panamá. Lo único que le dio a la Amazonia un lugar en la agenda entre Estados vino de afuera de la región. La presión internacional por la deforestación reactivó el reflejo soberanista de los setenta, aunque Brasil dejó de defender la selva de sus vecinos y empezó a usarla para negociar con el resto del mundo. La cumbre de Belém en 2023 y la conferencia climática de 2025 en esa misma ciudad la convirtieron en activo diplomático frente a las potencias que le reclaman por ella. El interlocutor volvió a quedar del otro lado del océano.

A esa dificultad física se suma una decisión que tampoco conviene leer únicamente como una carencia de infraestructura. Ignacio Bustinza, señala que las políticas de preservación de la Amazonia también limitaron la conexión entre las costas del Pacífico y del Atlántico. No todo territorio sin rutas es, necesariamente, un territorio pendiente de ser conectado: la conservación ambiental y las comunidades que viven allí imponen otros criterios sobre qué significa desarrollar el interior.

Bustinza agrega otro elemento para entender la diferencia con el sur del continente. En economías ya orientadas hacia los mercados externos, no todos los territorios ofrecen la misma utilidad: la cuenca del Plata conecta grandes zonas productivas con puertos atlánticos y funciona como una vía de salida para sus exportaciones. La Amazonia, pese a atravesar buena parte del continente, nunca cumplió esa función con la misma intensidad.


La cuenca del Plata: río arriba, río abajo

El agua que cae sobre la selva se evapora con el calor, y los vientos, guiados por la cordillera, la arrastran dos mil kilómetros al sur hasta descargarla sobre la cuenca del Plata. A diferencia del Amazonas, esta llanura tiene sus nutrientes en el piso, por el trabajo del viento apilando durante millones de años el polvo de los Andes erosionados hasta formar uno de los suelos más fértiles del mundo. Allí, el clima es templado, no hay dosel que tape la luz, ni fiebres que maten a los colonos, permitiendo que sobre ese suelo vivan más de cien millones de personas y se genere cerca del 70% del producto de los cinco países que la comparten. Lo que crece en esos campos alcanza para mover el mercado mundial. Sudamérica produce más de la mitad de la soja del planeta y Brasil solo explica alrededor del 58% de las exportaciones globales del grano, con Argentina y Paraguay completando el podio.

El Paraná, el Paraguay y el Uruguay bajan encajonados por esa llanura, con cauces definidos que admiten navegación todo el año en lugar de desbordarse sobre el bosque durante meses. Este terreno ofrece una hidrovía de 3.442 kilómetros navegables desde Puerto Cáceres, en Mato Grosso, hasta Nueva Palmira, en Uruguay, atravesando las zonas agrícolas más productivas del continente. Funcionando como la puerta de salida de alrededor del 80% del comercio exterior paraguayo.

Kaplan apoya en ese tipo de ríos su explicación de por qué Estados Unidos terminó siendo un solo país, al concentrar más kilómetros de vía navegable interior que todo el resto del mundo junto y fue eso lo que le permitió ocupar su interior y ponerlo a producir. Un sistema fluvial de ese tipo organiza la vida a su alrededor, y por eso Washington se ocupó de tenerlo entero bajo su bandera. El Paraná hace el mismo trabajo, aunque repartido entre cinco países en vez de uno. Lo que allá terminó formando un Estado, acá obliga a cinco a entenderse.

Antes de desparramarse por la llanura, los ríos tienen que bajarse del macizo brasileño, y ahí está la otra riqueza de la cuenca. Donde el Paraná cruzaba ese escalón el cauce se estrechaba de trescientos ochenta metros a sesenta y caía en dieciocho saltos que movían el doble de agua que el Niágara. Ese caudal enorme y desnivel brusco en el mismo punto crea la receta exacta de la energía hidroeléctrica, y no había en el continente otro lugar donde las dos cosas coincidieran tan bien. Sin embargo, esto ocurre sobre la línea que separa a Brasil de Paraguay, porque ahí el límite entre los dos países corre por el cauce mismo del Paraná y la posesión de los saltos venía discutiéndose desde hacía décadas. La mayor concentración de energía del continente quedaba así en un lugar que no era del todo de nadie.

Represar un río exige cerrarlo de orilla a orilla, y ninguno de los dos podía hacerlo sin meterse en el territorio del otro, de modo que aprovechar ese salto o era una empresa conjunta o no era nada. Itaipú salió de ese callejón, con ocho kilómetros de presa cruzando el Paraná, catorce mil megavatios de potencia y un embalse de doscientos kilómetros de largo que en octubre de 1982 terminó de tapar los saltos bajo el agua. Río abajo, Argentina leyó el tratado de 1973 como una amenaza a su seguridad nacional, por temor a que Brasilia abriera las compuertas y provocara una crecida artificial sobre las ciudades del litoral, o retuviera el caudal y dejara sin agua la navegación y la proyectada represa de Corpus Christi. El Acuerdo Tripartito de 1979 estableció por escrito que el nivel del río no podía subir más de cincuenta centímetros por hora ni más de dos metros por día.

Seis años más tarde llegó la Declaración de Foz de Iguazú y de ahí salió el camino hacia el Tratado de Asunción. El único lugar del continente donde el terreno obligó a los Estados a sentarse es también el único donde se levantaron represas binacionales y el único que produjo un bloque que todavía funciona. Argentina cobra un peaje de 1,30 dólares por tonelada de registro neto en el tramo que va de Santa Fe a la confluencia con el río Paraguay, para no cargar sola con el dragado, y en 2026 adjudicó por veinticinco años la concesión de la vía navegable. Paraguay, que tiene el 91% de las embarcaciones que circulan por la hidrovía, evalúa llevar el reclamo a arbitraje.

Medio siglo separa una discusión de la otra y en el medio la región cambió de regímenes, firmó un mercado común y terminó construyendo las represas que tanto había discutido. Lo único que quedó intacto es el lugar que cada país ocupa sobre el río, y por eso el conflicto reaparece cada tanto con los mismos protagonistas y los papeles cambiados, según quién tenga en ese momento algo que el otro necesita.


Hacia dónde mira el continente

Los Andes le dieron a cada país una salida propia y pocos motivos para dialogar con el vecino, salvo por una franja que ninguno gobierna. El Amazonas dejó un vacío y esa ausencia terminó pesando tanto como cualquier obstáculo, porque un continente sin centro es un continente que solo se toca por los bordes. La cuenca del Plata fue el caso más claro donde el terreno puso algo encima de una frontera y obligó a discutirlo, y ahí aparecieron las represas binacionales y el único bloque que todavía intenta funcionar. Esa excepción no se explica por la voluntad de nadie, porque cuando el terreno pone a dos países en una relación que no pueden evitar, la geografía misma se encarga de hacer cumplir lo que firman.

Brasil respeta los cincuenta centímetros por hora del Acuerdo Tripartito porque sigue estando aguas arriba y eventualmente va a necesitar algo de Argentina, no porque exista un tribunal capaz de obligarlo. El río garantiza que los mismos dos actores se van a volver a encontrar, y esa certeza vuelve creíble cualquier compromiso entre ellos. Sin embargo, nada de eso respaldó nunca a los proyectos continentales, porque cuando doce países se juntan en una cumbre no hay nada material que obligue a ninguno a aparecer en la reunión siguiente, así que la firma vale lo que dure el gobierno que la puso.

Visto así, lo que hay en Sudamérica es un conjunto de Estados marítimos con la espalda hueca, donde cada uno orienta su metrópolis hacia el borde y desatiende al interior, y los dos que no tienen costa confirman la regla porque armaron su política exterior entera alrededor de conseguir una. Nunca hubo un interior para integrar, sino un vacío compartido, que es una cosa bastante distinta. Ese vacío, sin embargo, se está llenando ahora mismo, aunque no a través de los grandes proyectos políticos de integración que dominaron parte del siglo XX. Se llena con soja de Mato Grosso buscando una salida hacia el Pacífico, con corredores que atraviesan los Andes y con nuevas conexiones energéticas entre países productores y consumidores.

En este sentido, Bustinza observa que estas infraestructuras empiezan a acercar las dos costas: permiten que parte de la producción brasileña pueda buscar los puertos del norte de Chile y Perú y, en sentido contrario, que bienes provenientes de Asia encuentren nuevas vías de ingreso hacia el interior de Brasil y Argentina. Gasoductos y oleoductos producen un efecto parecido, porque vinculan físicamente a países que antes podían mantener relaciones económicas mucho más independientes.

Estas obras no eliminan la geografía que organizó al continente durante siglos, sino que modifican el costo de atravesarla. Una montaña sigue en el mismo lugar y la Amazonia conserva sus dificultades, pero una carretera, un ferrocarril o un ducto pueden volver económicamente viable una conexión que antes no lo era.

Vista de noche, la región sigue siendo ese anillo de luces sobre las costas y una oscuridad enorme en el centro, el resultado lógico de un siglo de infraestructura diseñada para mirar hacia afuera. El error, al final, fue esperar de Sudamérica una unión política uniforme sobre una geografía que nunca hizo sencilla esa unión. El mapa demuestra que la integración no nace solamente en los discursos de las cumbres presidenciales, sino también en los puntos donde la necesidad física y el comercio empujan a los Estados a cruzarse.


Pablo Gastaldi (Argentina): Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidadcha Católica de Santa Fe.

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