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MERCOSUR: aniversario de ¿integración?

Un aniversario más del MERCOSUR. Treinta años de búsqueda, encuentros y, sobre todo, de desencuentros. Vacío de propuestas y resultados, el bloque pasó por alto la festividad al igual que sus directrices, reuniones, recomendaciones y decisiones de varias décadas. Pero, ¿a qué se debe? ¿Qué camino debería tomar para no quedar obsoleto y lograr sus fines?

Los presidentes Fernando Collor (Brasil); Andrés Rodríguez (Paraguay); Carlos Menem (Argentina); y Luis Alberto Lacalle (Uruguay), durante la firma del Tratado de Asunción.

Un 26 de marzo pero de 1991 Carlos Menem, Luis Alberto Lacalle, Fernando Collor de Mello y Andrés Rodríguez se reunían y daban nacimiento al Mercado Común del Sur como un proceso de integración regional —aunque más bien fue un deseo porque actualmente conforma una unión aduanera imperfecta—, quedando instituido inicialmente por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. En sus fases posteriores se sumaron Venezuela, hoy suspendido en todos los derechos y obligaciones inherentes a su condición por la ruptura de su orden democrático, y  Bolivia que todavía se encuentra en curso de adherirse. Asimismo, cuenta con múltiples acuerdos con países, o grupos de países, otorgándoles, en algunos casos, carácter de Estados Asociados, como es el caso de Chile, Colombia, Perú, Ecuador, Guyana y Surinam.

Pero, ¿cómo nació? Debemos recordar que su constitución fue a fines del siglo XX, época en la que el regionalismo tuvo su auge con el eje fundante del desarrollo económico-comercial. La firma del Tratado de Asunción, en 1991, buscaba la libre circulación de bienes, servicios, personas y factores productivos; el establecimiento de un arancel externo y una política comercial común frente a terceros Estados; la eliminación de los derechos aduaneros y restricciones no arancelarias para mercadería; y armonizar sus legislaciones para su fortalecimiento, objetivos que después de tres décadas no se han podido lograr y al parecer tampoco existe motivación suficiente para alcanzarlos en un futuro próximo.

A simple vista se observan sus fallas y si bien fue una muy buena iniciativa, lejos está de cumplir su cometido, aunque debemos reconocer lo complejo que es llegar al éxito esperado. Quedó en la potencialidad de promesas y de construirse como un espacio estratégico y competitivo que de funcionar, presentaría una agrupación productiva con gran impacto, fortaleza e inserción en el mundo.

Hacia la alianza del sur

Si bien se reconoce su fundación en aquel año, la verdad es que fue un proceso lento y paulatino, que se inició en 1985 con la firma de la Declaración de Foz de Iguazú. Dicha declaración fue concebida como un acuerdo bilateral de integración entre los dos países más grandes de Sudamérica, Brasil y Argentina, y se considera la piedra fundacional o antecedente directo para lo que años más tarde sería el bloque que conocemos hoy en día.

Como mencionamos anteriormente, se trató de un camino progresivo  y, lo que comenzó como un tratado bilateral, se “contagió” al vecino común de ambos, la República Oriental del Uruguay. En 1988 se firma el Acta de Alvorada mediante el cual esta nación se unía y, ese mismo año, se celebró un nuevo tratado que establecía un período máximo de 10 años para eliminar las asimetrías arancelarias entre los tres países. La chispa de la agrupación ya se había propagado y tres años más tarde se concretó el Acta de Asunción, al cual se sumó Paraguay, dando formalmente la idea del mercado común.

El contexto en el que se da es cuanto menos complicado y en los cuatro Estados fundadores se siguió un patrón común: retornos de la democracia con las esperables secuelas económicas de las salidas de las dictaduras y gobiernos de corte liberal, con inclinación hacia las aperturas de las economías nacionales para integrarse en el mundo.

En Argentina se habían pagado las consecuencias económicas de siete años de régimen militar, y se había sumido en un grave declive social. Ante esta situación, y frente a una importante crisis de legitimidad, el entonces presidente argentino Raúl Alfonsin —quien había impulsado la paz e integración en la región—, se vio obligado a entregar el poder anticipadamente. El 8 de julio del mismo año asume el poder Carlos Menem con grandes ambiciones en el marco internacional y con profundas convicciones en el liberalismo económico, características que serían claves durante su presidencia y de gran importancia para la consolidación del bloque.

Una situación similar se dio en Uruguay, con una sucesión de presidentes de corte liberal luego del retorno de la democracia en 1984 que, bajo el convencimiento de que el libre mercado y la poca intervención del Estado eran positivos para la economía, celebraron distintos tratados de alianza, entre ellos el paso anterior al MERCOSUR, el Acta de Alvorada.

En Paraguay y Brasil la situación no fue diferente. Fernando Collor de Melo (Brasil) y Andres Rodriguez Pedotti llegaron a la presidencia en 1990 y 1989 respectivamente y aplicaron para sus países medidas similares a las de sus pares argentinos y uruguayos. De esta forma y bajo este contexto político y económico fue que se sentaron las bases de un proyecto sin precedente en la región, cumpliendo 30 años desde aquella hazaña.

Ciclo de marchas y contramarchas

Si bien se planteó en sus inicios en querer ser uno de los bloques de integración más importantes del mundo, la realidad es muy distinta. Luego de tres décadas, el Mercado Común del Sur no pasa de ser un “proceso” ¿Las razones? Son muchas.

Dentro del mismo conviven dos de las economías más grandes de Latinoamérica, Argentina y Brasil. Pese a esto, la vinculación económica de ambos Estados al igual que la del resto de sus miembros se ha ido debilitando año a año. En el período 2011 – 2018 las exportaciones argentinas a Brasil se redujeron un 35% según datos del Banco Mundial. Asimismo, Brasil es el segundo país al que Argentina le aplica medidas antidumping (arancel adicional aplicable a un producto de importación). Esto ha sido producto de una tendencia que se vino gestando desde el año 2000 con la asunción de los nuevos líderes latinoamericanos, entre ellos Néstor Kirchner, Lula da Silva y Tabaré Vázquez, los cuales reemplazaron la idea económica de la unión por un propósito netamente político, dando inicio al Parlamento del Mercosur creado en 2005.

Sin embargo, en 2019 se logró llegar a un acuerdo histórico con la Unión Europea que llevaba más de 20 años de negociaciones. Representó un hecho sin precedentes, siendo el hito más importante logrado desde su creación y si bien el acuerdo no ha entrado en vigencia, el camino por el cual transitar está hecho. Un tratado de libre comercio entre estos dos gigantes sería el símbolo de enlazamiento de dos sociedades tanto en el ámbito económico como político. Las bases están establecidas, nos falta observar que camino van a seguir los líderes de la región.

Desencuentro virtual: más política, menos integración

¿Será momento de aceptar el fracaso de la propuesta original y redirigirse a una nueva fórmula? En el último encuentro virtual para celebrar el 30° aniversario quedaron en evidencia los diversos intereses y visiones de cada uno de los líderes, profundizando las históricas diferencias y marcando posturas ideológicas de turno que contaminan el fin último.

No se puede obviar que dentro del bloque se busca ejercer más política que economía y fusión. Los dirigentes de cada Estado Parte trasladan sus debates internos a las mesas de sus órganos, el color de sus partidos incide directamente en la toma de decisiones y acercamiento, y muy poco estratégico han sido sus alianzas e incorporaciones de nuevos miembros. A su vez no se puede dejar de mencionar, ya en esta instancia, el ineficiente mecanismo adoptado para que las políticas acordadas se apliquen en cada uno de los territorios.

La pandemia por el COVID-19 tampoco ayudó a la unidad y a la prosperidad de sus integrantes. En la gran mayoría de los países hubo un grave descenso del PBI y ascenso de la pobreza y el desempleo, y la cooperación no fue el fuerte para enfrentarla, aunque sí se aprobaron fondos destinados a la obtención de equipamiento, insumos y tests, financiados a través del Fondo para la Convergencia Estructural del MERCOSUR (FOCEM) —recursos que son no reembolsables y sin cobro de intereses financieros—. Al no crear una institucionalidad, se ha perdido el eje directriz incapacitando, de esta forma, sobrepasar sus propias contradicciones.

Por si fuera poco, el pasado viernes 26 lo que debería haber sido un día de conmemoración y estrechamiento, terminó demostrando las falencias y la poca voluntad que acecha a la región. ¿El punto de discordia? La flexibilidad del comercio tanto dentro como fuera de la agrupación.

Jair Bolsonaro apostó a la mencionada flexibilidad, siendo apoyado por los presidentes de Paraguay y Uruguay. Pero, ¿qué implica esto? Abrir las puertas para concertar acuerdos bilaterales de forma independiente al margen de los otros socios, y una revisión de tasas y aranceles externos. “Queremos celeridad y concentrar nuestro trabajo en generar inversiones externas que puedan generar trabajo, empleo y renta. Deseamos que nuestras economías puedan participar aún más de las nuevas cadenas regionales y mundiales de valor”, afirmaba el brasilero. Sin embargo, quien no se mostró de acuerdo con lo propuesto fue Alberto Fernández  que tuvo un tenso cruce con Luis Lacalle Pou.

Rumbos dispares

El principio y la implementación de la unión han tomado dos caminos diferentes, lo que ha incrementado la necesidad de revisión de las políticas que lo orientan.

El bloque, especialmente, se ha dividido sobre cuestiones de admisión —en particular en el caso de Venezuela que causó controversia y llevó a la suspensión definitiva de la membresía del país en 2016—.  Además, las preguntas sobre el compromiso de las naciones parte con la democracia han demostrado ser polémicas. Inicialmente, expresaron que pondrían énfasis en el retorno de la región a la democracia, ya que todos habían sufrido dictaduras en la memoria reciente. Sin embargo, los presidentes recientes de Argentina y Brasil han minimizado la severidad de sus dictaduras. Y, además, la incorporación de Venezuela, incluso en 2012, representó una falta de compromiso con los ideales democráticos.

De igual modo, en términos económicos los objetivos también se han quedado cortos. La revista “The Economist” señaló que “las excepciones negociadas políticamente a las reglas del bloque se convirtieron en la norma” y trabajaron para socavar la coalición y las oportunidades individuales de los integrantes para el crecimiento financiero.

«Al Mercosur le faltan defensores que sean capaces de mirar más allá de visiones nacionalistas, fragmentadas e incompletas. Defensores de la integración como camino, valores compartidos y fin en sí mismo.”

Magdalena Bas Vilizzio y Julieta Zelicovich, doctoras en Relaciones Internacionales.

Es así que para sobrevivir y traer beneficios a sus miembros, el MERCOSUR debe reevaluar sus compromisos y prioridades, y asegurar que puedan ser beneficiosos para todos en lugar de crear un sistema donde se sientan obligados a trabajar alrededor de las reglas para garantizar los mayores beneficios económicos. Así, se cumplirá de manera más completa su objetivo principal de crear un “espacio común que genere oportunidades de negocios e inversión a través de la integración competitiva de las economías nacionales en el mercado internacional”.


REDACCIÓN: Victoria Repullés, estudiante de abogacía; Scout Meredith Best, estudiante de Relaciones Internacionales; Francisco Sánchez, estudiante de abogacía; Mauricio Rodríguez, estudiante de Relaciones Internacionales.

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