Un país europeo, uno árabe y uno sudamericano, con menos de 10 millones de habitantes cada uno, apostaron a la neutralidad activa como política de Estado y a la diplomacia preventiva como forma de construir confianza mucho antes de que estalle cualquier conflicto. Así alcanzaron una misma reputación: la de ser interlocutores confiables entre los «grandes».
Cuando se habla del cambio climático, la conversación suele centrarse en el aumento del nivel del mar, el derretimiento de los glaciares o los fenómenos meteorológicos extremos. Sin embargo, uno de sus efectos más tangibles puede encontrarse en un lugar inesperado: una copa de vino.
La política internacional parece haber reducido el mundo a una elección binaria entre aliados y adversarios. Pero mientras las grandes potencias endurecen sus esferas de influencia, una pregunta empieza a cobrar fuerza: ¿todavía existe un camino para quienes no quieren quedarse solo con un bando?
En el tablero latinoamericano, Estados Unidos es una de las claves para comprender el desarrollo político y económico. Sus intervenciones militares, económicas y diplomáticas han marcado al continente y a sus Estados. Entender los hechos históricos es clave para anticipar los que vienen.
De Ucrania a Medio Oriente, y de Washington a Beijing, las grandes crisis actuales parecen responder a una misma lógica: el declive del orden liberal y el regreso de una política internacional marcada por la competencia entre potencias.
Durante los últimos meses, el interés estratégico de Estados Unidos por Groenlandia ha escalado a un nivel sin precedentes. Las declaraciones públicas del presidente Donald Trump captaron la atención de la prensa internacional, los gobiernos europeos, organizaciones multilaterales y los estrategas alrededor del mundo.
2026 asoma distinto: como un tiempo de proyección, decisiones y reencuadres. Si todo está conectado, también lo está la esperanza de darle forma, juntos, a un futuro más legible y compartido globalmente.
En el mundo, la paz, la libertad y la justicia no son constantes de la política ni de los países. Son excepciones que nacen de causas nobles y de personas valientes.
Ante un mundo que se rearma y se fragmenta, Estados Unidos abraza un realismo descarnado que revitaliza viejas doctrinas y margina al multilateralismo. El resultado es un 2026 donde la fuerza vuelve a dictar las reglas.
Una semana marcada por negociaciones secretas entre Washington y Moscú para frenar la guerra en Ucrania, tensiones trilaterales rumbo al Mundial 2026 y la apuesta del Papa León XIV por reavivar el diálogo en Medio Oriente.
La búsqueda de la paz tambalea en un mundo de urgencias. Entre negociaciones, amenazas de intervención y golpes de Estado, ni siquiera la cumbre del G20 queda excenta de las polemicas.
El poder volvió a recordarnos su delicado talento: reacomodarse, desentenderse y, cuando hace falta, culpar a otros. Entre alianzas volátiles, protestas fallidas y líderes que caen, el mundo sigue girando… aunque cada vez más torcido.
La política se juega en distintos terrenos; desde foros por el medio ambiente, cumbres internacionales con más ausencias que presencias, los pasillos del Capitolio y hasta en una cancha de basket. El poder se mueve por distintos lugares, y desde Diplomacia Activa te contamos el cómo y el por qué.
Tres historias revelan un mismo hilo conductor: la lucha por el poder, la justicia y la seguridad.
El vacío de la paz vuelve a ser el gran protagonista de nuestro Diplorama. Aun así, el tablero global ofrece un respiro: nuestro amigo naranja se reunió con su par chino, recordándonos que —al menos por ahora— las cuentas claras conservan la amistad.
Entre cancilleres que duran menos que un café en Balcarce 50, protestas con ritmo de carnaval en Washington y anexiones que se votan como si fueran rebajas de temporada, el tablero global parece más un reality político que un mapa de poder.