NATO-xit: una ruptura que ya no parece imposible.
Por Agustín Bazán
En el sistema internacional, no todos los debates estratégicos se resuelven en el plano de las decisiones formales; algunos, más profundos, ponen en cuestión los propios cimientos sobre los que se construyen las alianzas y el equilibrio global de poder.

Las recientes declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, colocaron nuevamente sobre la mesa la hipótesis que durante décadas perteneció más al terreno de la provocación que al de la estrategia: la eventual salida de Estados Unidos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
El 1 de abril de 2026, Trump dijo a Reuters que estaba considerando abandonar la Alianza, reavivando una línea discursiva que ya había mostrado en 2024, cuando sugirió que no defendería a aliados que, a su juicio, no “pagaran lo suficiente”. Sin embargo, la cuestión de fondo excede la coyuntura y obliga a formular tres preguntas más profundas. Primero: ¿Podría la OTAN seguir siendo una alianza militar creíble sin el poder estadounidense? Por otro lado, ¿Qué perdería Estados Unidos si renunciara a la OTAN como instrumento central de su primacía estratégica? y, finalmente ¿Estaríamos ante una emancipación de defensa europea o ante una fractura del orden occidental en beneficio de sus rivales? Estas preguntas no son abstractas: definen, en buena medida, el futuro del equilibrio de poder en Europa y de la proyección global de Washington.
La OTAN sin Estados Unidos
Ahora bien, si analizamos la posibilidad de que la alianza sobreviva sin su principal aportante económico, la respuesta más honesta es que sí, pero los Estados miembros se verían frente a costos severos y a un período de vulnerabilidad estratégica, principalmente para los europeos.
Ciertamente Europa ha avanzado mucho más de lo que a menudo se admite: la OTAN informó en 2024 que 23 aliados ya alcanzaban el objetivo de gastar al menos el 2% del PBI en defensa, que Europa y Canadá aumentaron ese gasto un 18% interanual y que, desde 2014, habían agregado más de 640 mil millones de dólares extra a sus presupuestos militares. A ello se suma que, según el informe de gasto de la Alianza para 2025, Europa y Canadá pasaron de 406.766 millones de dólares en 2024 estimados a 482.395 millones en 2025, mientras que el agregado total de la Alianza alcanzó 1,305 billones en 2024 y 1,405 billones en 2025.
Ese incremento prueba que la teoría norteamericana sobre el “free riding” europeo ya no describe completamente la realidad. Pero una cosa es el dinero y otra, bastante distinta, las capacidades. El problema no es sólo cuánto gasta Europa, sino cuáles áreas dependen todavía de Washington: mando estratégico, inteligencia, vigilancia y reconocimiento, transporte aéreo y logístico, reabastecimiento en vuelo, capacidades espaciales, defensa antimisiles y, sobre todo, el núcleo del paraguas nuclear. La propia OTAN reconoce que “particularmente” las fuerzas nucleares estratégicas de Estados Unidos constituyen la garantía suprema de la seguridad aliada, aunque Reino Unido y Francia contribuyan significativamente.
El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, fue todavía más claro en 2025: una Europa sin apoyo estadounidense tendría que reemplazar hasta 128.000 efectivos, cerrar déficits estructurales en Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento (ISR), mando y control y asumir costos cercanos a 1 billón de dólares a lo largo de 25 años para cubrir el vacío convencional que dejaría Washington; además, Rusia podría volver a representar un desafío militar serio para aliados como los bálticos tan pronto como 2027. En otras palabras, una OTAN sin Estados Unidos podría existir, pero durante varios años sería una alianza menos disuasiva, más fragmentada y previsiblemente expuesta a probar su solidez en el peor momento posible.
Estados Unidos sin la OTAN
La idea de que Estados Unidos “subsidia” a la Alianza y que, por lo tanto, podría desprenderse de ella como quien se quita un lastre, simplifica en exceso una relación que ha sido una de las bases de su poder global desde 1949.
Pertenecer a la OTAN no es sólo una obligación, sino que es también un multiplicador de poder. Gracias a la Alianza, Washington no sólo mantiene fuerzas, infraestructura y acceso operacional en el teatro europeo, sino que organiza bajo su liderazgo la arquitectura político-militar más densa del mundo democrático occidental. A fines de 2025, Estados Unidos tenía aproximadamente 68.064 efectivos permanentes en Europa (sin contar fuerzas que rotan por etapas) distribuidos en bases e instalaciones estratégicas en Alemania, Italia, Reino Unido y España, entre otros puntos. Ese despliegue fue hecho adrede, ya que le da profundidad estratégica, proyección hacia Europa, el Atlántico, el Mediterráneo, el Ártico, África y Medio Oriente, y le permite transformar poder estadounidense, en poder aliado.
Además, la OTAN ha sido una vía primaria para estandarizar doctrina, interoperabilidad, compras y cadenas de dependencia tecnológica favorables a Washington. Aun si el Presidente Trump lograra reducir o desordenar esa presencia, el costo no sería solamente europeo. Los Estados Unidos perderían capacidad de fijar la agenda de seguridad del continente, vería erosionada su influencia sobre decisiones militares clave y correría el riesgo de empujar a Europa hacia fórmulas de autonomía que, con el tiempo, podrían disminuir la centralidad estratégica norteamericana.
Incluso desde una mirada estrictamente realista, abandonar la OTAN no equivaldría a liberar recursos sin costo: podría significar ceder una plataforma de mando e influencia única, precisamente en un momento en que Washington compite simultáneamente con Rusia y China. La hegemonía no consiste sólo en ahorrar, sino en decidir desde dónde se ordena el sistema; y en ese sentido la OTAN ha sido, durante décadas, una de las formas más eficientes de organización del liderazgo estadounidense.

Autonomía europea vs. fractura occidental
Conviene evitar tanto el alarmismo como la ingenuidad. Una menor dependencia europea de Estados Unidos no sería en sí misma, una mala noticia. De hecho, varios líderes aliados y la propia Organización vienen insistiendo en un “rebalanceo” de cargas: más inversión europea dentro de una alianza aún atlántica.
Ahora bien, una cosa es redistribuir responsabilidades y otra, romper el vínculo político que convierte a 32 Estados en una comunidad estratégica. El propio andamiaje jurídico muestra esa tensión: el Tratado del Atlántico Norte prevé en su artículo 13 que un miembro puede denunciarlo con un año de preaviso, pero el Congreso estadounidense, mediante la sección 1250A de la National Defense Authorization Act de 2024, prohibió que el presidente retire unilateralmente a Estados Unidos sin aprobación del Senado o autorización legislativa.
En pocas palabras, incluso en Washington se entendió que la OTAN no puede quedar librada al voluntarismo presidencial. Eso revela una verdad más profunda: la Alianza no es sólo un pacto militar, sino un componente institucional del orden occidental. Si Europa avanza hacia mayor autonomía porque busca fortalecer a la OTAN, la corrección del desequilibrio puede robustecerla. Ahora bien, si lo hace porque ya no confía en el compromiso estadounidense, el resultado puede ser exactamente el contrario: una Europa más armada, sí, pero también más dispuesta a ensayar marcos alternativos y más consciente de que el garante final puede no acudir.
En estrategia, las percepciones pesan tanto como las divisiones blindadas. Rusia y China podrían leer una desvinculación estadounidense no como una simple reasignación administrativa, sino como una señal de desgaste del bloque occidental. Por eso la cuestión decisiva no es si Europa puede hacer más, ya que claramente puede y debe hacerlo, sino si ese esfuerzo se integra a una OTAN reformada o sucede en el contexto de una crisis de confianza transatlántica. En el primer caso habría reajuste; en el segundo, fractura.

¿Existirá la OTAN para su octogésimo aniversario?
La discusión abierta por el Presidente Donald Trump obliga a mirar a la OTAN con menos automatismo y más sentido estratégico. Una OTAN sin Estados Unidos sería posible en términos formales, pero no equivaldría, al menos en el corto plazo, a una Alianza igual de fuerte: Europa tiene recursos, industria y masa crítica para avanzar, aunque todavía no dispone de todos los multiplicadores de poder que hoy aporta Washington.
A la vez, Estados Unidos sin la OTAN no sería una potencia “liberada”, sino una potencia menos anclada en el continente decisivo para la historia del equilibrio mundial y, por lo tanto, menos capaz de estructurar alianzas bajo su conducción.
La verdadera alternativa, entonces, no parece ser entre una Europa emancipada y un Estados Unidos soberano, sino entre una OTAN reformulada o un Occidente estratégicamente debilitado. Desde una lectura realista, la pregunta central no es quién aporta más, sino quién perdería más con la erosión de la Alianza. Y la respuesta es incómoda precisamente porque compromete a ambas orillas del Atlántico: Europa todavía necesita del poder estadounidense para sostener una disuasión integral, y Estados Unidos sigue necesitando de la OTAN como plataforma de influencia, legitimidad y proyección global.
En ese marco, la pregunta por la supervivencia de la Alianza hacia su 80.º aniversario no remite tanto a su existencia jurídica como a su vitalidad política. La OTAN probablemente continúe existiendo; lo que está en disputa es si llegará a esa instancia como una comunidad estratégica cohesionada o como una estructura formal vaciada de confianza. Las alianzas no se quiebran únicamente cuando un Estado se retira de ellas, sino cuando sus miembros dejan de creer que vale la pena sostenerlas.
Agustín Bazán (Argentina): Licenciado en Recursos Navales para la Defensa y Maestrando en Defensa Nacional (UNDEF), Oficial de carrera de la Armada Argentina, estudiante avanzado de la Licenciatura de Relaciones Internacionales y columnista de Diplomacia Activa.
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