Don de lenguas
Por Juan Francisco Baroffio
Conocemos por «don de lenguas» a una facultad carismática descrita en el mundo cristiano que, otorgada en forma sobrenatural por el Espíritu Santo, permite a quien lo recibe hablar idiomas no aprendidos previamente, ya sean lengua humanas o espirituales. Así se relata en el libro segundo de los Hechos de los Apóstoles, tal vez la escena más famosa de esta manifestación.

El don de lenguas, entonces, permite que una persona elegida pueda trasmitir la palabra de Dios a toda la humanidad, simbolizando que más allá de las diferencias culturales, históricas y lingüísticas, hay un mensaje universal que puede llegar a todos.
Fuera del mundo espiritual, podríamos ver a la literatura como una forma de comunicación entre los individuos y los pueblos. Tal vez una forma de milagro más mundano y accesible, pero que sin dudas vence las barreras creadas por los humanos. O por lo menos así pareciera haberlo entendido Jorge Luis Borges, que no solo se preocupó por leer la mayor cantidad de literatura posible, sino también de aprehender otras culturas a través de los idiomas.
Entre Shakespeare y Cervantes
Borges aprendió el español y el inglés, en forma simultánea y como lenguas maternas. Esos idiomas, con sus correspondientes lecturas, fueron los que acompañaron los primeros pasos en el mundo del joven Georgie. Porque en la casa de los Borges, el inglés era predominante, por imposición de la abuela Frances Ann “Fanny” Haslam nacida en Hanley (Inglaterra) en 1845 y que soñó con predicar el evangelio en el “desierto” argentino.
Ese predominio de la lengua de Chaucer era tal, que doña Leonor Acevedo, la madre de Georgie, lo tuvo que aprender al casarse con Jorge Guillermo Borges y poder manejarse en su casa y criar a sus hijos según el modelo que su marido deseaba. Un modelo tardíamente victoriano, bastante desfasado si se quiere, y que llevó a Ulises Petit de Murat a decir que el autor de El oro de los tigres (1972) “parecía el último victoriano, un caballero de otra época, formado en lecturas inglesas y en una ética literaria que no pertenecía ya a nuestro tiempo”.
Sabemos muy bien que el idioma define a la cultura. Aprender a pensar y a amar en una lengua determinada tiene más poder que el de los ejércitos. Nos recuerda Plutarco que el general romano Marco Porcio Catón, “el viejo”, para poder imponer la definitiva supremacía de la cultura romana en Hispania, mandó cortar la lengua de las madres para que con esa mutilación se perdiera la posibilidad de transmitir un idioma y las costumbres y cultura que están ligadas a él. La memoria o la ficción rescatan una sentencia del general romano: “La lengua de las madres conserva la patria”.

Para el pequeño Georgie, encerrado en una casa con patio y aljibe en Palermo, donde la biblioteca era el centro de su universo, las palabras “mamá” o “papá” o “abuelita”, y los infinitos gestos de amor que nutrieron la infancia y los juegos con su hermana Nora, fueron indistintamente en español y en inglés.
Entonces tenemos a un Borges que se crío en dos culturas, en dos tradiciones. Es el muchachito que leyó a escondidas el Gaucho Martín Fierro (1872), al que en su casa consideraban un texto que promovía la violencia y la barbarie, y la versión completa en inglés, considerada “subida de tono”, que hizo Francis Richard Burton de las Mil y una noches.
Era el niño al que su abuela le leía la Biblia en inglés, al que su madre le contaba la historia de sus antepasados criollos, que era una forma de la literatura oral, y que con nueve años traducía al español The Happy Prince (1888) de Oscar Wilde. Un niño criado entre las lenguas de Shakespeare y la de Cervantes, a la par, igualadas por el trato doméstico. De ahí también que él cuente, con la mayor naturalidad, que primero leyó el Quijote en inglés.
Pero Borges no se conformó con su identidad “bicultural”. Una curiosidad como la suya, representada en su voracidad lectora, no podía ni debía conformarse con un tímido asomarse al universo de las letras.
Las obligaciones escolares en Ginebra, en el Collège Calvin, donde hizo el secundario desde 1914, le impusieron el francés y el latín. Cuenta Borges que al latín lo aprendió, que logró cierto dominio del mismo y que luego lo siguió estudiando en España, con un sacerdote al que le debía el descubrimiento de Virgilio. Pero el mismo Borges reconocía que, con el tiempo, se le iba olvidando. Casi como esa máxima borgesiana que dice que lo que se lee por obligación, se lee para el olvido.
No nos puede extrañar esa desaparición progresiva del latín en su vida. Nos cuenta en su autobiografía que “Me convertí en un buen latinista, aunque la mayoría de mis lecturas personales las hacía en inglés”. Pensemos también que sus lecturas de autores latinos, en general, fueron a través de traducciones al inglés.
El latín, una lengua muerta, no ha dado obras literarias seculares, de importancia, en varios siglos. Y para alguien tan poco inclinado a las lecturas religiosas y, menos que menos, a las encíclicas y documentos papales (únicas piezas vivas que se publican originalmente en latín), esa lengua no pudo menos que dejar de ser una cosa práctica y cotidiana.

Con el francés la historia fue distinta. Lo aprendió, nos cuenta, con dificultad: “Al principio ni siquiera entendía cuando un profesor me llamaba por mi apellido, porque lo pronunciaban a la manera francesa, con una sola sílaba. Cada vez que tenía que contestar, mis compañeros me daban un codazo”.
En cuanto a las dificultades que tuvo con la lengua de Victor Hugo, sabemos que fue la única materia que reprobó en el secundario. Una paradoja ya que aprobó todas las materias y que estas se impartían o en latín o en francés, este último, de alguna forma, el idioma base de la escuela. Pensemos que era una escuela en Ginebra, en tiempos de la Gran Guerra, que la mayoría de los estudiantes eran extranjeros como Georgie y el idioma inglés aún no se había convertido en el idioma del mundo.
Volviendo a esa materia que Borges reprobó, ocurrió un episodio muy encantador: sus compañeros de clases, que sentían verdadero cariño por ese porteño tan culto y tímido, escribieron una carta al rector de la institución abogando por el reprobado. Finalmente, aprobó por “clamor popular”.
Ya dijimos que con el francés, la historia fue diferente. Muchos autores del canon literario escribieron en esa lengua. Es una lengua viva, potente culturalmente. Y Borges encontró en ella muchos momentos de felicidad literaria: Victor Hugo, Maurice Maeterlinck, Marcel Schwob, Gustave Flaubert, André Gide o Henri Michaux. De estos dos últimos, incluso, hizo traducciones para la editorial Sur: Un bárbaro en Asia de Michaux, en 1941, y Persephone en 1936, melodrama lírico en tres actos de Gide, y la única obra de teatro traducida por él.
Borges se manejó el resto de su vida muy bien y con soltura en el idioma francés, dando muchas entrevistas y charlas, pero sin perder su acento criollo y sin afectarlo. Aunque nunca fue tanto de su agrado, desde un punto de vista estético. Decía que los sonidos del francés no le gustaban y, citando a Schopenhauer, que el francés “parecía el italiano pronunciado por una persona resfriada”.
En aquellos mismos tiempos en que el latín y el francés irrumpían en su vida adolescente, también lo hizo el alemán. Pero aquí la historia tiene sus variantes.
En su adolescencia (como en la de todos), sintió mucha curiosidad por la novedad, por lo que estaba de moda. En su caso, eso también se extendió a la literatura. Por aquellos tiempos, el expresionismo alemán (por ser en esa lengua y no exclusivamente por el país), irrumpió con potencia en el panorama cultural y se hizo un lugar a pesar de la guerra. En lo literario incluso una novela, hoy considerada obra maestra del expresionismo alemán, se volvió bestseller: Der Golem (1915) del austríaco Gustav Meyrink.
Entonces Georgie, aguijoneado por el ímpetu de su juventud y por esa curiosidad sin límites, no quería perderse el fenómeno literario. Las traducciones tardaban en llegar, si es que llegaban, en aquellos tiempos y más durante la guerra, en la que traducir o tener obras en lengua del enemigo podían ser traición. Así que Borges, armado con un diccionario bilingüe alemán-inglés, se lanzó a la tarea de leer poesía expresionista en lengua alemana.

Llegado a este punto hay que hacer un alto. El propio Borges contó, en otras ocasiones, que lo que lo llevó a querer aprender alemán fue la curiosidad que por el idioma le despertó el libro Sartor Resartus (1834) del escocés Thomas Carlyle. Y que primero se aventuró a querer leer Crítica de la razón pura (1781) de Kant, pero que fue inmediatamente derrotado por ella. Luego, consiguió un ejemplar de poeta Heinrich Heine. Tal vez ese sea el motivo por el que, al principio, la literatura alemana le resultó empalagosa.
Borges introdujo variantes en los episodios de su vida, como en este, lo que por otro lado no es tan extraño. Fue alguien que no creyó en la posibilidad de la historia y que aceptó como natural las modificaciones que la imaginación opera en la memoria y que, además, vivió una larga cuenta de años. Lo cierto es que siempre era la literatura, una curiosidad voraz por ella, lo que empujaba a Borges.
Finalmente, las similitudes entre el inglés y el alemán, uno de los cuales dominaba, fueron de mucha ayuda en su aventura lingüística. Un verdadero prodigio, al poco tiempo se dio cuenta que podía seguir leyendo sin el diccionario: “Me había internado pronto en la belleza del idioma”.
Al poco tiempo se embarcó, como el montañista que quiere conquistar el Everest, a la lectura de una obra de importancia suprema en su vida y producción (aunque eso, él aún no lo sabía): Die Welt als Wille und Vorstellung. La obra cumbre de Arthur Schopenhauer, publicada en 1819, se vuelve uno de los puntos ineludibles a la hora de estudiar a Georgie. Pero también en esos tiempos leyó, en lengua alemana, la novela de Meyrink, otra obra de vital importancia en su formación como escritor.
Ya con los años Borges siguió sintiendo un particular cariño por esa lengua que no le fue dada por obligación hogareña ni escolar, aún en los años en que denunció, casi precursoramente en nuestra lengua, las atrocidades del nazismo. Tal vez, incluso al espanto por la crueldad de partido de Hitler, se sumaba la tristeza por la destrucción de la cultura alemana.
Aunque aceptó con pasión que su “destino es la lengua castellana, el bronce de Francisco de Quevedo”, y sus lecturas predilectas siguieron siendo las de autores ingleses, el alemán fue la lengua que él eligió y que conquistó por sus propios medios. Incluso le dedicó un poema que se titula, justamente, Al idioma alemán (en El oro de los tigres, 1972). En algún momento, fiel a su estilo, dijo que le parecía una paradoja que un idioma tan bello como el alemán hubiese dado una literatura tan escasa, mientras que un idioma tan feo como el francés hubiese dado una enorme cantidad de obras maestras

Abrirse al mundo
“Muchos años después, en Buenos Aires, estudié el italiano, que no sé hablar y no entiendo cuando me hablan, pero que sabía leer, cuando tenía vista” contó Borges en una entrevista que le hizo María Esther Vázquez. Y recordó que lo hizo de la misma forma que con el alemán: un libro entre manos y el arrojo de la juventud. En este caso el vehículo fue una edición bilingüe de la Divina Comedia. “Cuando llegué al Purgatorio, cuando me despedí de Virgilio, me di cuenta de que podía seguir leyéndolo, y aunque no entendiese cada palabra, entendía cada frase”. Luego siguieron obras de Benedetto Croce, Giovanni Gentile, Ludovico Ariosto y el poeta Giuseppe Ungaretti, por citar algunos.
En la misma entrevista contó que, aunque no había llegado a estudiarlo, podía disfrutar de leer en portugués. Hablando de sus lecturas de José Maria de Eça de Queirós, dijo: “cuando no entendía una frase la leía en voz alta y el sonido me revelaba su sentido”. Para alguien que dominaba el latín, el francés y el español, que podía leer y entender el italiano, esta otra lengua romance no podía entrañar demasiada dificultad.
La curiosidad de Borges por los idiomas, y en definitiva por el mundo de la literatura, lo llevaron con el tiempo al estudio del anglosajón y del nórdico antiguo. De esas lenguas y tradiciones literarias nos dejó dos impecables traducciones realizadas junto a María Kodama: Breve antología anglosajona (editada en Chile por Ediciones La Ciudad en 1978) y La alucinación de Gylfi, del islandés Snorri Sturluson (editada en España por Editorial Alianza en 1984).
Esa infatigable búsqueda de las lenguas, no se detuvo nunca. Ya anciano, con un diagnóstico médico que le había puesto un término más real a su vida, decidió seguir adelante y en los últimos meses de su vida emprendió el estudio del japonés (acompañado por su gran compañera de origen nipón) y del árabe con un profesor particular.
Lo cierto es que esa vocación por hablar otras lenguas y acercase a otras literaturas, fue una constante en su vida. Esos puentes que se esforzó por tender con otras culturas no pueden menos que haber calado muy hondo en su ser. Un ser que fue, a la vez, profundamente criollo y profundamente universal.
Es esa misma línea se asentó su visión de un humanismo en el que las fronteras debían ser solo meras imaginaciones caras a los cartógrafos.
Juan Francisco Baroffio (Argentina): Escritor, ensayista y bibliófilo. Director de Ulrica Revista.
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