Fútbol, poder y geopolítica en el Mundial 2026
Por Tomás de Ibarlucea
Cuarenta días de competencia, dieciséis ciudades, tres países anfitriones y una audiencia que en sus picos superará los mil millones de espectadores. El Mundial 2026 es, sin duda, el mayor acontecimiento deportivo del año y una representación a escala del sistema internacional en un momento de transformación acelerada.

El fútbol y la política internacional comparten una intimidad antigua, y los Estados han recurrido a los grandes eventos deportivos para proyectar imagen y reposicionarse mucho antes de que la palabra geopolítica adquiriera su acepción contemporánea. Lo distintivo de esta edición reside en el momento en que llega.
The Economist, en su anuario sobre las tendencias de 2026, definió el año como uno de incertidumbre, marcado por la reconfiguración de normas largamente establecidas en diplomacia, comercio y geopolítica. La Copa del Mundo se disputa, entonces, sobre un orden global en movimiento. Para desandar esa complejidad proponemos recorrer cinco claves de lectura a través de las cuales el torneo expresa las dinámicas de poder de la época. No agotan el fenómeno, pero permiten ordenarlo.
- El negocio: la economía como criterio de selección
La candidatura conjunta de Estados Unidos, México y Canadá obtuvo la sede en junio de 2018, en el Congreso de la FIFA en Moscú, con 134 votos frente a los 65 de Marruecos. El argumento decisivo fue de certeza financiera: infraestructura construida, riesgo logístico bajo y la promesa de la mayor recaudación de la historia del organismo. Las proyecciones internas de la FIFA estiman que el ciclo 2026 generará entre 11.000 y 14.000 millones de dólares, cerca del 85% de su facturación cuatrienal. Se trata del evento deportivo más lucrativo jamás organizado.

Este plano es el más visible y, por ello mismo, el más fácil de subestimar. La ampliación a 48 selecciones y 104 partidos responde a una lógica de maximización de ingresos antes que a una demanda deportiva. El especialista en economía geopolítica del deporte Simon Chadwick sostiene que el fútbol global y la FIFA integran una estructura donde lo deportivo, lo económico y lo político resultan inseparables. Bajo esa óptica, la asignación de las sedes deja de ser una decisión técnica para convertirse en una decisión estratégica.
La elección de América del Norte se entiende mejor a la luz de ese criterio. Frente a candidaturas que exigían inversión pública en estadios y transporte, la propuesta norteamericana ofrecía recintos terminados, un mercado publicitario maduro y una infraestructura televisiva consolidada. La rentabilidad esperada operó como factor de selección por encima de cualquier consideración deportiva o cultural. El dinero, en este plano, es la superficie del fenómeno; debajo operan procesos de mayor densidad que conviene examinar por separado.

2. El relato: la disputa por el poder blando
En la era de la información, recordaba Joseph Nye, triunfa el Estado capaz de contar la mejor historia. La Copa del Mundo es uno de los relatos más eficaces que existen, y los anfitriones recientes lo han comprendido con claridad. Rusia organizó la edición de 2018; Qatar, la de 2022; Estados Unidos, México y Canadá albergan la de 2026; y Arabia Saudita, candidatura única, tiene asignada la de 2034. La secuencia describe un desplazamiento del centro de gravedad del fútbol desde sus territorios fundacionales hacia los polos donde hoy se concentra el capital dispuesto a financiar el espectáculo. Las monarquías del Golfo han entendido que ser potencia futbolística constituye una herramienta de reposicionamiento internacional.
El caso estadounidense presenta un matiz que lo diferencia de los anteriores. Rusia y Qatar utilizaron sus torneos para proyectar una imagen hacia afuera, dirigida a una audiencia externa. Estados Unidos llega al fútbol desde otra posición: no requiere del Mundial para figurar en el mapa, e incorpora el evento a una conversación interna sobre su propia identidad. The Economist situó esa conversación en el centro de 2026, al señalar que el 250.º aniversario de la independencia estadounidense reabrirá los debates sobre el pasado y el futuro del país. El torneo se inserta en ese momento de introspección nacional y adquiere, por ello, un carácter particular.

La distribución de los partidos confirma la jerarquía simbólica del proyecto. De los 104 encuentros, 78 se disputan en Estados Unidos, frente a trece en México y trece en Canadá. La final tendrá lugar en Nueva Jersey; las semifinales, en Dallas y Atlanta. A partir de los cuartos de final, México y Canadá salen de la ecuación y la competición se centraliza en territorio estadounidense. El reparto refleja la infraestructura disponible y, a la vez, traza el orden interno del bloque que organiza el evento.
El poder blando, conviene recordarlo, no se controla por completo. Quien organiza la fiesta del mundo gana visibilidad, pero esa misma visibilidad expone al anfitrión al escrutinio global que el torneo atrae. Rusia lo experimentó en 2018, bajo la atención internacional sobre su política exterior; Qatar, en 2022, frente a la mirada de organizaciones de derechos humanos. La proyección de imagen y la exposición a la crítica son las dos caras de una misma operación. Un Estado puede elegir contar su historia ante el planeta entero, mas no puede determinar enteramente cómo será interpretada.

3. Las reglas: la FIFA y el conflicto codificado
La FIFA ha consolidado un papel que excede el de un organismo deportivo. Quienes la estudian la describen como una estructura supranacional capaz de imponer condiciones a gobiernos locales, modificar normativas y articular intereses en torno al fútbol. Su presidente, Gianni Infantino, construyó durante el último año una relación estrecha con la administración estadounidense, formalizada en un grupo de trabajo de la Casa Blanca y en mecanismos para agilizar visados de quienes posean entradas. El vínculo entre el poder político y el poder futbolístico opera en ambas direcciones: el organismo necesita al Estado anfitrión para que el torneo funcione y le ofrece, a cambio, visibilidad.
Esa capacidad normativa se expresa con nitidez en la cuestión del acceso. Un torneo global plantea una pregunta práctica, quién puede asistir, cuya respuesta, en 2026, depende del estado de las relaciones internacionales más que del fútbol. Estados Unidos mantiene restricciones de ingreso que alcanzan, en distinto grado, a nacionales de varias decenas de países. Entre las 48 selecciones clasificadas, los hinchas de Costa de Marfil, Haití, Irán y Senegal enfrentan limitaciones para asistir a los partidos en suelo estadounidense, aunque las restricciones no afectan a jugadores ni cuerpos técnicos, amparados por exenciones específicas para deportistas. La gestión de fronteras es una prerrogativa soberana, y cada Estado define la suya según sus criterios de seguridad. Lo relevante para el análisis es que un acontecimiento presentado como universal se desarrolla bajo las condiciones de acceso que fija el país anfitrión.

El propio deporte funciona como terreno de codificación de conflictos políticos. El ejemplo más claro es Rusia, suspendida por la FIFA y la UEFA desde 2022 a raíz de la invasión a Ucrania, una sanción de naturaleza deportiva que, sin embargo, traduce una posición geopolítica. La medida se mantiene vigente pese a los gestos de acercamiento entre Washington y Moscú, y la federación rusa permanece fuera de toda competencia oficial. El caso ilustra que la institución que gobierna el fútbol toma decisiones cuyo significado trasciende ampliamente la cancha.

4. La región: el Mundial desde América Latina
Para América Latina, el Mundial 2026 posee una densidad que excede lo emocional. La región envía seis selecciones por la vía directa de las eliminatorias sudamericanas (Argentina, Brasil, Uruguay, Colombia, Ecuador y Paraguay), a las que se suman México como anfitrión y los representantes de Centroamérica y el Caribe. Argentina llega como campeona defensora y líder del ranking de la FIFA, con Lionel Messi, que cumplirá 39 años durante el torneo, ante lo que sería su última Copa. Brasil sostiene su récord de presencia ininterrumpida en las 23 ediciones disputadas. De los ocho Mundiales jugados en el continente americano, siete los ganó una selección sudamericana.
El interés regional trasciende el rendimiento deportivo. México ocupa una posición singular en el tablero: es el único anfitrión latinoamericano, la puerta de entrada del continente a la economía estadounidense y, de manera simultánea, el país que negocia bajo presión la revisión del T-MEC. La inauguración en el estadio de la Ciudad de México, el único recinto del mundo que albergará tres aperturas de Copa del Mundo tras las de 1970 y 1986, condensa esa posición de cruce entre la fiesta y la negociación.
La perspectiva latinoamericana aporta, además, un ángulo analítico propio. Para la región, el torneo opera en dos registros simultáneos: el de la fiesta propia, en tanto el continente concentra la mayor cantidad de títulos obtenidos en suelo americano, y el del espectáculo organizado bajo reglas que define otro actor. Observar el Mundial desde América Latina permite advertir con claridad una constatación que para el país organizador suele pasar inadvertida: ningún evento global resulta neutral respecto del poder que lo organiza.

5. El espejo de un orden en transición
Las cinco claves recorridas comparten un rasgo. En cada una, el fútbol no inventa la dinámica internacional sino que la condensa y la pone en escena. La economía del torneo refleja la concentración del capital global; su trama interestatal, la revisión de los acuerdos de integración; su carga simbólica, la competencia por el poder blando; su faz normativa, la codificación deportiva de conflictos políticos; y su lectura regional, la posición subordinada pero activa de América Latina.
En definitiva, el deporte solo puede contribuir a un avance en la paz si ya existe una diplomacia discreta en marcha y si hay voluntad política por parte de los líderes pertinentes. Sin esfuerzos sustanciales de ambas partes, es improbable que los líderes políticos logren el avance diplomático decisivo gracias a un partido de fútbol.
Victor Cha, presidente del Departamento de Geopolítica y Política Exterior en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) en Washington, D.C.
El Mundial 2026 reúne a casi todo el planeta bajo un mismo techo, con la ausencia significativa de Rusia, sancionada, y de China, que no logró clasificar. Esa fotografía, atravesada por la tensión entre Estados Unidos e Irán, por las rivalidades dentro del mundo árabe y por la renegociación del bloque norteamericano, ofrece un retrato fiel del mapa de fracturas de la época. Pocos acontecimientos permiten observar el sistema internacional con tanta amplitud como uno en el que participa, de un modo u otro, la totalidad de sus actores. El torneo no decidirá el rumbo de ese sistema, pero durante cuarenta días funcionará como su espejo más completo.
Tomás de Ibarlucea (Argentina): abogado, magíster en Relaciones Internacionales por la Universidad Austral y director ejecutivo de Argeo Group.
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