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New game: la política internacional del siglo XXI

Por Tomás Peña

El mundo ya no se ordena en guerras abiertas, sino en tensiones invisibles. La disputa entre Estados Unidos y China redefine poder, tecnología y recursos. ¿Estamos ante una nueva Guerra Fría o algo más complejo? Eso conversamos con Marcos González Grava, fundador de Reporte Asia.

Ilustración | Foreign Policy

En esta entrevista para Diplomacia Activa, Marcos González Grava deja una sensación incómoda pero clara: el mundo ya está en reconfiguración. No es una hipótesis ni futurología, sino el presente. Y el eje de ese reordenamiento es, sin vueltas, la disputa entre Estados Unidos y China.

Lo interesante —y a la vez lo más difícil de leer— es que no se trata de una guerra tradicional. No hay todavía un conflicto directo entre las dos potencias, pero sí una serie de movimientos estratégicos que, puestos en perspectiva, configuran algo mucho más profundo: una competencia estructural por el liderazgo global.

—Para arrancar por lo más general, ¿cómo se está configurando hoy el conflicto global entre Estados Unidos y China?

Lo primero que hay que entender es que no estamos frente a una guerra tradicional, sino ante una competencia estructural por el liderazgo global. Estados Unidos busca recuperar terreno y sostener su posición dominante, mientras que China continúa su ascenso, aunque con ciertas limitaciones. En ese marco, los conflictos en Medio Oriente, la guerra comercial y las tensiones tecnológicas no son hechos aislados, sino piezas de un mismo tablero. Hay una lógica de reordenamiento global en curso, donde cada movimiento apunta a reposicionar a las grandes potencias.

—¿Y en ese tablero, cómo impactan los conflictos en Medio Oriente sobre China?

Impactan directamente, porque China depende fuertemente de la importación de energía. Más del 20% de su petróleo pasa por el estrecho de Ormuz, lo que la vuelve particularmente vulnerable a cualquier interrupción o encarecimiento del suministro. A diferencia de Estados Unidos, que hoy es exportador neto de energía, China necesita que el sistema global funcione sin sobresaltos. Entonces, cada conflicto en esa región no solo le encarece el petróleo, sino que le desordena toda su planificación económica interna.

—¿Se puede leer entonces una intencionalidad de Estados Unidos en generar presión sobre esos puntos débiles?

Sí, y es una lectura bastante consistente. Estados Unidos entiende que una de las formas más efectivas de contener a China no es necesariamente el enfrentamiento directo, sino explotar sus dependencias estructurales. En ese sentido, el control o la inestabilidad en regiones clave para el suministro energético funciona como una herramienta geopolítica. Es una forma de decir: “yo puedo sostenerme solo, vos no”.

—¿Dónde entra la figura de Donald Trump en este esquema?

Trump representa una versión bastante explícita de esa lógica. Su política exterior está muy alineada con la idea de recuperar autonomía y liderazgo para Estados Unidos. La reindustrialización, la autosuficiencia energética y la confrontación con China son pilares de su estrategia. No es solo discurso: hay una intención concreta de redefinir reglas de juego, tanto en lo comercial como en lo geopolítico. Y América Latina, en ese contexto, vuelve a ser vista como una zona de influencia directa donde no se tolera la expansión china.


Ilustración | The Japan Times

—En la conversación aparece el tema del dólar y el petróleo. ¿Por qué es tan importante?

Porque ahí está uno de los núcleos del poder global. Hoy el petróleo se comercializa en dólares, lo que obliga a todos los países a acumular reservas en esa moneda. Eso le da a Estados Unidos una capacidad enorme de influencia y control. El problema es que ese esquema empieza a ser cuestionado, especialmente por los BRICS, que buscan alternativas. Si el comercio energético empezara a hacerse en otras monedas, como el yuan, Estados Unidos perdería una herramienta clave. Por eso muchas de las tensiones actuales también tienen que ver con sostener ese sistema.

—¿Cómo describirías hoy a China en términos de poder?

Es una potencia fuerte pero con debilidades claras. Tiene una capacidad industrial impresionante, una planificación estratégica a largo plazo y un Estado que interviene activamente para impulsar sectores clave. Pero al mismo tiempo depende de la importación de energía y alimentos, lo que la hace vulnerable. Esa combinación genera una tensión permanente: crece y se expande, pero necesita estabilidad global para sostener ese crecimiento.

—¿Qué rol juega la tecnología en esta disputa?

Es central. La competencia ya no es solo comercial o militar, sino tecnológica. China está invirtiendo fuertemente en inteligencia artificial, telecomunicaciones, semiconductores y otros sectores estratégicos. Todo eso dentro de un esquema planificado, donde el Estado define prioridades y direcciona recursos. El dato de que gradúan alrededor de un millón de ingenieros por año habla del nivel de apuesta que están haciendo.

—Ahí aparece Taiwán como un punto crítico, ¿no?

Exacto. Taiwán es mucho más que un conflicto territorial: es un nodo clave en la producción de semiconductores avanzados. Gran parte de la tecnología global depende de lo que se produce ahí. Entonces, cualquier conflicto en esa zona tendría consecuencias económicas globales inmediatas. No es solo un problema entre China y Taiwán, sino un riesgo sistémico para toda la economía mundial.

—Sin embargo, no parece un conflicto inminente. ¿Cómo se explica eso?

Porque Taiwán funciona más como un comodín geopolítico que como un punto de ruptura inmediata. Es un tema que siempre está presente en la negociación entre China y Estados Unidos. Sirve para marcar límites, para presionar, para negociar. Pero al mismo tiempo, todos los actores entienden que un conflicto abierto ahí tendría costos altísimos. Por eso hay una especie de equilibrio inestable.


Ilustración | Monthluy Review

—Más allá del petróleo, también se habló de recursos estratégicos como las tierras raras. ¿Qué importancia tienen?

Son fundamentales para la industria tecnológica. Se utilizan en la producción de chips, baterías y múltiples dispositivos. China controla una gran parte de estos recursos a nivel global, 80% de las tierras raras, lo que le da una ventaja importante en la cadena de valor. Pero también genera dependencia en otros países, que ahora buscan diversificar proveedores. Ahí aparecen nuevas dinámicas geopolíticas, donde regiones como América Latina empiezan a ganar relevancia.

—Con todo este escenario, ¿se puede decir que hay un ganador claro?

No, y ese es justamente el punto. No es un juego de suma cero en el corto plazo. Estados Unidos sigue teniendo ventajas clave, como el dominio financiero, la autosuficiencia energética y el poder militar. Pero China avanza en manufactura, tecnología e influencia global. Lo que estamos viendo es más bien una transición, donde el liderazgo global está en disputa.

—¿Qué pasa mientras tanto con la relación económica entre ambos países?

Sigue siendo muy fuerte. A pesar de las tensiones políticas, el nivel de interdependencia es enorme. Comercio, inversiones, tecnología, educación: todo sigue conectado. Eso genera una dinámica bastante particular, donde hay competencia estratégica pero también cooperación económica. La política puede endurecerse, pero los negocios continúan.

—Para cerrar, ¿cuál es la principal diferencia entre Estados Unidos y China en esta disputa?

El tiempo. China piensa a largo plazo, a 50 o 100 años. Puede tolerar crisis o desaceleraciones porque su estrategia es estructural. Estados Unidos, en cambio, opera más en el corto plazo, buscando resultados inmediatos y sostener liderazgo. Esa diferencia de enfoque es clave para entender cómo se mueve cada uno.

En definitiva, lo que estamos viendo no es una guerra convencional, sino una disputa integral por el poder global. Y aunque no haya balas, los efectos ya se sienten en todo el mundo.


Tomas Peña (Argentina): Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad de San Andrés, y columnista de Diplomacia Activa.

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China, Regiones

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