Irán: las lecciones ignoradas de la historia
Por María Isabel Granados Pérez
Más de setenta años separan el golpe de Estado contra el primer ministro iraní Mohammad Mossaddegh en 1953 y el asesinato del líder supremo Ali Khamenei en 2026, ambos orquestados por Estados Unidos. Aunque el contexto y las motivaciones estratégicas son diferentes, los paralelos entre ambos episodios ofrecen lecciones relevantes sobre la importancia de conocer la historia antes de intervenir para procurar un cambio político en otro Estado.

En 2003, Stephen Kinzer escribió en su libro “All the Shah’s Men”, refiriéndose al golpe de Estado de 1953, la dictadura de Mohammad Reza Shah y la Revolución Islámica de 1979 así:
“Estos acontecimientos constituyen una dura advertencia para EE. UU. y para cualquier país que pretenda imponer su voluntad en territorio extranjero. Los gobiernos que patrocinan golpes de Estado, revoluciones o invasiones armadas suelen actuar con la convicción de que saldrán victoriosos. Y a menudo lo hacen. Sin embargo, sus victorias pueden volverse en su contra, a veces de formas devastadoras y trágicas. Esto es especialmente cierto en el complejo y volátil Oriente Medio actual, donde la tradición, la historia y la religión moldean la vida política de formas que muchos forasteros no comprenden.”
Para el momento en que se publicó este libro, Estados Unidos se aventuraba en la invasión de Irak en medio de la cruzada de la administración Bush contra el terrorismo y el “Eje del Mal”. Habían pasado exactamente cincuenta años desde que Estados Unidos había gestionado el derrocamiento del primer ministro Mohammad Mosaddegh en favor de una monarquía que, para entonces, ya había desaparecido. Con el fantasma de la Guerra Fría en el pasado, ahora Irán suponía una amenaza diferente: una república islámica abiertamente hostil y enfrentada a Estados Unidos y vinculada a actividades terroristas alrededor del mundo.
Hoy, en medio de una guerra entre Estados Unidos e Irán, las palabras de Kinzer parecieran ser una premonición. Desde la primera página, “All the Shah’s Men” expone serias advertencias para los líderes que buscan cambiar regímenes en Estados que a duras penas conocen a través de la intervención, no solo por las consecuencias tardías de estas medidas sino por los efectos sobre las naciones afectadas.
El cambio de régimen “exitoso”
En 1951, el Parlamento iraní (Majlis), liderado por el primer ministro Mohammad Mosaddegh, aprobó una ley para nacionalizar la industria petrolera, despojando al imperio británico de su negocio más rentable en el mundo: la Anglo-Persian Oil Company. La decisión respondía a años de explotación de ciudadanos locales y de la poca participación del gobierno iraní en las millonarias ganancias de la compañía. La decisión de nacionalizar el petróleo sumió a Irán en un “éxtasis patriótico” y convirtió a Mossadegh en un héroe nacional. Mientras tanto, los británicos acusaron a Mossadegh de robar su propiedad y, en lugar de buscar un acuerdo con Teherán, intentaron revocar la ley paralizando las exportaciones de petróleo iraní. Londres comenzó a gestar un plan para derrocar al primer ministro, pero este se vio truncado tras la ruptura de relaciones diplomáticas en 1952 y la expulsión de los diplomáticos y agentes británicos en Teherán.
Ahora bien, la situación cambió cuando el republicano Dwight Eisenhower fue elegido presidente de los Estados Unidos con una plataforma reciamente anticomunista. Los argumentos británicos para buscar la caída de Mossadegh, que no habían sido suficientes para persuadir a Harry Truman, encontraron una nueva administración en la Casa Blanca más receptiva, en especial ante la amenaza que suponía la caída de Irán en la esfera de influencia comunista.

Asimismo, la estrategia empleada por la CIA y el MI6 para desestabilizar al gobierno de Mosaddegh combinó sobornos, propaganda, sabotaje político, y manipulación de la opinión pública. El 19 de agosto de 1953, bajo la dirección y presión de la CIA, el sha Mohammad Reza Pahlavi firmó dos decretos reales (farmāns) para destituir al primer ministro Mohammad Mosaddegh y nombrar en su lugar al general Fazlollah Zahedi. Estos decretos buscaban legitimar el golpe de Estado dirigido por Estados Unidos, en la que se conocería como Operación Ajax, y consolidar el poder de la monarquía en favor de los intereses occidentales.
Sin embargo, la dinastía Pahlavi permaneció en el poder por 26 años, garantizándole a Estados Unidos un Irán confiable en medio de su competencia con la Unión Soviética. Este fue sin duda un triunfo estratégico. Por su parte, las consecuencias negativas de la Operación Ajax llegarían de forma arrolladora en 1979 con la caída de la monarquía iraní y la instauración de un régimen liderado por religiosos fundamentalistas para quienes Estados Unidos era el “Gran Satán”.

Las voces en Irán
La Anglo-Iranian Company no fue la primera desilusión del pueblo iraní con la concesión de sus bienes y patrimonio nacional a potencias extranjeras. La Revuelta del Tabaco (1891-1892) ya había generado levantamientos del pueblo en contra de la concesión monopólica otorgada por el Sha Naser al-Din al Imperio Británico, cediendo el control de la producción y venta de tabaco, una de las principales industrias en ese momento. Desde entonces, la conciencia política de los iraníes acerca de la soberanía popular sobre los recursos nacionales solo fue en aumento. Mossadegh supo entender el sentimiento de su pueblo y se convirtió en el principal símbolo del nacionalismo y la resistencia al colonialismo.
Por su parte, los británicos y los estadounidenses se negaron a intentar entender las motivaciones del pueblo iraní e ignoraron las fuerzas políticas que se estaban gestando. Mientras en Occidente poco se conocía (y se conoce) de este episodio, los iraníes entendieron muy pronto el papel central de las potencias occidentales en la destrucción del proyecto democrático que Mossadegh tenía para Irán. El legado de la intervención estadounidense en la política interna de Irán quedó plasmado en la mente de sus ciudadanos y creó un terreno fértil para el discurso de Ruhollah Khomeini en contra de Estados Unidos. En su libro, Kinzer señala como lo ocurrido en 1953 ayuda a explicar la decisión de los revolucionarios islamistas por tomar la embajada de Estados Unidos en Teherán como una medida para evitar que Washington volviera a manipular el clima político iraní y detuviera al movimiento revolucionario.
La sociedad iraní actual está plagada de matices. Si bien hay un rechazo generalizado a la República Islámica, también hay desconfianza de las agendas que las potencias extranjeras tienen para Irán y un deseo de la Nación por recuperar el control de su propio futuro. Los iraníes son conscientes de lo que está en juego y no desean convertirse en una moneda de cambio de los intereses de las potencias. El silencio ante la opresión del Gobierno del shah fue una señal para la región de que los abusos y las dictaduras serían tolerados siempre que los tiranos fueran amistosos con Occidente y con sus compañías. La reciente experiencia de Venezuela ofrece también una advertencia sobre los intereses que se esconden detrás de las intervenciones de Estados Unidos y en qué medida se adelantan en defensa de la democracia y los Derechos Humanos.
La nación persa, una de las más antiguas del mundo, ha mantenido una notable continuidad. En su apogeo, abarcaba los territorios de los actuales Irán, Egipto y Turquía, así como partes de Afganistán y Pakistán. Los ciudadanos iraníes se sienten apasionadamente inspirados por su herencia y viven adheridos a los principios del islam chiita y el zoroastrismo que por siglos han moldeado a la sociedad persa. Desconocer la magnitud de la relevancia histórica de Irán es insensato. Las naciones, como los individuos, no pueden ser manipuladas sin esperar que algún día se cansen e intenten saldar cuentas. Esto es particularmente cierto cuando se trata de una nación que conoce su pasado y el lugar que desea ocupar en el mundo.

El propósito del pasado
Ante el crecimiento exponencial de la información que tenemos a nuestra disposición, nuestro cerebro, que solo puede procesar información de forma lineal, es incapaz de predecir el futuro con base en el pasado. El comportamiento humano introduce una complejidad particular que no está presente en los sistemas ordenados que rigen otras disciplinas, pues las conductas humanas suelen ser espontáneas, inestables o inusuales en situaciones de presión. Sin embargo, entender el pasado permite trazar un mapa más completo de las identidades humanas y de las transformaciones que sufren las civilizaciones, así como de ambiciones, conflictos y principios que trascienden el tiempo y el espacio en las sociedades. El estudio de la historia permite identificar patrones y dotar de perspectiva y contexto a las decisiones del presente.
Los conocimientos históricos, las reflexiones, las lecciones, las analogías y los relatos impregnan la forma en que los Estados interactúan con el resto del mundo. La comprensión de lo que ha sucedido anteriormente sirve como punto de referencia a la hora de abordar los dilemas del presente. Quienes desconocen la historia, a menudo se enardecen ante la excitación de emprender nuevas cruzadas, creyendo ser mejores que sus antecesores y negando la posibilidad de recibir los mismos resultados. Las derrotas de Napoleón (1812) y Hitler (1941) en Rusia son un ejemplo claro de los errores estratégicos que se pueden cometer si se ignora la historia. Ambos líderes iniciaron sus campañas en junio, subestimaron la resistencia rusa, fueron frenados por la inmensidad del territorio y las adversidades del clima, sufrieron las tácticas de tierra quemada y obtuvieron como resultado desastres militares que sellaron sus respectivas caídas. Aunque la historia nunca se repite igual, los errores sí.
Nadie puede predecir las consecuencias que traerá el asesinato de Khamenei; un cambio de régimen podría llegar mañana, en veinte años o podría incluso tardar siglos. Aun así, sorprende el análisis que Kinzer incluyó en el prefacio de una nueva edición del libro de 2008. Titulado “The Folly of Attacking Iran” o “La insensatez de atacar a Irán”, este apartado advierte de los riesgos asociados a un ataque como el que vimos el pasado 28 de febrero de 2026: convertir a los impopulares líderes en héroes de la resistencia islámica o en mártires; ofrecer un incentivo para lanzar violentas campañas de represalia en contra de los intereses de Estados Unidos en el mundo; reforzar el nacionalismo iraní, el irredentismo chií y el extremismo musulmán atrayendo a nuevos reclutas a la causa del terrorismo; socavar el movimiento democrático en Irán y destruir las perspectivas de cambio político durante al menos otra generación; convertir al pueblo de Irán en enemigos de Estados Unidos; obligar a Estados Unidos a permanecer profundamente involucrado en el Golfo Pérsico de forma indefinida, obligándole a tomar partido en todo tipo de conflictos regionales y, con ello, ganarse una multitud de nuevos enemigos; y, muy posiblemente, interrumpir el flujo de petróleo de Oriente Medio de formas que podrían causar estragos en las economías occidentales.
Además de ofrecer un relato histórico cautivador y académicamente riguroso, los análisis y reflexiones de Kinzer en “All the Shah’s Men” sobre el enfoque de Occidente hacia Irán son tan acertados hoy como lo fueron al publicarse el libro. Son una advertencia de que se deben atender las lecciones del pasado antes de aventurarse en nuevas operaciones y guerras en territorio extranjero. Resulta asombroso cómo las lecciones que dejó un episodio ocurrido hace más de setenta años siguen siendo relevantes incluso con un régimen y con contexto global completamente diferentes.
María Isabel Granados Pérez (Colombia): Negociadora Internacional de la Universidad EAFIT. Segundo Secretario de Relaciones Exteriores de la República de Colombia. Miembro de Foreign Affairs Reads.
Las opiniones expresadas en el documento son de responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan la posición del Gobierno de Colombia o del Ministerio de Relaciones Exteriores.
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