(D)onroe: el “érase una vez” de una hegemonía
Por Luca Nava
La idea de que Estados Unidos deja lentamente de ser una potencia hegemónica, es una afirmación que se repite como un mantra cada vez que oímos como China expande su presencia económica o Rusia desafía el orden de seguridad europeo.

No obstante, este panorama aún dista mucho de ser cierto. Si bien su predominio ya no opera bajo las condiciones de unanimidad (con sus salvedades) que marcaron la era liberal de la Posguerra Fría, Washington aún conserva capacidades militares, económicas, institucionales y narrativas que ningún otro actor reúne en la misma escala.
La pregunta, más que si la hegemonía estadounidense parece apagarse, es cómo se transforma cuando debe competir por espacios que durante décadas consideró propios. Desde Diplomacia Activa, consultamos a la Dra. Jessica De Alba-Ulloa, profesora de la Universidad Autónoma de Nuevo León y Visiting Assistant Professor of Political Science en el College of the Holy Cross, quien nos advierte que no conviene hablar de hegemonía estadounidense en pasado: EEUU continúa siendo la principal potencia hegemónica mundial, aunque su posición esté siendo disputada sobre todo por China y, en otro registro, por Rusia.
Lo que está en juego, en verdad, es la pérdida de la indiscutibilidad del poder estadounidense. La imagen internacional del país se volvió ambivalente, sus aliados negocian con mayor soltura y sus competidores encontraron márgenes para disputar influencia.
En este sentido, desde la visión gramsciana, es vital recordar que la contrahegemonía no necesita reemplazar integralmente al hegemón: le alcanza con construir alternativas, ocupar vacíos y ofrecer a terceros países opciones que antes parecían menos disponibles.
Durante buena parte del siglo XX, EEUU logró traducir su liderazgo como sinónimo de orden, libertad, modernización y estabilidad, más allá de su poder material. Hoy, esa narrativa subsiste, pero con reticencias. El poder estadounidense se enfrenta con la lenta erosión de la naturalidad con la que otros actores aceptaban su conducción.
La Doctrina Monroe y el origen hemisférico del poder estadounidense
Antes de convertirse en la potencia global que es hoy, EEUU comenzó por definir su espacio propio. La Doctrina Monroe, formulada en 1823, suele leerse como una expresión temprana de aislacionismo, donde Washington se mantenía distante de las disputas europeas y rechazaba involucrarse en los conflictos políticos del Viejo Mundo. Pero quedarse en esa lectura sería comprar una versión incompleta. La doctrina más que una ausencia de política exterior, implicaba una forma específica de ordenamiento hemisférico.

Ilustración | History.com
Esta lógica descansaba sobre una división tajante: Europa y América debían constituir esferas separadas. Mientras EEUU se comprometía a no intervenir en los asuntos europeos, advertía a las potencias del continente que no toleraría nuevos proyectos coloniales ni intervenciones sobre los Estados americanos recientemente independizados. El repliegue frente a Europa convivía, desde el inicio, con una pretensión de vigilancia sobre el hemisferio occidental.
Este punto cataliza la trayectoria posterior en la que se enmarcaría Washington, redefiniendo su política exterior dentro de una gramática regional de influencia. En este sentido, América fue presentada como un espacio diferenciado, vulnerable a la intromisión externa y crecientemente asociado a los intereses de seguridad de EEUU.
A comienzos del siglo XX, esa doctrina de carácter más defensiva adquirió una forma más expansiva; el Corolario Roosevelt transformó la advertencia contra la intervención europea en una autorización para la intervención de EEUU en el continente. Bajo la lógica del Big Stick, Washington pasó a concebirse como garante del orden regional y, en casos considerados extremos, como poder policial del hemisferio. La esfera de influencia dejaba de ser solo una declaración doctrinaria y se convertía entonces en una práctica concreta de presión, tutela e intervención.
De todos modos, el pasaje de la esfera hemisférica a la proyección global no ocurrió de manera inmediata, aunque tuvo momentos de aceleración decisivos. Uno de ellos fue 1898: La guerra hispano-estadounidense terminó con el imperio colonial español en el hemisferio occidental y proyectó a EEUU como potencia del Pacífico. Puerto Rico, Guam y Filipinas pasaron a la órbita estadounidense, mientras Hawái fue anexada durante el mismo período. Washington abandonaba la condecoración de potencia continental, para empezar a marcar presencia estratégica más allá de su entorno más próximo.
Ese salto reveló además una contradicción que atravesaría toda su política exterior posterior: EEUU podría presentarse como una potencia anticolonial, opuesta a la restauración de viejos imperios europeos en América, pero al mismo tiempo incorporaba territorios, administraba espacios periféricos y extendía su influencia sobre regiones consideradas estratégicas.
Después de la Segunda Guerra Mundial, esa proyección adquirió una escala mucho mayor. Con la Doctrina Truman de 1947, se signó el pasaje hacia una política exterior de alcance global, donde EEUU se comprometía a asistir política, económica y militarmente a países amenazados por fuerzas autoritarias. En el marco de la Guerra Fría, la influencia estadounidense pasó a estructurarse directamente como la defensa de un orden internacional. Desde entonces, Washington comenzó a fungir como garante de un sistema inédito.

Imagen | La Vanguardia
La hegemonía estadounidense combinó despliegue militar, alianzas, instituciones económicas y una narrativa de liderazgo, insistiendo en que protegía algo más que solo su seguridad; defendía la libertad, la democracia y la estabilidad global. La esfera de influencia hemisférica se amplió así hacia una pretensión más ambiciosa: reordenar el mundo bajo sus principios, valores e intereses.
Como advierte De Alba-Ulloa, la hegemonía de Washington se apoyó en tres dimensiones simultáneas: poder duro, instituciones y capacidad narrativa. Su fuerza militar y económica le permitió disuadir, sancionar, intervenir y presionar a Estados para que actúen según sea conveniente. Pero esas capacidades adquirieron mayor alcance cuando fueron acompañadas por una arquitectura institucional diseñada, en buena medida, bajo su propio liderazgo después de la Segunda Guerra Mundial.
Naciones Unidas, Bretton Woods, el FMI, el Banco Mundial, la OTAN y el entramado de alianzas de posguerra permitieron transformar el poder en reglas, ejerciendo no solo influencia por superioridad material, sino también por su posición dentro del esquema organizacional del orden internacional. Sin embargo, ninguna hegemonía se sostiene solo con coerción e instituciones; fue vital la construcción de un sentido único que legitime esa posición estructural.
A lo largo de este periodo, Washington logró posicionarse como líder del mundo libre; después de 1991, Fukuyama galardonó al país norteamericano como el ganador del fin de la historia, opacando a su contraparte soviética. Más que leerse como hechos aislados, esta sucesión de eventos fungen como la elaboración de una fuerte narrativa estratégica: una forma de ordenar el mundo, definir amenazas, construir identidad y justificar políticas, donde no sólo se proyectó poder; también se ofreció un relato sobre por qué ese poder debía ser aceptado.
Esa combinación explica la profundidad de su influencia. El Destino Manifiesto funcionó porque EEUU pudo articular bases militares, recursos financieros, instituciones internacionales y una narrativa de libertad, estabilidad y modernización. Su hegemonía fue coercitiva, institucional, y al mismo tiempo discursiva, popular y muy convincente, por cierto.
El problema, hoy en día, es que esas tres dimensiones ya no se refuerzan con la misma eficacia: pese al aumento del grado de poder que un país puede poseer, por inercia, también aumenta la resistencia hacia ese poder en consolidación. Existen las instituciones, pero hay más disputa en torno a la instrumentación y funcionamiento de las mismas; existe un relato histórico, pero cada vez menos consenso en torno a la sostenibilidad del mismo.
Esa arquitectura sigue vigente, pero opera en un entorno menos permisivo. En la lectura de De Alba-Ulloa, EEUU continúa siendo la principal potencia hegemónica mundial, aunque esa posición hoy está siendo disputada sobre todo por China y en menor medida por Rusia. La clave está en no confundir esa disputa con un reemplazo automático, ya que el predominio estadounidense persiste, pero sus márgenes de acción son menos incontestables que en la posguerra fría.
De igual forma, nos resulta interesante el hecho de que China no necesita realmente sustituir integralmente a EEUU para erosionar su influencia. Le alcanza con ampliar su peso económico, tecnológico y diplomático en regiones donde Washington antes encontraba menor competencia. Su presencia en infraestructura, comercio, financiamiento, cadenas de suministro y plataformas digitales ofrece a muchos países una alternativa que no existía con la misma intensidad durante la unipolaridad.
Rusia, por su parte, hace lo suyo desafiando el orden de seguridad europeo y busca recomponer márgenes de influencia en su periferia inmediata. Su capacidad global no es equivalente a la estadounidense ni a la china, pero su accionar alcanza para tensionar principios que Washington presentó durante décadas como pilares del orden internacional: soberanía, integridad territorial y resolución institucional de los conflictos.
El resultado es un contexto más laxo, fragmentado y un tanto incierto. Estados aliados o socios de Washington conservan aún sus vínculos estrechos, pero negocian con mayor autonomía. Por eso, la pérdida de indiscutibilidad estadounidense no equivale a la desaparición de su poder, pero debe reiterarse continuamente que está ahí: debe negociar más, justificar más y competir por adhesiones que antes parecían dadas.
Esferas de influencia
En este escenario, vuelve a ganar fuerza una categoría que muchos análisis actuales daban por muerta: las esferas de influencia No como bloque cerrado ni como reparto formal del mundo entre grandes potencias, sino como disputa por entornos estratégicos, recursos, alianzas, infraestructura crítica y grados de obediencia. Según De Alba-Ulloa, las esferas de influencia siguen más vigentes que nunca. Estas dependen de capacidades materiales, económicas, militares, diplomáticas y narrativas, pero también del grado de aceptación o resistencia que generan.
EEUU siempre tuvo una esfera de influencia en el hemisferio occidental. China, por su parte, ha construido la suya de manera más gradual, especialmente a través de su expansión económica, tecnológica y comercial. Rusia intenta recomponer la influencia perdida tras el fin de la Guerra Fría, sobre todo en su periferia inmediata. La diferencia ahora radica en la forma de ejercer estas esferas de influencia y en el tipo de legitimidad que cada potencia logra construir alrededor de ellas.
La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de 2025, bajo el trumpismo, volvió explícita esa tensión al colocar al hemisferio occidental en el centro de sus prioridades y recuperar el lenguaje de la Doctrina Monroe. El documento plantea negar a competidores extrahemisféricos la posibilidad de posicionar capacidades amenazantes o controlar activos estratégicos en la región, lo que refuerza la idea de América como espacio prioritario de seguridad para Washington.

Imagen | Fundación FAES
Pero ahí aparece una contradicción difícil de resolver. Si Estados Unidos reivindica una zona de influencia propia en América, ¿con qué autoridad puede negar que China busque primacía en Asia o que Rusia intente preservar márgenes de control en su periferia? El problema no es sólo estratégico, es narrativo: cuanto más explícitamente Washington presenta su influencia como defensa de intereses nacionales, más difícil le resulta sostener que su liderazgo representa un orden universal basado en reglas.
Así, la disputa contemporánea se materializa en una tensión más profunda entre hegemonía global, prioridad hemisférica y pérdida de legitimidad universal, donde Washington enfrenta mayores dificultades para convertir sus capacidades en aceptación.
En un artículo reciente publicado en Diplomacia Activa, sostuvimos que el orden liberal atraviesa una etapa de desgaste, fragmentación y pérdida de capacidad ordenadora. El recorrido estadounidense permite observar el reverso de ese diagnóstico: no vemos solo un orden que se erosiona, vemos una potencia que mientras debería redefinir cómo sostiene la red de influencia que ayudó a construir, la destruye lentamente a partir de la insostenibilidad de una narrativa épica que cada vez se oye más desgastada.

La pregunta, entonces, no es si EEUU deja o no de ser hegemónico, sino qué tipo de hegemonía puede ejercer en un mundo menos dispuesto a aceptar su conducción como natural. La Doctrina Monroe, el liderazgo del “mundo libre” y el orden liberal de posguerra fueron distintas formas de una misma pretensión: organizar espacios, fijar reglas y narrar ese predominio como garantía de estabilidad. Hoy, esa narrativa enfrenta más competencia, más resistencia y más demandas de justificación.
En conclusión, EEUU no desaparece del centro del sistema internacional, pero la época en la que podía confundir influencia con adhesión automática parece haber quedado atrás. El desafío ahora para el Tio Sam consiste en volver a demostrar por qué otros actores deberían aceptar que ese poder siga ordenando el mundo.
Luca Nava (Argentina): Estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de San Martín. Columnista de Diplomacia Activa.
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