La política internacional parece haber reducido el mundo a una elección binaria entre aliados y adversarios. Pero mientras las grandes potencias endurecen sus esferas de influencia, una pregunta empieza a cobrar fuerza: ¿todavía existe un camino para quienes no quieren quedarse solo con un bando?
Los fundamentos epistemológicos y antropológicos del Leviatán no solo moldearon el nacimiento del realismo clásico: constituyen el sustrato sobre el cual la disciplina de las Relaciones Internacionales todavía piensa el conflicto, la anarquía y el poder entre Estados.
La idea de que Estados Unidos deja lentamente de ser una potencia hegemónica, es una afirmación que se repite como un mantra cada vez que oímos como China expande su presencia económica o Rusia desafía el orden de seguridad europeo.
Mientras Occidente interpreta la debilidad como derrota, Rusia la transforma en táctica. Entre sanciones, aislamiento y guerra, Moscú redefine el concepto de poder.
El reciente acuerdo entre Israel y Hamas pone de relieve una realidad incómoda pero necesaria: en ciertos contextos, negociar con actores violentos no es un acto de debilidad, sino una herramienta indispensable para detener la violencia, proteger vidas y construir un orden político duradero. Por Agustín Bazán