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El día que Estados Unidos dejó de ser el mismo

Por Axel Olivares

¿Qué queda de un país cuando el miedo se convierte en política de Estado? A 25 años de los atentados contra las Torres Gemelas, evaluamos las huellas de aquella tragedia en el Estados Unidos actual. ¿Sigue el país atrapado entre los escombros?


Fotografía de Thomas Nilsson, Getty Images

Un día tranquilo, como cualquier otro, la ciudad de Nueva York vivía una mañana de martes inusualmente perfecta, con «un cielo azul cristalino» —como recordarían luego los meteorólogos— y sin grandes noticias que alteraran el humor social.

Todo era normal…hasta que dejó de serlo.

A las 08:46, el Vuelo 11 de American Airlines impactó contra la Torre Norte del World Trade Center, provocando el estupor inmediato. Mientras la ciudad buscaba descifrar qué sucedió, un segundo avión (el Vuelo 175 de United Airlines) atravesó la Torre Sur a las 09:03, desatando el pánico en la ciudad.

A diferencia del primer impacto, la aeronave que se estrelló contra la segunda torre fue captada por las cámaras de televisión, extendiendo la incertidumbre a todo el mundo.

La conmoción aún no terminaba. A las 09:37 el Vuelo 77 de American Airlines impactó contra la fachada occidental del Pentágono, mientras que a las 10:03, el Vuelo 93 se estrelló en un campo abierto en Shanksville, Pensilvania, luego de que los pasajeros intentaron retomar el control de la cabina secuestrada. Este avión iba dirigido al Capitolio.

En menos de dos horas, Nueva York había perdido una pieza emblemática de su paisaje; y apenas un instante después —cuando el presidente George W. Bush fue notificado mientras leía cuentos en una escuela— Estados Unidos ya no sería el mismo.

25 años después surgen incógnitas sobre los efectos de aquel fatídico día sobre los Estados Unidos actuales. ¿Sigue viviendo el país entre los escombros del atentado a las Torres Gemelas? ¿Qué tan presentes se encuentran los recuerdos de aquel día al pensar en la seguridad, la libertad, el patriotismo, la guerra y hasta la propia identidad nacional?

Para entender el quiebre, primero debe conocerse el estado previo. En 2001, Estados Unidos llevaba una década viviendo la victoria de la Guerra Fría. La globalización, el optimismo de los años Clinton, el internet como promesa, el triunfo del capitalismo liberal y una cultura popular particularmente irreverente solo generaban entusiasmo de cara al nuevo milenio.

La nación se sintió por décadas intocable y fuera del alcance de las grandes guerras. Lejos había quedado Pearl Harbor, el último gran ataque extranjero instalado en la memoria colectiva. Y nadie, ni siquiera las agencias de seguridad, estaba preparado para enfrentar algo similar. 

El 11-S rompió esa racha. A partir de ese momento, tanto la sociedad como el Gobierno comenzarían a girar alrededor de una sola palabra: seguridad.

Libertad vs. Seguridad

Los terroristas pasaron meses gestando el plan ante las narices de las autoridades. Para cuando el atentado ocurrió, ni la Casa Blanca ni todas sus agencias se perdonarían el hecho de que semejante intromisión lograra actuar irrestrictamente.

En ese clima, la seguridad empezó a justificar medidas inéditas. Una de las primeras, y no menos polémica, fue la Ley Patriota, con la cual el Gobierno amplió considerablemente sus facultades de vigilancia e investigación: desde abrir la correspondencia hasta pinchar teléfonos sin una orden judicial.

La legislación fue apenas una parte de la gran reestructuración que viviría el Estado. “Ciertamente cambió la dinámica organizacional, sobre todo a inicios de la guerra global contra el terrorismo, dado que Estados Unidos tuvo que aprender a actuar no solamente intragencialmente, sino asumir la decisión de transformar organizaciones, los medios que utilizaban para actuar internacionalmente y poder dar una respuesta efectiva frente a la amenaza como el terrorismo… no necesariamente eficaz”, comentó a Diplomacia Activa Juan Erardo Battaleme Martinez, exsecretario de Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa argentino y becario de la National Defense University. 

El Departamento de Seguridad Nacional unificó a 22 agencias federales distintas (incluida la Transportation Security Administration y el servicio de aduanas) bajo un mismo mando. Fue la mayor reorganización del gobierno estadounidense desde la creación del Departamento de Defensa en 1947.

La obsesión por la seguridad sentó las bases para la creación de la herramienta por excelencia del actual Gobierno, ICE, y empresas de inteligencia que revolucionarían las bases de datos en las próximas décadas, entre ellas, Palantir.

Si bien el fortalecimiento de los aparatos estatales se presentaba como excepción a la regla a favor de una mayor seguridad, lo cierto es que la excepción comenzó a convertirse en regla. De todos modos, la sociedad estaba más que dispuesta a ceder a tales lineamientos para evitar repetir el terror.

La Guerra contra el enemigo invisible

Alguien debía pagar y cuando Al Qaeda se adjudicó la autoría del atentado toda la furia del país se canalizó en el grupo liderado por Osama Bin Laden. Pero, ¿a dónde debían apuntar los cañones cuando el enemigo era invisible?

Al-Qaeda era una organización terrorista transnacional que nació y actuó en la clandestinidad. Lejos de ser un Estado, el grupo era omnipresente pero a la vez indetectable. Estados Unidos, acostumbrado a las guerras tradicionales, debía materializar al enemigo.

En ese sentido, el Gobierno decidió tomar al atentado como un acto de guerra en lugar de un crimen, un ajuste de palabras que dio paso a la llamada “guerra contra el terrorismo”, una campaña patrocinada por Bush y su vicepresidente Dick Cheney que logró orientar el consenso social y poderío militar, no así apuntar con precisión.

El primer blanco: Afganistán. Acusados de proteger a Bin Laden, Estados Unidos le declaró la guerra al gobierno talibán. Así, la guerra de Tora Bora sería la primera gran batalla post 11-S. A pesar de que Washington logró derrocar a los talibanes, el autor intelectual del atentado seguía prófugo. 


Irak, un objetivo que ya se encontraba sobre la mesa el mismo día del atentado, pasó a ocupar la atención de Washington. La administración Bush sugirió repetidamente ante la opinión pública que el dictador iraquí, Sadam Husein, prestaba apoyo logístico a Al-Qaeda.

Bajo estas premisas, Estados Unidos lideró una coalición que invadió Irak el 20 de marzo de 2003 (Operación Libertad Iraquí), derrocando a Husein. Sin embargo, las inspecciones posteriores demostraron que Irak no tenía nexos con los atentados del 11-S ni poseía los arsenales de armas de destrucción masiva como Colin Powell, secretario de Estado, había jurado ante el Consejo de Seguridad de la ONU.

La cabeza de Husein tenía un precio alto, pero el asunto seguía sin resolverse. Tras su caída, Estados Unidos seguía sumido en el miedo, la incertidumbre, la vulnerabilidad y, lo más importante, sin poder dar con Al-Qaeda.

Situaciones excepcionales, ¿medidas excepcionales?

Al igual que en “La Guerra de los Mundos” (no, no es casualidad que se estrenara 4 años después del 11-S), la amenaza podía volver a salir de las profundidades de la tierra. En ese contexto, la Defensa estadounidense sufriría uno de los cambios más radicales jamás vividos. Esta vez, lejos de los consensos multilaterales y, en ocasiones, lejos de la legalidad internacional.

La primera medida: Guantánamo, un territorio en Cuba que Estados Unidos controla desde 1903. El Gobierno inauguró en 2002 una prisión para interrogar a los sospechosos capturados en Afganistán.

¿Por qué en Cuba? Washington buscaba una zona fuera del alcance de los tribunales y las leyes de los Estados Unidos, como el derecho a un juicio justo o a ver a un juez (habeas corpus). Guantánamo era un vacío legal aprovechado por las autoridades, pero en un plano general era la punta del iceberg de algo más.

Los llamados “black sites” fueron una de las expresiones más radicales de esa nueva lógica de guerra. A lo largo de la “guerra contra el terrorismo” se instalaron prisiones secretas operadas por la CIA en países como Polonia, Rumania, Lituania, Tailandia o Afganistán. Los sospechosos eran trasladados clandestinamente a estos sitios mediante operaciones de rendición extraordinaria.

La finalidad, bueno, es un capítulo clave en la historia.

Bajo el clima de plena permisividad en función de la prevención, la CIA tomó las riendas del asunto a nivel internacional. Después de todo, sentían la responsabilidad de remendar su error luego de haber subestimado la amenaza.

Mientras los altos mandos se encontraban en búnkeres durante el 11-S, los funcionarios buscaban respuestas a toda costa, incluso si los medios para obtenerlas no obedecían acuerdos (hasta entonces) incuestionables como los Convenios de Ginebra. Eso los llevó a sugerir un «conjunto alternativo de procedimientos de interrogatorio«, como dijo José Rodríguez, director del servicio secreto de la CIA.


Con la ayuda de dos psicólogos de dudosa trayectoria, la CIA adoptó el polémico programa de “técnicas de interrogatorio mejoradas”, lo cual no era más que un eufemismo para referirse a un plan de tortura sistemática para interrogar detenidos sospechados de tener vínculos con Al-Qaeda.

La principal hipótesis era que la tortura podía quebrar la resistencia del sujeto y hacerlo cooperar ante los interrogadores.

Entre las técnicas implementadas se encuentran el ahogamiento simulado, la hipotermia, posturas forzadas, encierro en espacios reducidos con insectos, privación del sueño, descargas eléctricas o mantener al prisionero desnudo por horas, entre muchas otras.

El país no tendría conocimiento absoluto de las técnicas sino hasta la publicación en 2014 del polémico reporte elaborado por el Comité Selecto del Senado sobre el Programa de detención e interrogatorio de la CIA, un documento de 6,700 páginas, de las cuales se desclasificó un resumen de unas 700 páginas.

Una vez que los métodos llegaron al público, el debate social en torno a su legitimidad comenzó a ramificarse entre el rechazo, la negación y el respaldo rotundo.

Pero en los centros clandestinos de la CIA, si surgían dudas sobre los métodos, estas se disipaban rápidamente con cada ataque que Al-Qaeda perpetraba en el mundo. Túnez, Marruecos, Turquía, Arabia Saudita, España, Reino Unido, entre otros, sufrieron decenas de atentados suicidas.

La CIA no lograba predecir dónde sería el próximo ataque, mucho menos ubicar la “cabeza de la serpiente”. Mientras tanto, los “interrogatorios reforzados” intentaban destilar el mínimo de información necesaria.

Sin embargo, la investigación no solo descubrió encubrimiento, falsas declaraciones al Congreso y destrucción de pruebas por parte de la CIA, sino también la total ineficacia de las técnicas para obtener respuestas. 

De los 39 detenidos que sufrieron las técnicas más agresivas, la propia CIA admitió que varios de ellos no aportaron absolutamente nada útil. Los prisioneros incluso inventaron información de forma recurrente sólo para detener los abusos.

La información crítica o útil para dar con el paradero de Bin Laden ya se había obtenido previamente por métodos de interrogatorio tradicionales no coercitivos, o bien provenía de otras agencias de inteligencia.

De las cenizas del trauma

Mientras Medio Oriente vivía un infierno, Estados Unidos experimentaba otro tipo de conflicto.

Después de los atentados hubo una ola de unidad nacional y patriotismo. Multitudinarias ceremonias, cuantiosas donaciones para los familiares de las víctimas y los rescatistas y una fuerte empatía lograron unir el país. Sin embargo, la cohesión social comenzó a degradarse con los meses hasta que finalmente la guerra en Irak provocó rupturas irreconciliables.

Entre quienes respaldaban la guerra, no se trataba solo de una intervención militar, sino del nacimiento de un nuevo modelo de país. Ese modelo estuvo diseñado principalmente por la corriente neoconservadora (neocons), que ya ocupaba los puestos más altos del gobierno de Bush.

A diferencia del modelo de la Guerra Fría basado en la contención y la disuasión, quienes defendían la guerra teorizaron que, ante amenazas como el terrorismo global, el país debía transformarse en un Estado con derecho a la guerra preventiva.

Bajo este enfoque, Estados Unidos ya no debía esperar a ser atacado; si percibía que una nación o grupo podía desarrollar una amenaza en el futuro, tenía la justificación moral de invadir e iniciar un cambio de régimen.

“En su condición unipolar, Estados Unidos concibió –y concibe— que puede transformar el mundo a su imagen y semejanza”, sugiere Battaleme.

La nueva visión del orden mundial rechazaba la idea de que el país tuviera que someter su seguridad al consenso de organizaciones internacionales como la ONU o la opinión de aliados históricos. El lema implícito era que las alianzas se formaban en función de la misión, y no al revés

Quienes impulsaron esta visión formaban parte de un think tank fundado en 1997 llamado Project for the New American Century (PNAC). Casualmente en 2000, el grupo aseguró que este proceso de transformación militar y geopolítica global sería lento, «a menos que ocurriera un evento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbor». El 11 de septiembre fue visto, precisamente, como ese catalizador.

Dos países bajo una misma bandera

El hard power unilateral del nuevo Estados Unidos entró en conflicto con el modelo liberal heredado de los ‘90, lo que llevó al país a niveles históricos de polarización.

La política se convirtió en una cuestión moral absoluta. «Están con nosotros o están con los terroristas», pronunció el presidente Bush 9 días después del atentado.

Tras la invasión de Irak, el país se dividió en dos realidades paralelas:

  • Quienes defendían el nuevo modelo justificaron la intervención asumiendo como verdades absolutas la existencia de armas de destrucción masiva y la supuesta implicación de Sadam Husein en el 11-S.
  • Quienes se oponían, al ver que dichas premisas eran falsas, desarrollaron una desconfianza profunda y permanente hacia las instituciones del Estado, la comunidad de inteligencia y la presidencia.

Los efectos son dignos de un análisis psicológico. Muchos expertos apuntaron al llamado “razonamiento motivado”, un fenómeno social en el cual los ciudadanos dejan de evaluar los datos de forma objetiva y comienzan a ignorar o procesar la información exclusivamente para que encaje con el sesgo de su propio partido, algo no muy diferente a lo que hoy llamaríamos “posverdad”.

Fue entonces cuando demócratas y republicanos comenzaron a desmantelar los puentes que aún sostenían para ubicarse cada vez más en los extremos ideológicos. De aquí en más “adversario” y “amenaza existencial” no serían términos tan distantes. Esta polarización no tardó mucho en reflejarse en las postales estadounidenses.

Imagen | The New York Times

La televisión fue quizás el campo de batalla más áspero. Si una década atrás, los canales de noticias eran relativamente neutrales, la era post-9/11 consolidó el auge de Fox News. El canal adoptó un tono hiperpatriótico, defensivo del nuevo modelo neocon y abiertamente hostil hacia la izquierda, a la que acusaba de debilitar al país en tiempos de guerra. Al otro lado de la calle, canales como CNN y NBC viraron hacia una postura crítica de la administración Bush.

El cambio se podía ver también en cada narrativa hollywoodense. Antes del 9/11, si el público idolatraba símbolos culturales como Los Simpsons, South Park, Seinfeld, The X-Files, The Matrix, Fight Club o American Beauty, era porque habitaba espacios comunes plagados de sátiras hacia sí mismos.

Para los 2000, la parodia y el nihilismo fueron desplazados por la posición binaria ante el 9/11. Si la producción no era “apolítica” o crítica, entonces era probable que implícitamente defendiera los nuevos valores nacionales.

Esta fragmentación de la cultura significó que, para finales de la década, los estadounidenses ya no solo tenían opiniones políticas distintas, sino que habitaban universos culturales, morales e informativos completamente diferentes.

Para finales de los 2000, las diferencias ya no encajaban en los medios tradicionales, requerían un nuevo espacio en el cual la verdad dependiera del criterio de cada uno. Desde la actualidad, puede verse cómo la llegada de las redes sociales abrió ese espacio ideal para materializar —y profundizar— el quiebre.

Con la promesa de convertir al mundo en una aldea global, las redes sociales darían paso a una cultura basada en la sobreexposición, una cultura que se mostraba y se muestra democratizante, pero que a la vez marcó un punto bisagra en la vigilancia.

Para ponerlo en perspectiva, si a principios de los 2000, la administración Bush debía tomarse el esfuerzo de investigar ciudadano por ciudadano para saber si se trataba de una amenaza, a partir de finales de los 2010, serían los propios usuarios los que proporcionarían voluntariamente datos claves en redes sociales.

“Hoy en día estamos a un clic de ser vigilados de forma permanente y persistente”, afirma Battaleme. “Hemos normalizado este dicho de que si uno es bueno nadie tiene que tener miedo de la vigilancia constante y en esa normalización aparecen muchísimas dudas porque por más bueno que uno sea, no sabemos quien tiene el poder para vigilarnos, van a usar ese poder para el bien o para la manipulación”.

Impacto en la imagen de Estados Unidos en el mundo

Durante su discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU el 5 de febrero de 2003, el secretario de Estado Colin Powell llevó un frasco que simulaba contener una dosis letal de ántrax. La muestra fue utilizada para dimensionar la amenaza del supuesto programa de armas biológicas de Irak. Fuente: PBS

Pero si hablamos de quiebre, ninguno supera al de la imagen de Estados Unidos ante el mundo.

Si el suelo norteamericano fue alguna vez tierra de instituciones sólidas y democráticas, las imágenes de las tropas en Irak y el escándalo de Abu Ghraib provocaron resquemor a escala mundial. La herida de muerte hacia la confianza en la pax americana vendría de la mano del falso argumento sobre las armas de destrucción masiva en Irak.

El sentimiento en contra de la cultura, la política y las acciones de Estados Unidos creció con fuerza en Oriente Medio, plataforma estelar de la guerra contra el terrorismo. “Estados Unidos perdió mucho capital blando, especialmente en sus relaciones con el mundo árabe. En primer lugar, la relación especial con Arabia Saudita, basada en seguridad a cambio de acceso a petróleo barato, sufrió el impacto de los atentados en tanto buena parte de los pilotos suicidas era de origen saudí”, nos comentó Francisco Corigliano, doctor en historia de la Universidad Torcuato Di Tella y la Universidad de San Andrés.

Pero la relación también se vio ensombrecida con Latinoamérica. Una semana antes del 11-S, el Gobierno de Bush negociaba la flexibilización de los controles migratorios con el Gobierno mexicano de Vicente Fox. Luego de los atentados, la inmigración pasó a ocupar un lugar central en la seguridad nacional, un estatus que continúa intacto hasta el día de hoy.

En ese clima de distanciamiento con Washington, América Latina atravesaría también un giro político conocido como “marea rosa”, una serie de gobiernos de izquierda cuyo escepticismo a la política estadounidense sería una bandera unificadora en toda la región.

La ruptura de estos consensos generó un mayor acercamiento hacia otras esferas de influencia. Una en particular entraría al siglo XXI con gran margen de maniobra.

Mientras las armadas estadounidenses se encontraban en la batalla de Tora Bora, el 11 de diciembre de 2001 China se unió a la Organización Mundial del Comercio, uno de los primeros pasos para disputarle a Estados Unidos la hegemonía mundial. Pero no sería el único.

China, junto a la naciente Rusia de Vladimir Putin, aprovecharían el vacío geopolítico que Estados Unidos dejó durante su obsesión con el terrorismo. Pekín y Moscú aprovecharon el nuevo escenario para ampliar su influencia y contribuir al desplazamiento hacia un mundo más multipolar. 

La herencia política del miedo 

Fuente | Anadolu Ajansı

Según datos del FBI, los crímenes de odio contra musulmanes (o personas percibidas como tales) se multiplicaron por más de 1,600% solo en el año 2001. El atentado generó una fuerte ola de islamofobia que rápidamente se apoderó del imaginario colectivo. Aunque el mismo Bush intentó frenar esta tendencia, la televisión, el cine y los medios de comunicación masivos no ayudaron a revertirlo. 

Con el tiempo, la amenaza no era solo Medio Oriente, era el mundo. Esa idea no era universal ni objetiva, pero lograría obtener a su representante ideal.

Donald Trump entró a escena como un outsider de la política que rápidamente logró canalizar las frustraciones de millones de estadounidenses cada vez más desconfiados de lo foráneo.

Durante sus presidencias, Trump utilizó y sigue utilizando términos deshumanizantes para describir las caravanas de migrantes, equiparándolas implícitamente con el terrorismo. En este aspecto podríamos preguntarnos si una amenaza de tal dimensión podría prosperar de no ser por la memoria de los atentados.

¿Fue el 9/11 la piedra angular de nuestra época?

Suena exagerado, incluso objetable, afirmar que 25 años después seguimos viviendo las consecuencias del 11-S, sobre todo porque muchos procesos de cambio ya se encontraban activos. Pero podemos ver sus rastros en todo lo que llegaría después.

  • En materia económica, las guerras posteriores al 11-S coincidieron con un período de fuerte inestabilidad energética y financiera que desembocaría en la Gran Recesión de 2008, la mayor crisis financiera estadounidense desde la Gran Depresión. 
  • Con respecto a la percepción de la amenaza, el miedo subyacente pasó a ser parte del ADN de Estados Unidos, aunque el enemigo podía variar. Tal como explica Battaleme, para la administración Bush el terrorismo amenazaba la forma de vida norteamericana. Para la administración Trump, la inmigración, China o el narcoterrorismo son la nueva amenaza contra la esencia del Tío Sam. La amenaza cambia, pero el puesto siempre está listo para alguien o algo.
  • En cuanto a la política exterior, el país que tras los atentados del 2001 se sentía suficientemente poderoso como para transformar el mundo “a su imagen y semejanza”, señala Battaleme, terminó enfrentando mayores dificultades para convencer al mundo de seguir su dirección. La pérdida de esa superioridad moral hizo que la nación abandonara el enfoque casi exclusivo en el contraterrorismo para concentrarse en la Competencia de Grandes Potencias contra China y Rusia.

En ese nuevo escenario, la actual administración Trump ha dejado de lado las justificaciones ideológicas sobre la defensa de la democracia global, calificándolas de ilusiones abstractas, para adoptar un realismo puro enfocado estrictamente en los intereses económicos y de seguridad nacional de Estados Unidos, una decisión que abre un panorama incierto para el orden internacional que el mundo conoció desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

A fin de cuentas, si el terrorismo tenía intenciones de lastimar a Estados Unidos, el atentado fue apenas un detonante para que la nación más poderosa del mundo continuara el trabajo por su cuenta. Como advirtió el senador Ted Kennedy en el corazón de esa tormenta: “Si sacrificamos nuestras libertades en nombre de la seguridad, los terroristas habrán ganado sin disparar un solo tiro más”.


Axel Olivares (Argentina): Estudiante de Comunicación Social, Universidad Nacional de Cuyo. Redactor y columnista en Diplomacia Activa.

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