Tabula rasa en política exterior
Por Juan Esteban Maggi
El profesor Jeffrey Friedman sostiene que el deep engagement sobrevivió intacto a la primera presidencia de Trump. Pero, ¿se sostiene la misma tesis frente a un segundo mandato? Los cuatro pilares que sostenían esa estrategia empiezan a ceder. Lo que emerge no es otra grand strategy identificable, sino el regreso de las zonas de influencia, adaptadas al siglo XXI.

A pocos meses de cumplirse la mitad de su segundo mandato, la gestión de Donald Trump se perfila como una de las más disruptivas en materia de política exterior de las últimas décadas. Si el orden internacional de posguerra puede pensarse como un juego cuyas reglas el propio Estados Unidos escribió y cuyo tablero presidió durante ocho décadas, Trump actúa como el jugador que, en plena partida, decide que ya no le conviene jugar según esas reglas y empieza a mover las piezas a su antojo.
Aranceles sin distinciones, tensiones abiertas con aliados en cumbres de la OTAN y el G7, una ofensiva militar que combina la reafirmación de la Doctrina Monroe en América Latina con bombardeos en Medio Oriente y África, y el retiro sistemático de organismos multilaterales. Todas estas acciones conforman un cuadro que, a primera vista, parece romper con los pilares tradicionales del orden internacional que Estados Unidos construyó y lideró desde 1945.
El interrogante, entonces, es si esa ruptura es real o aparente: ¿tiene Estados Unidos todavía una grand strategy coherente, o el sistema político doméstico se ha fragmentado al punto de volver imposible sostener una? El argumento de Jeffrey Friedman en “Is US grand strategy dead?” (2022) ofrece un buen punto de partida. El autor sostiene que, contrario a la tesis mayoritaria, el deep engagement, la estrategia dominante desde la posguerra, sobrevivió intacta a la primera presidencia de Trump.
Cabe entonces preguntarse si esa continuidad se mantiene frente a la evidencia de un segundo mandato mucho más audaz. Para abordar esa pregunta es necesario ir primero a las bases: qué se entiende por grand strategy, en qué consiste el deep engagement y cuáles son sus cuatro pilares constitutivos. Sobre esa base se contrasta el argumento de Friedman con la evidencia empírica del nuevo Trump pilar por pilar, para indagar finalmente si lo que emerge es un giro hacia otra estrategia identificable, o si, más bien, expone los límites de la tipología con la que la disciplina suele ordenar el debate.
Grand Strategy Framework
Definir la grand strategy es una tarea titánica. A pesar de la extensa producción académica dedicada al término, su significado sigue siendo motivo de disputa, en tanto cada autor que intenta precisarlo termina moldeándolo según sus propios intereses analíticos o políticos, con resultados muchas veces distintos entre sí y hasta (en ciertos casos) contradictorios.

Su origen es estrictamente militar. El término se empleó originalmente, en el marco de las dos guerras mundiales, para hacer referencia a la coordinación de los recursos militares con el fin de derrotar al enemigo en una batalla y, en consecuencia, en la guerra.
Sin embargo, pronto resultó evidente que la victoria no se agotaba estrictamente en la variable militar. El siglo XX requirió también la diplomacia, los recursos económicos, la coordinación con la política doméstica y una multiplicidad de intereses que excedían el campo de batalla.
Con la construcción del nuevo orden internacional a partir de 1945, el término comenzó a ampliar su alcance para representar ese paraguas de iniciativas políticas, militares y económicas desplegadas en la arena internacional. Los teóricos empezaron a comprender que una estrategia era tan necesaria en tiempos de paz como en tiempos de guerra. Ahora bien, resulta pertinente preguntarse: ¿es lo mismo hablar de grand strategy que de política exterior?
Se trata de dos conceptos frecuentemente confundidos, pero sustancialmente distintos. La política exterior, en términos generales, comprende el conjunto de acciones y decisiones que un Estado adopta en sus relaciones con otros actores internacionales con miras a satisfacer sus intereses nacionales. La grand strategy, en cambio, posee un componente eminentemente teórico, del orden de las ideas.
Como plantea Hal Brands en “What Good Is Grand Strategy?” (2014), constituye el lente conceptual que orienta a los tomadores de decisión a la hora de maximizar los intereses de la nación a escala global, y determina hacia dónde quiere llegar un Estado y qué pretende alcanzar en dicho camino. En este sentido, la grand strategy moldea la política exterior. Es la arquitectura intelectual que guía el accionar estatal en un orden internacional caracterizado por la competencia, el cambio acelerado y la anarquía como eje ordenador.
La relevancia de contar con este tipo de marco conceptual radica en que el mundo contemporáneo es demasiado complejo para ser abordado sin una guía que resulte coherente con los objetivos que un gobierno se propone alcanzar en la arena internacional. No se trata de un conjunto de fórmulas exactas capaces de resolver cada problema puntual, sino de un marco conceptual desde el cual se jerarquizan amenazas, se definen qué compromisos externos vale la pena sostener y hacia dónde orientar los recursos disponibles. Se simplifica, con fines decisorios, la complejidad que supone el mundo actual.
El concepto, cabe aclarar, no es de aplicación exclusiva a Estados Unidos, y su multiplicidad de definiciones así lo confirma. Sin embargo, ha concentrado la atención académica de manera particular desde el inicio de la hegemonía unipolar de la década de 1990. Entendiendo a Estados Unidos como el líder natural del orden internacional liberal, su grand strategy reviste implicancias determinantes para la supervivencia (o la erosión) de ese mismo orden.

Deep engagement y sus cuatro pilares
El deep engagement constituye, dentro de este universo de estrategias posibles, la que Estados Unidos adoptó de manera consistente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y que, según buena parte de la literatura, se consolidó como el consenso bipartidista de la política exterior estadounidense durante décadas. Stephen G. Brooks y William Wohlforth, en “America Abroad: The United States’ Global Role in the 21st Century” (2016), ofrecen una de las caracterizaciones más completas de esta estrategia, resumida como la decisión deliberada de Washington de mantener una presencia activa en la arena internacional como mecanismo para avanzar en la consecución de sus intereses esenciales.
Los autores identifican cuatro pilares que sostienen esta estrategia.
- El primero de ellos es el mantenimiento de la superioridad militar estadounidense, no en términos puramente defensivos, sino como la garantía de que ningún actor rival pueda desafiar la posición de Estados Unidos en ninguna región clave del globo. Según datos del Defense Manpower Data Center, a marzo de 2026, Estados Unidos mantenía 247.162 efectivos militares y civiles del Departamento de Defensa desplegados fuera de su territorio continental, distribuidos en 171 países y territorios, una presencia que ningún otro Estado en la historia ha logrado igualar.
- El segundo pilar consiste en el desarrollo de compromisos de seguridad con aliados estratégicos, lo cual incluye la extensión de garantías de defensa y la disuasión frente a potenciales agresores regionales. En Europa, este compromiso se institucionalizó a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), cuyo artículo 5 consagra el principio de defensa colectiva y convirtió a Washington en el garante último de la seguridad del continente. En Asia, en cambio, Estados Unidos optó por la construcción de una red de alianzas bilaterales conocida como sistema «hub and spokes» (Sistema de San Francisco), con Washington como eje y una serie de aliados satélites como Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia, Nueva Zelanda y Tailandia. Originalmente, además de servir a la defensa mutua, se buscaba desincentivar que estos desarrollen grandes capacidades militares propias (particularmente capacidades nucleares), lo cual impulsaba (en teoría) un sistema internacional más estable y predecible.
- El tercer pilar es la preservación de un régimen de comercio abierto, que responde tanto a intereses económicos directos como a la convicción de que la interdependencia comercial reduce los incentivos al conflicto entre las grandes potencias. Este pilar encuentra su expresión institucional más acabada en la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995, que vino a consolidar y ampliar el sistema multilateral de reglas comerciales heredado del GATT de la posguerra. Ello se conjugó, en primer lugar, con el impulso de una extensa red de tratados de libre comercio bilaterales y regionales, con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, hoy T-MEC) como ejemplo paradigmático. Y, en segundo lugar, con la difusión del llamado Consenso de Washington, el paquete de recomendaciones de liberalización comercial, desregulación y disciplina fiscal que Estados Unidos promovió como receta de desarrollo para América Latina y otras economías emergentes durante esa década.
- Finalmente, el cuarto pilar refiere a la participación activa en instituciones internacionales basadas en reglas, un componente que le permite a Estados Unidos no solo legitimar su liderazgo, sino también moldear las normas que rigen el sistema internacional según sus propios intereses. Este liderazgo normativo se manifiesta desde el propio nacimiento del orden internacional de la posguerra, con instituciones internacionales hechas “a medida” de los intereses norteamericanos.
Estos cuatro pilares, sostienen Brooks y Wohlforth, no operan de manera aislada, sino que se refuerzan mutuamente. La superioridad militar sostiene la credibilidad de los compromisos de seguridad; estos habilitan la estabilidad necesaria para el comercio abierto, y la participación institucional permite gestionar el conjunto sin recurrir permanentemente a la coerción unilateral.
La paradoja, sin embargo, resulta ineludible: si los cuatro pilares que sostienen el techo continúan en pie, ¿por qué el edificio que debían proteger, el de un orden internacional pacífico y predecible, se percibe hoy más agrietado que nunca? Lejos de ser una pregunta retórica, esa tensión obliga a indagar si el diagnóstico de continuidad esconde, en realidad, una erosión más profunda de lo que sus propios defensores están dispuestos a admitir.
De Trump 1.0 a Trump 2.0
Frente al diagnóstico de que el sistema político estadounidense se fragmentó al punto de no poder sostener una grand strategy, Jeffrey Friedman ofrece una tesis a contracorriente. Explicita que el deep engagement no solo sobrevivió a Trump, sino que goza de un respaldo bipartidista tan sólido como en cualquier momento desde la Guerra Fría.
Su método consiste en desagregar la estrategia en sus cuatro pilares esenciales y conjugar el accionar de Trump con datos de opinión pública. Argumenta que se mantuvieron, en líneas generales, sin alteraciones sustantivas durante su primer mandato. Y, en los casos puntuales en que Trump sí los afectó, retórica o concretamente, el electorado lo rechazó por amplios márgenes. Ese rechazo funciona, en la lectura de Friedman, como el mecanismo mismo que explica la continuidad.
Incluso aceptando la tesis de Friedman para el primer gobierno de Trump, algo en sí discutible, ese argumento no resiste la evidencia de su segunda presidencia. Vamos por partes.
Respecto a los compromisos de seguridad, la anomalía que Friedman trataba como desvío puntual se institucionaliza. La presión sobre Dinamarca y la amenaza de anexar Groenlandia (territorio de un aliado de la OTAN), el pedido al Pentágono de que Europa asuma la disuasión convencional para 2027, y una National Security Strategy que sugiere que Washington y Europa «ya no comparten los mismos intereses ni los mismos valores», desbordan el marco de un exabrupto retórico corregible por el electorado.
Las dos últimas cumbres de la OTAN confirman ese giro estructural. En La Haya (junio de 2025), Trump condicionó explícitamente las garantías de seguridad estadounidenses a que los aliados elevaran su gasto en defensa del 2% al 5% del PIB para 2035, un salto histórico que la Alianza terminó aceptando bajo amenaza.
Un año después, en Ankara (julio de 2026), el patrón se repitió. Trump llegó a plantear en privado un recorte de un tercio de las tropas estadounidenses en Europa, arremetió públicamente contra aliados por su «falta de apoyo» y dio por terminada, en medio de la cumbre, la tregua con Irán sin consultar a sus socios. Cada cumbre se ha vuelto un ejercicio de «minimizar los daños» causados por el propio presidente estadounidense antes que un espacio de coordinación estratégica en seguridad.

En el pilar del «comercio abierto», la ruptura es más profunda aún. Trump ya había iniciado en su primer mandato una guerra comercial acotada, dirigida casi exclusivamente contra China. El Trump 2.0 generalizó esa lógica en el famoso «Liberation Day» (2 de abril de 2025), cuando la administración presentó una tabla de aranceles recíprocos aplicada simultáneamente a decenas de socios comerciales (aliados y rivales por igual), reemplazando el proteccionismo selectivo de 2018 por una guerra comercial de alcance global. Los aranceles recaudaron 163.800 millones de dólares en 2025 (frente a 40.000 millones en 2024), el multilateralismo fue reemplazado por acuerdos bilaterales atados a la seguridad nacional, y el uso de la IEEPA para imponerlos fue objeto de litigio ante la Corte Suprema.
Más allá de su función recaudatoria, los aranceles se consolidaron como herramienta de coerción política, dirigida indistintamente contra rivales, socios comerciales de segundo orden y aliados históricos. El caso de Brasil ilustra su uso contra gobiernos que Washington considera hostiles.
No obstante, el ejemplo más elocuente es el de Canadá que, tras el fracaso de las negociaciones comerciales en agosto de 2026, Estados Unidos impuso aranceles del 50% sobre unos 20.000 millones de dólares en productos canadienses, a lo que siguió la amenaza de elevar al 50% los aranceles sobre automóviles y autopartes a partir de 2027, y un llamado explícito de Trump a que las empresas canadienses se trasladaran a territorio estadounidense para evitar el gravamen. Definitivamente, el “comercio abierto” no solo dejó de ser una prioridad de política exterior, sino que incluso dejó de ser un fin en sí mismo.

En alusión a las instituciones internacionales, Friedman ya advertía en 2022 que este era el pilar más vulnerable del deep engagement, al enfrentar una amenaza clara proveniente del ala trumpista del Partido Republicano, aunque sostenía que se trataba de una amenaza contenible. El segundo mandato de Trump desbordó cualquier estrategia de contención, con el retiro formal de la OMS y del Acuerdo de París, el desmantelamiento de USAID, y la salida de 66 organismos internacionales en un solo año.
Pero el desdén no se limita a los espacios que abandonó, sino también alcanza a los que integra. El G7 es tratado por Trump más como escenario de gestos personales que como ámbito de cooperación genuina. En la cumbre de Kananaskis (junio de 2025) abandonó el encuentro un día antes de lo previsto para atender la escalada entre Israel e Irán, sin coordinar antes con sus pares, y aprovechó el encuentro para proponer reincorporar a Rusia al grupo.
Un año después, en la cumbre de Évian-les-Bains (junio de 2026), entró tarde a la primera sesión y se presentó ante los demás líderes con la frase «yo soy el jefe» («I’m the boss»), un episodio menor en apariencia pero que sintetiza bien la esencia del vínculo con sus aliados. La llegada de un unilateralismo tan explícito rompe, en su raíz, con la lógica misma de la cooperación multilateral. Ya no se trata de coordinar posiciones entre pares, sino de imponerlas desde una jerarquía que Trump da por sentada.

Ahora bien, si hay un pilar donde debería esperarse coherencia entre el discurso de Trump y su accionar, es el de la cuestión militar. Desde 2016 se presenta como el presidente que acaba con conflictos internacionales, que denuncia las «guerras innecesarias» de sus predecesores y que promete devolver a los soldados a casa. Sin embargo, en este pilar ocurre exactamente lo contrario de lo que ese discurso anticipa.
La invasión a Venezuela y la captura de Maduro, los bombardeos a bases del Estado Islámico en Nigeria y Somalia, las operaciones en Yemen y el ataque a instalaciones nucleares iraníes muestran un uso de la fuerza más intenso que en el primer mandato. 493 ataques militares tan solo en el primer año de gestión, frente a 287 durante toda la presidencia de Biden. El gasto militar acompaña esa tendencia; lejos de reducirse, escaló a 1 billón de dólares en 2026 y la propuesta de Trump para 2027 lo lleva a 1,5 billones, una cifra muy superior a la que jamás solicitó Biden. Aquí Friedman acierta.
El oxímoron entre el discurso de «América First» que promete el fin del intervencionismo y una práctica que multiplica los frentes de combate y bate récords de gasto militar es, en el pilar de la superioridad militar, la evidencia más clara de que la retórica de Trump no es una guía confiable para anticipar su política exterior efectiva.

De todos modos, es revelador que Friedman module su propia tesis recién al final del texto, con dos salvedades que aparecen casi como notas al pie de un argumento que en el cuerpo del texto suena mucho más categórico.
- La primera es que Trump, aun sin desplazar las preferencias de política del electorado, pudo haber dañado «la fe básica de los estadounidenses en la política exterior de su país», un daño que admite pero no mide.
- La segunda es explícitamente condicional, al comentar que, si Trump fuera reelecto, «es posible que monte un desafío más agresivo a los principios del deep engagement«. Efectivamente, eso ocurrió.
Ambas salvedades apuntan en la misma dirección que la evidencia de la segunda gestión de Trump. Lo que le permite a Friedman sostener su tesis pese a intuir esta fragilidad es una distinción cómoda que separa los «principios» del deep engagement de su política concreta. Esa distinción salva la tesis en el plano abstracto mientras admite el deterioro en el plano concreto.
¿1823, 1945 o 2026? Los límites de clasificar a Trump
Si el deep engagement resulta difícil de sostener como descripción de la segunda gestión de Trump, cabe preguntarse si lo que observamos es, en cambio, una estrategia de restraint u offshore balancing. Ello plantea la prescripción de reducir los compromisos militares externos, usar la fuerza solo ante amenazas directas, y concentrarse en preservar el dominio estadounidense en el hemisferio occidental.
A primera vista, la política hacia América Latina encaja en esa lógica. La invasión a Venezuela, la creación del “Escudo de las Américas”, la presión sobre Cuba y el intento de control sobre el Canal de Panamá reeditan la Doctrina Monroe, esta afirmación de que el hemisferio es una zona de influencia exclusiva. En agosto de 2026, el propio Departamento de Estado lo resumió sin ambigüedad en un video oficial por el bicentenario de la presencia estadounidense en América: «este hemisferio es nuestro». Es la afirmación explícita de una zona de influencia exclusiva, en la que ningún actor rival tiene lugar.
Pero llamar «restraint» a esto exige forzar la definición. Esta estrategia es, ante todo, un mandato de repliegue del uso de la fuerza a nivel global, y la segunda gestión de Trump hace lo contrario fuera del hemisferio. Según CENTCOM, mantiene más de 50.000 efectivos y 19 buques de guerra en Medio Oriente, siendo el mayor despliegue en la región desde la guerra de Irak. Incluso, estas misiones fueron ya extendidas hasta 2027 que, según confirmaron funcionarios estadounidenses, están reteniendo unidades que debían desplegarse en Europa o el Indo-Pacífico.
Ese dato desarma también la hipótesis del offshore balancing. Esa variante prioriza justamente a Europa como frente de contención frente a Rusia y a Asia Oriental como frente de contención frente a China, concentrando ahí los recursos disponibles y dejando en un segundo plano otras regiones donde es deseable retirarse.
Lo que ocurre en la práctica es lo contrario. Medio Oriente termina absorbiendo los recursos que le corresponderían a los dos frentes que, bajo esa misma lógica, sí importan. El resultado se parece menos a un cálculo de balance de poder deliberado y más a una convivencia tácita de zonas de influencia con Rusia y China, en la que cada potencia consolida la suya mientras Washington asegura la propia en América Latina (¿y Medio Oriente?).
Lo que emerge no es otra opción identificable dentro de la tipología clásica, sino una combinación que ninguna categoría captura bien. La Doctrina Monroe es anterior al propio marco de las grand strategies, diseñado para ordenar el debate posterior a 1945. Su reaparición sugiere que la tipología tiene dificultades para capturar una política que combina lógicas pre-1945 con un uso de la coerción (económica y militar) más intenso que cualquier variante de repliegue.
El problema no es solo que el segundo mandato de Trump no encaje en ninguna casilla, sino que la pretensión de que exista una casilla correcta puede estar subestimando cuánto de la política exterior contemporánea responde a una lógica transaccional, en la que cada decisión se evalúa por su ganancia puntual antes que por su apego a una doctrina coherente.
¿Hacia dónde vamos (o volvemos)?
Trump no ofrece una nueva grand strategy para reemplazar al deep engagement. Hace, más bien, tabula rasa de la capa específica de reglas e instituciones construida desde 1945: el multilateralismo, las instituciones basadas en reglas, los compromisos de seguridad estables y la cooperación como eje. Eso no equivale a un vacío. Ni deep engagement, ni restraint, ni offshore balancing describen bien lo que queda cuando se remueve esa capa, porque lo que emerge no es la ausencia de lógica, sino la que esa arquitectura vino a reemplazar en primer lugar.
Estamos presenciando el regreso de las zonas de influencia, aunque adaptadas al siglo XXI. Es precisamente lo que el orden de posguerra intentó dejar atrás, porque un mundo organizado así, sin reglas compartidas que medien entre las grandes potencias, resulta estructuralmente más inestable y más propenso al conflicto.
La pregunta que queda abierta, entonces, no es cuánto durará la “era Trump”, sino cuánto de 1945 va a quedar en pie cuando se vaya.
Juan Esteban Maggi (Argentina): Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad Católica de Córdoba. Estudiante de Derecho, Universidad Nacional de Córdoba. Miembro de Diplomacia Activa