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El cambio climático está cambiando el vino más de lo que creemos

Por Victoria Bertolini

Cuando se habla del cambio climático, la conversación suele centrarse en el aumento del nivel del mar, el derretimiento de los glaciares o los fenómenos meteorológicos extremos. Sin embargo, uno de sus efectos más tangibles puede encontrarse en un lugar inesperado: una copa de vino.


A diferencia de muchos otros productos agrícolas, el vino cuenta la historia de un lugar y de un momento específicos. Sin embargo, hoy esa historia está cambiando.

Para comprender esta transformación se requiere ir más allá de los viñedos. Los cambios en el clima modifican las características de una cosecha, pero también plantean desafíos para economías regionales, cadenas de valor y políticas públicas que dependen de la estabilidad ambiental.

¿Por que el vino es buen indicador del cambio climático?

El vino es uno de los productos agrícolas más estrechamente vinculados a las condiciones ambientales. Cada cosecha refleja una combinación única de temperatura, precipitaciones, horas de sol y variabilidad estacional. Estos factores climáticos influyen no sólo en la cantidad de uvas cosechadas, sino también en el equilibrio, la estructura y la identidad del vino final. Por ello, la vitivinicultura constituye un caso de estudio útil para observar cómo el cambio climático impacta sobre una actividad económica estrechamente vinculada al territorio.

En julio de 2026, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió que un episodio fuerte de El Niño continuaría intensificándose durante los meses siguientes, con capacidad para modificar los patrones de temperatura y precipitaciones en distintas regiones del mundo. Más allá del pronóstico climático, el organismo destacó que esta información ofrece una oportunidad para anticipar riesgos y fortalecer la toma de decisiones antes de que los impactos se materialicen.

En ese contexto surge una pregunta: ¿qué implica esta advertencia para una actividad cuya producción depende estrechamente del clima, como la vitivinicultura?

Los informes publicados por organismos internacionales como la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) ofrecen una perspectiva útil para comprender cómo un fenómeno climático global puede traducirse en impactos económicos y sociales concretos.

Una nueva realidad climática para los viñedos

Según la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), el cambio climático se ha convertido en uno de los principales desafíos para la industria vitivinícola mundial. El aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas, las heladas inesperadas y la mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos están obligando a los productores a replantear siglos de prácticas vitivinícolas.

Como consecuencia, según la OIV, numerosas regiones vitivinícolas ya registran cambios asociados al aumento de las temperaturas y a una mayor variabilidad climática. Entre ellos se destacan la modificación del equilibrio entre acidez, azúcar y compuestos aromáticos que pueden alterar el estilo de vinos que históricamente fueron reconocidos por determinadas características, planteando nuevos desafíos tanto para productores como para consumidores.

Más allá de las consecuencias agronómicas, esta transformación también implica un desafío económico. La necesidad de adaptar los sistemas de producción, invertir en nuevas tecnologías o modificar prácticas tradicionales incrementa los costos y obliga a los productores a tomar decisiones en un contexto de creciente incertidumbre climática.

Más allá del cambio climático: El Niño y La Niña

El cambio climático interactúa con fenómenos climáticos naturales como El Niño y La Niña. Estos eventos influyen en los patrones globales de precipitaciones y temperaturas, generando con frecuencia importantes desafíos para las regiones vitivinícolas.

Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM) El Niño y La Niña son fases opuestas de un mismo fenómeno: El Niño/Oscilación del Sur (ENOS). Se trata de uno de los patrones climáticos de origen natural más potentes de la Tierra. El Niño suele asociarse a un aumento de las precipitaciones en algunas zonas de América del Sur, el sur de los Estados Unidos, partes del Cuerno de África y Asia central, así como a condiciones más secas en América Central, el norte de América del Sur, el Caribe, Australia, Indonesia y partes del sur de Asia.

El Niño se caracteriza por un aumento de la temperatura de la superficie del océano en las partes central y oriental del Pacífico ecuatorial. Suele producirse con una periodicidad de entre dos y siete años, y su duración oscila entre nueve y doce meses. Por lo general, comienza a formarse entre marzo y junio, y alcanza su apogeo entre noviembre y febrero; sus consecuencias en las temperaturas mundiales suelen ser más pronunciadas en el segundo año del episodio.

No. Según la OMM, El Niño forma parte de la variabilidad climática natural del sistema océano-atmósfera. Sin embargo, el calentamiento global puede amplificar algunos de sus efectos, ya que una atmósfera más cálida contiene mayor energía y humedad, favoreciendo fenómenos extremos como lluvias intensas y olas de calor.

Si bien El Niño es un fenómeno climático natural que forma parte de la variabilidad del sistema océano-atmósfera, sus efectos pueden intensificarse en un contexto de cambio climático.

La Organización Meteorológica Mundial señala que el aumento de la temperatura del aire y de los océanos incrementa la energía y la humedad disponibles en la atmósfera, lo que puede amplificar fenómenos meteorológicos extremos, como las olas de calor y las precipitaciones intensas.

En consecuencia, eventos como El Niño no deben analizarse de forma aislada, sino en interacción con una tendencia de calentamiento global que modifica la intensidad y el impacto de sus manifestaciones.

“Tenemos que prepararnos para un episodio de El Niño potencialmente fuerte, que exacerbará las sequías, potenciará las lluvias intensas y agravará el riesgo de olas de calor tanto en tierra como en el océano. El episodio más reciente de El Niño, ocurrido en 2023/2024, fue uno de los cinco más intensos de los que se tiene constancia y contribuyó a las temperaturas mundiales sin precedentes que se registraron en 2024”

Celeste Saulo, Secretaria General de la OMM

La intensidad de un evento como tal es extremadamente decisiva, tanto si se trata de un episodio débil, moderado, fuerte o muy fuerte. Incluso un evento moderado de El Niño dispara las probabilidades de que se produzcan algunos fenómenos meteorológicos y climáticos extremos.


Imagen | Organización Meteorológica Mundial

¿Qué implica para la vitivinicultura?

Para las regiones vitivinícolas, la interacción entre el cambio climático y fenómenos naturales como El Niño adquiere una importancia particular. Si bien la OMM advierte que un episodio de El Niño puede intensificar determinados patrones de precipitaciones y temperaturas en distintas regiones del mundo, el impacto concreto dependerá de las características de cada territorio.

Más allá de sus efectos inmediatos, este escenario pone de manifiesto un desafío más amplio. Cada vendimia refleja cada vez más la interacción entre las tendencias del cambio climático de largo plazo y la variabilidad natural del sistema climático.

En consecuencia, la planificación basada en información climática, la gestión del riesgo y la capacidad de adaptación dejan de ser herramientas complementarias para convertirse en componentes centrales de la sostenibilidad y la competitividad del sector vitivinícola.

Para regiones vitivinícolas esta interacción resulta especialmente relevante. Un episodio de El Niño que favorezca condiciones más húmedas puede incrementar la presión de enfermedades fúngicas, alterar el calendario de la vendimia y aumentar la incertidumbre en la producción. En un contexto donde la industria ya enfrenta desafíos climáticos y económicos, la planificación y la capacidad de adaptación adquieren un papel cada vez más estratégico.

Adaptarse ya no es una opción

En este escenario, la adaptación deja de ser una estrategia opcional para convertirse en un componente esencial de la resiliencia y la competitividad del sector. 

En distintas regiones vitivinícolas, los productores están: plantando viñedos a mayores altitudes, experimentando con variedades de uva mejor adaptadas a climas más cálidos, mejorando la eficiencia del riego, invirtiendo en prácticas de agricultura regenerativa, monitoreando los viñedos mediante tecnologías de agricultura de precisión. Estas estrategias demuestran que la capacidad de adaptación está adquiriendo tanta importancia como la tradición.

Una industria que enfrenta múltiples presiones

El posible impacto de un episodio intenso de El Niño no ocurre sobre una industria estable. Por el contrario, la vitivinicultura mundial atraviesa desde hace varios años un proceso de transformación marcado por cambios económicos, sociales y ambientales que condicionan su capacidad de adaptación.

Según la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), el consumo mundial de vino mantiene una tendencia descendente desde 2018. Este comportamiento responde a una combinación de factores, entre ellos la evolución de los hábitos de consumo, las presiones inflacionarias, las tensiones geopolíticas y un contexto económico que ha reducido el poder adquisitivo en numerosos mercados.


Imagen |  Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), State of the World Vine and Wine Sector 2025.

Este contexto resulta especialmente relevante al analizar los desafíos climáticos que enfrenta la industria. Adaptarse al cambio climático requiere inversiones en tecnología, infraestructura, gestión del agua e innovación agrícola. Sin embargo, esas inversiones deben realizarse en un escenario caracterizado por una menor demanda y mayores presiones económicas.

Según la OIV, en 2025, el consumo mundial fue estimado en 208 millones de hectolitros, lo que representa una caída del 2,7 % respecto del año anterior y una disminución acumulada cercana al 14 % desde 2018.

En consecuencia, la capacidad de adaptación del sector ya no depende únicamente de su capacidad para enfrentar eventos climáticos extremos. También está condicionada por su capacidad para sostener la competitividad, mantener la rentabilidad y continuar invirtiendo en adaptación en un mercado global cada vez más desafiante.

La dimensión humana

El cambio climático no sólo afecta la calidad de las uvas o las características de una cosecha. También tiene profundas implicancias para los millones de personas cuyos medios de vida dependen del sector vitivinícola.

A medida que las condiciones climáticas se vuelven cada vez más impredecibles, los productores pueden enfrentar menores rendimientos, mayores costos de producción y una creciente necesidad de invertir en medidas de adaptación. Estos desafíos afectan directamente a los trabajadores temporarios, las bodegas familiares y las comunidades rurales cuyas economías dependen en gran medida de la viticultura.

Según la OIV, la viticultura sostiene complejas cadenas de valor que van mucho más allá de los viñedos. La producción de vino genera empleo en la agricultura, la industria manufacturera, la logística, la hospitalidad, el turismo, el comercio minorista y el comercio internacional.

Más allá del empleo, los cambios en los patrones de producción también pueden influir en el comportamiento de los consumidores. Cosechas más reducidas o mayores costos de producción pueden traducirse en precios más altos, cambios en la demanda y modificaciones en los flujos del comercio internacional. A su vez, estas transformaciones pueden impactar las inversiones, las exportaciones y la competitividad a largo plazo de las regiones productoras de vino.


Trabajadores durante la vendimia en Mendoza en el contexto del episodio de El Niño de 1997-1998 | Archivo familiar Bertolini.

¿Qué implica esto para las políticas públicas?

Los fenómenos climáticos extremos suelen analizarse desde una perspectiva ambiental. Sin embargo, cuando afectan actividades económicas estratégicas, como la vitivinicultura, también plantean desafíos para el empleo, el comercio, las exportaciones y el desarrollo de las economías regionales.

En este contexto, los boletines El Niño/La Niña elaborados por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) adquieren una importancia que va más allá de la divulgación científica. Su objetivo es proporcionar información que permita anticipar riesgos y facilitar la toma de decisiones por parte de gobiernos, organismos humanitarios y sectores especialmente sensibles al clima, como la agricultura, la gestión del agua, la energía y la salud.

¿Por qué importa?

Los boletines de la OMM constituyen una herramienta para reducir la incertidumbre y fortalecer la toma de decisiones. Su valor no reside únicamente en anticipar condiciones climáticas futuras, sino en permitir que gobiernos y sectores productivos incorporen esa información dentro de sus procesos de planificación. En regiones donde la economía depende fuertemente de actividades sensibles al clima, integrar este tipo de información puede contribuir a diseñar políticas de adaptación, fortalecer sistemas de alerta temprana e incentivar inversiones orientadas a reducir su vulnerabilidad frente a eventos climáticos

Más que ofrecer respuestas definitivas, este escenario plantea nuevos interrogantes. ¿Cómo incorporar de manera sistemática estos pronósticos en la planificación provincial? ¿Qué herramientas necesitan los pequeños productores para adaptarse a escenarios climáticos cada vez más inciertos? ¿Cómo fortalecer la resiliencia de una cadena de valor que involucra mucho más que la producción de vino?

“El Niño es uno de los fenómenos climáticos sujetos a un monitoreo más estrecho. Pero los pronósticos por sí solos no evitan los peligros; eso solo pueden hacerlo las personas. Este episodio de El Niño, que se desarrolla en un contexto de contenido calorífico de los océanos sin precedentes y de aumento inédito de las temperaturas, brinda a Gobiernos y comunidades la oportunidad de anticipar riesgos y actuar antes de que se manifiesten los impactos. Las decisiones que tomemos hoy determinarán las consecuencias que experimentaremos mañana.»

Celeste Saulo, Secretaria General de la OMM

Estas palabras constituyen un recordatorio de que la información climática ya no representa únicamente un insumo para la investigación científica. También se ha convertido en una herramienta estratégica para anticipar riesgos, fortalecer la capacidad de adaptación y orientar decisiones que impactarán sobre el desarrollo económico y social de numerosas regiones.

El vino como reflejo del cambio global 

El vino siempre ha representado cultura, identidad y territorio. Hoy también refleja una transformación más profunda: la manera en que el cambio climático está redefiniendo la relación entre el ambiente, la producción y el desarrollo económico. Cada botella cuenta una historia que va mucho más allá de la variedad de uva también habla de la capacidad de adaptación de los productores y de la resiliencia de las comunidades que sostienen esta actividad.

En ese sentido, la vitivinicultura constituye mucho más que un sector productivo. Es un ejemplo de cómo un fenómeno global puede manifestarse en una economía regional, afectar cadenas de valor, transformar prácticas agrícolas y plantear nuevos desafíos para gobiernos, productores y organismos internacionales. Lo que ocurre en los viñedos ilustra una realidad que también enfrentan otras actividades estrechamente vinculadas al clima: la necesidad de adaptarse a escenarios cada vez más inciertos.

Quizás una de las principales enseñanzas de este proceso sea que el cambio climático ya no puede entenderse únicamente como un desafío ambiental. Sus efectos repercuten sobre el empleo, las exportaciones, la inversión, el patrimonio cultural y el desarrollo de comunidades enteras. En este contexto, los pronósticos elaborados por organismos internacionales como la Organización Meteorológica Mundial dejan de ser simples informes científicos para convertirse en herramientas estratégicas de anticipación y planificación.


Victoria Bertolini: M.A. en Relaciones Internacionales.

Categorías

Ambiente/Clima, Argentina, economía, gobernanza, Naciones Unidas, Regiones, relaciones internacionales, Social

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