Pax Silica y la ruta de la seda digital
Por Luca Nava
Estados Unidos y China compiten por algo más que simplemente desarrollar el modelo más avanzado de inteligencia artificial. Las nuevas cumbres globales y los esfuerzos por sumar socios revelan una disputa aún más profunda: el control de la infraestructura, los estándares y las condiciones de acceso a la misma.

En julio de 2026, representantes de 29 países reunidos en Shanghái acordaron la creación de la Organización Mundial para la Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO, por sus siglas en inglés). Con sede en la ciudad china, la institución fue presentada como una plataforma destinada a reducir la brecha tecnológica y ampliar la participación del Sur Global en la definición de las reglas de la inteligencia artificial. Un día después, Xi Jinping advirtió sobre el riesgo de que la concentración de esta tecnología produjera una nueva injusticia histórica. El líder chino ofreció capacitación y centros de cooperación a los países de los BRICS, la ASEAN, América Latina y la Unión Africana. Frente a las restricciones tecnológicas estadounidenses, Pekín buscó proyectarse como defensor de una inteligencia artificial abierta, accesible y orientada al beneficio compartido.
La retórica de Washington es marcadamente diferente; su estrategia nacional presenta el desarrollo de la IA como una carrera que Estados Unidos debe ganar. Menciona términos como liderazgo, victoria y dominación tecnológica; identifica a las empresas y los desarrolladores como protagonistas; y propone proteger las cadenas de suministro frente a proveedores considerados adversarios.Como ya hemos destacado en Diplomacia Activa, las grandes potencias no solo expresan sus visiones del mundo mediante capacidades materiales, sino también a través de discursos que ordenan la realidad, identifican amenazas, y delimitan aliados y enemigos.
China presenta la inteligencia artificial como un patrimonio común cuyo acceso debe democratizarse; Estados Unidos, en cambio, la concibe como una capacidad estratégica cuya superioridad debe preservar. Detrás de esta oposición discursiva, ambas potencias persiguen un objetivo semejante: convertir su ecosistema tecnológico en la infraestructura predeterminada del resto del mundo. Esta transformación también puede observarse en las cumbres internacionales. En Bletchley Park, en 2023, la discusión estuvo dominada por la seguridad y los riesgos de los modelos de frontera. Seúl incorporó la innovación y la inclusión; París desplazó el énfasis hacia la acción y el despliegue; y Nueva Delhi colocó en el centro el impacto, la democratización de los recursos y la soberanía tecnológica.
En este contexto, la pregunta dejó de ser cómo contener los riesgos de la IA y pasó a ser quién podrá desarrollarla y utilizarla, con qué infraestructura y bajo las reglas de quién.
Para entender dónde termina la apertura y dónde comienzan nuevas formas de dependencia, Diplomacia Activa consultó a Juan P. Cadile, doctorando en Filosofía en la Universidad de Rochester, formado en Filosofía y Ciencias de la Computación y especializado en interpretabilidad y filosofía de la inteligencia artificial.
Más allá de los modelos
La inteligencia artificial suele representarse como un producto inmaterial, es decir, una aplicación capaz de responder preguntas, crear imágenes, escribir código, entre otras tareas. Pero cada interacción depende de una extensa estructura física y económica, dependiente a la vez de minerales críticos, energía, fábricas de semiconductores, centros de datos, cables submarinos, servicios en la nube, modelos fundacionales, entre otros imprescindibles. Controlar cada eslabón de esa cadena permite administrar accesos, establecer precios, condicionar actualizaciones y definir los estándares a los que deberán adaptarse gobiernos y empresas. La competencia no se limita, entonces, a desarrollar el mejor modelo de lenguaje, sino que abarca la totalidad del stack tecnológico que lo hace posible.
Estados Unidos conserva una ventaja estructural: según el AI Index 2026 de la Universidad de Stanford, lidera la inversión privada, la creación de modelos destacados y la infraestructura mundial de centros de datos. También ocupa una posición central en el diseño de semiconductores avanzados y en los servicios de computación en la nube.
China, sin embargo, redujo significativamente la distancia en el rendimiento de sus modelos en muy poco tiempo. Además, lidera en publicaciones científicas, patentes e instalación de robots industriales, mientras su capacidad manufacturera le permite incorporar la innovación a sectores productivos a gran escala.

Existen, por lo tanto, al menos tres competencias simultáneas: una por alcanzar la frontera tecnológica, otra por difundir sistemas económicos y accesibles, y una tercera por establecer las reglas de su utilización. En este sentido, Estados Unidos podría conservar el modelo más avanzado y, aún así, perder terreno si China consigue que una porción creciente del mundo adopte sus plataformas e infraestructuras.
La estrategia estadounidense adquirió una expresión concreta con el lanzamiento de Pax Silica, en diciembre de 2025. La iniciativa articula cadenas de suministro entre países considerados confiables y busca reducir la exposición a tecnologías, minerales o componentes controlados por adversarios estratégicos. Su alcance excede los semiconductores, integrando energía, minerales críticos, refinamiento, manufactura avanzada, centros de datos, conectividad, modelos fundacionales y aplicaciones. Washington procura exportar un paquete tecnológico completo más allá de los componentes por separado, que acompañe a sus aliados desde la infraestructura física hasta los servicios digitales.
El nombre ya precede sus intenciones: Pax Silica remite a la Pax Romana o la Pax Americana; períodos de estabilidad sostenidos por la centralidad de una potencia. No es una organización horizontal; es un orden tecnológico protegido por la superioridad estadounidense y por cadenas de suministro políticamente alineadas. La confianza se convierte entonces en un criterio de inclusión. Los integrantes del circuito acceden a inversiones, infraestructura de cómputo y cooperación científica, mientras que los enemigos enfrentan controles sobre exportaciones, inversiones y transferencia tecnológica.
Esta estrategia también busca administrar las propias vulnerabilidades de Washington, ya que Estados Unidos depende del exterior para obtener minerales, fabricar componentes y satisfacer la demanda energética de sus centros de datos. Por lo tanto, esta alianza informal procura organizar esas interdependencias alrededor de aliados y reducir los márgenes de influencia china.

De la ruta de la Seda Digital a los modelos abiertos
China construye su influencia mediante un mecanismo diferente. La Ruta de la Seda Digital surgió en 2015 como extensión tecnológica de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Durante su primera etapa se concentró en telecomunicaciones, fibra óptica, cables submarinos, sistemas satelitales, centros de datos, ciudades inteligentes y servicios en la nube. Su principal atractivo fue la oferta integrada, una economía de escala: empresas y bancos chinos podían combinar financiamiento, equipamiento, instalación, mantenimiento y capacitación, y de esta manera podían reducir las barreras de acceso a la infraestructura digital. El problema es que también incrementaban los costos de cambiar posteriormente de proveedor.
Durante los últimos años, la estrategia se extendió desde la conectividad física hacia una nueva capa de poder: la difusión de modelos de inteligencia artificial, plataformas, estándares y programas de formación.

Los modelos de pesos abiertos de empresas como DeepSeek, Alibaba, Zhipu AI o Moonshot ocupan un lugar central en esta expansión. A diferencia de los sistemas estadounidenses más cerrados, pueden descargarse, modificarse y ejecutarse localmente. Para numerosos gobiernos y empresas, esto representa la posibilidad de conservar los datos dentro del país, adaptar los modelos a sus idiomas y reducir la dependencia de interfaces extranjeras. Volviendo a WAICO, se agrega ahora una capa institucional. La Ruta de la Seda Digital suministra infraestructura; los modelos abiertos aportan aplicaciones; la nueva organización ofrece un espacio diplomático; y la reivindicación del Sur Global proporciona legitimidad política.
De igual forma, la promesa china exige algunos matices. Un modelo de pesos abiertos permite acceder a sus parámetros entrenados, pero no necesariamente revela el conjunto de datos, el código de entrenamiento o los criterios utilizados durante su desarrollo. Por eso, como advierte la Open Source Initiative, pesos abiertos y código abierto no son conceptos equivalentes. La apertura ofrece un margen de autonomía concreto, donde un Estado puede ejecutar un modelo en servidores propios, auditarlo, adaptarlo con datos locales y evitar quedar sujeto a una interfaz que podría interrumpirse por una decisión comercial o una sanción. Pero esta posibilidad no equivale a controlar toda la cadena tecnológica.
Juan P. Cadile, en la consulta realizada para este artículo, describe esta capacidad como una soberanía de inferencia, pero no necesariamente de desarrollo. Abrir los pesos de un modelo no supone abrir la cadena de valor que lo sostiene: el cómputo, los semiconductores, la nube, el talento y los ciclos de actualización continúan concentrados en determinados proveedores y ecosistemas. La dependencia, por lo tanto, más que desaparecer, migra hacia capas menos visibles. Además, la frontera tecnológica se desplaza con rapidez: sin capacidad propia de investigación y desarrollo, un país puede utilizar y modificar un modelo abierto, pero continuará corriendo detrás de cada nuevo avance.
Para Cadile, los pesos abiertos son “una condición necesaria, pero no suficiente, para la autonomía de un país o región”. Su principal aporte es la opcionalidad: permiten negociar mejor y reducen el riesgo de quedar cautivo de un único proveedor, pero no sustituyen la acumulación de infraestructura, conocimiento y capacidad de cómputo.
Esta lectura también obliga a preguntarse no sólo cuánto depende un país, sino de quién y bajo qué garantías. Dos proveedores pueden ocupar la misma posición dentro de una arquitectura técnica y, sin embargo, estar sometidos a reglas, controles institucionales y mecanismos de rendición de cuentas diferentes. La cuestión práctica no es alcanzar una independencia absoluta, sino determinar qué vínculo ofrece mayor margen de maniobra y capacidad de salida.

El margen del sur global
No obstante, presentar esta competencia como una nueva Guerra Fría digital puede ocultar la capacidad de agencia de terceros países. India, los Estados del Golfo, la ASEAN, la Unión Europea y varios gobiernos latinoamericanos combinan tecnologías y acuerdos de ambos ecosistemas para atraer inversiones, ampliar su capacidad de cómputo y evitar una alineación exclusiva. Pero ese margen puede reducirse si Washington y Pekín elevan el costo de cooperar simultáneamente con los dos sistemas. Los controles sobre semiconductores, los requisitos de seguridad y la incompatibilidad entre estándares pueden transformar una interdependencia flexible en una fragmentación tecnológica más rígida.
Argentina ingresó a Pax Silica mientras Brasil participó en la creación de WAICO. Esto no supone todavía una fractura digital irreversible dentro del Mercosur, pero revela dos apuestas diplomáticas diferentes frente a la reorganización tecnológica mundial. Sin embargo, la historia nos demuestra que participar en una cadena internacional no equivale automáticamente a ascender dentro de ella. En el caso argentino, esto obliga a distinguir entre atraer inversiones y capturar valor dentro de la cadena. El país corre el riesgo de concentrarse en sus eslabones materiales (minerales, energía y territorio para centros de datos) mientras el diseño de chips, la computación en la nube, la propiedad intelectual y los modelos más avanzados permanecen en el exterior.
Esa inserción podría reproducir, bajo un lenguaje tecnológico, una relación conocida: aportar recursos estratégicos e importar sistemas de mayor valor cuyo funcionamiento no se controla. El alcance de Pax Silica deberá medirse, entonces, por su capacidad para generar encadenamientos locales, incorporar universidades y empresas nacionales, preservar la gobernanza sobre los datos y ofrecer alternativas frente a un eventual cambio de proveedor. Sin estas condiciones, la integración podría modernizar la especialización productiva argentina sin realmente transformarla.
El mundo parece, mientras tanto, verse enfrentado al surgimiento de un nuevo orden digital, donde la disputa no parece ser crear la inteligencia artificial más poderosa, sino lograr establecer las condiciones bajo las cuales los demás podrán utilizarla. ax Silica promete seguridad y acceso dentro de una red de confianza liderada por Estados Unidos. China, por su lado, ofrece infraestructura asequible, modelos abiertos y una narrativa de cooperación con el Sur Global. Ambos proyectos pueden ampliar capacidades, pero también producir dependencias difíciles de revertir.
La línea divisoria entonces no pasará solamente entre quienes tengan o no inteligencia artificial. Esta separará a quienes puedan decidir sobre la infraestructura que desean utilizar de aquellos que solo podrán escoger de qué potencia depender.
Luca Nava (Argentina): Estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de San Martín. Columnista de Diplomacia Activa.
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