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Las causas sobreviven a sus épocas

Por Axel Olivares

Si las instituciones pierden legitimidad, ¿Siguen vigentes los principios que les dieron sentido? Diplomacia Activa conversó con Virginia Gamba, diplomática y precandidata para la Secretaría General de la ONU, sobre los desafíos que enfrentan los internacionalistas en un escenario global marcado por profundas transformaciones y una constante redefinición de las reglas del orden internacional.


A cada lugar que vamos, a cada experto que escuchamos, la premisa es siempre la misma: el orden internacional tal como lo conocemos, con sus leyes, sus costumbres y su implementación, está muerto. De las cenizas del multilateralismo emerge un nuevo orden, en el que cada pieza ya no es una parte del todo, ahora el mundo debe adaptarse a ciertas piezas. Por lo que, ante el nuevo panorama, quienes más han lidiado con el duelo han sido los internacionalistas. Estudiantes y profesionales de trayectoria basaron su carrera en una idea de mundo que, la mayoría presume, se encuentra en su ocaso.

En los últimos años hemos presenciado conflictos que creíamos atrapados en los libros de historia. Varios líderes del mundo proyectan una visión del mundo que ya no busca grandes acuerdos ni pierde el tiempo en escrúpulos. Las relaciones internacionales parecen actualmente estar más ligadas a la presión que al consenso. En ese contexto, todas esas causas humanitarias que los organismos internacionales impulsaron a lo largo de las últimas décadas se han visto subordinadas a la mera supervivencia de los organismos. Las leyes universales que profesaban como la cúlmine de la ética internacional dejaron de ser un parámetro digno de respetar. Las potencias mundiales ahora dictan sus propias reglas.

Sombrío, ¿No? Pero, ¿Hasta qué punto este mundo aislacionista no es más que un sello de época?

Creer o reventar

Dicen que una mentira repetida muchas veces termina convirtiéndose en verdad, aunque también hay quienes piensan que no importa la cantidad de veces que se diga, seguirá siendo una mentira. Lo que nos lleva a preguntarnos, ¿Por qué tendríamos que tener una visión tan dual acerca de lo que apenas comenzamos a experimentar?


Y esa fue la pregunta que me hice durante la ceremonia de investidura honoris causa de Virginia Gamba. La diplomática argentina fue reconocida en la Universidad de Mendoza por su extensa trayectoria como estratega, académica y diplomática en materia de desarme, construcción de paz y seguridad humana. Con más de cuatro décadas de trayectoria, inició su carrera durante la transición democrática argentina como asesora del Ministerio de Defensa.

Su experiencia en Reino Unido la impulsó a viajar a Buenos Aires cuando Argentina más la necesitaba: en plena guerra de Malvinas. Gamba quiso contactarse con las autoridades para compartirles las estrategias militares que Londres estaba tramando, pero no se le abrieron las puertas. Fue el diario La Nación que la recibió para que pudiera compartir la información que había recolectado por años. Posteriormente, volvió al país que por un tiempo fue su “enemigo” para desempeñarse como profesora de Estudios de Seguridad de América Latina en el King’s College de Londres. Su compromiso con el desarme nuclear la vinculó a las Conferencias Pugwash por la Paz, organización que le valió la distinción ni más ni menos que del Premio Nobel de la Paz en 1995.

A partir de 1996 desarrolló una intensa labor en África. Durante la época bautizada por ella como la “Década africana”, codirigió la fundación Safer Africa y participó en programas de desarme y reconstrucción institucional en colaboración con líderes como Nelson Mandela. Más tarde ocupó cargos de alta responsabilidad en las Naciones Unidas, incluyendo la Oficina de Asuntos de Desarme y la jefatura del Mecanismo Conjunto ONU-OPAQ para investigar el uso de armas químicas en Siria. Entre 2017 y 2025 fue Representante Especial del Secretario General para la cuestión de los niños y los conflictos armados, liderando iniciativas globales destinadas a proteger a menores afectados por la guerra y promover su desvinculación de grupos armados.

Tras concluir sus funciones operativas en las Naciones Unidas en 2025, publicó el libro En la cuerda floja, donde recoge experiencias de su labor diplomática y humanitaria. Posteriormente y hasta hace unos meses, fue candidata para presidir la Secretaría General de la ONU, con el objetivo de convertirse en la primera mujer en dirigir la organización. Sin embargo, la oportunidad decayó luego de que Maldivas, el país que respaldó su candidatura, decidió retirar su apoyo, lo cual la dejó fuera de la competencia. Actualmente, Gamba se encuentra oficialmente retirada de sus funciones operativas en la ONU y reside en la ciudad de Bahía Blanca, donde se dedica a la actividad académica y la difusión de su libro testimonial.

Durante su paso por la Universidad de Mendoza, la magister ofreció un discurso centrado en la importancia de la educación como motor de la libertad. Gamba relató que durante los inicios de su carrera, el origen de la violencia era una incógnita que quería descifrar. “Me sentí atraída por el campo de los estudios estratégicos. Pensaba que si lograba comprender el origen de la violencia, podría hacer algo para prevenirla”. afirmó. Ante la falta de paradigmas que lograran exponer los orígenes de la violencia, Gamba decidió cambiar de enfoque y concentrarse en el impacto de la violencia. Fue en ese momento que comenzó a trabajar con niños.

«Cuando les preguntaba a los chicos afectados por el conflicto qué necesitaban, qué podía yo hacer por ellos, niños y niñas, sin importar su raza, credo o procedencia, pedían lo mismo. El derecho a la educación. Era una petición incesante y abrumadora. Sorprendente, verdaderamente. No querían dinero. No querían reconocimiento. No querían apoyo. Querían el derecho que sentían que todos los demás niños tenían el derecho a la educación».

Virginia Gamba

“Cuando les preguntaba a los chicos afectados por el conflicto qué necesitaban, qué podía yo hacer por ellos, niños y niñas, sin importar su raza, credo o procedencia, pedían lo mismo. El derecho a la educación. Era una petición incesante y abrumadora. Sorprendente, verdaderamente. No querían dinero. No querían reconocimiento. No querían apoyo. Querían el derecho que sentían que todos los demás niños tenían el derecho a la educación”, aseguró.

Luego de ser testigo de la experiencia de varios niños en contexto extremadamente adversos, se dio cuenta que no necesitaba buscar el origen de la violencia ni documentar su impacto sino que: “Los niños me enseñaron a usar otras herramientas para resolver problemas importantes: Esperanza, caridad, fe y misericordia”. Como muestra de su compromiso por un mundo mejor para todos los jóvenes, otorgó su medalla y su doctorado a la Patrona del Ejército de los Andes, que también es la Patrona de la Santísima Virgen del Carmen de Cuyo, un gesto que fue aplaudido por toda la audiencia.

Muy bonito todo, pero…

Su experiencia era objeto de admiración. La persecución de sus metas a lo largo de todo el mundo hablaba de un compromiso que pocas personas tendrían la valentía de asumir. Sin embargo, por momentos me pregunté si su visión, profundamente anclada en la fe y la esperanza como caminos para superar la violencia que atraviesa al mundo, no pecaba de un exceso de optimismo.

La complejidad de los asuntos globales, sumado al aura neorrealista de la actual política internacional, hacía que me resultara difícil digerir la idea de que la misericordia podría socavar la multimillonaria infraestructura de la violencia que tiene como socios tanto a los Estados como al aparato paramilitar en zonas vulnerables. Aun así, supongo que debo hacer mea culpa: no se necesita ejercer la violencia para tener una gran insensibilidad sobre ella. La causa, considero, se debe a la atenuante experiencia que todo ser vivo con redes sociales experimenta. Ver imágenes atroces de la Guerra en Medio Oriente en Irán o en Ucrania para luego ver videos de animales haciendo cosas divertidas puede provocar efectos colaterales en la percepción de la violencia. Pero a pesar de tener el mal hábito de mezclar guerra con contenido banal, los discursos académicos son también un ingrediente que, a mi parecer, han alimentado la caída de la legitimidad de las instituciones con respecto a la realidad de los más vulnerables.

Ya lo decía Leo Tolstoi en “La Guerra y la Paz”: “El movimiento de los pueblos comienza a decrecer. Las encrespadas olas van remitiendo en su furor, y sobre la superficie del océano en calma van formándose unos círculos sobre los cuales flotan los diplomáticos, que se figuran ser los artífices de tal apaciguamiento”. Pero el autor advierte que aquel mar bullirá, otra vez. No obstante, Gamba era diferente. Ella conoció en carne propia los horrores de la guerra en los territorios más olvidados del mundo.

Relató su encuentro con una niña en África que fue forzada a coser vestidos para mantenerse alejada de los problemas. En otro punto del continente, Gamba pudo hablar con una adolescente que le confesó haber logrado escapar de un grupo armado. La joven le pidió ayuda para rescatar a otras tres chicas que se encontraban aún secuestradas. Otra adolescente de 15 años fue secuestrada, violada y obligada a ser soldado. Al ser liberada con un bebé en brazos, fue rechazada por su propia comunidad y finalmente, acogida por una iglesia donde le enseñaron a hornear pan para ganarse la vida. Si bien todas esas historias eran conmovedoras, quizás el contexto que me tocó vivir no me permitían sentirlas de esa forma, no así el resto. Al ver a mi izquierda, una chica proveniente de la tan vapuleada diáspora venezolana comenzó a llorar ante el testimonio de la magistrada.


Al finalizar su discurso, Virginia se encontraba cercada de académicos que querían expresar su admiración por ella. Cuando logré captar su atención, le pedí una sugerencia para todos los internacionalistas que deben ahora adaptarse a un “nuevo orden mundial”. Con una expresión que denotaba cierto hastío en torno a la “nueva tendencia”, pero también, largas horas de reflexión con una postura ya formulada, la magistrada me respondió rebajando la incertidumbre sobre lo que muchos consideran una anarquía total.

“Es un año difícil”, pero “todo volverá a su cauce”, afirmó.

Al consultarle sobre la orientación que deben seguir los internacionalistas que sienten el deber de reconfigurar sus conocimientos, Gamba expresó una gran seguridad sobre la época actual, presumiendo quizás que todo esto ya lo vivió 100 veces: “Van a ver que dentro de un año todo va a volver a su propio camino”. Según me comentó, la receta para mantenerse a flote no es muy diferente a la usual: mirar, analizar las noticias, los diarios, guardar información, pensar y ver cómo va cambiando el mundo. Sólo así, indicó, comprenderemos que se trata de algo “cíclico”.

En lo personal, su respuesta no me convenció. Sigo sin creer que el mundo vaya a volver a su cauce dentro de un año. Tampoco estoy seguro de que exista un cauce al cual volver. Pero hay algo que rescato de su convencimiento. Pese a que el derecho internacional parezca hoy en día una sugerencia en lugar de una regla estricta, que el futuro de las relaciones internacionales se fragmenta en mil partes, que se cuestione si el orden internacional post-guerra realmente funcionó o si solo fue un telón que hoy se está cayendo, el papel del internacionalista no necesita rescatar un periodo —que solo Dios sabe si seguirá vivo— para poder ejercer los aspectos que más valora.

Virginia no solo hablaba de la defensa del derecho humanitario como un valor sino también como un deber. En su discurso, hizo énfasis en que los valores como la educación, la dignidad humana, la protección de la infancia, la solidaridad y la paz no deben limitarse a ser reconocidos o admirados: generan responsabilidades concretas y exigen compromiso activo por parte de quienes tienen la capacidad de actuar. 

Tal vez el orden internacional que conocimos está cambiando de forma permanente. Quizás los internacionalistas tengan razón al preocuparse. Quizás no. Lo que sí me quedó claro después de escuchar a Virginia es que hay una diferencia entre una institución y una causa. Las instituciones nacen, se transforman y eventualmente desaparecen. Las causas sobreviven a sus épocas.

La protección de los niños en contextos de guerra no deja de importar porque la ONU atraviese una crisis. La educación no pierde valor porque las potencias decidan ignorar ciertas normas. La dignidad humana no depende de las tendencias intelectuales del momento. Recae en el internacionalista identificar esa diferencia y si es posible, hacer algo al respecto.


Axel Olivares (Argentina): Estudiante de Comunicación Social, Universidad Nacional de Cuyo. Redactor y columnista en Diplomacia Activa.

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