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Hacia un mundo entrópico

Desde los años 90, cuando se empezó a gestar un nuevo orden internacional, el mundo parece estar cada vez más interdependiente. Las relaciones internacionales actuales no pueden ser analizadas sin tener en cuenta una diversidad de actores que se relacionan en constante actividad. A la par de esto siguen surgiendo conflictos enmarcados en un nuevo sistema: el multipolar, y entre tanta incertidumbre siempre resuenan dos actores estatales principales, Estados Unidos y China.

Ilustración: Soohee Cho/The Intercept

En lo que llevamos del siglo XXI la incertidumbre” se presenta como una palabra clave que marcará las décadas siguientes. Una diversidad de acontecimientos en materia económica, política, social y militar son los pilares para entender el sistema internacional que, como bien dice Barbé, “es un conjunto de actores, cuyas relaciones generan una configuración de poder —estructura— dentro de la cual se produce una red compleja de interacciones —proceso— ”. Empresas transnacionales, grupos terroristas y organizaciones intergubernamentales, empiezan a tener un rol protagónico en esta “estructura”. Entre tanto, un país en particular empieza a aspirar por el rol hegemónico internacional el cual hasta ese momento, principios del año 2000, le pertenecía a Washington.

En el libro La disputa por el poder global: China contra Estados Unidos en la crisis de la pandemia de Esteban Actis y Nicolás Creus, se encuentra una cita de Henry Kissinger que señala que “la coevolución de Pekín y Washington es la experiencia determinante del periodo actual”. No es una coincidencia que estos dos autores hayan citado a una personalidad como el ex Secretario de EE. UU. ya que él mismo fue el responsable del inicio de las relaciones entre aquellos dos en 1971 cuando era asesor del expresidente Richard Nixon.

China se ha embarcado en una lucha que parece no tener fin. En menos de 50 años el Producto Interno Bruto ha pasado de US$150.000 millones a la increíble suma de € 12.901.904 millones, que solo se la puede comparar con el PIB anual de EE. UU. que oscila en los € 18.000.000 millones. Pero ¿hasta cuándo? Pekín estima convertirse en la potencia más grande del mundo en el  año 2025, rebasando a su fiel competidor.

Ilustración: Golden Cosmos

Como bien exponen Actis y Creus, hablar de la disputa entre ambas naciones como si fuera una segunda Guerra Fría es un error y hasta absurdo. Hoy en día nos topamos con un escenario muy diferente con el que nos encontrábamos un siglo atrás, ya que la interdependencia de los mercados es absoluta por lo que es correcto decir que si bien los dos conflictos comparten un factor en común, la “destrucción mutua asegurada”, antes el peligro era nuclear y ahora se nos presenta en el ámbito económico. Antecedentes para comprender el panorama ya tenemos, la crisis económica del 2008 fue sin duda una de las peores catástrofes que azotó el empleo de millones de personas y cerró decenas de miles de fábricas. Ante esto, el Gran Dragón no se quedó afuera al hacer una potencia exportadora hacia el mundo. Sin embargo, el líder de ese momento Hu Jintao declaró que el país debía seguir con las políticas capitalistas —según ellos políticas socialistas con características chinas— que han marcado su camino y que lo llevó a utilizar fondos del Estado para salvar el mercado chino.

Como señalaba antes, la incertidumbre es una constante en las últimas dos décadas. Luego del 11 de Septiembre las contiendas como las conocíamos hasta ese momento mutaron hacia un nuevo tipo. Riana Teifukova nos presenta el concepto de “guerra híbrida” diciéndonos que “es la fusión de diferentes métodos y teorías de la guerra en diferentes niveles de guerra, en diferentes reinos, por una combinación de actores, dispuestos en el tiempo y el espacio para lograr objetivos en todos los niveles de la guerra. Tiene el potencial de transformar los cálculos estratégicos de potenciales beligerantes debido al surgimiento de actores no estatales, la tecnología de la información y la proliferación de sistemas de armas avanzados”.

Con el advenimiento de actos de terrorismo provocados por grupos terroristas y guerrilleros, los conflictos tuvieron una rápida escalada dejando en claro que los enfrentamientos ya no se producían entre países. Sumado a los avances de la ciencia en los últimos años en materia militar como los drones, cazas de combate y las recientes pruebas de jetpacks por parte del Reino Unido, nos dejan ver el alcance de la tecnología utilizada en acción. Por otra parte, el acto de ciberataque parece estar ganando relevancia como una nueva táctica de combate. En 2014 la compañía Sony Pictures lanzó una película llamada The Interview en la cual los protagonistas debían diseñar un plan para asesinar a Kim Jong-un, líder supremo de Corea del Norte. En consecuencia los servidores de la compañía fueron hackeados filtrando miles de documentos pertenecientes a los empleados, lo que derivó en una pérdida estimada de USD 200 millones.

Beijing no se queda atrás en cuanto a estrategias de dominación pero, a diferencia de Estados Unidos, prefiere usar la industria y no las balas. A principios de siglo vienen ejecutando lo que se conoce como el “collar de perlas”, un conjunto de bases y puertos propios que se extenderán desde el mar de China Meridional hasta el cuerno de África. La labor de influencia e innovación que está haciendo en países tanto de Asia como de África son un logro para el gigante asiático, dejando en evidencia la ambición de este. Como lo anticipa DerGhougassian, el plan de modernización que está desarrollando aquel deja rezagados a otros países de Occidente que ven como consume todo a su paso. A la par está llevando a cabo una de las políticas más ambiciosas de nuestros días: la construcción de una vía férrea de 12.000 km desde la costa de su territorio hasta Londres, rutas que conecten a este con los puertos ubicados en Pakistán y un gasoducto de 1800 km que lleve gas natural desde Turkmenistán, llegando a invertir más de USD 1 billón en infraestructura.

Entre tanto caos se necesita de entendimiento para poder sobrellevar los problemas. Kissinger declara que “la política de Estados Unidos respecto a China debe tener un enfoque doble: mantenerse firme en los principios estadounidenses y, al mismo tiempo, mantener un diálogo constante y buscar áreas de cooperación”. Siguiendo a Nakano, lo que necesita el sistema es un orden internacional que sea presidido por el poder de los estados nacionales. Hablar de un ordenamiento global que depare en una “democracia cosmopolita” como plantea Held no es una solución.

Los países conviven en un sistema que tiende al desorden; en cuanto mayor sea este, mayor entropía. Como bien dice Madeleine Albright, “las relaciones internacionales no son un juego de ajedrez, sino una partida de billar que en el momento que una bola golpee a otra creara un entorno desordenado”.


Mauricio Rodríguez (Argentina): estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad de Congreso, y columnista en Diplomacia Activa.

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