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A 20 años del día que cambió todo

Hay fechas que quedan selladas en la historia de la humanidad como momentos que cambiaron por completo nuestra percepción del mundo en el que vivimos. Hechos que por sí solos transforman enteramente nuestra forma de vivir y de pensar. Lo que ocurrió en las ciudades de Nuevas York y Washington D.C el 11 de septiembre de 2001 fue sin dudas uno de los capítulos más trascendentales de la historia moderna.

Luego de la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989, el mundo parecía haber encontrado por fin un periodo de paz y estabilidad, sobre todo en Occidente. Los preceptos de la democracia liberal eran exportados a todos los rincones del mundo y Estados Unidos veía dichoso como antiguas repúblicas soviéticas se acercaban ideológicamente a lo que antes concebían como ideas del demonio e, inclusive, la misma Rusia aplicaba reformas liberales en las entrañas del viejo régimen Soviético. El renombrado politólogo Francis Fukuyama se aventuró a proclamar el «Fin de la Historia” refiriéndose a la conclusión de las disputas ideológicas. La potencia americana se colgó la medalla de “superpotencia” pero todo estaba a punto de cambiar, y para siempre.

Aquella mañana de septiembre amaneció totalmente despejado, una paradoja del destino o una minuciosa planificación por parte de los terroristas que buscaban un clima totalmente benévolo, ya sea para dejar poco margen de error en la visualización de los objetivos o, peor aún, montar un teatro dantesco para que todas las cámaras de televisión pudiesen mostrar con la máxima claridad posible los acontecimientos. Diecinueve individuos que respondían al grupo fundamentalista islámico Al Qaeda secuestraron 4 aviones. Tenían como objetivos atacar el poder económico (las Torres Gemelas), el poder militar (el Pentágono) y el poder político (el Capitolio) de los Estados Unidos de América. Tres de las cuatro aeronaves cumplieron con su cometido y el único avión que no llegó a destino —el Capitolio— fue el vuelo 93 que tras un intento por parte de los pasajeros de recuperar el avión, hizo que los terroristas decidieran estrellar el aparato en una zona rural de Pensilvania. ¿Saldo de la jornada? Casi 3.000 muertos y un mundo que no volvería a ser el mismo.

Esa noche el 43° presidente George W. Bush daba una conferencia que marcaría el destino de la política mundial del siglo XXl al declarar la guerra total al terrorismo internacional.

El 18 de septiembre, siete días después de los atentados, el Congreso en forma exprés aprobaba “The Authorization for Use of Military Force” y Bush manifestó que la guerra sería librada no sólo contra aquellos que se aventuraran a atacar a los Estados Unidos sino también contra aquellos que les den asilo. De esta manera se instauraba una “guerra permanente” y el 7 de octubre comenzaría la Operación Libertad Duradera

Guerra contra el terrorismo

La invasión de Afganistán contaba con un apoyo sin precedentes en la historia. Los ciudadanos querían venganza y, motivado por este sentimiento, el presidente norteamericano declaraba al terrorismo como el gran enemigo del “mundo libre”. Sin saberlo, o mejor dicho con todo fríamente calculado, estaba abriendo la caja de Pandora con la utilización de un término tan difuso y amplio como es el terrorismo. 

A partir de entonces dio pie a todos los Estados del mundo de justificar sus actos, incluyendo violaciones masivas de los derechos humanos, persecuciones y espionaje contra todos aquellos grupos o ciudadanos que fuesen considerados simpatizantes de Al Qaeda. Muchas veces el término fue utilizado para perseguir a la oposición política o para atacar a aquellas personas cuyas ideas o actos “alteraban” el status quo. La poca claridad en la definición de la palabra y su amplitud interpretativa dan espacio a cientos de arbitrariedades y la dinámica de los hechos llevaba al mundo a caminar en la cornisa de la moralidad nuevamente. 

El ejemplo más emblemático de lo expuesto con anterioridad fue la apertura del Centro de detención de terroristas en la Bahía de Guantánamo —ubicado al sureste de Cuba—. Todos los apresados en Afganistán fueron trasladados allí, siendo prisioneros que no habían sido acusados formalmente de nada y que no tenían el menor derecho, de hecho muchos resultaron ser simples campesinos o chivos expiatorios. La Casa Blanca declaró que Guantánamo no era territorio bajo soberanía norteamericana por lo tanto no se sometía a la jurisdicción de su ordenamiento jurídico, así como tampoco de los tribunales internacionales. El mismísimo Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld (1975 a 1977 y 2001 a 2006), declararía que “los combatientes enemigos fuera de la ley no tienen ningún derecho de la Convención de Ginebra” (*).

La guerra contra el terror no se ganaría manteniendo una postura defensiva,  lo que generó un cambio en la estrategia norteamericana. A partir de entonces Estados Unidos se reservaría el derecho a emprender enfrentamientos preventivos de manera unilateral y usando toda la fuerza de su poderío militar, sin importar la opinión de la comunidad internacional.

«…con los atentados del 11 de septiembre como argumento justificador a lo largo de la primera década del siglo XXI y en vista a una “New American Century” de dominación de amplio espectro, esto es, a una dictadura global representativa de las grandes corporaciones de Wall Street…«

Luiz Alberto Moniz Bandeira

Islamofobia

Las consecuencias que generaron estos acontecimientos marcaron el rumbo de la política mundial hasta la actualidad y muchos analistas reflotaron la teoría del «choque de civilizaciones» elaborada por el teórico conservador estadounidense Samuel P. Huntington. Para él, la derrota de la Unión Soviética había puesto fin a todas las querellas ideológicas pero no a la historia. La cultura, y no la política o la economía, dominaría el mundo. Enumeró ocho culturas: occidental, confucianista, japonesa, islámica, hindú, eslava ortodoxa, latinoamericana y africana, cada una encarnando diferentes sistemas de valores simbolizados a su vez por una religión. 

A partir del 11/S muchos musulmanes sufrieron el señalamiento inquisitorio de un mundo occidental consternado por los hechos que perturbaron su orden moral. Los medios de comunicación y la opinión pública promovieron un sentimiento de rechazo al islam, momento en el cual la islamofobia se expandió por todo occidente.

Sociedad de vigilancia

Otro cambio que generaron los atentados fue la instauración de leyes que avanzaron por sobre las libertades individuales. El caso de la Patriot Act permitía al poder federal monitorear electrónicamente a los ciudadanos a través de la NSA (National Security Agency). El establecimiento de la figura penal de terrorismo doméstico daba un margen de amplitud tan grande que hacia posible su aplicación ante cualquier acto de desobediencia civil cometido por ciudadanos de ideas políticas diversas, así como también el cercenamiento de garantías individuales y derechos civiles, coartando libertades públicas y violando derechos humanos. La Patriot Act configuró un régimen de policía que de a poco fue replicado en la mayoría de los países occidentales. Todos pasamos de ser simples ciudadanos a potenciales terroristas y, bajo esta excusa, los gobiernos iniciaron un sistema de vigilancia y control sobre nuestra cotidianidad.

Soldados de Estados Unidos y demás coaliciones militares abandonando en el mes de mayo el campo aéreo de Bagram, Afganistán | Foto: Jim Huylebroek para The New York Times.

No caben dudas que 20 años después seguimos viviendo bajo los efectos del 11/S. La ocupación de Afganistán fue seguida de una invasión absurda en Irak, generando una desestabilización en Oriente Medio y Próximo Oriente que terminaría dejando vacíos de poder que fueron ocupados progresivamente por grupos terroristas afines a Al Qaeda. Aquellos países que apoyaron desde un comienzo la guerra contra el terrorismo recibieron ataques en sus capitales, como fue el caso de Madrid el 11 de marzo de 2004 y Londres 2005. Francia también sufriría ataques en varias ocasiones, siendo los más tristemente recordados los de Paris en enero y noviembre de 2015.

Los acontecimientos que vivimos estas últimas semanas en Afganistán muestran el fracaso de la guerra contra el terrorismo. La nación más poderosa del mundo abandona un territorio en el cual, después de 20 años de ocupación, no pudo consolidar una sociedad moderna con instituciones liberales y democráticas. Todo lo contrario, apenas despegaba el último avión militar en medio de un caos generalizado que nos recordaba la retirada de Saigón en los años 70, entraban a Kabul aquellos sujetos que habían acobijado a bin Laden, los mismos que le brindaron todas las facilidades para planear los ataques del 11 de septiembre de 2001.


Franco Chizzoli Bauzá (Argentina): Analista en relaciones internacionales, Universidad de Congreso, y panelista del programa #HappyHour de Diplomacia Activa.

Referencia

(*) A Nation Challenged: A Visual History of 9/11 and Its Aftermath: the prisioner. First “unlawful combatants” seized in Afghanistan arrive at U.S base in Cuba, The New York Times, 12-1-02.

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