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El día más tenebroso

Hace casi dos décadas el mundo se paralizó ante uno de los sucesos más importantes en la historia reciente de los Estados Unidos, el cual marcaría un antes y un después en la política internacional de este país. Estamos hablando ni más ni menos del atentado terrorista contra el World Trade Center y el Pentágono.

AFP / AP

Este suceso se llevó a cabo el 11 de septiembre de 2001 y tuvo como resultado alrededor de 3.000 víctimas fatales, dejando al pueblo estadounidense en shock al ver que por primera vez su soberanía territorial se encontraba vulnerable ante el ataque de un grupo terrorista extranjero. Esto tuvo repercusiones de inmediato en la estrategia exterior del país, así como en su momento las tuvo el ataque a Pearl Harbor en 1941. “Me temo que hemos despertado a un gigante dormido” dijo Isoroku Yamamoto, almirante japonés que dirigió el ataque a la base naval durante la Segunda Guerra Mundial.

Si bien es cierto que el corazón de la política estadounidense no se encontró alterado, podemos observar ciertas características claves de un imperio a partir del “11-S”, el manejo del dominio mundial y la formación de un control estratégico incuestionable. El gobierno de George W. Bush, aprovechando esta oportunidad y teniendo el apoyo tanto del gobierno como de los medios y del pueblo, efectuó un cambio radical en la agenda de la dirección de sus asuntos externos poniendo principal énfasis en la guerra “antiterrorista” y en la “autodefensa”, la cual se utilizó como mecanismo en las Naciones Unidas para llevar a cabo una de las intervenciones militares más grandes en el Medio Oriente.

Sin embargo, este tipo de acciones no fue nada novedoso para la potencia norteamericana, la cual ya tenía sus antecedentes en la gestión de Bill Clinton (1993 – 2001). Durante su presidencia se dio continuidad a la Guerra del Golfo; encabezó la Operación de las Naciones Unidas en Somalia (UNOSOM II); presidió la Operación Uphold Democracy en Haití y lideró junto con la OTAN la Operación Joint Endeavour, todo durante la década de 1990. Curiosamente estas acciones fueron en contra de las promesas de campaña realizadas por Clinton ya que, al asumir la presidencia, declaró que iba a tener como eje central una “firme postura multilateral”, haciendo hincapié en la cooperación de la resolución de los conflictos.

Lo cierto es que Estados Unidos jamás ha intentado hacer uso de la diplomacia para finalizar disputas, sino más bien ha utilizado a sus aliados, sobre todo a la OTAN, para que sean su respaldo en el control y administración del dominio mundial. En efecto, esto cobró sentido en 2001 cuando George Bush llega a la Casa Blanca y promete que las tropas de Washington jamás volverían a implicarse en asuntos que se relacionen con el mantenimiento de la paz, dejando en claro que los actos llevados a cabo por su antecesor marcaron las bases de lo que sería la política exterior de ahí en adelante.

La estrategia estadounidense en los asuntos de Medio Oriente ha mantenido tres pilares fundamentales que sin ellos no habrían podido mantener el control en la región, los cuales son: Israel, el petróleo y la estabilidad. Al comienzo el gobierno de Bush puso principal énfasis en el segundo, una demostración clara del cambio de óptica que tenía respecto a su predecesor. A pesar de ello, luego del 11 de septiembre su “política unilateral” tenía cambiar. Para garantizar el dominio en todo el territorio debía asegurar un aliado fuerte, aquí es donde empiezan a tener importancia los lazos que forma con Israel, lo que se trasladó de un enfoque desinteresado en el conflicto Israel-Palestina a poner este asunto como prioridad en su agenda.

Otro conflicto que tuvo su escalada después del 11-S fue, sin lugar a dudas, la Guerra de Irak. La Casa Blanca mantuvo su postura firme ante la población y las Naciones Unidas de que el gobierno de Sadam Husein mantenía estrechas relaciones con los grupos terroristas, por lo que estaban implicados en los atentados de las Torres Gemelas. Además, según inteligencia norteamericana, Irak «poseía» armas de destrucción masiva, lo cual representaba una amenaza clara para la región y Occidente. Es por ello que junto con sus aliados de la Alianza Atlántica deciden aumentar la presión militar en el país árabe, dejando como resultado el derrocamiento de Husein pero también más de 180.000 civiles y alrededor de 40.000 soldados muertos, según cifras del Pentágono.

Es evidente que detrás de los discursos de la gestión de Bush que prometían paz sobre la región, se escondían intereses ocultos que tenían como objetivo un control sistemático sobre los recursos de Oriente Medio. Uno de esos fue el petróleo que se utilizó no solo para la negociación de su precio ante la OPEP, sino también para hacer cambios en la planificación interna que fuera de la mano con el gobierno de Estados Unidos.

El tiempo fue pasando y el mundo siguió aterrorizado antes los ataques terroristas de Al Qaeda que tenían como líder a Osama bin Laden. La agencia encargada de capturarlo, la CIA, llevó a cabo prácticas de interrogaciones ilegales, a tal punto que el propio Senado desconocía el tipo de operaciones que efectuaban, saliendo a la luz en 2009 cuando el presidente electo Barack Obama declara ante la prensa que todas las operaciones ilícitas que realizó la agencia de inteligencia en aquel territorio habían finalizado.

Ilustración: Elise Swain

Obama es recordado como el primer presidente afroamericano quien, luego de haber crecido en un hogar humilde de Honolulu (Hawái), logra graduarse de Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia para luego estudiar Derecho en la Universidad de Harvard, y posteriormente asumiría como senador por el Estado de Illinois hasta su renuncia en 2008, año en el que se postula como candidato presidencial por el partido demócrata.

En la cuestión de las políticas internas, el demócrata trabajó para mejorar el estilo de vida del sector más vulnerable de la población estadounidense implementando medidas laborales que dieron como resultado 11 millones de nuevos puestos de trabajo. Además desde 2012 el salario en términos reales ha crecido 5% y la pobreza se estima, según cifras de 2016, que se ha reducido en un 2%.

No caben dudas de que su gestión ha mejorado en los últimos años la situación interna y en especial la de los sectores más desprotegidos. Sin embargo, a nivel sistémico, el gobierno que proclamaba «Yes, we can» en campaña, tuvo que hacer frente al legado de George W. Bush, poniendo a la seguridad nacional por delante de cualquier otra prioridad y esto sólo se iba a lograr continuando la guerra en Afganistán e Irak. Pasada una década de búsqueda, el 1 de mayo de 2011 se lleva a cabo la Operación Gerónimo que tuvo como resultado el asesinato de Osama bin Laden por Fuerzas Especiales de los Estados Unidos en Abbottabad, Pakistán. Esto representó un triunfo para Obama, pero la realidad es que fue uno no merecido ya que la CIA, pese a las criticas, fue la verdadera responsable de acabar con uno de los líderes terroristas más influyentes del mundo. Por su parte, el dirigente «progresista» en sus promesas de campaña declaró que iba terminar con todas las intervenciones estadounidenses en Afganistán e Irak, cuestión que no solo no hizo, sino que se inmiscuyo en el conflicto sirio en una escalada bélica.

Trump criticó la decisión de Obama vía Twitter, pero más tarde fue él quien ejecutó un ataque contra aquel país.

¿Fue la «noche más oscura» la puerta para el crecimiento de la primera potencia global? Expresamente, terminar con el terrorismo estuvo lejos de ser la prioridad en las diferentes administraciones norteamericanas, por el contrario fue el motor para poder conseguir una presencia permanente y un control férreo en el interior de los gobiernos árabes. El petróleo, en especial, fue y sigue siendo un pilar fundamental del mercado e impulsor de la maquinaria militar, la industria y las redes aéreas y marítimas de Washington.


Mauricio Rodríguez (Argentina): estudiante en Relaciones Internacionales, Universidad de Congreso.

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