Acercamiento en tiempos de coerción económica

Por Fabio Almada – Warrior Diplomacy
La coerción económica estadounidense está empujando simultáneamente a la UE y a América Latina a diversificar alianzas, generando una convergencia estratégica que no es idealista, sino defensiva.

La globalización ya no funciona como un sistema de reglas compartidas sino como un campo de batalla donde las interdependencias económicas creadas durante tres décadas se convierten en armas. El orden comerical que alguna vez se presentó como multilateral y cooperativo se ha transformado en un entorno de coerción, incertidumbre y uso estratégico.
Ante este panorama, tanto la Unión Europea (UE) como América Latina (LatAm) revisan sus vínculos, sus dependencias y, sobre todo, sus márgenes de autonomía. Lo interesante es que este movimiento simultáneo en ambos lados del Atlántico, nacido del desencanto con EE.UU, está acercando a la UE y LatAm más que en cualquier otro momento de las últimas décadas. El acuerdo comercial con Mercosur, la actualización del tratado con México y la intención de diversificar alianzas con países como India o Canadá son respuestas directas por parte de Bruselas a la agenda comercial de la segunda administración Trump.
Para Latinoamérica, las elecciones son varias, y las consecuencias de acercarse más a cierto actor trae consecuencias directas, pero entre una China demasiado grande y un Estados Unidos demasiado impredecible, Europa se perfila como un socio viable. Sin embargo, para que esta aproximación funcione, la región debe llevarla a cabo con pragmatismo y sin ilusiones.
Sobreviviendo el orden económico de la era Trump
Estados Unidos, el país que durante décadas se presentó como garante del orden económico global, actúa ahora más bien como un extractor de rentas que como un proveedor de estabilidad. Esta actitud no es solo retórica política, sino una transformación estructural del modo en que Washington ejerce su influencia: ya no asegura el orden; lo gestiona como un recurso propio.
El vínculo con su vecino inmediato al sur ofrece un claro retrato de la compleja encrucijada en la que se encuentra el continente. El tratado comercial USMCA, concebido para consolidar la integración económica en Norteamérica, ha terminado como una herramienta coercitiva. Aranceles por motivos de “seguridad nacional”, sanciones unilaterales, amenazas comerciales y un uso selectivo, y a veces abiertamente arbitrario, de las reglas. Esta dinámica no es producto exclusivo de la administración actual: responde a un consenso estratégico donde la interdependencia económica ya no se gestiona como una garantía compartida, sino como un instrumento de política exterior.
México no puede romper con EE.UU., pero tampoco puede tolerar un régimen de amenazas permanentes. Su economía está tan estrechamente integrada, que un distanciamiento es inviable, pero las presiones y amenazas son lo suficientemente fuertes como para empujar al país a explotar alternativas. Y es precisamente en ese espacio de necesidad y oportunidad donde Europa aparece como un socio cada vez más relevante.
La UE se enfrenta a una situación similar, aunque desde otra perspectiva. Durante décadas el bloque ha dependido del dólar, del paraguas de seguridad estadounidense y de infraestructuras globales dominadas por Washington. Mientras los EE.UU. actuaban cómo garantes del orden liberal, esta dependencia se consideró como un costo asumible. Pero cuando empezó a utilizar este mismo sistema como herramienta de coerción, los países europeos entendieron algo que México conoce desde siempre: confiar demasiado en EE.UU. puede convertirse en una vulnerabilidad estructural.
Estos movimientos han revitalizado el discurso sobre la “autonomía estratégica europea”, una agenda que avanza lentamente, pero que cobra urgencia cada vez que la Casa Blanca usa la economía como arma. A pesar de sus limitaciones, la UE ha empezado a moverse. Y lo hace, en parte, por la misma razón que México: porque el comportamiento coercitivo de Estados Unidos asfixia a sus aliados.
El acuerdo comercial transatlántico del pasado verano, un pacto diseñado más bien para contener tensiones inmediatas que para establecer reglas estables, ilustra bien esta vulnerabilidad. La guerra de Ucrania añade una capa adicional de complejidad: Así cómo México necesita a los mercados de EE.UU. para sus exportaciones, Europa necesita su industria militar para sostener a Kiev, una necesidad que le impide avanzar plenamente en su independencia estratégica.
Otro ejemplo de cómo la coerción remodela alianzas es la aceleración de la ratificación del acuerdo UE–Mercosur. Tras décadas de estancamiento, la ofensiva arancelaria estadounidense dejó claro que Europa no puede depender de Washington ni para principios ni para mercados. Y aunque estrechar sus lazos con Europa parece ser una opción atractiva, LatAm no debe refugiarse en Bruselas simplemente para escapar de Washington. La región, tanto a nivel nacional como de bloques económicos, debe negociar desde la fortaleza y desde el cálculo propio, no desde la nostalgia por afinidades culturales ni desde una retórica de “valores compartidos”. Esos elementos pueden reforzar dicha relación, pero no pueden sustituir la necesidad de construir arquitectura estratégica capaz de diversificar opciones y evitar caer ante una nueva dependencia disfrazada.

Con Estados Unidos presionando y Europa avanzando con pasos más lentos de lo que la situación exige, China y, en menor medida, Rusia surgen como alternativas atractivas. Beijing ofrece inversiones, infraestructura, tecnología y acceso a mercados; Moscú promete energía, armamento y apoyo político sin condicionalidades liberales.
Pero la oportunidad viene a un coste evidente. Acercarse a China o Rusia puede ampliar el margen de maniobra, pero también expone al continente a presiones estructurales y a represalias inmediatas de Washington, que sigue siendo el actor con mayor poder duro en el hemisferio. Bajo el prisma del realismo periférico, podemos ver que LatAm no opera desde el centro del poder global, sino desde un margen donde las decisiones deben calibrarse entendiendo la jerarquía de poder duro. Eso sin mencionar las propias intenciones neocoloniales detrás de los discursos de cooperación Sur-sur con las que operan China y Rusia.
El reciente despliegue de barcos estadounidenses en el Caribe es un recordatorio: LatAm sigue bajo un radar geopolítico americano que no permitirá desafíos frontales. Y episodios como las sanciones a Colombia, las amenazas de medidas secundarias contra Brasil o las presiones sobre México por su comercio con China demuestran que el costo de alinearse con rivales de EE.UU. no es abstracto: es económico, diplomático y (esperemos que no, pero también) militar.
La “militarización” de la economía se ha convertido en una parte integral básica del sistema internacional de los 2020s. El desafío para América Latina y Europa es construir márgenes de maniobra en un tablero donde los movimientos se observan y se castigan con rapidez. Ambos deben diversificar alianzas sin romper lazos estratégicos esenciales. Su relación emergente no se funda en la afinidad cultural ni en la nostalgia de valores compartidos. Se basa en una necesidad compartida de autonomía, resiliencia y diversificación.
Es importante que ambas regiones sean capaces de moverse con ojos abiertos, negociar desde la fuerza, y equilibrar cuidadosamente riesgos y oportunidades. Quienes logren este delicado juego de equilibrio podrán construir un espacio propio de negociación y autonomía en un mundo donde las reglas ya no se comparten, sino que se imponen bajo presión.

Fabio Almada – Director de Warrior Diplomacy
Categorías
Estados Unidos, Latinoamérica, Regiones, Seguridad internacional