Estados Unidos al “Rojo Vivo”
Por Juan Esteban Maggi
Los últimos días mantuvieron a Estados Unidos y el mundo en velo, respirando una tensa calma que precede a la tormenta. Mientras los candidatos presidenciales recorrían los Estados decisivos en las elecciones y sus partidarios llenaban los mítines electorales, el futuro del país parecía pender de un hilo.

Los medios de comunicación lo describían como la “elección más importante de la historia”, aunque esa frase cliché se replique incesablemente cada 4 años. Sin embargo, esta vez parecía ser cierto. La última tapa de la revista The New Yorker previo a las elecciones mostraba a la Estatua de la Libertad sobre una cuerda floja, con una carga intensa de dramatismo y desesperación. Ahora bien, ¿qué estaba en juego verdaderamente en esta elección?
El 2024 no significó un simple debate entre políticas adversas, proyectos disímiles, o una simple contienda entre dos partidos políticos. Ayer 5 de noviembre se presentó en la mesa la redefinición de los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos estadounidenses. Desde el debate sobre los derechos reproductivos y el aborto, pasando por las políticas migratorias y la situación de las personas indocumentadas, la conquista de derechos de minorías y grupos vulnerables, hasta el propio derecho a la libre portación de armas. Dos modelos de democracia y libertad opuestos, donde solo había espacio para uno ¿Cuál? Hoy el mundo amaneció con un resultado certero a dicha pregunta: Donald Trump es el 47° presidente electo de los Estados Unidos de América.
Este resultado y su precedente contienda, no obstante, diagnostican un país quebrado por la mitad, inmerso en un clima de dos mitades irreconciliables. La alta polarización demostrada en Estados Unidos no solo se trata de una cuestión de resultados electorales, sino de la percepción de una amenaza respecto del que piensa distinto. Estudios afirman que la uniformidad ideológica y la antipatía entre partidos se encuentran en los niveles más altos de las últimas décadas. La mayoría de los partidarios activos, tanto republicanos como demócratas, creen que las políticas del partido contrario «son tan equivocadas que amenazan el bienestar de la nación». Es claro que la división tajante en Estados Unidos no es un fenómeno novedoso, especialmente si observamos los sucesos ocurridos el 6 de enero de 2021, donde la violencia política actúa como respuesta recurrente en contextos de alta polarización.
En paralelo, los estadounidenses comprometidos con el consenso y el respeto hacia el otro se mantienen en los márgenes del juego político, desilusionados por una crisis de liderazgo en las cúpulas de ambos partidos. Por un lado, la llegada de Kamala Harris a una carrera presidencial ya empezada, con Joe Biden a la cabeza y críticas constantes por su estado de salud física y mental, y las expectativas no cumplidas durante su gestión. Por el otro, un ex-presidente sometido con condenas judiciales y con acusaciones de buscar deslegitimar las elecciones pasadas e incentivar el ataque a las instituciones democráticas. Incluso, ex–funcionarios de su anterior gestión y políticos republicanos de renombre expresaron su desacuerdo con el liderazgo de Trump, como Mike Pence, John Bolton, Liz Cheney e incluso George W. Bush. Ninguno de ellos asistió al Comité Nacional Republicano, y sin dudas han votado por Kamala Harris.

En estas condiciones se llegó al día de ayer, con un grado de incertidumbre total y un mapa electoral con insuficientes definiciones. Es claro que existen ciertos Estados seguros, para unos y otros. Por un lado, California con sus 54 electores actuales y todo el nordeste de los Estados Unidos representan la base sólida del Partido Demócrata, muchos de ellos pintándose de azul ininterrumpidamente desde 1992. Por el otro, el corazón de América con sus Estados rurales son clásicamente denominados “red states” desde hace más de 50 años. Estos son los casos de Alabama, Idaho, Mississippi, Kansas, Montana, entre otros.
El problema no está allí. El eje de la contienda se encuentra, por el contrario, en los “swing states”. Aquellos Estados que conciben un comportamiento pendular entre elección y elección, reflejando definiciones ajustadas e imposibles de predecir. Este año, de los 538 electores en juego, 93 se teñían de un gris inquietante. Es allí donde se presenció el verdadero “campo de batalla” (battleground states), donde históricamente se han definido las elecciones con márgenes mínimos. Los focos de las campañas políticas estuvieron, no casualmente, en esos 7 Estados: Arizona, Georgia, Michigan, Nevada, Carolina del Norte, Pensilvania y Wisconsin.
Con los resultados “en mano”, observamos en el 2024 una réplica del mapa del año 2016, donde se enfrentaban Donald Trump y Hillary Clinton. Con excepción de Nevada (que desde el año 2004 triunfaban los republicanos), el resto de los Estados replicaron los resultados obtenidos 8 años atrás. Analizando el caso de los “swing states”, Wisconsin, Michigan, Pensilvania, Georgia y Arizona se pintaron de rojo en 2016, azul en 2020 y volvieron a ser completamente rojos en 2024 (Carolina del Norte mantiene su tendencia republicana desde 2012). Estados Unidos eligió volver atrás en el tiempo, exactamente 8 años.
Este escenario electoral es inédito, siendo la tercera vez consecutiva que el oficialismo en el poder pierde las elecciones. Esta intensa alternancia nos permite entrever, a priori, que los “swing states” concentran un electorado moderado y fluctuante, sensible a los juicios de gobierno. La inclinación de los siete Estados pendulares hacia el rojo en esta elección puede interpretarse como una señal de desaprobación de la gestión de Biden-Harris y/o una revalorización de la administración Trump en comparación, motivada por factores como la economía, la inmigración, el presupuesto en política exterior, entre otros temas centrales. A su vez, la mayor participación de la población rural y su lealtad partidaria más arraigada en el Partido Republicano, ha consolidado el control de este en varios de estos Estados.
De todas maneras, y como es recurrente, las diferencias han sido mínimas. Por más que el Partido Republicano haya concentrado 312 miembros del Colegio Electoral, frente a 226 del Partido Demócrata, el voto popular nacional tiene una diferencia de alrededor de 5 millones de votos (en un país poblado por más de 335 millones de personas). En un sistema de “winner takes it all”, unos pocos votos pueden dar vuelta el tablero, como lo demuestra el asombroso caso de Wisconsin: Trump 49.8% vs. Harris 48,8%, es decir, 33.000 personas definiendo el color de 10 electores. Así ocurrió en el resto de los “swing states”, los cuales mantuvieron márgenes entre 50.000 y 150.000 votantes. Incluso Estados más “seguros” para el Partido Demócrata como Minnesota (demócrata incluso en la elección de Reagan en 1984) o Virginia se han ganado por tan solo unos puntos.
Dicho esto, ¿qué podemos esperar para los años venideros? A nivel doméstico, uno de los aspectos más trascendentales de esta elección ha sido el nuevo control republicano del Congreso en su totalidad, tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. Con esta mayoría en el Poder Legislativo, los republicanos gozarán por los próximos dos años de la capacidad de definir el rumbo en temas cruciales, marcando una agenda de políticas conservadoras en cada uno de estos campos. Las implicancias para los demócratas son preocupantes, en tanto cualquier proyecto de ley progresista, de reforma económica o de política exterior asistencialista se verá limitado y, en algunos casos, bloqueado por un Congreso oficialista. A ello se le suma la mayoría conservadora en la Corte Suprema (6-3), sellando la hegemonía de Trump en los tres poderes del Estado y abriendo un control quasi-total del candidato inicialmente “anti-establishment’.
A nivel internacional, podemos vislumbrar algunas caras contentas, y otras no tanto. Por una parte, Israel comprende el apoyo irrestricto de Donald Trump hacia con la causa sionista, esperando la replicación de actos trascendentales como el reconocimiento de Jerusalén como su capital o los logros que supusieron los Acuerdos de Abraham. Rusia y algunos países de Europa del Este (prorrusos) como Hungría y Serbia ven con buenos ojos el enfoque de realpolitik y su postura menos intervencionista, esperando una resolución del conflicto europeo pronto (pero no con resultados muy favorables para Ucrania).
En la vereda contraria nos encontramos a Europa casi en su totalidad, con especial mención a Ucrania, temiendo un debilitamiento del apoyo estadounidense a la OTAN y un enfoque tendiente a la resolución veloz del conflicto, sin entender los efectos que ello puede acarrear. A su vez, Xi Jinping desde China analiza con preocupación los resultados, avizorando una política comercial más agresiva, plagada de aranceles y restricciones como en el primer gobierno de Trump. Respecto al resto de países, pese a no tener un impacto más directo, podríamos presenciar como característica estructural del sistema un resurgimiento de líderes populistas y/o con tendencias a lo que se conoce como el “autoritarismo global”, signos de los tiempos que corren.

El regreso de Trump a la presidencia nace de una América profundamente polarizada, en la que la división ideológico-partidaria ha alcanzado niveles inéditos. Con el control republicano del órgano ejecutivo, el Congreso y la Corte Suprema, su agenda conservadora en lo social y proteccionista en lo económico dominará la política interna, mientras que en el escenario internacional, la redefinición de la política exterior alterará el (des)equilibrio mundial vigente. Este es el inicio de una nueva era, no solo para Estados Unidos, sino para un mundo liderado (a duras penas) por este, cuyo impacto aún está por desvelarse, pero que ya promete cambiar radicalmente la dinámica global.
Juan Esteban Maggi (Argentina): Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad Católica de Córdoba. Estudiante de Derecho, Universidad Nacional de Córdoba. Miembro de Diplomacia Activa.
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