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El “neosultanato” de Erdoğan

Una Turquía que gana espacios en Oriente Próximo y se posiciona como el gran actor regional es un dolor de cabeza para la Unión Europea.

Turquía es aquel estado de Cercano Oriente situado al final del Mediterráneo (o al principio del mismo, según se quiera ver), fundado en 1923 pese a tener cientos de años de historia imperial, con una superficie de 783.562 kilómetros cuadrados, una población de más de 82 millones de personas y un PIB que la sitúa como 17º potencia económica mundial —según cifras del Banco Mundial 201—. Pero, además, su economía se encuentra en caída libre por motivos que van más allá del coronavirus (paro estructural, inflación galopante y balanza comercial negativa), con importantes carencias en los servicios públicos e infraestructuras, y con un serio déficit democrático al frente del cual se encuentra el presidente Reccip Tayyip Erdoğan.  

Sin embargo, a pesar de todos esos problemas, el régimen sigue basándose en un nacionalismo exacerbado que ayuda a apuntalar al dirigente en el poder, el cual hace del patriotismo envuelto en la retórica gloriosa del pasado imperial del “Líder Supremo” Mustafa Kemal Atatürk y los conflictos internacionales con Occidente su mejor baza para seguir aferrado al poder. 

Pero suscita una figura muy diferente a la que tanto trata de emular con Atatürk; y es que, mientras que el padre fundador trataba de convertirlo en un Estado Nación moderno al estilo europeo con la implantación de un régimen democrático que suponía el final de 700 años de sultanatos, la impulsión de la laicidad del Estado casi a cualquier coste, el final de la ley islámica con la introducción del sistema de codificación de las leyes (código civil, código penal y código comercial a imagen y semejanza de los europeos); el actual líder parece estar haciendo precisamente lo contrario mediante su alejamiento de las costumbres y los modos europeos, la supresión de libertades democráticas con una continua represión sobre los disidentes políticos, sumado a la oposición y con un apoyo cada vez más decidido sobre el Corán (con actos que lo simbolizan como la reconversión de Santa Sofía en Mezquita el pasado mes de julio de 2020).

“Santa Sofía es probablemente el símbolo más visible del pasado otomano de Turquía y  Erdoğan lo instrumentaliza para enardecer a su base y molestar a sus rivales interiores o del extranjero”, afirma Anthony Skinner de la consultora Verisk Maplecroft.

En la actualidad, el Estado euroasiático ha podido pasar a reconocerse como una nueva democracia iliberal con la que Occidente ha de lidiar (Hungría y Polonia en el propio seno de la Unión) y que tantos problemas en forma de movimientos populistas le está trayendo; o dicho con otras palabras, ha pasado a convertirse en una democracia en la que las instituciones son instrumentalizadas para mantener al partido que ostenta el poder y otorgarle todos los poderes de las mismas. En la Turquía de 2021 casi pareciera que uno entrase de lleno en el mundo Orwelliano de 1984, con un estado cuasi policial, con cancelas enormes coronadas por concertinas que marcan el paso de donde puedes y no puedes pasar, con vigilantes y controles de seguridad hasta para entrar en el metro. Un país en el que cuyas escasas obras públicas tienen repetitivamente nombres que hacen referencia a días “históricos” o repiten continuamente el nombre de su fundador.

Es gracias a ese patriotismo dogmático y a ese control de la población, como a través de los problemas que encara —en el cual las guerras juegan un papel fundamental— donde se legitima al propio gobierno. Una estrategia perfectamente orquestada para evitar que la ira social por la mala situación que sufre la población se dirija contra las instituciones nacionales y se enfoque sobre sus enemigos (bien sean estos los países árabes, Rusia, Armenia o la propia Unión Europea).

Columna de humo causada por el bombardeo turco en la ciudad nororiental de Ras al-Ain, en la provincia siria de Hasakeh. AFP/DELIL SOULEIMAN

En la actualidad, la República se encuentra inmersa en 4 conflictos abiertos (Siria, Armenia, Libia y Mediterráneo Oriental) en los cuales tanto el objeto como la víctima son siempre los mismos: los combustibles fósiles y la Unión Europea; y cuyo rival en la mayor parte de ellos también: Rusia.

Bien es sabida la enorme dependencia energética que tiene el viejo continente del gas ruso y es precisamente en la búsqueda de la independencia energética donde se encuentra siempre en el camino el territorio turco. Tanto el viejo conflicto sirio, como los más recientes en Libia o Armenia cuentan entre sus razones de fondo el control y la gestión de gasoductos destinados a conducir combustibles fósiles a Europa por rutas alternativas a las procedentes desde Moscú.

Es en estos conflictos donde Turquía trata de mostrarse como principal potencia regional y hacer valer la posición geoestratégica privilegiada que disfruta. Sin embargo, esa política internacional tan agresiva ha venido deteriorando mucho las relaciones que el país mantiene con su entorno, teniendo en cuenta que ninguno de los grupos de interés para la política exterior turca mantiene buenas relaciones con el país otomano, pues las relaciones con la mayoría de Estados árabes no pasan por su mejor momento, entre tanto con Europa la situación es la de mayor tensión en las últimas décadas (por la presión migratoria, las disputas territoriales con Grecia y Chipre, como también por las fricciones navales con Francia en aguas libias).

Mientras tanto la paulatina reducción en el gasto militar europeo, el aislacionismo militar practicado por la administración Trump y la opinión pública europea, han impedido a los países occidentales tomar cartas en el asunto, los cuales acuden ante los acontecimientos como meros espectadores de los hechos. A todo ello, es además muy necesario añadirle la perpetua amenaza migratoria a la que la nación tiene sometida a Europa, la cual retiene a millones de refugiados que buscan desesperadamente el paso hacia el Continente (fundamentalmente sirios) en sus fronteras a cambio de importantes fondos estructurales, lo que obliga en gran medida a los representantes comunitarios a medir el tono que mantienen contra el país otomano. 

Mediterráneo Oriental y tensión con Europa

Pero el punto más delicado de los últimos acontecimientos ha sido sin duda lo sobrevenido durante los pasados meses en el Mediterráneo Oriental, donde lidian con las naciones comunitarias la explotación de los hidrocarburos situados en los fondos marinos de las aguas en disputa entre Chipre, Grecia y Turquía. 

Dichas aguas, en las que tanto los islotes griegos situados al sur de Turquía como la República Turca de Chipre del Norte (TRNC por sus siglas en inglés) ocupada por la nación turca en 1974 y sin reconocimiento internacional, albergan cantidades de hidrocarburos que aún están por determinar y donde los territorios mencionados anteriormente (y también en disputa por las partes) generan aguas territoriales sobre los mismos según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982 (y de la que el Estado turco, por cierto, no es firmante). En ambas partes, tanto la necesidad de la obtención de recursos a través de las petroleras nacionales Petrol Ofisi (Turquía) y Total S.A. (Francia) como la tensión histórica arrastrada entre los mismos en las aguas del Egeo, han llevado al envío de Buques de guerra y el desarrollo de maniobras militares con fuego real por parte de ambos bandos en una zona en la que todos los Estados son aliados a través de la OTAN.

Conmemoración de la invasión turca de 1974 en Nicosia Norte, el 20 de julio de 2018. Y. Kourtoglou (Reuters)

Pero la tensión no acaba ahí y ha terminado por desembocar en una crisis diplomática entre Francia y Turquía, pues tras el reciente atentado contra un maestro de escuela en París y las declaraciones del presidente Macron al respecto, Erdoğan ponía en duda la salud mental de su homólogo francés. Dicha falta de respeto al más alto representante terminó provocando la llamada a una ronda de contactos de su embajador en Ankara (elemento poco practicado por la misma) y que nuevamente fue respondida por una llamada al boicot sobre los productos franceses, algo extendido por la totalidad de territorios musulmanes.

La Unión Europea ha cerrado filas en torno a Francia y el máximo dirigente de la Política Exterior Europea, el español Josep Borrell, ha hecho un llamamiento (por enésima vez) para bajar la tensión entre las partes, algo que por el momento se está respetando.

La nación es una incómoda ficha en el tablero para el continente europeo, con quienes están jugando su particular Guerra Fría, y más aún con la actitud despótica del presidente, pero es una ficha con la que la Unión Europea está condenada a entenderse para hacer frente a los problemas internos derivados de la inmigración y el terrorismo

Otra cosa sería de no contar el país de Oriente Cercano con un dirigente populista, sin embargo, su salida del poder parece algo más que lejano y es que, más allá de hacer retroceder al territorio en libertades sociales, el actual ejecutivo turco es el que mejor representa el histórico carácter beligerante del pueblo otomano. Más aún en tiempos de crisis. 


Jesús del Peso Tierno (España): estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad Rey Juan Carlos de la Comunidad de Madrid.

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