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Al final fue Huntington

Casi 24 años después de la publicación de su ensayo “Choque de Civilizaciones” y justo cuando China parece haber confirmado su paso al frente para ocupar la hegemonía mundial, Samuel Huntington demuestra que occidente nunca debió haberle perdido el respeto al resto del mundo.

Samuel P. Huntington, politólogo y profesor de Ciencias Políticas. Photo by Peter Laut

Fue en la década de los años 90, con la disgregación de la Unión Soviética y la victoria del mundo Occidental sobre el bloque soviético, cuando Francis Fukuyama se atrevió a augurar en su ensayo homónimo “El fin de la historia y el último hombre” en el que básicamente se planteaba el triunfo final de la idea liberal a nivel global y la finalización del desarrollo del pensamiento humano. Un final de la historia en la que todos los valores globales debían converger hacia el modelo capitalista occidental tanto ideológica como cultural o económicamente.

Esta afirmación solamente fue posible durante el momento de éxtasis que recorrió todo occidente tras la implosión del modelo soviético, en el cual ningún Estado podía amenazar los intereses de los países occidentales salvaguardados por el paraguas militar de la OTAN, ni el imperialismo estadounidense impuesto a través de instituciones internacionales que impulsaban el liberalismo económico a nivel global como la OMC, el Banco Mundial o el FMI.

La Revolución liberal

La imposición de esta doctrina en la política exterior estadounidense provocó que los territorios occidentales se sintieran lo suficientemente seguros como para impulsar un modelo económico global, a través del cual otorgaron la llave del progreso a esa parte del mundo menos desarrollada mientras estos actuaban como gestores de sus rentas: la Globalización.

Photo: Owen Franken / Corbis via Getty Images

La Globalización, impulsada durante la coincidencia en el poder de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, terminó por plantear una situación en la que el estrepitoso crecimiento de algunos de esos países que accedieron a las cadenas globales de valor, —a la par del paulatino desgaste de las instituciones democráticas occidentales, la incapacidad de plantear una solución válida para la reversión de la situación y muy gravemente perjudicadas tras la crisis financiera de 2008— nos ha llevado hasta un escenario en el que esos Estados a los que se les entregó el motor del progreso mundial, ahora se alzan en contra del neo-imperialismo que se les trató de imponer.

Por supuesto salieron críticas contrarias a esta corriente en la que ingenuamente se creía que el mundo quedaría indefinidamente regido por los valores democráticos occidentales salvaguardados por “el policía” Estados Unidos. Pero el globalismo liberal terminó ejerciendo un mayor peso en la política exterior estadounidense (e influenciando fuertemente a la europea) durante los años posteriores a la caída del comunismo. Sin embargo, no ha sido hasta la actualidad —con la presente crisis global— cuando esos críticos a las doctrinas de Fukuyama han demostrado percibir el escenario internacional de una manera más acertada que la que preveían sus colegas liberales.

Finalmente, los acontecimientos internacionales han terminado por dar la razón a las teorías de Huntington, donde los movimientos populistas amenazan las instituciones democráticas desde el interior de los propios países que se constituyen bajo aquella forma de organización; y donde las naciones autoritarias, a los que Estados Unidos no quiso hacer frente en su momento, están tratando de exportar su sistema a esa especie de “países no alineados” en esta nueva guerra fría ahora llamada comercial, y cuando se ha demostrado que no es necesaria esa “occidentalización” que auguraba Fukuyama para el progreso económico. Al fin y al cabo ha evidenciado que el escenario internacional nunca pudo ser percibido indefinidamente unipolar.

Asociación Económica Integral Regional

Con la Asociación Económica Integral Regional —RCEP por sus siglas en inglés— el ya de por sí frágil estado de las instituciones y débil expansión económico occidental (sobre todo el de las europeas), negligentemente desindustrializadas, han quedado aún más amenazadas con la magistral demostración china al resto de países en vías de desarrollo de que se puede acceder al crecimiento económico sin sucumbir a los intereses de esta parte del mundo, sin la necesidad de tener un régimen democrático y sin avanzar en la occidentalización cultural a través de la exportación de sus valores mediante el imperio de los Derechos Humanos, la protección del Medio Ambiente o las libertades individuales.

Durante los 4 años en los que ha gobernado Donald Trump en Estados Unidos, en los que ha profesado un feroz aislamiento internacional con la retirada de tropas en Oriente Medio, el abandono de organizaciones internacionales como la OMS o el acuerdo de París, o la implantación de aranceles incluso a sus socios europeos, al país norteamericano —como se suele decir— le han crecido los enanos.

Las políticas de Trump no fueron más que la reacción a la compresión de que el crecimiento económico y tecnológico chino desplazaría, tarde o temprano, a su país de la hegemonía global. Pero no basta con llevar a cabo una política proteccionista que lastre la mejoría de tu contrincante para mantener tu posición privilegiada, sino que ha sido en las relaciones internacionales donde China ha ganado la batalla ideológica a los líderes americanos. El aislamiento durante los 4 años de políticas “trumpistas” ha provocado que el espacio dejado por el hermano mayor de la región haya sido ocupado por el candidato oriental, el cual se ha postulado ante el resto de actores internacionales como el mejor garante del multilateralismo en un mundo en el que cada vez más surgían mayores barreras al comercio internacional y la evolución de los Estados en vías de desarrollo.

Con el abandono del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés) negociado por Obama, en el que se excluía a Beijing y con el que se asentaba el poderío económico del país en la región, Estados Unidos ha perdido la verdadera oportunidad de contener el acrecentamiento del gigante asiático, el cual, ante la retirada norteamericana del tratado, rápidamente se apresuró para ocupar el espacio que dejaba Trump. China, quien ha actuado como gran maestro de ceremonias, ha conseguido que el RCEP llegue a buen puerto con la firma de un acuerdo que involucra a 14 naciones de la región que representan el 30% del PIB mundial y alberga a 2.100 millones de personas ante las que Europa y Estados Unidos solamente pueden acudir como testigos.

El primer ministro de Vietnam, Nguyen Xuan Phuc, preside la 4ta Cumbre Regional de Asociación Económica Integral como parte de la 37a Cumbre de la ASEAN en Hanoi, Vietnam, el 15 de noviembre de 2020. Por Kham – Reuters

Aquel acuerdo de libre comercio, aún por ratificar, ha sido mediante el cual se han sentado las bases para la “desoccidentalización” del sudeste asiático y mediante el cual Beijing pretende a través del fomento del comercio interregional y la reducción de su dependencia de la tecnología occidental, imponer su modelo global. Un sistema que sitúa la región del pacífico en el centro de la economía mundial y que trata de desplazar a la periferia a la Unión Europea y Estados Unidos, y pasar a tener relaciones cada vez más secundarias con estos. Al fin y al cabo, pretende enfocar su modelo de crecimiento al mercado oriental, donde aspira establecer las nuevas cadenas de suministro y consumo con el objetivo de depender cada vez en menor medida de los productos de sus rivales.

Mediante el tratado, además, busca camuflar el imperialismo chino sobre la región (apropiación del Mar de China, recuperación del control institucional en Hong Kong, políticas cada vez más asertivas sobre la soberanía china en Taiwán…) con la apertura de su mercado a productos extranjeros de la región y la concesión de financiación para el avance en infraestructuras con la extensión de su programa “La Nueva Ruta de la Seda”. No podemos olvidar que las bases para la extensión al resto del mundo, o por lo menos a su esfera de influencia, llevan por Beijing ya sentadas hace largos años a imagen y semejanza de las globales impulsadas por Washington en las conferencias de Bretton Woods como lo es el Banco Asiático de Desarrollo y cuyo principal contribuyente es el gigante asiático.

¿Final de la hegemonía occidental?

Ahora, los países occidentales solo pueden atender como testigos a la firma de un tratado en el que desaparecen las preocupaciones por los derechos laborales o los esfuerzos por combatir el cambio climático. Un acuerdo que únicamente se centra en el fomento de los intercambios comerciales y la reducción de sus barreras, que llega a reducir hasta un 90% los aranceles del comercio interregional mientras no cabe espacio para preocupaciones paralelas a las económicas.

A Occidente no le queda más remedio que ver cómo Beijing, tras décadas de progreso imparable a costa de una balanza comercial muy desequilibrada con aquel y poco desgastada por la crisis de la Covid, se ha sentido lo suficientemente poderosa como para dar un puñetazo sobre el tablero internacional mientras a ambos lados del atlántico no terminan por salir del bache económico y afrontan problemas tan graves como el auge de los populismos o la desafección ciudadana sobre la política. Después de todo, Fukuyama no parece haberse acercado demasiado a lo que ha terminado siendo la realidad, donde incluso dentro de las sociedades desarrolladas se pone en duda el funcionamiento de las instituciones democráticas.

Con la firma del presente tratado el Estado liderado por Xi Jinping ha comenzado un paulatino desacoplamiento de occidente que pretende culminar con la instauración de su poderío sobre el resto del mundo. Es ahora, justo cuando el cambio en la hegemonía mundial parece cada vez más inminente, cuando Samuel Huntington, 24 años después de la publicación de su ensayo, demuestra haber estado siempre en lo correcto. A pesar de todo, Occidente nunca debió haberle perdido el respeto al resto de civilizaciones.


Jesús del Peso Tierno (España): estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad Rey Juan Carlos de la Comunidad de Madrid.

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