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¿Cómo dominar el mundo?

Por Jesús del Peso Tierno

El poderío global del Reino Unido no podría explicarse sin entender la Marina Real y el control de mares que ha adquirido a lo largo de la historia. Las Islas Malvinas son el último ejemplo de la importancia que supone el control de los estrechos para la geopolítica.

Ilustración | Ingrid Fonoy Díaz

Las Islas Malvinas, situadas al sur del continente americano, suponen una importante base naval para el control del tráfico marítimo a través del Cabo de Hornos. Éstas, junto a las Islas Georgias y Sandwich del sur -controladas por el Reino Unido- le confieren a este Estado un monitoreo total sobre la región. Sin embargo, están lejos de ser el único ejemplo de este tipo de colonias a lo largo del globo.

El primer paso -para dominar el mundo- es comenzar a dominar los mares. Esta es una premisa sobre la que el Reino Unido ha sentado las bases de su poder global a lo largo de los últimos seiscientos años y, lejos de haber terminado con estas políticas, las Malvinas no representan más que el último ejemplo de la importancia que unas aparentes islas sin apenas población tienen para la Corona británica, tanto, como para haber representado una de las últimas guerras que ha mantenido dos potencias occidentales entre sí.

Siguiendo el punto anterior, para convertirte en una potencia global es necesario tener la capacidad de proyectar. Esto es, tener la habilidad, política y militar, de tener presencia en la totalidad del mundo. Así ha ocurrido desde que existe la historia y así se seguirá desarrollando en el futuro ¿Algunos casos? El imperio Romano con el dominio del Mare Nostrum, pasando por quizás su mejor ejemplo, con la época imperialista en la que Francia y Reino Unido se disputaban el dominio mundial, y así está ocurriendo en la actualidad con los Estados Unidos y su presencia en la práctica totalidad de los mares y de la misma manera con el comienzo de la proyección china, para ello, el primer paso: Taiwán.

En esta línea, si quieres tener presencia política, deberás tener la capacidad de atraer a tu esfera de influencia a la mayor parte de los Estados que componen la comunidad internacional, esto es, aumentar y conocer bien el sistema que la enmarca. En definitiva, poseer un buen cuerpo diplomático y lo que aquí realmente nos atañe, presencia militar y la gestión de las posesiones.


Ilustración | Daniel Pudles

El final de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo el final de los imperialismos europeos, el cese de las colonias y una nueva forma de hacer política internacional, la liberal. Ahora bien, los principales damnificados de la caída del Antiguo Régimen se encontraban, precisamente, entre el bloque vencedor y, aunque a regañadientes, tuvieron que dejar caer las colonias que tanto beneficio económico les habían estado aportando durante siglos para contentar a sus libertadores. Sin embargo, la pérdida de la totalidad de sus territorios habría supuesto un hecatombe mundial. Persuadiendo a sus amigos norteamericanos, lograron el mantenimiento de unos pequeños territorios a lo largo del globo para utilizar como bases navales con los que salvaguardar su presencia marítima en los confines más lejanos del mundo.

Reunión, Mauricio, Gibraltar, Bermudas, la Guyana o las Malvinas, son tan solo ejemplos de estos territorios que aún, hoy en día, se encuentran bajo administración británica o francesa.

Ahora bien, si antes comentábamos que el primer paso para convertirse en un poder global era la necesidad de proyectar, el segundo paso sería, precisamente, mantener el control sobre dicha proyección, y la manera más sutil de hacerlo no es precisamente invadiendo un país por las bravas tal y como está haciendo Rusia ahora mismo, sino a través de la manera más sutil posible: el control de los Estrechos.

Si bien decíamos que la Segunda Guerra Mundial había dado paso a una nueva manera de hacer las cosas, las arcaicas colonias y los distintos archipiélagos no iban a correr la misma suerte. Mientras los Estados Unidos afianzaban su poder marítimo sobre sus nuevas zonas de influencia, tales como el Canal de Panamá, la isla de Puerto Rico, o Guam, y de la misma forma se acentuaban con su amplísima multiplicidad de bases navales a lo largo de todo el Atlántico Norte, los pequeños territorios de ultramar europeos quedaban en un nuevo limbo difícil de justificar ante el mundo.

Para ello, las joven Naciones Unidas creó -en 1961- el Comité 24, o el también conocido como Comité Especial de Descolonización. En el que se elaboraba un lista sobre cuales eran cada uno de éstos, se hacía un seguimiento sobre sus poblaciones y demandas. En definitiva, una manera de “tutelar” a través de las instituciones del naciente orden internacional este tipo de cuestiones.

Cuando en 1982 la dictadura Argentina decidió recuperar las Malvinas reclamando su soberanía, el Reino Unido, lejos de reconocer la necesidad de descolonizar unos territorios estériles que llevan bajo su poder cerca de 200 años, contraatacaron con todo su arsenal para recuperar la importantísima plaza que éstas islas suponen para su Armada.

Un conflicto amplio para unas islas que, a primera vista, apenas tienen interés económico o comercial para el Reino. Por lo que, tras el conflicto de las Malvinas no ha hecho sino quedar patente la importancia geopolítica que Downing Street le sigue dando a sus pequeños tesoros en el exterior.

Así que ya sabéis, para dominar el mundo, necesitáis proyectar, y para poder proyectar, un buen punto de partida son los estrechos.


Jesús del Peso Tierno (España): estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad Rey Juan Carlos de la Comunidad de Madrid.

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