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El bombardeo interminable

Si bien la Guerra de Vietnam terminó oficialmente con la entrada en Saigón por parte de las fuerzas norvietnamitas en abril de 1975, las consecuencias son visibles aún 45 años después, principalmente en Laos cuyo penoso título del “país más bombardeado de la historia” no contribuye en nada a un desarrollo económico y social digno.

Como punto de partida debemos entender el contexto que rodea a esta problemática. En primer lugar encontramos a la Guerra Fría como la principal razón y, dentro de ella, a la Guerra de Vietnam. Durante aquella época se construyó la llamada “Ruta Ho Chi Minh” como camino secundario para proveer de víveres y armamento a las facciones comunistas en el sur, mientras que el enlace principal se encontraba en el Mar de China Meridional. Dicha ruta salía del territorio norvietnamita y se prolongaba a través de Laos y Camboya. Con la entrada oficial de Estado Unidos en el conflicto y el evidente poderío naval norteamericano, se bloqueó el principal camino de suministros al sur y comenzó a tomar cada vez más relevancia la “Ruta Ho Chi Minh”.

El aumento del tráfico en esta zona comenzó a preocupar a los americanos quienes veían que, a pesar de su poderío naval, las provisiones estaban llegando al sur. Por este motivo se inició una misión secreta que consistía en bombardear este camino con el objetivo de volverlo intransitable tanto para las tropas como para el material bélico. Los bombardeos sobre la ruta eran constantes pero aun así las fuerzas norvietnamitas encontraban la forma de sortear los caminos destrozados y continuar. Esta situación produjo que a medida que avanzaba el conflicto, los bombardeos se intensificaran con uso de mayor tecnología, adquiriendo lógicamente un mayor poder destructivo.

Se estima que entre 260 y 270 millones de bombas fueron diseminadas en Laos con el objetivo de destruir la conexión del norte con el sur y reprimir las facciones comunistas que presentaba. Este hecho fue negado y ocultado por la CIA por tratarse de una clara violación al Derecho Internacional  por encontrarse el Estado del sudeste asiático en una situación de neutralidad, por lo menos de manera oficial. Actualmente se calcula que fue bombardeado con una cantidad superior a las bombas utilizadas en Europa y Asia durante la Segunda Guerra Mundial, hecho que le otorga el triste título del país más bombardeado de la historia. Según la organización Legacies of War la cantidad de bombas lanzadas equivale a arrojar ocho por minuto durante 24 horas a lo largo de 9 años.

La situación no mejoró con el paso del tiempo. A día de hoy se calcula que el suelo laosiano está minado con alrededor de 80 millones de explosivos que continúan sin estallar. Dicho número tiene un fuerte impacto en su vida económica y social. La nación recibió una importante ayuda comercial por parte de la Unión Soviética hasta su caída pero, luego de esto, su economía pasó a basarse casi exclusivamente de su pobre producción de arroz y los pocos tratados comerciales que tiene con sus vecinos. Actualmente su explotación de recursos naturales se encuentra muy limitada por su geografía y por los vestigios del pasado conflicto armado.

«La protección de los civiles debe ser apolítica. Al elegir cuándo se quiere condenar el uso de las bombas de racimo se está haciendo política con la protección de la población civil»

Thomas Nash, director de la organización británica Article 36

El hecho de poseer en su tierra altísimos números de explosivos sin detonar inutiliza cientos de hectáreas que podrían ser explotadas sin problemas de encontrarse en una situación “normal”, por esto es que la producción en gran parte del territorio supone un gran riesgo causando la muerte o mutilación de decenas de personas cada año mientras intentan sembrar o cosechar quizás su único alimento.

Pero este no es el único problema. Año a año los más afectados por estas esporádicas explosiones son los niños quienes encuentran estos objetos, que en apariencia son similares a pelotas de baseball, y ante su desconocimiento, sufren graves heridas o incluso la muerte. Este violento contexto se cobra decenas de vidas anualmente y deja otras cientos con variadas discapacidades pero, el más notable, es el trauma que sufrirán aquellos niños victimas de los explosivos o que cuentan con conocidos que pasaron por dicha situación.

Sin duda alguna los resabios de la guerra han marcado profundamente a este pequeño país asiático, esencialmente por las consecuencias que esta ha implicado a largo plazo, impidiendo un crecimiento agrícola que permita niveles razonables de producción en un Estado que es principalmente rural, y un incremento en el desarrollo humano.

Ante este fatídico contexto cabe preguntarnos, ¿se hace algo para disminuir el impacto del pasado en las vidas de los nativos? La respuesta es sí. En las últimas décadas con la ayuda del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) y del resto de la comunidad internacional se han logrado grandes avances en esta área para brindar un nivel de vida digno a los habitantes del Estado, principalmente al sector rural que es el más golpeado. En 2010 se declaró la descontaminación en Laos como un Objetivo de Desarrollo del Milenio para dicha nación. Además de esto, los diversos programas de descontaminación han incursionado en nuevos y más precisos mecanismos para la detección y desmantelamiento de artefactos peligrosos, recuperando de a poco cientos de hectáreas que habían quedado inutilizadas casi 50 años atrás. Por parte del gobierno se ve una campaña de concientización a través de los medios y de las escuelas.

El objetivo es evidente, devolverle algo de lo perdido décadas atrás en un conflicto que ni siquiera era suyo pero, sobre todas las cosas, la dignidad. Como dijo el entonces presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Barack Obama, en su gira en Laos en 2016: “Durante las últimas cuatro décadas el pueblo ha vivido bajo la sombra de la guerra«, añadiendo  «creo que EEUU tiene la obligación moral de ayudar» en referencia al aumento del presupuesto consagrado para eliminar las bombas.

Entendido esto vemos que es necesario y de vital importancia el compromiso conjunto de la comunidad internacional y de las diversas organizaciones para atenuar el impacto social y económico que supone vivir en un campo minado.


Francisco Sánchez Giachini (Argentina): estudiante de Abogacía, Universidad de Mendoza, y columnista de Diplomacia Activa.

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