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¿Construir una nueva Torre de Babel?

Por Juan Baroffio

En Magnifica Humanitas, León XIV advierte sobre los riesgos de una tecnocracia dominada por elites digitales y plantea un desafío central de nuestro tiempo: que la inteligencia artificial permanezca al servicio del ser humano y no del poder.

La Iglesia Católica no es, como se suele pensar, una institución estática, anclada en una tradición pétrea, que sumerge sus raíces en tiempos lejanos y oscuros. Sino que por el contrario, es una institución viva, que camina con el mundo.

Ahora bien, lo primero que debe distinguirse es que no se trata de una institución en el sentido tradicional del término, o al menos no en su concepción moderna. Es, por un lado, un conjunto de jerarquías, edificios, normas, dogmas, doctrinas, tradiciones, biografías, con un sentido y mirada sobre el mundo. Pero por el otro, es el Cuerpo Místico de Cristo. Esto es una unidad formada por todos los individuos bautizados, con Jesucristo a la cabeza. Esta personalidad bifronte es la que hace que la Iglesia no pueda permanecer estática. Los bautizados, el cuerpo, cambian, caminan hacia distintos rumbos tienen lecturas y concepciones diferentes sobre el mundo y la realidad. Ello explica que la Iglesia Católica pueda contener las más variadas concepciones y miradas, por ejemplo, representadas en el carisma de los movimientos que viven bajo sus enseñanzas.

La Iglesia se nutre de formas de vida y vocaciones que, día tras día, le imprimen nuevos aires. Sin embargo, esa diversidad comparte un mismo horizonte espiritual: los dogmas de la fe católica y, en última instancia, el Evangelio. Por eso pueden convivir en comunión dominicos, franciscanos, agustinos, focolares, redentoristas, salesianos, jesuitas, numerarios del Opus Dei, lasallistas y carismáticos, entre muchos otros movimientos y órdenes reconocidos, viviendo cada uno sus dones espirituales dentro de una misma fe. La Iglesia, repetimos, vive y respira con el mundo y, en ello reside algo profundamente humano: la unidad de cuerpo y espíritu. La amalgama de lo mundano y lo trascendental.

En este sentido, también los papas participan de esta bifrontalidad sui generis. Cada pontífice no es el sucesor del anterior, sino que es el sucesor del apóstol Pedro y esto, es de vital importancia: cada Sumo Pontífice renueva a la Iglesia porque es el sucesor directo de aquel sobre quien Jesús puso las llaves del Reino. Esto implica que no está atado a continuar con una línea ideológica o política marcada por el hombre que fue su antecesor inmediato pero tampoco constituye una ruptura absoluta con la tradición y la historia. Ocupar la Cátedra de San Pedro también pone en perspectiva que hay una unión real entre los 2000 años de historia y con la centralidad de Cristo.

Un tema del hoy

«Todos somos uno en Aquel que es Uno» (Jesús), nos recuerda San Agustín de Hipona en un famoso comentario al salmo 127: “Estos cristianos, con su Cabeza, que subió al cielo, son un solo Cristo; no es Él uno y nosotros muchos, sino que, siendo nosotros muchos en Aquel uno somos uno”. In Illo uno unum, en latín, como reza el lema del escudo papal que eligió León XIV. Desde esa unidad cuerpo/espíritu, mundanidad/trascendencia, diversidad/homegenidad, tradición/actualidad la Iglesia le habla los hombres y mujeres de cada tiempo. Por eso, hoy nos encontramos con la novedad de Magnifica Humanitas, la carta encíclica con la que León XIV aborda la problemática de la Inteligencia Artificial (IA).

Claro esta, que los papas tienen diversas formas de comunicarse con los fieles y con el mundo. Podemos encontrarnos lo gestual (que muchas veces vale más que mil palabras), pero también es necesario sedimentarlo con la fuerza de la palabra escrita. Por eso, los pontífices romanos escriben una amplia gama de textos que persiguen fines y públicos distintos. Hay documentos que ordenan cuestiones eclesiales; otros, los ritos. Por otra parte, hay textos para grupos humanos específicos como así también, en el caso de las encíclicas, temas que se ofrecen a la reflexión y discernimiento de todo el mundo.

La irrupción de la IA lo ha cambiado todo. Cada aspecto de nuestra vida está, o se busca que esté, atravesado por este nuevo paradigma tecnológico. Por eso no es de extrañar que la Iglesia tome cartas en el asunto. Ahora bien, de este importante documento, que sin dudas dará mucho que hablar, nos detendremos en un aspecto que, pese a su novedad, remite a una cuestión tan central como milenaria en la vida humana.

Tecnocracia

La encíclica no deposita en la inteligencia artificial la totalidad de las problemáticas contemporáneas. Más bien, la sitúa como una herramienta inserta en un proceso global de deterioro de valores sociales y democráticos. En los puntos 92 al 96, el Papa aborda el paradigma tecnocrático y el poder digital, recordando que ya Francisco, en su encíclica Laudato si’, advertía sobre el creciente afianzamiento, en el mundo globalizado, de una nueva forma de poder: la tecnocracia.

Esta idea de un gobierno donde el poder es ejercido o administrado por un grupo de técnicos expertos, científicos o especialistas en lugar de políticos tradicionales no es nada nuevo ni privativo de un solo espectro ideológicos. Un ejemplo de irrupción de tecnócratas en el poder, lo encontramos en el franquismo. En 1959 el dictador y caudillo español desplazó, sobre todo de la Economía, a la vieja guardia falangista y dotó al estado de figuras como Laureano López Rodó y Alberto Ullastres. Estos nuevos engranajes del poder llegaban con un alto perfil académico y profesional que no basaba sus decisiones en la ideología o el partido, a diferencia de los tradicionales políticos franquistas, casi todos pertenecientes a la Falange, y que habían constituido el Primer Franquismo.

Estos tecnócratas, como incluso se los conocía en su tiempo, impulsaron un modelo despolitizado de prosperidad material y modernización que derivó en el llamado “milagro económico español”. Un proceso que duró hasta la muerte de Franco en 1975, pero que, con ligeras variaciones, se mantuvo durante las siguientes décadas. Sin embargo, la idea de un grupo de expertos a quienes se les confía el manejo de la cosa pública, repito, no es privativo de los gobiernos e ideologías de derechas. En su libro Tecnopopulismo , el escocés Chistopher J. Bickerton y el italiano Carlo Invernizzi Acceti analizan, entre otros casos, como la apelación al pueblo y al saber técnico erosionan la democracia incluso desde partidos progresistas como el Labor Party (Reino Unido), el Movimento Cinque Stelle (Italia), La Republique en Marche, de Emmanuel Macron o la española Podemos.


Una nueva forma de tecnocracia

Hoy, la validación de la tecnocracia también se ha convertido en la punta de lanza de Donald Trump. Como vimos, para Franco los tecnócratas representaban una herramienta especializada y apolítica que no ponía en jaque su dictadura, pero más contemporáneamente aparece como otra forma de minar las concepciones democráticas clásicas. Por lo que, en el caso del trumpismo, se introduce con una variante.

Esta variación de la tecnocracia fue bautizada como “tecnocesarismo” por el escritor y académico francoitaliano Giuliano da Empoli y se basa en la idea de un líder populista, de masas, que, como el modelo cesarista clásico, ejerce el poder sin los consensos democráticos ni de las instituciones republicanas. Pero, aquí la novedad,es que para lograrlo se apoya en un grupo de corporaciones tecnológicas privadas que proyectan el poder político sin necesidad de pasar por procesos electorales. Este nuevo grupo de poder fáctico, en Estados Unidos está representado por controversiales figuras como Elon Musk o Peter Thiel, a quienes se suele caracterizar como laNueva Oligarquía de Silicon Valley. En estas nuevas elites teconlógicas se está concentrando, cada vez más, un poder de Leviatán y nos advierte el Papa en el punto 95:

“Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”.

Este poder extrademocrático, en apariencia meramente técnico, antipolítico y sustentado en capitales privados, se presenta como un modelo de eficiencia destinado a reemplazar las cuestionadas estructuras estatales y a las élites políticas tradicionales (“la casta”, en términos argentinos). Seguidamente, en el punto 92 de su encíclica, León XIV advierte que en la realidad contemporánea la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”.

Por un lado, la eficacia y la utilidad no pueden ser el patrón que rija la política, porque el ser humano, nos dice la Iglesia, no es una mera cuestión de números y estadísticas. Finalmente, el riesgo de estos modelos de utilidad y eficiencia se vuelven un peligro real y latente. Ya que, la eficiencia a raja tabla llevaba a los Jemeres Rojos a asesinar a cualquier individuo anciano, enfermo o débil que no sirviera a la economía agraria radical teorizada por Pol Pot, y hoy se plantea en el mundo occidental qué hacer con los ancianos o los discapacitados que, vistos solo desde factores de producción y consumo, son una carga para el erario público.

Una centralidad que no se puede olvidar

El actual Sumo Pontífice hace una perfecta aclaración en el punto 129, en el cual nos dice: «El humanismo cristiano no rechaza la ciencia ni la técnica, sino que las asume con gratitud y realismo, y las sitúa «con los pies en la tierra» dentro de una vocación más alta”. O sea, no hay que renegar del avance tecnológico y de las ciencias. Hay una concepción muy arraigada en la teología moderna que ve a la medicina como una de las respuestas de Dios a las plegarias de millares de almas que imploran al cielo por la cura de sus enfermedades o de los padecimientos de sus seres queridos. Un santo moderno incluso recomendaba, ante la enfermedad, rezar mucho y hacerle caso al médico. Esa antigua dicotomía entre Fe y Ciencia pertenece al pasado. No obstante, la Iglesia propone que cualquier conocimiento científico y tecnológico esté al servicio del hombre y no a la inversa. La encíclica Magnífica Humanitas rescata algo que ya había percibido en su tiempo el papa Pablo VI, canonizado en 2018:

Los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral, se vuelven, en definitiva, contra el hombre.

Pablo VI.

Esta postura de la Iglesia resulta básica y es el centro de cualquier debate. Ya que nos dice que el dinero, por ejemplo, no es intrínsecamente malo pero que tiene que estar al servicio de la humanidad. Ahora bien, si por el contrario, el dinero se vuelve un instrumento de opresión y desigualdad, generando una nueva forma de esclavización, entonces esta herramienta se vuelve un instrumento para el mal. Se trata de una idea elemental y básica que, sin embargo, la sensibilidad contemporánea suele perder de vista.

El año pasado, al proclamar el Año Jubilar Franciscano, León XIV acompañó esa decisión con su primer documento apostólico que, de alguna forma, viene a ser programático de su pontificado. La exhortación apostólica Dilexi te, sobre el amor hacia los pobres, retoma la figura de san Francisco de Asís para volver a reafirmar la centralidad de los marginados para la Fe y la Iglesia. La pobreza real, material, no es una cuestión meritocrática, escribió León XIV en el punto 14 de ese texto: “No podemos decir que la mayor parte de los pobres lo son porque no hayan obtenido «méritos», según esa falsa visión de la meritocracia en la que pareciera que sólo tienen méritos aquellos que han tenido éxito en la vida”. Y agrega en el mismo punto: “sin embargo, todavía hay algunos que se atreven a afirmarlo, mostrando ceguera y crueldad”.  

Magnifica Humanitas va en este mismo sentido. Ya que nos invita a reflexionar sobre el hecho de que la IA es una herramienta que tiene potencialidad para beneficiar a la humanidad pero, si la misma es dejada en poder de elites sin ningún tipo de control por parte de la sociedad política, entraña un riesgo totalmente destructor. Frente a esta concentración, León XIV nos invita a volver los ojos a la Doctrina Social, cuyos grandes principios “se convierten en criterios para juzgar y discernir el nuevo escenario: la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social” (punto 96).

En esto sentido, valiéndose de una imagen bíblica imperecedera, el Romano Pontífice nos invita a pensar qué tipo de sociedad queremos construir con el uso de la IA. Podemos, nos dice, usarla para beneficio integral de la sociedad y de la naturaleza, en definitiva, nuestra Casa Común. Puede ser la herramienta de las que nos valgamos para reducir las desigualdades que hoy condenan a muchos a una periferia existencial no solo en lo económico o en su caso, podemos por el contrario, ignorar los riesgos y dejarla en manos de un poder omnímodo y de poderosos egoístas. Y en consecuencia, olvidarnos de la centralidad de los pobres, de los ancianos, de los niños y de tantas personas que sufren y sólo pensar en un beneficio utilitarista. Y así, construir una nueva versión de la Torre de Babel, grandiosa, pero inhumana (punto 129), en la que los corazones se marchitan y los vínculos sociales se rompen.  


Juan Francisco Baroffio: Escritor y ensayista. Instagram: (@queremoslibros). Director de Ulrica Revista.

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