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Hannah Arendt: la crisis de la autoridad

Por Agustina Miranda Giordano

En un ejercicio de reflexión, la filósofa se pregunta no por el significado actual, sino por lo que fue la autoridad. Indaga en un concepto que “se ha esfumado en el mundo moderno”.

Esta crisis visible desde el comienzo del siglo XX tiene una procedencia y una naturaleza política. El síntoma más significativo de ella, el cual indica su hondura y gravedad, es la expansión de la crisis hacia áreas previas a lo político como la crianza y la educación de los niños. En estos ámbitos, postula Arendt, la autoridad en un sentido más general siempre se aceptó como un imperativo natural, exigido tanto por las necesidades naturales, la indefensión de los pequeños, como por la necesidad política.

Afirma que, tanto en la práctica como en la teoría, no estamos en condiciones de saber qué es verdaderamente la autoridad. En sus reflexiones parte de la idea de que a la respuesta a la pregunta sobre qué es la autoridad tal vez no pueda estar en una definición concreta sobre su naturaleza o esencia. Para comenzar, señala que la autoridad que hemos perdido en el mundo moderno no es la autoridad en general, sino más bien una forma muy específica de ella que ha sido validada en el mundo occidental. Por lo que su propuesta tiene que ver con una reconstrucción de lo que fue la autoridad históricamente y un rastreo de las fuentes de su fuerza y significado.

El concepto político de autoridad se encuentra ubicado entre el poder y la violencia, entre la persuasión y la coacción. En este sentido, la autoridad no es persuasión porque esta opera mediante un proceso de argumentación. Tampoco ella es coacción ya que se da una obediencia voluntaria. Mucho menos es violencia, por el contrario, esta es empleada cuando la autoridad fracasa. La autoridad refiere de algún modo a la opinión respetada, la cual sin ser una orden coercitiva es algo más que un mero consejo. El rasgo principal de la autoridad (la auctoritas) radica en “el indiscutible reconocimiento por aquellos a quienes se les pide obedecer; no precisa ni de la coacción ni de la persuasión” (en Crisis de la República de Arendt).

La moderna pérdida de la autoridad, asentada en la piedra angular de los cimientos del pasado, brindó al mundo la permanencia y la estabilidad que los humanos necesitan, justamente, porque son seres mortales “los seres más inestables y triviales que conocemos”. La autoridad proporciona permanencia y estabilidad a la vida política, puesto que está vinculada a la tradición que nos enlaza con el pasado y nos aleja de las inseguridades generadas por el constante cambio.

Si bien la reflexión arendtiana en torno a la historia del concepto de autoridad comienza con la filosofía griega de Platón y Aristóteles y desemboca en Maquiavelo, Robespierre y los sucesos acontecidos en las revoluciones de la época moderna; nos detendremos en el análisis del concepto romano de autoridad.  Esta elección tiene que ver con el tratamiento que hace de él la autora y, fundamentalmente, con el vínculo temporal que se traza allí entre el pasado y el futuro.

La “autoridad” romana

Arendt vincula el concepto romano de autoridad con los de tradición y religión, la llamada “trinidad romana” entre religión-autoridad-tradición. Triada conceptual vinculada a la historia romana, específicamente, a la fundación de instituciones políticas. En términos históricos, la pérdida de autoridad constituye la fase final, pero decisiva, de un desarrollo que durante siglos socavó sobre todo la religión y la tradición.

Cuando Arendt afirma, en el mencionado ensayo, que “investido de autoridad, al que los hombres están atados por lazos religiosos a través de la tradición” hace referencia a la fundación unida a la religión, pues religión viene de re-ligare en latín y significa volver a estar atado a ese momento específico y crucial del pasado en el cual se cimentó la civitas (la ciudad) romana ¿Quiere decir esto que la política es tomada como actividad religiosa? Esto significa, en el contexto romano, y de acuerdo con Antonio García Rivera, que la política “era una actividad religiosa consistente en custodiar la fundación de la ciudad de Roma”.

En este contexto romano surgió la palabra y el concepto de autoridad. La fundación está unida a la autoridad, esto se refleja en el sustantivo latino auctoritas derivado del verbo augere (aumentar), aludiendo al aumento de la herencia de la fundación, pues quienes tienen autoridad aumentan constantemente en la fundación. Los provistos de autoridad eran los ancianos, el Senado o los patres, que la habían obtenido por su ascendencia y por transmisión (tradición) de quienes habían fundado todas las cosas posteriores, de los antepasados, a quienes por eso los romanos llamaban maiores

Por ello la autoridad romana, a diferencia del poder que introduce lo novedoso e imprevisible, hunde sus raíces en el pasado. La autoridad a diferencia del poder (potestas), tenía sus raíces en el pasado, pero en la vida real de la ciudad ese pasado no estaba menos presente que el poder y la fuerza de los vivos.

La moderna (y actual) crisis de la autoridad

La crisis del mundo actual –escribe Arendt– está vinculada con una crisis política ocasionada por el declive de la trinidad romana. Esto es, en palabras de la autora, la pérdida de la permanencia y estabilidad que proporcionaba la autoridad, así como la fe en un comienzo sacro y en las normas de comportamiento tradicionales que necesitan los seres humanos por su naturaleza mortal atravesada por la temporalidad. La autoridad, nacida de la experiencia romana de la fundación, posteriormente no se restableció en ningún caso, ni a través de las revoluciones ni por medios de restauraciones prometedoras; menos aún mediante todas las actitudes y tendencias que una y otra vez invaden la opinión pública.


La autoridad demanda obediencia e implica el establecimiento de una relación jerárquica entre el auctor y las personas que obedecen, explica Rivera García. Para Arendt, si se pierde la autoridad, se pierde el fundamento del mundo, que sin duda desde entonces empezó a variar, a cambiar y a pasar con una rapidez cada día mayor de una forma a otra, como si estuviéramos viviendo en un universo en el que todo, en todo momento, se puede convertir en cualquier otra cosa. Sin autoridad el campo político se transforma en un universo en el que todo puede pasar. Desaparece asimismo la legitimidad política y el fundamento del mundo donde tienen lugar los asuntos humanos.  

“Vivir en un campo político sin autoridad y sin la conciencia paralela de que la fuente de autoridad trasciende al poder y a los que están en el poder, significa verse enfrentado de nuevo con los problemas elementales de la convivencia humana”.

Entre el pasado y el futuro | Hannah Arendt

La ruptura con la tradición también implica la pérdida del hilo conductor que guiaba a las generaciones por el “vasto reino del pasado”. Ese hilo era la cadena que sujetaba a cada generación a un aspecto determinado de lo acontecido. Sin una tradición bien anclada y la pérdida de esta seguridad y estabilidad que se produjo hace tiempo, para la pensadora política, toda la dimensión del pasado también estaría en peligro. Pues se corre el riesgo de olvidar, tal olvido significa que nos privaríamos de una dimensión humana esencial: la de la profundidad en la existencia humana porque “la memoria y la profundidad son lo mismo, o mejor aún, el hombre no puede lograr la profundidad si no es a través del recuerdo”.

Entre la novedad y la tradición en un mundo donde los seres humanos nos reunimos y en tanto que el ser humano hombre piensa, salva a los acontecimientos de la ruina del tiempo para preservarlos a las nuevas generaciones que tienen, sin embargo, que descubrir los derroteros del pensamiento nuevamente y pavimentar y cultivarlo. “Cada generación hereda de sus antepasados un tesoro de riquezas morales, tesoro invisible y precioso que lega a sus descendientes” escribe lúcidamente Hannah Arendt, en articulación con lo porvenir, pues “la fecundidad de lo inesperado excede con mucho a la prudencia del estadista” (Proudhon citado por Arendt en La crisis de la República).

Lo inesperado y la herencia de la tradición coinciden en los fenómenos políticos, en donde la crisis se presenta como apertura y oportunidad. Todo lo acontecido en el pasado no fue perfecto, pero muchas cosas son perfectibles en el presente y en el futuro. El pensamiento, en términos arendtianos, no ofrece una solución definitiva ni cierra la brecha existente, pero sí es totalmente necesario para moverse entre los acontecimientos.

Con lo dicho Arendt no pretende una revivificación del pasado, sino más bien una valoración y una lectura sobre él, desde el presente y a la luz de las problemáticas de nuestro tiempo.


Agustina Miranda Giordano (Argentina): estudiante de Profesorado de grado universitario y Licenciatura en Filosofía, Universidad Nacional de Cuyo.

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