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Religión en el orden mundial

Creencias, actos de fe, ceremonias de oración, entre otras prácticas, han profesado las civilizaciones desde hace siglos con el fin de encontrar un propósito en sus vidas. Hoy en día ser ignorante de las diferentes religiones que existen es ignorar las cuestiones globales que están formando el orden mundial actual. Es por ello que desde Diplomacia Activa te invitamos este mes a conocer que ideas le dan forma a nuestro mundo.

Famoso abrazo entre el papa Francisco, el rabino Skorka y el líder religioso musulmán Omar Abboud.

Desde la extensión de sus tierras donde se han levantado imperios tan colosales hasta su desaparición, convertidos en polvo, y el crecimiento de monarcas absolutos dejados en el olvido, Oriente Próximo se lo conoce por ser una de las regiones de mayor conflicto a lo largo del tiempo. ¿Factor de disputa común de los acontecimientos? La religión.

A fines del siglo VI d. C. dos imperios dominaban el territorio de esta extensa región. Por un lado el Imperio bizantino donde se profesaba la religión cristiana y por otro lado, el Imperio persa sasánida que practicaba el zoroastrismo. En el año 602 una plaga arrasó con la población de ambos imperios dejándolos debilitados, lo cual termina en la acción militar por parte del Imperio persa de invadir a los cristianos ortodoxos. Esta guerra perduró 25 años, dando como vencedor a los bizantinos.

El conflicto dio paso a uno de los sucesos más relevantes en la historia de la humanidad, y es que pocos hechos son comparables con el extraordinario proceso de propagación que tuvo el Islam.

La tradición musulmana cuenta que Mahoma nació en La Meca en el año 570, a la mitad de su vida tuvo una revelación que terminaría dando paso a lo que conocemos como el Corán. Junto con su comunidad de creyentes organizó un sistema de gobierno e integraron las civilizaciones de la península Arábiga, reemplazando las creencias dominantes en la región (el judaísmo, el cristianismo y el zoroastrismo).

Un estallido religioso fue indudablemente el protagonista durante el siglo VII d. C., por medio del cual los ejércitos árabes difundieron el islamismo por todos los territorios a los que iban. Empezando por la costa atlántica de África, parte de España y Francia para luego terminar en las zonas de Asia Central —como sectores de China— y Rusia. Sin embargo, las diferentes dinastías amenazadas ante la llegada de una nueva religión que perturbaría el “status quo”, hicieron todo lo que tenían a su alcance para erradicar al Islam y, a pesar de los numerosos intentos a lo largo de los años, la tradición musulmana sigue de pie con la diferencia de que las sociedades que profesan esta religión conviven en una región cada vez más desestabilizada.

“En ningún lugar del mundo es más complejo el desafío del orden internacional: tanto en lo que respecta a organizar el orden regional, como en lo concerniente a asegurar la compatibilidad de ese orden con la paz y la estabilidad del resto del mundo”.

Henry Kissinger

Más recientemente otra cadena de sucesos se ha desplegado dejando en jaque al mundo islámico en consecuencia de la teoría del dominó propuesta por el presidente Eisenhower: la Primavera Árabe. A finales de 2010 comenzaron un conjunto de revueltas por parte de una nueva generación en pro de la democracia liberal. Libia, Túnez, Egipto, Siria, Yemen, Jordania y Bahréin fueron los escenarios en donde se suscitó este proceso que lejos estuvo de haberse elegido por mera coincidencia, fueron por las fuerzas autoritarias que han gobernado estos Estados desde hace ya años.

Y si bien el repetido eslogan de la Primavera Árabe fue “el pueblo quiere derrocar al régimen”, nunca se llegó a entender que se definía por pueblo y quién sería la persona que ocuparía el lugar de las autoridades derrocadas. La desorganización acerca de estos temas fue lo que permitió que las reclamaciones originales acerca de una vida política y económica abierta, pasaran a transformarse en un enfrentamiento entre el autoritarismo apoyado por los ejércitos y la ideología islamista.

En Egipto, los manifestantes que se presentaron en la plaza Tahrir defendiendo los principios democráticos y derrocaron a Hosni Mubarak, no terminaron siendo los elegidos para su reemplazo. En cambio subió al poder Mohamed Morsi —líder de la Hermandad Musulmana— apoyado por grupos fundamentalistas extremistas que poco habían hecho en el proceso de destitución del dictador Mubarak. Meses más tarde, el ejército amenazado por Morsi decide realizar un nuevo golpe de estado, sorpresivamente bien recibido por los sectores democráticos.

Más radical fue lo sucedido en Siria donde estallaron tensiones históricas de una pugna entre sunitas y chiitas. Siendo que fue un tema del cual dio que hablar por la prensa mundial llegando a ser prioridad en la agenda de la política exterior norteamericana, se esperaba algo similar a lo sucedido en Egipto. El presidente Obama expreso esta posición llegando a decir que Assad debía “dar un paso a un lado” y dejar al pueblo sirio decidir el futuro de su democracia. Erróneamente de la visión que mantenía Estados Unidos, el conflicto jamás tuvo como tema de disputa la “democracia” sino la verdadera cuestión era la “lucha por el poder”. Como bien declara Kissinger “no era entre un dictador y las fuerzas de la democracia, sino entre sectas rivales de Siria y sus defensores regionales”. Arabia Saudí, al igual que el resto de los estados del Golfo, enviaron armas, dinero y logística a los grupos sunitas mientras Irán respaldó a Assad y a los chiitas vía Hezbollah. 

En juego la supervivencia de las distintas fuerzas regionales, el ISIS o Daesh a su vez, creía que era el momento oportuno para hacer su aparición en territorios de Siria e Irak, determinando que tanto Damasco como Bagdad habían perdido toda forma de autoridad sobre sus territorios y que el sueño de construir un califato en ellos no estaba muy lejos.

A pesar de los intentos de la comunidad internacional de equilibrar la balanza, era algo inevitable por la polarización que tenía. Estados Unidos hacia un llamamiento formal en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para la realización de un proceso democrático en Siria y la prohibición contra el uso de armas químicas mientras otros miembros permanentes, como Rusia, defendían a capa y espada al gobierno de Assad y la supervivencia de este como Estado unitario.

Acontecimientos como estos nos permite percibir la importancia de las diferentes religiones en el escenario internacional. Como han anticipado ya numerosos historiadores y teóricos en la materia, las guerras ya no se producen entre Estados sino entre culturas. Por esta razón, el conocimiento del islam, budismo, cristianismo, judaísmo, entre otros, es primordial en tiempos como los que vivimos hoy.


Mauricio Rodríguez (Argentina): estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad de Congreso, y columnista en Diplomacia Activa.

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