El quiebre Occidental
Por Cande Molina
Bajo promesas de convergencia, uno de los resultados que dejó la Cumbre del Grupo de los Siete (G7) en Évian-les-Bains, Francia fue la profundización de la tensión ya existente entre Estados Unidos y sus aliados europeos.

En palabras de Roberto Russell (2025), se percibe un claro giro hacia un orden pos-occidental, fenómeno que obedece a la difusión progresiva del poder y la riqueza hacia el Este y el Sur. Asimismo, las instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial enfrentan crecientes dificultades para responder eficazmente a las crisis globales, lo que hiere al sistema en su conjunto.
En este escenario surge una pregunta relevante: ¿Puede el carácter informal del G7 permitirle mantener su relevancia en un contexto de transición hacia un orden internacional posoccidental? La hipótesis de este trabajo sostiene que, en un contexto de transición hacia un orden posoccidental y de redistribución global del poder, la informalidad y flexibilidad institucional del G7 pueden constituir una ventaja para preservar su relevancia como espacio de coordinación política entre las principales potencias occidentales.
Para fundamentar esta cuestión, se analizarán dos variables principales: por un lado, la pérdida de poder relativo de sus miembros en favor de nuevas potencias; esta redistribución del poder global urge la reforma de las estructuras existentes. Por otro, las oportunidades que ofrece su carácter de foro informal para actuar con mayor eficacia frente a organizaciones multilaterales más burocratizadas y rígidas.
La transición del poder global
El G7 se conformó en 1975 como una reunión de potencias industriales occidentales. A saber: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido. Según su propia descripción, nació como un foro informal donde se daban cita los principales países industrializados con el objetivo abordar los desafíos mundiales en materia financiera, medioambiental, social y de desarrollo, también buscaba diálogo con las economías emergentes y en desarrollo. En su apogeo, el bloque configuraba un polo de poder en distintos planos, como el económico, demográfico y comercial, entre otros. Hoy, los números muestran una realidad significativamente menos próspera a lo que proyectaban las expectativas iniciales.

A cincuenta años de su creación, la participación relativa de este grupo en la distribución global del poder ha disminuido. Medido en términos de porcentaje del Producto Bruto Global (PIB – nominal), pasó de representar un 75% a un 45%. La diferencia se encuentra redistribuida en actores emergentes que desafían las reglas del juego. Particularmente, según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), China concentra hoy 20,85% del PIB total.
A la segunda mayor potencia se suma la India, con un 4,15% del PBI mundial y los BRICS, que en su conjunto atesoran cerca del 30% (Statista, 2026). Hacia 2013, Felipe de la Balze ya alertaba sobre las implicancias de la emergencia china: “En los centros de poder mundial, el ascenso de China desata temores respecto al futuro del equilibrio, ya que constituye una amenaza a la preeminencia de Estados Unidos y pone en jaque los arreglos de jure y de facto que le dan sustento al sistema internacional creado después de la Segunda Guerra Mundial”.
En cuanto a población, los miembros del foro occidental suman el 10% del total mundial. Por su parte, en la India y China habitan el 18% y 17% de las personas, respectivamente. Más aún, sobre el territorio de los países del bloque de los BRICS vive casi la mitad de la humanidad, precisamente, el 47% (Statista, 2026).

La pérdida de centralidad del G7 no sólo se observa en términos de Producto Bruto y población. También es visible en cuanto a comercio internacional. Mientras que a comienzos del siglo XXI sus miembros acumulaban cerca del 45% de las exportaciones mundiales de mercancías, en 2023 esa participación había descendido al 28,9% (Statista, 2025). Paralelamente, China es el mayor exportador mundial, con el 15% de las exportaciones. Las economías de los BRICS elevaron su cuota del 10,7% al 23,3%, reflejando la creciente dispersión del poder económico global (Statista, 2025).
En definitiva, el bloque de países industrializados no opera con el mismo margen de maniobra que hace un par de décadas. La creciente dispersión del poder global hacia otras áreas geográficas, mayormente hacia oriente, le resta capacidad para dar respuesta ante los desafíos coyunturales y diseñar el futuro del sistema internacional bajo el régimen institucional vigente. En otras palabras, dificulta la construcción de consensos amplios dentro de organizaciones multilaterales altamente institucionalizadas. Por tanto, mecanismos más flexibles y menos burocráticos pueden ofrecer ventajas comparativas al facilitar acuerdos mínimos entre actores con intereses divergentes.
Las ventajas de un cambio estructural
Algunas fuentes periodísticas destacaron que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, arribó a la Cumbre del Grupo de los Siete de buen humor. El dato resulta llamativo si se considera su historial discursivo, caracterizado por críticas recurrentes al multilateralismo y a los organismos internacionales tradicionales. Incluso, su salida y reducción de financiamiento a varios de ellos. La relativa comodidad de Trump en el G7 ilustra una característica distintiva del foro: su baja institucionalización y su capacidad para albergar líderes con preferencias muy distintas respecto de las formas tradicionales de cooperación.
Diversos analistas observan que Trump se ha mostrado más proclive a mecanismos flexibles de coordinación internacional, basados en la negociación directa entre líderes y en acuerdos ad hoc, que a organizaciones multilaterales altamente burocráticas. Esta orientación refleja una visión más transaccional de la política exterior, en la que la autonomía estatal y la capacidad de negociación bilateral ocupan un lugar central.
John Ikenberry en “The End of Liberal International Order?” (2017), planteó que la administración republicana cuestionó los pilares institucionales del orden liberal internacional al considerar que las organizaciones multilaterales limitaban la autonomía estratégica estadounidense. En un contexto de cuestionamiento del rol del sistema de gobernanza global, este ejemplo ilustra claramente las ventajas asociadas a la baja institucionalización del G7.
En este sentido, es posible imaginar una ventana de oportunidad en el criterio de informalidad bajo el cual opera el G7. Dani Rodrik y Stephen Walt en “How to Build a Better Order Limiting Great Power Rivalry in an Anarchic World (2022)” proponen un “meta-régimen”: presupone un acuerdo mínimo sobre los principios básicos, reconociendo que habrá desacuerdos duraderos. En lugar de imponer un conjunto detallado de reglas prescriptivas como el orden liberal de posguerra, este marco funciona como un dispositivo para guiar los procesos de toma de decisiones, a través del cual los estados rivales o incluso los adversarios podrían buscar un acuerdo. Cuando no lo logren, el marco aún puede mejorar la comunicación entre ellos, aclarar por qué no hubo consenso y ofrecerles incentivos para evitar infligir daño a otros.

En este sentido, es posible imaginar una ventana de oportunidad en el criterio de informalidad bajo el cual opera el G7. Dani Rodrik y Stephen Walt en “How to Build a Better Order Limiting Great Power Rivalry in an Anarchic World (2022)” proponen un “meta-régimen”: presupone un acuerdo mínimo sobre los principios básicos, reconociendo que habrá desacuerdos duraderos.
En lugar de imponer un conjunto detallado de reglas prescriptivas como el orden liberal de posguerra, este marco funciona como un dispositivo para guiar los procesos de toma de decisiones, a través del cual los estados rivales o incluso los adversarios podrían buscar un acuerdo. Cuando no lo logren, el marco aún puede mejorar la comunicación entre ellos, aclarar por qué no hubo consenso y ofrecerles incentivos para evitar infligir daño a otros.
Los autores coinciden en que el relativo declive del poder estadounidense y el concomitante ascenso de China han erosionado el sistema liberal basado en reglas que alguna vez estuvo dominado por Estados Unidos y sus aliados. Los cambios en las prioridades internas en muchos países y una geopolítica cada vez más competitiva han detenido el impulso hacia una mayor integración económica y bloqueado esfuerzos colectivos para abordar los peligros globales.
Enuncian que el orden internacional que puede emerger de estos cambios es difícil de predecir. Por un lado, el sistema podría inclinarse a un mundo más hostil y peligroso. Por el otro, hay posibilidades de crear un mundo más benigno, en donde las principales potencias compiten en ciertas áreas pero cooperan en otras y donde existe un conjunto de normas más flexible.
Bajo este marco, se analiza la estructura del G7. En la última cumbre, se percibió una función más bien reactiva ante las crisis del sistema: un enfoque particular en el conflicto en Medio Oriente y la guerra en Ucrania, además, se abordaron temas como la regulación de la inteligencia artificial, los desequilibrios económicos globales y la resiliencia en minerales críticos. En efecto, parece que apaga incendios en lugar de establecer las reglas del juego. En ciertos aspectos, el G7 recuerda a mecanismos históricos de concertación entre grandes potencias como el Congreso de Viena, aunque en un contexto internacional radicalmente distinto.

No obstante, la perspectiva optimista que refleja el G7 es de funcionar como un organismo sustancialmente más flexible y menos burocrático que otras instituciones de gobernanza global. Si el grupo se sostiene bajo un modus operandi informal, que no genere compromisos vinculantes pero que intente proveer un marco general para establecer acuerdos, puede consolidarse como una centro que armonice los intereses de los estados y los conduzca a un fin común.
Volviendo al argumento de Rodrik y Walt, para evitar una decadencia absoluta del orden internacional, las potencias occidentales podrían acordar un “meta-régimen”, con un mínimo de principios básicos. Si la idea de orden basado en reglas rígidas ya no figura como una alternativa deseable en un sistema interdependiente y competitivo, quizás sea momento de cambiar el enfoque.
A cincuenta años de su creación, el G7 enfrenta un escenario profundamente distinto al que dio origen al foro. La redistribución global del poder hacia nuevas potencias, particularmente en Asia, ha reducido el peso relativo de sus miembros en términos económicos, demográficos y comerciales. En consecuencia, su capacidad para definir unilateralmente las reglas del sistema internacional se encuentra cada vez más limitada. Sin embargo, este declive relativo no implica necesariamente una pérdida de relevancia. Por el contrario, una de las principales fortalezas del G7 podría residir precisamente en aquello que lo distingue de otras instituciones multilaterales: su carácter informal y flexible.
En un contexto internacional marcado por la creciente competencia estratégica, la fragmentación política y la dificultad para alcanzar consensos amplios, los mecanismos menos burocratizados ofrecen mayores posibilidades de adaptación. En este sentido, la propuesta de un “meta-régimen” formulada por Rodrik y Walt resulta especialmente pertinente, ya que sugiere la necesidad de construir marcos mínimos de coordinación capaces de facilitar la cooperación aun entre actores con intereses divergentes. Bajo esta lógica, el G7 podría desempeñar una función relevante no como arquitecto exclusivo del orden internacional, sino como un espacio de concertación política orientado a armonizar intereses, generar consensos básicos y contribuir a la gestión de los principales desafíos globales.
En definitiva, la transición hacia un orden posoccidental no supone necesariamente la desaparición de las instituciones heredadas de la posguerra, sino la necesidad de redefinir sus funciones. En lugar de sostener esquemas rígidos de gobernanza basados en reglas cada vez más difíciles de imponer, el G7 podría encontrar su principal fuente de legitimidad y eficacia en la flexibilidad, el diálogo y la capacidad de adaptación a una realidad internacional más compleja, multipolar e incierta.
Candela Molina (Argentina): Licenciada en Relaciones Internacionales, estudiante de la carrera de Derecho y candidata a la Maestría en Política y Economía Internacionales en la Universidad de San Andrés. Columnista en Diplomacia Activa.
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