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Geopolítica del deshielo

Por Agustín Bazán

Durante los últimos meses, el interés estratégico de Estados Unidos por Groenlandia ha escalado a un nivel sin precedentes. Las declaraciones públicas del presidente Trump captaron la atención de la prensa internacional, los gobiernos europeos, las organizaciones multilaterales y los internacionalistas alrededor del mundo. 

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El debate no refleja únicamente tensiones coyunturales, sino una pugna geopolítica más profunda en torno a uno de los espacios estratégicos más sensibles del sistema internacional: el Ártico.

En este contexto, Trump ha afirmado que Estados Unidos busca ejercer algún grado de autoridad sobre Groenlandia, lo que ha reabierto una discusión que trasciende la lógica tradicional del acceso militar —vigente desde el acuerdo bilateral con Dinamarca de 1951— y se aproxima a cuestiones vinculadas con la soberanía y el control territorial. Estas declaraciones marcaron un punto de inflexión en la percepción internacional sobre el rol estadounidense en la región.

El tema ha generado reacciones políticas, sociales y diplomáticas intensas, desde Copenhague hasta Nuuk, pasando por Washington, Bruselas y otras capitales europeas. En este escenario, resulta indispensable profundizar el análisis para comprender por qué Groenlandia adquiere hoy una relevancia estratégica central, cuáles son las implicancias del renovado interés estadounidense y cómo se reconfiguran las piezas del tablero geopolítico en un mundo atravesado por el deshielo climático y la competencia entre grandes potencias.

El interés congelado

Groenlandia posee un enorme potencial en lo que respecta a recursos estratégicos. Bajo su capa de hielo se encuentran tierras raras, minerales críticos y otros recursos esenciales para las tecnologías del futuro: desde baterías y vehículos eléctricos hasta sistemas avanzados de defensa y energías renovables; en total, 25 de los 34 minerales clasificados como “materias primas críticas” por la Unión Europea están presentes en la isla en distintas concentraciones.


Ilustración | Cleveland

En un mundo en el que las industrias tecnológicas avanzadas y la transición energética están en pleno auge, estos recursos adquieren un valor geopolítico y económico muy elevado. Históricamente, ese potencial estaba —y en gran medida sigue estando— “congelado” tanto por su inaccesibilidad física como por las condiciones climáticas extremas que dificultan la minería en gran parte del territorio. Sin embargo, el fenómeno del deshielo ártico está abriendo gradualmente acceso a nuevos territorios antes inaccesibles, lo que reduce costos logísticos y hace factible, aunque todavía desafiante, la exploración y explotación de estos minerales.

En ese contexto, Estados Unidos se caracteriza por planificar,con proyecciones a mediano y largo plazo, la consecución de sus objetivos estratégicos, en particular cuando se trata de competir con la República Popular China, que domina actualmente la cadena global de producción y refinamiento de tierras raras. China concentra aproximadamente 60–70 % de la producción mundial de estos elementos y posee una posición dominante en el procesamiento de minerales críticos, lo que representa un riesgo de dependencia para las industrias occidentales.

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Washington busca, así, asegurar suministros de materiales estratégicos para las próximas décadas, tanto para sostener su base industrial y tecnológica como para garantizar su competitividad en sectores de alta tecnología y primordialmente en defensa, moviendo políticas, acuerdos y asociaciones internacionales que reduzcan esa dependencia estructural.

Este tipo de lógica estratégica también ha estado presente en otras negociaciones internacionales recientes. Por ejemplo, en 2025 se reportó que Estados Unidos estaba negociando acuerdos con Ucrania vinculados al acceso y reparto de beneficios derivados de la explotación de tierras raras y otros recursos naturales del país como parte de las condiciones de apoyo económico y militar brindado por Washington a Kiev.

“We don’t want Siberian bears, we want polar bears”

El deshielo progresivo del Ártico no solo abre oportunidades económicas y comerciales, sino que también genera un fenómeno que preocupa profundamente a Washington: la desaparición gradual de una barrera natural histórica. Durante décadas, los grandes campos de hielo actuaron como un obstáculo geográfico que limitaba la movilidad naval en la región, especialmente para potencias continentales como Rusia. Hoy, ese límite natural se está debilitando.

Tradicionalmente, Moscú debía recurrir a una costosa y compleja flota de rompehielos (civiles y militares) para permitir el tránsito de cargueros, buques de guerra y submarinos a través de las rutas árticas. Ese esfuerzo implicaba enormes costos logísticos, operativos y tecnológicos. Sin embargo, el cambio climático está alterando esta ecuación estratégica: la naturaleza comienza a asumir un rol que antes correspondía exclusivamente a la ingeniería naval rusa. Año tras año, el aumento de aguas navegables reduce la necesidad de escoltas especializadas y amplía las ventanas temporales de tránsito marítimo.

En la actualidad, Rusia aprovecha este fenómeno principalmente con fines comerciales, en particular para el transporte de mercancías a través de la Ruta Marítima del Norte, que conecta Europa con Asia de manera más corta que las rutas tradicionales. No obstante, en Washington existe una preocupación creciente (y con justa causa) de que este mismo espacio pueda ser utilizado, en el mediano y largo plazo, con fines militares. La lógica estratégica es clara: el Ártico ofrece rutas más directas, reduce tiempos de despliegue y permite aproximaciones menos previsibles hacia el Atlántico Norte y, eventualmente, hacia las inmediaciones del territorio continental estadounidense.

Desde una óptica kissingeriana, este escenario resulta especialmente inquietante. Henry Kissinger concebía la geografía como un factor permanente del poder: los Estados no eligen su ubicación, pero sí deben aprender a explotar o compensar sus ventajas y vulnerabilidades. En ese marco, el deshielo del Ártico altera uno de los supuestos geopolíticos más estables del siglo XX: que el extremo norte funcionaba como una zona de amortiguamiento natural entre las grandes potencias. Al desaparecer ese amortiguador, el equilibrio estratégico se vuelve más frágil y dinámico.

El Dr. Kissinger habría interpretado este fenómeno no como una amenaza inmediata, sino como una señal temprana de cambio estructural en el balance de poder. La posibilidad de que Rusia movilice con mayor facilidad buques de superficie y submarinos por rutas árticas reduce las distancias operativas, acorta los tiempos de aproximación y complejiza los sistemas de alerta temprana estadounidenses. En términos clásicos del realismo, esto obliga a Washington a redefinir sus líneas de defensa adelantadas y a reforzar posiciones clave antes de que el nuevo status quo se consolide.

En este contexto, Groenlandia adquiere una centralidad estratégica difícil de exagerar. Para Estados Unidos, no se trata sólo de “evitar osos siberianos”, sino de asegurar que el espacio ártico no se convierta en una autopista estratégica para actores rivales. La presencia militar, la vigilancia y el control de nodos críticos en el Ártico responden, así, a una lógica preventiva profundamente coherente con la tradición estratégica estadounidense y con la visión de Kissinger: anticiparse a los cambios del sistema internacional antes de que estos se traducen en desventajas irreversibles.

Groenlandia: el pilar geopolítico del siglo XXI

El interés estadounidense en Groenlandia no puede comprenderse solamente como una excentricidad política ni como una ambición asociada a una administración en particular. Por el contrario, responde a una lógica estratégica profunda, anclada en factores estructurales que exceden el corto plazo: el acceso a recursos críticos, la transformación geográfica del Ártico producto del deshielo y la necesidad de preservar un equilibrio de poder favorable en un sistema internacional cada vez más competitivo.

En la intersección de estos tres elementos, Groenlandia emerge como un pilar geopolítico. Sus reservas de minerales estratégicos adquieren valor en un mundo atravesado por la transición energética y la competencia tecnológica; su ubicación geográfica la convierte en un nodo central para el control de rutas marítimas del Ártico; y su rol en la arquitectura de seguridad del Atlántico Norte la posiciona como una pieza clave para la defensa adelantada de Estados Unidos.

Estados Unidos percibe que los supuestos geopolíticos que estructuraron el orden del siglo XX están siendo erosionados por factores climáticos, tecnológicos y políticos. En ese contexto, asegurar presencia, influencia y capacidad de control en Groenlandia aparece como una respuesta preventiva frente a un futuro incierto.

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El desafío no reside únicamente en identificar las amenazas emergentes, sino en anticiparse a ellas antes de que alteren de manera irreversible el equilibrio del sistema. La historia demuestra que las grandes potencias rara vez reaccionan tarde por desconocimiento; lo hacen cuando subestiman la velocidad del cambio. Groenlandia, en la era del deshielo, representa precisamente ese punto de inflexión: un territorio que deja de ser periférico para convertirse en central, y cuya relevancia no hará más que crecer en las próximas décadas.


En un mundo donde el hielo retrocede y la competencia avanza, Washington no busca conquistar territorios, sino evitar quedar estratégicamente expuesto.


Agustín Bazán (Argentina): Licenciado en Recursos Navales para la Defensa y Maestrando en Defensa Nacional, Universidad de la Defensa Nacional (UNDEF), Oficial de carrera de la Armada Argentina, estudiante avanzado de la Licenciatura de Relaciones Internacionales y columnista de Diplomacia Activa.

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