El Dilema de las Guerras Mundiales
Por Santiago Leiva
El mundo camina al borde del caos. Las guerras ya no son hechos aislados, sino movimientos calculados en un tablero global. En esta nueva “guerra de oportunismo”, cada actor espera su momento para avanzar. Mientras la atención se concentra en Medio Oriente, otras regiones en crisis arden en silencio, poniendo en riesgo una paz que muchos aún creen garantizada.

El alto al fuego en Medio Oriente se hizo realidad. Tras lo que varios analistas internacionales ya denominan –“La Guerra de los 12 días”-, se impone una reflexión más amplia: ¿Por qué las paces son siempre tan intermitentes?
Porque la realidad es que los misiles sobre Irán no empezaron con Irán, ni siquiera con Israel. Empezaron, quizás, cuando Rusia cruzó la frontera ucraniana y activó un efecto dominó que sigue cayendo sobre el sistema internacional. Desde entonces, los conflictos no se apagan: se reciclan, se traducen, se encadenan. Las consecuencias —como los frentes— son múltiples, simultáneas y expansivas.
Hoy, mientras drones zumban en el Golfo, portaaviones abandonan el Pacífico y Corea del Norte exhibe su pirotecnia balística con una puntualidad siniestra, las piezas ya están en movimiento. Lo inquietante no es que haya muchas guerras; lo alarmante es que todas parecen hablar el mismo idioma. Con los últimos hechos, las redes sociales volvieron a colapsar con una palabra que arrastra más de medio siglo de carga histórica: “Tercera Guerra Mundial”.
Pero más allá de la histeria viral, conviene preguntarse con serenidad por qué ocurren las guerras. No solo por el carácter multipolar del sistema, sino porque estamos entrando en un nuevo juego: uno donde cada actor con poder militar se percibe a sí mismo como una hegemonía regional en expansión —ya sea Irán, Arabia Saudita, Israel, Venezuela, Corea del Norte o incluso Filipinas—.
Por su parte, los medios absortos en la inercia del conflicto en Medio Oriente, no siempre alcanzan a registrar la simultaneidad del caos global. La agenda pública —atada al impacto inmediato— sobrepone la novedad al contexto, y en ese filtro desaparecen conflictos que todavía generan réplicas.
Claro que ahí siguen los ecos de Siria y Rusia, que aún resuenan en los pasillos y son los mismos que llevaron a Israel a bombardear Irán. La sombra del Estrecho de Ormuz —y su posible cierre— se extiende sobre Asia. Después de todo, «cada chispa que se enciende en un rincón del mundo puede detonar un incendio en otro.»
Comprender esta lógica ya no es un ejercicio académico. Es una herramienta de supervivencia. Porque cada conflicto, y su punto de ebullición, se convierte en una oportunidad para otro actor. Cada debilidad temporal es un atajo estratégico. Y el riesgo ya no es el comienzo de una nueva guerra, sino las consecuencias no resueltas de las anteriores.

El arte del oportunismo en la geopolítica.
Por entonces, el concepto de “Guerra Mundial” no definía un conflicto con múltiples frentes activos al mismo tiempo, sino un fenómeno en el que dichos frentes se encuentran interconectados.
En el caso actual, cuando un misil en Medio Oriente activa un radar en Asia; cuando un portaaviones que abandona el Pacífico deja un vacío en el Estrecho de Taiwán; o cuando la caída de un dictador en Siria despeja los cielos para los cazas de otro país, son hechos pueden parecer aislados. Pero es la interconexión lo que crea el verdadero riesgo de una catástrofe global.
En la teoría lo denomina “Guerra de Oportunismo” y responde a un proceso racional y a diferencia de una guerra tradicional, la guerra de oportunismo nace de un cálculo preciso y frío.
Lo que sucede es que, uno de los actores observa que su adversario se encuentra momentáneamente incapacitado —ya sea por otro conflicto, por una crisis interna, por un vacío diplomático o por una “ventana” de oportunidad— y decide actuar. No se trata de un ataque ideológico, sino de un ataque fundado en una oportunidad.
Este tipo de situación resulta previsible en el caso de las relaciones entre la República Popular China y la República de China (Taiwán), ya que bajo condiciones normales, Pekín y Taipéi coexisten en una paz incómoda. Ninguno está conforme con el statu quo, pero ambos comprenden que una guerra abierta resultaría demasiado costosa.
Este statu quo se mantiene no como resultado de una resolución estable a un conflicto, sino porque las expectativas sobre el desenlace de una guerra real se anulan mutuamente. Una guerra con Taiwán, significa para China, que no sería únicamente contra Taiwán, implicaría también a Estados Unidos, Japón, Corea y otros actores que podrían aprovechar la vulnerabilidad china para avanzar en sus propias agendas.
Por su parte, la República de China sabe que pagar el precio de la independencia total con sangre, no resulta rentable. Pero, ¿Qué sucedería si Estados Unidos no está disponible? ¿Si sus fuerzas están empantanadas en una guerra aérea con Irán, dispersas conteniendo una revuelta en Medio Oriente o lidiando con un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz?
Es en ese instante cuando surge la oportunidad. El momento de debilidad crea una ventana para actuar en el continente. Y lo crítico es que esa ventaja solo existe mientras esa “distracción” persista.

La lógica no es solo teórica, sino que ya se manifiesta en la práctica.
En 2023, tras un año de conflicto entre Rusia y Ucrania, Azerbaiyán reactivó —bajo una nueva ventana de oportunismo— el conflicto en Nagorno-Karabaj, al percibir que no habría fuerzas de paz rusas disponibles para intervenir.
En 2024, el desenlace de la guerra civil siria dejó los cielos despejados para una Israel que buscaba alcanzar posiciones iraníes. Ese fue el primer paso en la ruta aérea que utilizaron las Fuerzas de Defensa de Israel para atacar instalaciones militares iraníes: cruzaron una Siria sin defensa aérea, apoyándose en el cielo aliado kurdo del norte de Irak. Lo que antes era impensado, hoy se ha convertido en una autopista para la disuasión activa.
Estas campañas demuestran que las guerras de oportunismo no se planifican como campañas prolongadas, sino como atajos para alcanzar objetivos estratégicos mayores. Israel no esperó a que Irán completara su proyecto nuclear: atacó cuando su adversario estaba aislado, sin defensa aérea regional, con la atención del mundo dividida y con la paciencia estratégica de sus aliados agotada. No fue desesperación. Fue una oportunidad.
El problema no es únicamente que se produzcan estos “atajos”, sino que resultan fácilmente contagiosos para otros actores internacionales. Cuando un actor observa que otro ha obtenido beneficios tácticos aprovechando una ventana estratégica, la tentación de replicar la jugada se vuelve irresistible.
Así, cada conflicto no solo representa un riesgo para la seguridad regional, sino que actúa como una invitación a quebrantar el orden internacional. El único motivo por el cual este orden aún no ha colapsado a causa de una guerra particular, es que las guerras todavía no han comenzado a seguir un patrón continuo más amplio.
Un “Tik Tak” constante.
Si hay algo de lo que la comunidad internacional puede estar segura, es que el colapso de la civilización tal como la conocemos no ocurrió por la fragilidad del momento. Esta estructura, ideada para un contexto de Guerra Fría, enfrenta hoy un paradigma compuesto por múltiples actores, múltiples guerras y múltiples líneas de falla.
Es cierto que el sistema no ha colapsado, pero cada nuevo día en que las noticias son saturadas con información bélica, parece estar al borde. Y lo que lo empuja no son las bombas ni la “Destrucción Mutua Asegurada” en sí, sino las oportunidades mal percibidas, las respuestas mal calculadas y una cadena de incentivos que se entrelaza con su propia lógica.
Aun así, la disuasión podemos observar que la diplomacia parece haber prevalecido tras el reciente alto al fuego entre Israel e Irán, con mediación catarí y estadounidense. Asimismo, el posible cierre del Estrecho de Ormuz, sumado al constante deterioro de la seguridad regional, parecen haber demostrado que la paz —al menos por ahora— sigue siendo la mejor opción.
Sin embargo, la amenaza latente de un nuevo conflicto en Medio Oriente permanece expectante. Lo impensado ya no resulta tan improbable, y los antecedentes recientes podrían facilitar una escalada favorable a los intereses del país persa.

Está claro que en este escenario, si Estados Unidos se muestra distraído en un frente que ha demostrado ser de alto interés estratégico, otros actores pueden ver en ello una oportunidad y lo que puede comenzar con un misil en Natanz podría terminar en una ofensiva sobre Taipéi, un cruce de artillería en el paralelo 38 o un ataque sorpresa en Cachemira. No por coordinación, sino por conveniencia.
Hoy, la mayoría de las potencias —incluidos los Estados Unidos— operan bajo una estructura pensada para enfrentar una guerra a la vez. Y esto es lo que los analistas llaman “saturación estratégica”, que en simples palabras significa que: cuando el número de conflictos simultáneos excede la capacidad de respuesta del sistema internacional.
Esto resulta muy diferente a la doctrina de la Guerra Fría, donde EE.UU. aspiraba a poder combatir en dos frentes simultáneamente, el desequilibrio actual hace que cada nuevo conflicto desplace la atención del anterior. En consecuencia, el sistema se vuelve miope y en esa miopía, nacen guerras que nadie eligió, pero todos terminan ejecutando.
Estas guerras de oportunismo han demostrado que no constituyen un patrón fácil de identificar. Porque no necesitan una declaración formal, solo basta con una distracción del adversario. Aún así, los Estados parecen seguir las palabras del escritor romano Flavio Vegecio:
¨Si vis pacem, para bellum¨, es decir: ¨Si quieres paz, prepárate para la guerra¨.

Disuasión = Paz.
Puede resultar confuso, pero disuadir no consiste únicamente en prometer la guerra, sino en demostrar que se está preparado para librarla.
Durante casi medio siglo, Estados Unidos, en el contexto de la Guerra Fría, logró establecer lo que se conoció como el “Complejo de los Dos Frentes”, una doctrina que permitía a sus fuerzas armadas estar listas para enfrentar —y ganar— dos guerras mayores de manera simultánea. En cierta medida, podría incluso adjudicarse la paz relativa entre ambas superpotencias a esa preparación militar constante, que impedía que una parte pudiera aprovechar distracciones o debilidades de la otra.
Con el colapso del bloque soviético y la caída del Muro de Berlín, aquella lógica de preparación militar fue archivada. Las amenazas pasaron a ser fragmentarias, la disuasión se regionalizó, y los presupuestos de defensa comenzaron a reducirse.
En la actualidad, en un mundo cada vez más fragmentado y volátil, algunas alianzas estratégicas buscan expandir su influencia no solo para responder a conflictos del pasado, sino para prevenir los del futuro.
La reciente cumbre de la OTAN, en La Haya, se presentó una propuesta concreta: elevar el gasto en defensa del 2% al 5% del PBI. No como expresión de ambición imperial, sino como respuesta funcional al dilema de las guerras de oportunismo. En este nuevo esquema, se recupera un principio antiguo pero vigente: la paz se garantiza cuando ningún adversario cree que puede beneficiarse del agotamiento temporal del otro.
La inversión no es únicamente militar. Es también política, diplomática y cultural. Implica el compromiso de las instituciones que conforman la comunidad internacional en evitar que un actor pirómano incendie el sistema global al detectar uno de sus puntos ciegos. La disuasión ya no es bilateral: es simultánea, extendida y exige una presencia creíble en múltiples frentes al mismo tiempo.

La historia no repite, pero advierte.
Ahora bien, respondiendo a la pregunta que nos trajo hasta aquí: “¿Qué necesita una Guerra Mundial?”. En un primer término, podría decirse que no requiere una declaración oficial, solo necesita una cadena de acciones protagonizadas por varios actores que, al mismo tiempo, crean que pueden obtener con la guerra lo que no han logrado con la paz. Y que pueden ganarlo rápido. Por lo que después de todo, la propuesta de la OTAN no parece tan descabellada.
Es necesario remarcar que el verdadero riesgo de las guerras de oportunismo no es que ocurran, sino que por el contrario, una vez iniciada una, las demás se habiliten sin pedir permiso. Claro esta, que una guerra regional en 2025 es un desenlace, una segunda es un quebrantamiento de paz, una tercera es una imitación a la anterior y una cuarta es la justificación al colapso total.
Por lo que, para ese entonces será tarde el debatir umbrales de gasto, relevos logísticos o pactos rotos. Y en definitiva, cuando el sistema colapse del todo, ya no se tratará de evitar la guerra, se tratará simplemente de sobrevivirla.
Santiago Leiva (Argentina): Estudiante de Gobierno y Relaciones Internacionales, Universidad Argentina de la Empresa, y columnista de Diplomacia Activa.
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