Saltar al contenido

Nazinflación: La devaluación de un concepto

Por Santiago Leiva

El fascismo es, sin duda, una de las ideologías más peligrosas de la historia política moderna, ya que atenta directamente contra los derechos y las libertades individuales. No obstante, también se ha convertido en uno de los términos más gravemente tergiversados en el discurso político contemporáneo.

Ilustración | The New European

Usar la palabra “fascismo” a la ligera no solo denota una falta de rigor intelectual, sino que representa una profunda irresponsabilidad conceptual. Se trata de un término cargado de una gravedad histórica y política tal, que su uso indiscriminado lo vacía de contenido y entorpece cualquier análisis serio sobre los peligros del autoritarismo. Aunque nazismo y fascismo no son idénticos —pues responden a contextos y desarrollos distintos—, en este análisis los abordaremos en conjunto, debido a los múltiples elementos ideológicos y estratégicos que comparten.

Desde una posición comprometida con las instituciones democráticas, tenemos un deber común: mantener al fascismo al margen del discurso político cotidiano, salvo cuando sea estrictamente necesario y su presencia pueda ser identificada con claridad. Solo así podremos reconocerlo con honestidad, analizarlo con precisión y, lo más importante, contener su avance. Pero para ello, antes que nada, es imprescindible definirlo con seriedad.

Anuncios

Si estás buscando una definición clara y rápida del fascismo, pronto te vas a dar cuenta de que no existe tal cosa. El fascismo no puede reducirse a una frase ni a una lista cerrada de características. Es un fenómeno complejo, con matices históricas, culturales y políticas que varían según el contexto. Aun así, una de las definiciones más útiles la propone el historiador Roger Griffin, quien lo define como Ultranacionalismo palingenético, una mezcla de nacionalismo extremo con la creencia en el “renacimiento” de una nación que se considera decadente o corrompida.

El concepto de “palingenesia” hace referencia a una suerte de resurrección radical del Estado y del pueblo, purificados de sus elementos “corruptos” o “degenerados”. Esta narrativa de redención nacional es el corazón del imaginario fascista, y lo que lo diferencia de otros autoritarismos o nacionalismos. Aunque esta definición no cubre todas las dimensiones del término, sí ofrece un marco teórico sólido para distinguirlo con claridad de otras ideologías antiliberales o reaccionarias, y evitar confundirlo con fenómenos que, aunque similares en apariencia, no comparten su esencia.


Imagen | The Stateman

También es posible comprender el fascismo a través de su etimología. El término proviene de los fasces, un antiguo símbolo romano: un haz de varas atadas alrededor de un hacha (similar a la imágen de la portada), que representaba la fuerza a través de la unidad. La lógica es sencilla pero poderosa: mientras un solo palo puede quebrarse fácilmente, varios unidos se vuelven prácticamente irrompibles.

Ahora bien, por más sugestiva que resulte esta imagen, la etimología no alcanza para definir ideológicamente al fascismo. De hecho, podrías decir que la gran mayoría de los sistemas políticos contemporáneos —desde democracias pluralistas hasta regímenes autoritarios— también se apoyan en la idea de unidad como fuente de fortaleza colectiva. Por lo tanto, entender el fascismo desde su raíz lingüística solo ofrece una metáfora superficial, no una caracterización política seria.

Del mismo modo, si queres definir el fascismo únicamente a partir del régimen de Mussolini y su contexto histórico inmediato, estarías cometiendo el mismo error que si pretendieras definir toda la democracia occidental basándote solo en el sistema electoral de Estados Unidos. El fascismo no puede reducirse a una sola experiencia histórica. Para entenderlo, es necesario analizar qué elementos ideológicos y metodológicos comparten los distintos regímenes fascistas, más allá de sus particularidades nacionales.

En este sentido, es importante aclarar que lo que llamamos “fascismo genérico” no es un modelo político cerrado, sino un concepto analítico. Se trata de un marco teórico que nos permite estudiar y comparar movimientos políticos concretos que comparten ciertos rasgos esenciales. Así, aunque el nacionalsocialismo alemán y el fascismo italiano son profundamente distintos en muchos aspectos —desde su relación con la raza hasta su estructura institucional—, ambos pueden ser comprendidos como variantes de un mismo fenómeno más amplio: el fascismo, en su forma genérica.

Anuncios

Delimitar una idea genérica del fascismo no es una tarea sencilla. Aunque existen puntos en común entre los distintos movimientos que se identifican con esta ideología, su forma concreta varía significativamente según el contexto nacional. Lo que parece estar en el centro de todas sus variantes es un principio rector: el ultranacionalismo. Y es precisamente en las diferencias culturales, históricas e identitarias de cada nación donde encontramos las múltiples caras del fascismo.

En otras palabras, no existe un fascismo único, sino múltiples fascismos, cada uno adaptado a la idiosincrasia de su sociedad de origen. Esa variabilidad impide la formulación de un programa universal o de una visión común a todos los movimientos fascistas. Ningún régimen fascista —ni los que han alcanzado el poder, ni los que han permanecido como movimientos marginales— ha logrado articular una propuesta ideológica coherente y global, un ideal universal al cual aspirar.

Esta ausencia de una esencia fija es, de hecho, uno de los rasgos más destacados del fenómeno. El escritor y semiólogo Umberto Eco, en su célebre ensayo Ur-Fascism, advierte que el fascismo se presenta como un totalitarismo difuso, carente de una doctrina sólida y sistemática. No responde a un cuerpo ideológico cerrado, sino que se construye a partir de elementos contradictorios, adaptables, muchas veces arbitrarios, lo que le permite sobrevivir y mutar según las circunstancias sociales y políticas.


Ilustración | The Economist

A raíz de esto, Eco señala que existe un único nazismo, o incluso un único fascismo italiano. No podríamos referirnos al falangismo hipercatólico de Franco como nazismo, ya que este último es esencialmente pagano, politeísta y anti-cristiano. Por otro lado, tampoco sería correcto equipararlo con el fascismo italiano, dado que este se consideraba secularizado, rendía un culto a la personalidad del Duce y mantenía un diálogo cercano con la Iglesia católica. El fascismo, con el tiempo, se ha transformado en un término amplio que engloba distintos totalitarismos que, aunque les agreguemos o quitemos ciertos elementos, pueden seguir siendo reconocibles como fascistas.

Uno podría también argumentar que el fin del fascismo es, en realidad, el medio del conflicto constante. En la misma obra, Umberto Eco resalta lo que denomina el complejo de Armagedón: “La vida es un conflicto constante. Pero, ya que los enemigos deben ser derrotados en algún momento, deberá existir una batalla final, tras la cual el movimiento tendrá el control del mundo. Sin embargo, esa ‘solución final’ implica una era de paz, una edad de oro, que contradice el principio mismo del conflicto permanente.”


Ilustración | Gaceta CCH

Hay ciertos métodos que pueden aparecer en otros sistemas de gobernanza no fascistas. Estos métodos no son excluyentes del fascismo. Es decir, es fácil identificar una característica común en regímenes fascistas y, a partir de ella, asumir erróneamente que ese rasgo, por sí solo, define al fascismo. Sin embargo, expresar una sola tendencia fascista no convierte a un partido o régimen en inherentemente fascista.

A pesar de ello, es posible encontrar similitudes compartidas por todos los regímenes fascistas. El fascismo se puede desentrañar como un conjunto de elementos comunes que, tomados en su totalidad, permiten reconocer su naturaleza. Por ejemplo, Robert O. Paxton en su libro The Anatomy of Fascism considera que el síntoma característica del fascismo resulta en su definición operativa: «Una forma de comportamiento político marcada por una preocupación obsesiva por el declive, la humillación o la victimización de la comunidad y por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza».


Hay quienes, de igual manera, buscan replantear la esencia del fascismo más allá de su epistemología del siglo XX. Jonah Goldberg, en cambio, sostiene que el fascismo debe entenderse como una forma de pensamiento político que exalta la unidad nacional por encima del individuo. Es ese efecto totalizante el que dibuja los límites del difuso mensaje del fascismo: no debe haber espacio por fuera del Estado, ni actividad humana que no esté, de algún modo, subordinada a él.

Goldberg subraya que el fascismo no deriva únicamente de la represión autoritaria, sino que esta se justifica en el entusiasmo colectivo por el orden, la identidad nacional y el progreso moral impuesto desde la clase gobernante. En este sentido, el fascismo puede reaparecer con características modernas. No se presenta de forma idéntica a los procesos del siglo XX, pero comparte un lenguaje común: la búsqueda del bienestar, la justicia o la renovación, pero siempre conservando su núcleo esencial —la subordinación de la libertad individual en nombre de una causa superior—, donde el individuo necesita de la guía espiritual del líder para comprender su verdadero propósito.

Entonces, ¿Qué malinterpretamos como fascismo?¿Cómo podríamos hoy en día reflexionar sobre el renacimiento del fascimo? ¿Acaso es que, quizá, no existe tal concepto? Podríamos decir, sino, que tras la Segunda Guerra Mundial los movimientos políticos contemporáneos han experimentado una suerte de estrés post traumático colectivo frente al resurgimiento del fascismo o del nazismo.

Es aquella obsesión —a veces justificada, otras veces excesiva— por identificar «nazis» en cada rincón del espectro que ha producido una devaluación epistemológica del término. El resultado concluye en un concepto desgastado, que ha perdido precisión, fuerza y seriedad, y cuya banalización ha terminado, paradójicamente, por facilitar el avance de nuevas ideas que mantienen semejanzas aún más concisas con el fascismo. 

Anuncios

En este proceso, el concepto de “fascismo” se ha ido reinventando, apareciendo con mayor frecuencia cada vez que agentes políticos manifiestan su rechazo hacia algo que les disgusta. Se ha perdido así la asociación original que vinculaba al fascismo con la supremacía racial o el antisemitismo clásico, elementos que el propio Umberto Eco consideraba esenciales para su identificación.


Ilustración | Wellcome Collection

Es poco probable que volvamos a presenciar un movimiento político basado explícitamente en la supremacía racial o el antisemitismo como núcleo ideológico. Sin embargo, es muy probable que surjan nuevas formas de “fascismos posraciales”, adaptados al lenguaje contemporáneo de la innovación, la ciencia, la eficiencia y el orden global. Estas nuevas expresiones, aunque revestidas de modernidad, conservarán la tradicional ambición autoritaria de subordinar al individuo en nombre de una causa supuestamente superior, ya sea el progreso, la seguridad o el renacimiento nacional.


Santiago Leiva (Argentina): Estudiante de Gobierno y Relaciones Internacionales, Universidad Argentina de la Empresa, y columnista de Diplomacia Activa.

Anuncios

Deja un comentario

Descubre más desde Diplomacia Activa

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo