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La perplejidad de Italia

Por Arturo Martínez Bautista

El país atraviesa un perenne estado de inestabilidad política, la duración media de los gobiernos italianos es de trece meses y las élites políticas tienden a la búsqueda de un tecnócrata que provea esa estabilidad que en Roma tiene un carácter casi mítico.

Ilustración | Ana Paula Durán

El elegido esta vez fue Mario Draghi, la leyenda europea a la que se le atribuye salvar el euro en los momentos más aciagos de la crisis de 2008. Pero parece que es más fácil salvar la moneda única que establecer un gobierno duradero en Italia.

El ejecutivo de Draghi lo tenía difícil para durar, la amplia coalición que apoyaba su gobierno incluía desde el socialdemócrata y europeísta Partido Democrático hasta la derecha nacionalista de Salvini, pasando por los populistas del Cinque Stelle (M5S)  y los restos de la derecha Berlusconiana. Fratelli d’Italia era el único partido relevante que no entró a formar parte de la coalición y se posicionó como líder de la oposición.

Con esta amalgama de partidos e intereses contrapuestos era difícil mantener la estabilidad en el gobierno. Aun así, el estatus de leyenda y prestigio de Draghi consiguió mantener el ejecutivo e impulsar reformas de calado -aunque con su caída muchas quedarán inconclusas-, al tiempo que permitió reencauzar la gestión de la pandemia y preparar al país para la recepción de los fondos europeos. Pero nada dura eternamente y menos en Italia, y al final los partidos de coalición decidieron romper la baraja, principalmente el Cinque Stelle y la Lega de Salvini.

El apoyo de ambos partidos al gobierno de Draghi les pasaba factura en las encuestas y decidieron adoptar una estrategia de cuestionamiento y confrontación con las políticas del mismo, para convertirse en una suerte de oposición dentro del gobierno y proyectar por un lado esa imagen de partido de Estado que apoya al ejecutivo de unidad nacional, y por otro, distanciarse de él en las medidas más polémicas e impopulares.


Ilustración | Luca D`Urbino

En el caso del M5S, su tumultuosa dinámica interna sometida a conflictos y escisiones constantes también jugaba un factor decisivo. Conte -en un intento por consagrar su liderazgo dentro del partido- pretendía lanzar un órdago a Draghi que reforzara su posición de autoridad, pero la jugada le salió terriblemente mal.

A partir de febrero la relación con sus socios comienza a deteriorarse rápidamente y Draghi cada vez recibe más críticas de aquellos que sostienen su gobierno. Cansado, decide presentar su dimisión, pero el presidente de la república la rechaza. Ante esto, Mario Draghi acude al parlamento con un ultimátum, “O apoyáis mi agenda de reformas o me marcho, no hay más oportunidades”. Ahí fue cuando la mayoría que sostenía su gobierno colapsó y se produjo su adiós definitivo.

En este punto podemos calificar la situación del M5S como de implosión total, con un Conte incapaz de imponer su liderazgo y una organización dividida en temas tan fundamentales como la ayuda a Ucrania o su papel en el propio gobierno, a pesar de las múltiples escisiones que han sufrido y que se encuentran a la deriva en las encuestas electorales. Un partido en definitiva, sin organización ni estrategia precisa cuya única agenda es sobrevivir otro día más, pero la enorme incapacidad de sus líderes hace de esta tarea un imposible.

Por último, los motivos de Salvini corresponden más a un cálculo electoral que otra cosa. Desde hace meses viene perdiendo votantes con fuerza hacia Fratelli y, con el partido de Meloni como primera fuerza, percibe que un adelanto electoral les beneficia en tanto que pueden ser el socio minoritario de un próximo gobierno liderado por Meloni.

Tampoco podemos olvidar las maniobras políticas del omnipresente Berlusconi, pieza clave en la política italiana de este siglo, que continúa teniendo una posición relevante a pesar de los discretos resultados de su partido, Forza Italia. Berlusconi también deseaba el adelanto electoral y maniobró para conseguirlo ayudando a construir una alianza de derechas que prácticamente les garantiza el poder tras las próximas elecciones.


Ilustración | The Spectator World

La mayor beneficiada de este adelanto electoral es Giorgia Meloni, líder de Fratelli d’Italia, partido ultraderechista con raíces neofascistas (Meloni militó en las juventudes del Movimiento Social Italiano) que camina hacia la presidencia de Italia. Fratelli ha experimentado un crecimiento vertiginoso. En las elecciones de 2018 se quedó con el 4% de los votos. Sin embargo, cuatro años más tarde las encuestas sitúan al partido por encima del 30%.

Los intentos de reconversión del M5S, dejando atrás el populismo, relegando a su rama más contestaría, y de La Lega de Salvini, tratando de convertirse en un partido de derechas más tradicional y aceptable para ostentar el poder, no han resultado como esperaban y gran parte del electorado descontento de ambos partidos ha recalado en las filas de Meloni.

Aunque lo más probable es que se imponga en las elecciones y sea la cabeza del nuevo gobierno italiano, Meloni no lo tendrá fácil. En primer lugar deberá hacer frente a la inestabilidad crónica italiana en un contexto internacional desfavorecedor, donde habrá de hacer frente a las consecuencias de la guerra en Ucrania en forma de inflación y crisis energética. Al mismo tiempo, continuar con muchas de las reformas iniciadas por Draghi para tener acceso a los fondos europeos que tanto necesita Italia.

Esta puede ser una tarea de dificultad mayúscula para una Meloni que sufrirá las tensiones típicas de cualquier partido radical cuando finalmente llega al poder. Es mucho más sencillo mantener un discurso incendiario y radical en la oposición, que cuando debes hacer frente a la realidad de la gestión que inevitablemente implica hacer concesiones, negociar y resolver situaciones imprevistas que pueden no encajar completamente con tu discurso anterior.

Es lo que le ocurrió a la Lega y a tantos otros partidos, la gestión diaria acaba lastrando tu discurso de soluciones fáciles y con un electorado tan volátil como el de Italia y con unos socios de coalición como Salvini y Berlusconi, no será nada fácil mantener un discurso coherente.

El resultado de las elecciones italianas parece previsible y todas las encuestas indican que Giorgia Meloni se impondrá y será la sucesora de Draghi, pero a pesar de ello el escenario que muestra Italia es de incertidumbre, un partido novato en el poder con un discurso difícilmente compatible con la gestión diaria de un país, unos socios de coalición poco fiables, un contexto internacional desfavorable, la necesidad de emprender reformas de calado y un electorado volátil.

La era de Draghi ha terminado, pero seguramente no la de los tecnócratas en Italia, que bien harían en estar preparándose para la inestabilidad que puede sobrevenir a un gobierno liderado por Fratelli d’Italia.


Arturo Martínez Bautista (México): estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad Tecnológica de México.

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