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La era de los medios sin los fines

Por Agustina Miranda Giordano

Los medios se perfeccionaron, pero en el camino se perdieron sus fines, y hoy vivimos en constante sobreestimulación. De Ortega a Heidegger y Saramago, un ensayo sobre por qué la civilización más avanzada de la historia habita una época de ceguera y desencanto.


Ilustración | The economist

La nuestra es, sin lugar a dudas, una época de avances. Por doquier nos acompañan artefactos electrónicos, conexiones inalámbricas, redes sociales y avances tecnológicos que han vuelto la vida más liviana, cómoda y eficiente. A diferencia de nuestros antepasados, ya no despertamos día a día bajo la amenaza de muerte y la necesidad de sobrevivir. Y, sin embargo, persiste una inquietud: ¿Cómo explicar que una civilización que ha perfeccionado a niveles muy avanzados sus medios parezca experimentar una creciente pérdida de orientación respecto de sus fines?

Me atrevo a arrojar una hipótesis (tentativa): la idea moderna de progreso, aquella que prometió emancipación y bienestar mediante la ciega confianza en la razón, adoptó una nueva máscara.  El desencanto que produjo en los contemporáneos, hoy persiste bajo otra forma.

La promesa del avance tecnológico y la capacidad de generar conexiones inmediatas desde los lugares más recónditos del planeta, la actualidad permanente y avasalladora, la voracidad de la inmediatez y la posibilidad de tenerlo casi todo al alcance de la mano (o de un click), no nos ha hecho necesariamente más felices ni más plenos. Por el contrario, hemos devenido seres hiperconectados, sobreestimulados, solitarios, dependientes y, por eso mismo, más indefensos.  Una vivencia cotidiana que nos convoca a ir más allá de lo superfluo e ingresar en la pregunta, en el fondo, por la técnica misma.

La era de la técnica

¿Qué es la técnica? En su obra Meditación de la técnica (1933) Ortega y Gasset responde que es la reforma que el ser humano impone a la naturaleza en vista de la satisfacción de sus necesidades. Es decir, “es la reacción enérgica contra la naturaleza o circunstancia que lleva a crear entre ésta y el hombre una nueva naturaleza puesta sobre aquella, una sobrenaturaleza”. Para este pensador, el hombre no procura satisfacer de manera directa sus necesidades, sino que mediante la técnica pretende reformar esa circunstancia hasta reducir los esfuerzos que exigen satisfacerlas. No es el hombre quien se adapta al medio, sino que el medio se adapta al hombre. De este modo, la técnica crea posibilidades nuevas, como navegar, volar, descubrir nuevas parcelas de la realidad y explorar nuevos horizontes, que no existen en un estado de naturaleza puro.

Martin Heidegger, filósofo alemán del siglo XX, también se vio atravesado por esta problemática y proporciona otra respuesta, desde otra perspectiva. Su interés no radica en la técnica entendida como producción de dispositivos, ni en una crítica de su desarrollo, sino en algo más fundamental: su carácter universal, es decir, el modo en que la técnica configura una época y moldea toda una civilización. Su intención es pensar de manera radical y crítica respecto de cómo la técnica influye en nuestra manera de entender al mundo y a nosotros mismos. En su conferencia La pregunta por la técnica (1954) y en su ensayo Serenidad (1955), Heidegger se aleja de la concepción común de la técnica, comprendida como conjunto de herramientas que permite alcanzar fines prácticos.

A su vez, la técnica moderna está profundamente ligada a la ciencia moderna. Ésta no es un desarrollo autónomo, desligado de las condiciones históricas, sociales, políticas y científicas, sino que depende de un tipo particular de conocimiento científico. A través de los avances científicos, define nuestro tiempo y moldea nuestra existencia. Pues, la técnica y la ciencia moderna definen qué es valioso, importante e incluso verdadero en nuestra sociedad.

El mundo a nuestra disposición

Desde la perspectiva de Heidegger, por medio de la técnica el hombre abre, transforma, almacena y distribuye a la naturaleza. Esto contrasta profundamente con la técnica antigua o premoderna, que no provocaba a la naturaleza, sino que se plegaba a sus condiciones. Hoy, las cosas son, esencialmente, objetos útiles, siempre dispuestos en su función a ser requeridos para sus posibles usos por y para el hombre. En la era de la técnica moderna, hasta el hombre mismo parece ser reducido a mera disponibilidad: un stock de almacenamiento siempre listo para ser calculado y explotado.   Los objetos que nos rodean, antes comprendidos como entidades con valor intrínseco, ahora han devenido en simples recursos a nuestra disposición.

¿Qué rol tiene el ser humano en este sistema?  El sujeto, a primera vista, tiene un rol activo, interpela a la naturaleza, transforma y provoca al mundo en algo que puede ser comprendido, utilizado y moldeado a su antojo. Pero, ¿hasta qué punto controla realmente el proceso? Aunque el hombre ocupa un lugar central, esto no lo convierte en el amo y señor de la técnica. Él es, a la vez, un eslabón más dentro de la cadena. El hombre, en tanto sujeto, al igual que los objetos, se encuentra subordinado y sujeto a esquemas preestablecidos de relaciones que indican la posición que ocupa en el sistema, regido por el pensamiento calculador. El cálculo es, por lo tanto, el modo dominante de relacionarnos con el mundo y con nosotros mismos. Esta configuración técnica del mundo se extiende, dando la apariencia de que todo es producto del hombre y que todo está puesto a su servicio, en la época en que más próximo está a reducirse a la condición de objeto.


Martin Heidegger​ fue un filósofo, ensayista y poeta alemán.

Entre el cálculo y la meditación

Heidegger distingue entre dos tipos de pensar: el pensar calculador y la reflexión meditativa. Ésta última exige un esfuerzo superior, es, según él, un “trabajo de artesanoun ejercitarse en el pensar que requiere cuidado, tal como el campesino sabe esperar que brote la semilla y madure. Para pensar, afirma el filósofo en Serenidad (1955), basta con demorarnos junto a lo próximo y meditar acerca de lo más cercano: acerca de lo que nos concierne a cada uno de nosotros aquí y ahora, en este rincón de nuestra tierra natal y ahora en la hora presente del acontecer mundial.

El pensar calculador, en cambio, planifica, investiga y organiza siempre a partir de condiciones dadas de antemano, orientándose hacia finalidades predeterminadas y resultados anticipados. Es un pensamiento que no se detiene a meditar ni se ocupa del sentido de las cosas, sino que opera bajo la lógica de resultados anticipados y predecibles.

Heidegger denominó a su tiempo “era atómica”, definida por un desarrollo tecnológico sin precedentes en Occidente, marcada por la energía nuclear y las primeras manifestaciones del dominio global de la técnica. Podríamos afirmar que el siglo XXI ha ingresado en un nuevo capítulo de la historia. Vivimos en una época marcada por la “huida ante el pensar”, una era marcada por la pobreza y la falta de pensamiento. Paradójicamente, la «falta de pensamiento» no implica ausencia de capacidad mental, sino desconexión respecto de nuestra posibilidad de pensar reflexivamente. Capacidad que se ha reducido a mera herramienta para resolver problemas técnicos y para dominar la naturaleza.


Ilustración | The economist

¿Hay salida?

Para Heidegger, el camino a lo próximo es siempre el más lejano y, por ello, el más arduo: el camino de la reflexión. Exige que no quedemos atrapados unilateralmente en una sola representación, en una única vía o una sola dirección. El pensamiento meditativo requiere que nos comprometamos en aquello, que, a primera vista, parece no afectarnos. Por eso sería, en sus palabras, «necio y miope» arremeter contra la técnica misma. No hay aquí una condena a la técnica ni una pretensión de regreso romántico a un pasado pre-técnico.

Ortega y Gasset ofrecen una clave de lectura complementaria. Sostiene que en el hueco que deja la superación de la vida estrictamente animal, el hombre sostiene quehaceres que no son necesarios para la supervivencia, sino inventados por él mismo.  El autor se pregunta en Meditación de la técnica (1933): “La vida humana ¿sería entonces en su dimensión específica… una obra de imaginación? ¿Sería el hombre una especie de novelista de sí mismo que forja la figura fantástica de un personaje con su tipo irreal de ocupaciones y que para conseguir realizarlo hace todo lo que hace, es decir, es técnico?”. ¿Cómo hemos llegado a que las ficciones e invenciones humanas, ahora, nos dominen?

José Saramago, en su Ensayo sobre la ceguera (1995), escribe:

Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

Si la ceguera como falta de pensamiento es nuestra actual condición, ¿qué significa recuperar la visión? La capacidad de pensar reflexivamente es inherente a la condición humana y nos permite abrirnos camino hacia lo incierto y misterioso de la vida. Por ello, lo que está en juego no es sólo un modo de ver, sino, sobre todo, la posibilidad de una existencia verdaderamente humana no reificante

El ejercicio técnico no es malo en sí mismo. Como señala Ortega y Gasset en Meditación de la técnica (1933): “el simple vivir, el vivir en sentido biológico, es una magnitud fija que para cada especie está definida de una vez para siempre, eso que el hombre llama vivir, el buen vivir o bienestar es un término siempre móvil, ilimitadamente variable”. Con sus avances la humanidad ha perseguido mejorar sus condiciones de vida, tener una buena vida. En esta carrera, día a día más veloz, hemos perdido el horizonte y, con él, han tambaleado los valores que orientaban la búsqueda. Asistimos, podríamos decir, a un nuevo modo de desencanto. Todo se abre como posibilidades a las que arrojarnos, pero nada parece ser digno de persecución. Estamos perdidos y sin rumbo, huérfanos de horizontes comunes, sin guías capaces de proporcionar ideas asintóticas y regulativas que orienten nuestros derroteros. Habitamos una era de medios sin fines.


Agustina Miranda Giordano (Argentina): Profesora universitaria en Filosofía por la Universidad Nacional de Cuyo.

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Ciencia y Tecnología, Derechos Humanos, economía, Educación, filosofia, Historia, Internet, Multimedia, Opinión, Redes, Regiones, Social

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