Construyendo un nuevo orden mundial
Por Axel Olivares
Con una puesta en escena cargada de simbolismo y poderío militar, Rusia celebró el 80º aniversario del triunfo sobre el nazismo con un mensaje claro: no está sola en su pulseada contra Occidente. La efeméride se transformó en una vitrina geopolítica que reunió a aliados estratégicos y autócratas, consolidando un bloque que desafía a quienes osen enfrentar a la Rusia de Putin.

Moscú volvió a vestirse de gala para celebrar el Día de la Victoria, con un fastuoso desfile militar que marcó el 80º aniversario del triunfo soviético sobre la Alemania nazi. Pero este año, más que nunca, la conmemoración se convirtió en una exhibición política cuidadosamente coreografiada para demostrar que, lejos de estar aislada, Rusia encabeza un eje centralizado que busca desafiar el orden internacional vigente. El evento no solo glorificó a las tropas rusas que combaten en Ucrania, sino que reunió a una constelación de líderes que gobiernan desde regímenes autoritarios hasta algunos ambiguos aliados democráticos para consolidar lo que ya muchos califican como un “nuevo bloque de poder global paralelo”.
Desde el comienzo de la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, el Kremlin ha utilizado el Día de la Victoria como una poderosa herramienta propagandística. Ya no se trata únicamente de rendir homenaje a los millones de muertos durante la Segunda Guerra Mundial —entre 25 y 27 millones de ciudadanos soviéticos—, sino de presentar la guerra actual en Ucrania como una continuación directa de la llamada “Gran Guerra Patria”. Esta reinterpretación histórica busca equiparar el actual conflicto con la lucha contra el nazismo, una narrativa que ha sido repetida hasta la saciedad por Vladimir Putin.
Pero esta apropiación del legado de la victoria soviética no solo distorsiona los hechos históricos; también es profundamente paradójica. Durante la Segunda Guerra Mundial, Ucrania fue uno de los territorios más castigados del conflicto. Se estima que entre 6 y 7 millones de ciudadanos ucranianos murieron, una cifra que incluye entre 1,4 y 2,5 millones de soldados que sirvieron en el Ejército Rojo. La República Socialista Soviética de Ucrania fue una de las fracciones de la URSS más castigadas por su localización geográfica siendo la puerta de entrada de los soldados nazis a la Unión Soviética. A pesar de este sacrificio, hoy el Kremlin intenta reducir el papel ucraniano a un pie de página mientras glorifica a las tropas rusas que atacan a ese mismo país.
El desfile se celebró en medio de una supuesta tregua unilateral de tres días declarada por Rusia, rechazada de inmediato por Ucrania. Kiev denunció que la iniciativa no buscaba la paz, sino únicamente proteger el evento y garantizar la seguridad de los invitados internacionales. En los hechos, las hostilidades no se detuvieron: Ucrania reportó múltiples violaciones al cese al fuego, incluyendo ataques aéreos que causaron víctimas civiles.
Un desfile de autócratas
Rusia nunca perdió la costumbre de demostrar su poderío militar al mundo a través de un desfile con las armas más letales que el Kremlin puede poseer paseando por los alrededores de la Plaza Roja. El 80 aniversario de la victoria del Ejército Rojo no iba a ser la excepción. No obstante, para esta ocasión Putin tuvo la oportunidad de estar acompañado con sus principales aliados.
En la primera fila de la Plaza Roja se encontraba una selección de líderes autoritarios que sirvieron como telón de fondo simbólico al mensaje de unidad y resistencia frente a Occidente. El presidente chino Xi Jinping fue el invitado de honor, consolidando la alianza estratégica entre Pekín y Moscú. Junto a él se encontraban Nicolás Maduro (Venezuela), Aleksandr Lukashenko (Bielorrusia), Mahmud Abás (Palestina), Abdel Fattah el-Sisi (Egipto), Aleksandar Vučić (Serbia) y el vietnamita Tô Lâm, entre otros. También acudió Kim Jong-un en representación de Corea del Norte a través de una delegación militar, destacando el apoyo bélico directo que Pyongyang ya ha comenzado a prestar en Ucrania.
Putin no solo recibió su respaldo político, sino también pudo concretar acuerdos bilaterales con sus pares. Casualmente muchos de estos regímenes atraviesan serios problemas humanitarios por lo que Rusia aprovechó la oportunidad de ofrecer una mano a sus aliados. Con Maduro firmó un pacto de cooperación estratégica, mientras que con Cuba se avanzó en un plan de inversiones por más de mil millones de dólares que incluye subsidios y créditos especiales para apoyar la alicaída economía cubana.
Con el líder del partido comunista vietnamita, Putin acordó una alianza para avanzar en áreas claves como energía nuclear y biotecnología. Además, Tô Lâm sugirió la posibilidad de comenzar a enseñar el idioma ruso en Vietnam así como vietnamita en Rusia para afianzar culturalmente ambas naciones.
Mientras tanto, el invitado de lujo recibió un trato especial por parte del líder ruso. Xi Jinping cerró una alianza económica de USD 200.000 millones con Putin para respaldar a Rusia en lo que han pasado llamar un “acoso hegemónico”. “Frente a la corriente internacional contraria al unilateralismo y al comportamiento hegemónico de intimidación, China trabajará con Rusia para asumir las responsabilidades especiales de las principales potencias mundiales”, declaró el mandatario chino durante la reunión bilateral.
Por otro lado, la lista de invitados mostró ciertos grises. Una de las figuras que más controversia generó fue la del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. A diferencia de los demás asistentes, Lula lidera una de las democracias más grandes del mundo y pertenece a la Corte Penal Internacional, la misma que emitió una orden de arresto contra Putin por crímenes de guerra. Sin embargo, optó por acudir al evento, justificando su visita como un gesto de “multilateralismo” y una oportunidad para “ampliar alianzas comerciales”.
Su participación ha sido recibida con escepticismo dentro y fuera de Brasil. Mientras Moscú celebraba su presencia como un triunfo diplomático, críticos en América Latina y Europa la interpretaron como un grave error de cálculo político. Lula no sólo ofreció legitimidad a un evento profundamente propagandístico, sino que también fue el único líder de una democracia del G20 presente en la celebración.
El desfile también dejó en evidencia ciertas fisuras dentro del bloque europeo. El primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico, desafió abiertamente a Bruselas al convertirse en el único dirigente de la Unión Europea en asistir al acto. Ignorando las advertencias de la jefa de Política Exterior de la UE, Kaja Kallas, Fico defendió su decisión alegando que “nadie puede decirle adónde ir”. Su viaje coincidió con el de Aleksandar Vučić, presidente de Serbia, quien sigue aspirando a ingresar en la UE mientras fortalece lazos con Moscú.
Estos movimientos inquietan a las cancillerías europeas, que ven cómo se erosionan las líneas de contención política en torno a Rusia. El mismo día del desfile, decenas de diplomáticos europeos se reunieron en Lviv, Ucrania, para promover la creación de un tribunal especial para juzgar los crímenes de agresión cometidos por Rusia
Militarismo e ideología identitaria
El uso del Día de la Victoria por parte del Kremlin no se limita a la élite política. A lo largo de Rusia, se realizaron actos profundamente ideologizados: niños vestidos de soldados, clínicas de maternidad en las que los recién nacidos eran disfrazados de combatientes soviéticos y escuelas desde los puntos más recónditos celebraron el día de la victoria sobre la Alemania nazi, solo que esta vez, el sentimiento de patriotismo se trasladó a las tropas rusas combatiendo en Ucrania quienes son vistos como los herederos del frente rojo que peleó en 1945.
«Hoy desfilan niños cuyos padres luchan en el frente. Estamos orgullosos del coraje y la valentía de nuestros combatientes y sabemos con certeza que el enemigo será derrotado, como en el lejano 1945».
Oleg Kozhemyako | Gobernador de Vladivostok
Al igual que en muchos regímenes autoritarios, la historia siempre puede servir como un motor para los intereses del poder. Para esta oportunidad, Rusia está aprovechando el sólido papel que jugó la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial para respaldar las intenciones del Kremlin de proteger la esfera de influencia por sobre todas las naciones circundantes (y mucho más allá). “El desfile se ha convertido en una herramienta de movilización para el régimen”, afirma el politólogo ruso Alex Yusupov. Según él, Putin ha logrado “activar” una fecha que antes unía a las familias rusas en la intimidad del recuerdo, transformándola en un espectáculo de poder estatal.
El mensaje que Moscú envió al mundo con este desfile fue claro: Rusia no está sola. A diferencia de los primeros meses de la invasión rusa sobre Ucrania, Rusia tiene ahora una extensa red de aliados que, en mayor o menor medida, pueden acompañar, o al menos hacer la vista gorda, a la expansión de la influencia rusa. Rodeado de más de 30 líderes mundiales, Putin aprovechó el acto para mostrar músculo militar, reforzar alianzas diplomáticas y promover su visión revisionista de la historia.
Es una situación difícil en el sentido de que el Kremlin, al igual que muchos regímenes, utiliza el viejo truco de la oposición al nazismo como escudo a contraposiciones. De todas formas, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el nazismo, la ideología más oscura y mortífera que ha existido en la historia, se ha convertido en moneda corriente en los discursos tanto de los gobiernos democráticos como de los autócratas, por lo que su banalización puede ser un problema a gran escala. Si bien el montaje del masivo evento realizado en Moscú es justificable desde un punto de vista histórico, el mundo debe prestar atención a las trampas retóricas que pueden nacer de una causa razonable.
Axel Olivares (Argentina): Estudiante de Comunicación Social, Universidad Nacional de Cuyo. Redactor y columnista en Diplomacia Activa.