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Rumbo al Cónclave: perfiles y desafíos del próximo Papa

Por Victoria Repullés y Francisco Sanchez Giachini

El nombramiento del próximo Papa es uno de los ritos más herméticos y, a la vez, de mayor trascendencia de la vida de la Iglesia Católica. Con la llegada de la “fumata blanca”, el destino de 1.400 millones de católicos y del mundo en general estará sellado. Por eso, desde Diplomacia Activa te traemos lo que tenes que saber del próximo Cónclave, desde las principales corrientes que dividen a los electores hasta los grandes desafíos que deberá afrontar el futuro sucesor de Pedro.

Imagen | OPB

El proceso de elección del nuevo Papa no siempre fue como lo conocemos hoy en día. El Cónclave, en su configuración actual, data del papado de Gregorio X (1274) quien estableció normas fundamentales tras los tres años de vacancia papal. A lo largo de los siglos también se fueron adoptando nuevas reformas, como el requisito de los dos tercios de los votos para poder ser elegido Papa y la exclusividad de su elección por parte de una “asamblea” compuesta únicamente por cardenales.

Denominado oficialmente “Sacro Colegio Cardenalicio”, hoy se encuentra integrado por 252 purpurados, aunque solo 135 cumplen con el requisito de no haber cumplido 80 años “antes del día en que la Sede Apostólica quede vacante”. Cabe aclarar que finalmente serán 133 los electores efectivos por cuanto el español Cañizares y el bosnio Puljic no podrán asistir por motivos de salud.

De los 135 cardenales con derecho a voto, cerca del 80% fue nombrado por Francisco, es decir, 108 Cardenales, una mayoría que contrasta con los 21 purpurados nombrados por Benedicto XVI y los 5 designados por Juan Pablo II. Por lo que esta configuración refleja el avance y búsqueda por Francisco de una Iglesia más universal, con mayor protagonismo de países periféricos. 

En este marco es que se logró un hito histórico al ampliarse la participación geográfica del Colegio Cardenalicio, otorgándoles intervención a Estados que nunca antes la habían tenido. De este modo, por primera vez, 71 países se encontrarán representados en un cónclave, tal como son los casos de Mongolia, Irán, Albania, Timor Oriental, Tonga, Argelia y Lesoto. Este número cobra relevancia al compararlo con el Cónclave del año 2013, donde estuvieron representados solo 48 países.


Imagen | News10

¿Continuidad, corrección o restauración?

Cuando los cardenales crucen las puertas de la Capilla Sixtina el próximo 7 de mayo no se estará ante una simple elección, sino ante un acto sagrado. Para los católicos, el Papa es el Vicario de Cristo en la Tierra. No es un simple nombramiento administrativo, sino una decisión espiritual de enorme trascendencia para la unidad y la misión de la Iglesia.

La solemnidad del encierro, el voto secreto y la eliminación de cualquier interferencia externa aseguran que esta decisión esté enfocada fundamentalmente en la fidelidad a Dios ante cualquier interés humano.

El nuevo Papa se convierte no solo en el líder espiritual de más de 1.400 millones de fieles, sino también sus decisiones influencian la moral pública, la visión de la dignidad humana y la promoción del bien común. Su voz puede impulsar procesos de paz, movilizar ayuda humanitaria y denunciar abusos de poder.

Sin embargo, no podemos abstraernos de su injerencia en el plano político que trasciende el simple ámbito de la fe. El Papa no solo predica, también negocia, influye, interviene e impone agenda. Es Jefe de Estado, líder de opinión global y referente moral en un mundo con pocos líderes con credibilidad. Las posturas que adopte sobre temas como la migración, el cambio climático, la guerra o la justicia social atravesarán gobiernos, fronteras y sistemas económicos.

De ahí la relevancia de este Cónclave, que será uno de los más significativos del último siglo. Francisco deja una Iglesia más abierta, pero también con heridas; resistencias internas, escándalos no resueltos y desafíos morales y geopolíticos complejos.


Infografía | El Español

Es por lo anteriormente mencionado que este no será simplemente un debate teológico, sino una lucha de visiones sobre qué tipo de autoridad debe ejercer la Iglesia en el siglo XXI. En ese cruce entre lo espiritual y lo político, se desarrolla hoy una disputa interna donde confluyen tres grandes corrientes que pujan por definir el rumbo de la Institución en pleno proceso de redefinición.

Por un lado encontramos la “corriente progresista”. Inspirada por el pontificado reformista de Francisco, abre debates sobre temas tradicionalmente censurados como el celibato sacerdotal, el rol de las mujeres o la homosexualidad.

Propone además una visión de la Iglesia cercana a los pobres, periférica, ecológica y con más participación laical. Un verdadero diálogo intercultural en donde se haga “inclusión de los excluidos”. 

Dentro de este bloque, pero con una identidad propia, se encuentran los “bergoglianos”. Estos son Cardenales que en su mayoría fueron nombrados por Francisco por lo que respaldan la política eclasial de su Pontificado. Aún así, se trata de un bloque diverso donde se encuentran tanto miembros reformistas como conservadores en lo doctrinal, pero bajo el eje transversal de apoyar las transformaciones dadas por el último Pontífice. 

Entre los principales cardenales a continuar con este rumbo están Luis Antonio Tagle (Filipinas – 67 años),  Matteo Zuppi (Italia – 69 años) y Stephen Brislin (Sudáfrica – 68 años).

Por otro lado, la “corriente moderada” refiere al punto medio entre tradición y renovación. Si bien reconoce las reformas impulsadas por Francisco, no busca desafiar las estructuras doctrinales tradicionales. Se trata entonces de un modelo que busca contener las tensiones internas aunque sin frenar el cambio. 

Dicho de otro modo, son los “prudentes” que comprenden la necesidad de la transformación pero temen sacrificar la unidad de la Iglesia y que se pierda la identidad del mensaje divino. Entre este sector destacan nombres como el de Pietro Parolin (Italia – 70 años), Mario Grech (Malta – 68 años) y Pierbattista Pizzabella (Italia – 60 años)

Por último tenemos a la “corriente conservadora”. Su foco está puesto en la preocupación que les ha significado el camino tomado por Francisco, a quien acusan de ambigüedad doctrinal y de debilitar la autoridad papal. Ellos defienden a rajatabla la liturgia tradicional, la enseñanza moral intransigente y la ortodoxia, lo que los lleva a rechazar firmemente el sacerdocio femenino, la moral sexual y el diálogo con ideologías seculares, por lo que su fin es recuperar una Iglesia militante y contracultural que resista las presiones del mundo moderno y reafirme la autoridad de Roma.

Entre sus máximos exponentes están Gerhard Müller (Alemania- 77 años), Peter Erdö (Hungría – 72 años), Robert Sarah (Guinea – 79 años) y Fridolin Ambongo Besungu (República Democrática del Congo – 65 años)

Así las cosas, lo cierto es que ninguna de estas corrientes llega con una mayoría automática, por lo que la negociación se volverá crucial en esta etapa,  y quien salga por el balcón del Vaticano se enfrentará con grandes desafíos tanto internos como externos, en un mundo que lo observa con expectativa, escepticismo y necesidad de guía.


Imagen | AP Photo/Alessandra Tarantino

Los próximos desafíos

Ser Papa no es una tarea sencilla, y mucho menos  en épocas de grandes confrontaciones. El próximo Sumo Pontífice tendrá a cargo una doble misión que abarca el plano espiritual como el de la diplomacia.

Históricamente, la Santa Sede ha actuado como árbitro y mediador en distintos conflictos. Un ejemplo de relevancia fue la intervención de Juan Pablo II como mediador entre Argentina y Chile por el “Conflicto del Beagle”, evitando así que ambas naciones se enfrentaran con el uso de las armas. Por lo que, frente a un mundo que sigue siendo un lugar hostil, el próximo Pontífice hereda una agenda compleja, encontrándose en primera plana de la misma el conflicto entre Ucrania y Rusia, sobre el cual Francisco ya había sido bastante crítico, invitando a las partes a sentarse a negociar.

Situación similar sucede con el conflicto entre Israel y Palestina. Durante el último tiempo, Francisco fue muy duro con el Primer Ministro israelí Benjamín Netanyahu, dejando entrever incluso la posibilidad de que se estuviera cometiendo un genocidio en Gaza. Ante esto, las relaciones entre la Santa Sede e Israel se vieron desgastadas hacia el final de la vida del Sumo Pontífice. Su sucesor tendrá la difícil tarea de posicionarse entre las partes —y ante la comunidad internacional— como un actor que pueda mediar en el conflicto y llevar un poco de alivio a Oriente Medio.

Y, en medio del conflicto en Medio Oriente, otro desafío crece: el aceleramiento del éxodo de cristianos de ciudades bíblicas de relevancia como lo son Jerusalén y Belén, debilitándose su presencia en las tierras de las tres grandes religiones monoteístas; por lo que la figura del nuevo Pontífice será clave para mantener la llama viva de la fe en sus tierras natales.

Otro frente geopolítico clave es China. Las relaciones entre la Santa Sede y Pekín han sido siempre complicadas, aunque desde la llegada de Francisco estas habían tomado un rumbo más o menos claro. En el año 2018 se arribó a un acuerdo mediante el cual sería el Vaticano quien nombrara a los Obispos en China. Este convenio, que trae consigo la expansión del catolicismo a millones de fieles en Asia y el “stand-by” de una relación por demás tensa, fue renovado en el año 2020, 2022 y 2024.

Desde Pekín, pero especialmente por parte de los católicos del país, se prestará especial atención al próximo Cónclave pues, del resultado dependerá que estos acuerdos continúen vigentes o que, por el contrario, se vuelva a la confrontación que los ha caracterizado.


Imagen | Infobae

Asimismo, el diálogo interreligioso fue otro de los pilares del pontificado de Francisco y, en un mundo cada vez más intolerante, será vital para la vida de la Iglesia la postura que tome quien salga de la Capilla Sixtina con los atributos papales. Durante el último pontificado se tomaron acciones muy concretas para profundizar los vínculos no solo con otros credos dentro del cristianismo, sino también con referentes del Islam y del Judaísmo. El quid de la cuestión se centra en la disyuntiva de profundizar aún más esos lazos o si se tomará distancia. Está decisión será clave para hacer frente a los crecientes discursos de radicalización, terrorismo o persecución religiosa.

Tampoco podemos olvidar el crecimiento exponencial del catolicismo en África que choca con un contexto claro de inestabilidad política, conflictos armados, pobreza y violencia religiosa en la región. ¿El reto? No caer en paternalismos ni politizar la misión de evangelización, a la vez que deberá combatir el aumento de la secularización y pérdida de influencia en Europa y América del Norte.

Y por si fuera poco, a los desafíos externos se le deben sumar los de índole internos. A pesar del impulso reformista de Francisco, los escándalos financieros y los abusos sexuales siguen afectando la credibilidad eclesial. Así, los malos manejos económicos llevaron, por ejemplo, a que el Cardenal Angelo Becciu fuera condenado a cinco años y medio de prisión, y que Francisco le quitara el derecho a participar del Cónclave, aunque fue él mismo quien, luego de asegurar que el Sumo Pontifice nunca había tenido la voluntad de excluirlo, terminara renunciando algunos días antes.

Por otro lado, el flagelo de los abusos cala hondo dentro de la Iglesia. Aunque Francisco fue bastante duro con aquellos ministros religiosos acusados de abusos sexuales, llegando a aceptar la renuncia al Colegio Cardenalicio del Cardenal Theodore McCarrick, en un intento de limpiar la institución, la problemática continúa.

Uno de los últimos casos es el del ex Obispo de San Rafael (Mendoza, Argentina), quien fuera denunciado en febrero de este año y que días después presentara su renuncia. Este no es otro caso aislado, y el próximo en ocupar el lugar de Pedro debe saber que deberá enfrentarse a la estructura de encubrimiento y complicidad existente, y luchar contra la resistencia por parte de quienes eligen mirar hacia otro lado.


Imagen | Foreign Policy

La muerte de Francisco y el cónclave de 2025 llegan en un momento de alta tensión, atravesado por guerras abiertas como Ucrania y Gaza, un orden multipolar inestable, desafíos migratorios inminentes, el avance de regímenes autoritarios; como también las profundas presiones de la Iglesia por su configuración futura.

El nuevo líder de la Iglesia podría jugar un rol fundamental como actor de «soft power» para alcanzar paz y estabilidad global, sobre todo si mantiene el estilo comunicativo y diplomático de Francisco, ya que su legitimidad no proviene de armas ni de dinero, sino de una autoridad moral transversal en un mundo que desconfía de la clase dirigente.


Victoria Repullés (Aregntina): Abogada por la Universidad de Mendoza. Lider del Área de Relaciones Institucionales, ex Líder de Redacción y Podcast.

Francisco Sánchez Giachini (Argentina): Abogado por la Universidad de Mendoza. Editor, columnista y podcaster en Diplomacia Activa.

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