La ilusión del poder alemán en Europa
Por Lautaro Bermúdez
Desde la invasión rusa a Ucrania, la seguridad europea volvió al centro del debate geopolítico. Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y su escepticismo hacia la OTAN, el viejo continente enfrenta una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si Washington decidiera retirarse como garante de la seguridad europea? En este contexto, Alemania, la mayor economía del bloque, comenzó a plantearse un rol activo en defensa, y no son pocos los analistas que claman por un liderazgo alemán en Europa.

El nuevo canciller Friedrich Merz promete fortalecer la autonomía estratégica de Europa y apuntalar la defensa de su país, pero los obstáculos estructurales, políticos e históricos que enfrenta Alemania hacen que este objetivo sea poco realista. A pesar de su poderío económico (en jaque desde 2022), Berlín sigue dependiendo del paraguas de seguridad estadounidense, la Unión Europea carece de una capacidad militar unificada y los equilibrios de poder dentro de Europa dificultan cualquier intento de liderazgo alemán en defensa.
Más aún, un intento fallido de una Europa autónoma con Alemania al mando podría no solo generar tensiones con EE.UU, sino también acelerar el ascenso de la extrema derecha dentro de Alemania, poniendo en riesgo la estabilidad del continente.
Aumentar el gasto en defensa no convierte automáticamente a un país en una potencia militar. A pesar de las promesas de modernización y los anuncios de inversión, la realidad es que la Bundeswehr sigue siendo un ejército con serias deficiencias. Durante años, Alemania no invirtió lo suficiente en sus fuerzas armadas, y las consecuencias son evidentes: escasez de municiones, vehículos de combate obsoletos y una capacidad de despliegue limitada.
Sin embargo, el problema no es solo presupuestario, sino doctrinal. Desde el fin de la Guerra Fría, Alemania evitó asumir un rol militar preponderante en Europa. Su cultura política es profundamente reticente al uso de la fuerza, y cualquier intento de convertir a la Bundeswehr en el pilar de la seguridad europea enfrentaría una fuerte oposición interna.
A esto se suma la realidad industrial: aunque Alemania es un líder en la producción de armamento terrestre y naval, sigue dependiendo de EE.UU en áreas clave como la aviación de combate, los sistemas de defensa antimisiles y la inteligencia militar.

La compra de aviones de combate F-35 estadounidenses, en lugar de desarrollar una alternativa europea, es un claro indicio de que Alemania reconoce sus propias limitaciones. Incluso si Berlín decidiera duplicar su gasto militar, seguiría sin poder sustituir el paraguas de seguridad que EE.UU provee a Europa.
Pero más allá de las limitaciones alemanas, existe un problema estructural aún mayor: la Unión Europea no es un actor soberano en materia de seguridad. Aunque el bloque tiene un peso económico formidable, la fragmentación en materia de defensa le impide actuar con eficacia en momentos de crisis. Cada Estado miembro mantiene su independencia en defensa, lo que ralentiza la toma de decisiones y complica cualquier intento de acción rápida y coordinada.
Los esfuerzos para construir una mayor cooperación militar, como la PESCO (Cooperación Estructurada Permanente) y el Fondo Europeo de Defensa, han avanzado a paso lento. Incluso las misiones conjuntas han sido limitadas y carentes de una estructura de mando unificada. Mientras EE.UU lideró la respuesta militar a la guerra en Ucrania, los europeos mostraron problemas de coordinación y demoras en la entrega de armamento.
Esta falta de cohesión también se refleja en la OTAN. Aunque se habla mucho de fortalecer la defensa europea, la realidad es que los países del bloque siguen dependiendo de Washington para la planificación estratégica, la disuasión nuclear y la logística militar.
En la práctica, la idea de una Europa que pueda defenderse sin EE.UU es más un eslogan político que una realidad operativa. Mientras no se resuelvan estas deficiencias estructurales, la autonomía estratégica europea seguirá siendo una ilusión, y Alemania, a pesar de su voluntad política, no podrá llenar el vacío dejado por Washington.

Límites de un liderazgo alemán en Europa
Alemania es la potencia económica de Europa, pero su papel como líder en seguridad siempre estuvo en duda. La razón principal es que ningún país europeo quiere que Berlín domine también el ámbito militar. Francia, la única potencia nuclear de la UE, no aceptaría ceder su estatus a Alemania. De hecho, París fue uno de los mayores promotores de la autonomía estratégica europea, pero siempre bajo su propio liderazgo.
Otros países, como Polonia, Italia y España, mostraron reticencias a un dominio alemán en seguridad. Varsovia, por ejemplo, prefirió fortalecer sus lazos con EE.UU antes que depender de Alemania, en parte debido a la desconfianza histórica que aún persiste entre ambos países. Italia y España adoptaron posturas más pragmáticas, pero siguen viendo a Berlín como un actor que intenta imponer su visión en la UE sin necesariamente representar los intereses del sur del continente.
Históricamente, Washington buscó evitar la consolidación de una superpotencia rival en Europa. Si Alemania lograra construir un bloque europeo autónomo en defensa, podría empezar a percibirse como un actor que podría competir con EE.UU. en términos de política de seguridad global.
Esto no solo afectaría la relación transatlántica, sino que también podría reconfigurar el equilibrio de poder global en formas que EE.UU preferiría evitar. No hay que olvidar que la vinculación entre Europa y Sudamérica a fines del siglo XIX fue motivo de atención para los estadounidenses en términos de “seguridad hemisférica”.
En su libro «Diplomacia», Henry Kissinger menciona que Theodore Roosevelt estaba preocupado por la posibilidad de que Alemania, una vez consolidada en Europa, pudiera buscar expandir su influencia hacia Sudamérica. Roosevelt temía que esto pudiera poner en peligro el control estadounidense sobre el hemisferio occidental, en línea con la Doctrina Monroe. El cálculo sigue siendo válido al día de hoy.
Además, en un contexto donde la Casa Blanca está enfocando su atención en el Indo-Pacífico y la contención de China, la prioridad de Washington sigue siendo mantener a Europa bajo su órbita estratégica. Alemania tendrá que maniobrar con cuidado para evitar que sus intentos de fortalecer la seguridad europea sean percibidos como un desafío a los intereses de EE.UU. Berlín no sólo enfrenta el escepticismo de sus vecinos europeos, sino que también debe lidiar con la realidad de que su ascenso como líder en defensa podría chocar con los intereses geopolíticos de su principal aliado.
La amenaza interna
Más allá de los desafíos geopolíticos, Alemania también enfrenta un problema interno que podría alterar su rol en Europa: el ascenso de la extrema derecha. Alternativa para Alemania (AfD) emergió como la segunda fuerza política del país, con un discurso nacionalista y euroescéptico que se opone abiertamente a un mayor involucramiento militar en Europa. A diferencia de los partidos tradicionales, el AfD no solo rechaza el liderazgo alemán en defensa, sino que cuestiona los fundamentos mismos de la cooperación europea en seguridad.
Si la nueva coalición entre la CDU/CSU y los socialdemócratas no logra resultados tangibles—como una estrategia clara frente a Rusia y China, una modernización efectiva de la Bundeswehr y una economía estable—el descontento seguirá alimentando el ascenso del AfD.
Esto no solo complicaría la política interna alemana, sino que tendría consecuencias directas en la estabilidad de Europa. Un eventual gobierno de extrema derecha en Alemania podría alterar radicalmente la política exterior del país, debilitando aún más la cohesión europea en seguridad y afectando la relación con EE.UU.
En este contexto, cualquier intento de Alemania por consolidarse como el pilar de la defensa europea enfrenta una doble amenaza: por un lado, la resistencia de sus socios europeos y de EE.UU, y por otro, la creciente influencia de sectores políticos internos que buscan reducir su compromiso con la seguridad colectiva.
Bajo esta realidad, Alemania no tiene la capacidad ni la legitimidad para reemplazar a EE.UU como garante de la seguridad europea, ni liderar el proceso de una autonomía estratégica europea. Su ejército sigue enfrentando problemas estructurales, la UE no es un actor soberano en defensa y los equilibrios de poder dentro de Europa dificultan cualquier intento de liderazgo militar alemán.
Bajo esta realidad, Alemania no tiene la capacidad ni la legitimidad para reemplazar a EE.UU como garante de la seguridad europea, ni liderar el proceso de una autonomía estratégica europea. Su ejército sigue enfrentando problemas estructurales, la UE no es un actor soberano en defensa y los equilibrios de poder dentro de Europa dificultan cualquier intento de liderazgo militar alemán.
Más allá de la retórica sobre la autonomía estratégica, la realidad es que Europa sigue dependiendo de EE.UU para su seguridad. Pretender lo contrario no solo es ingenuo, sino peligroso. En lugar de buscar una independencia militar inalcanzable, Alemania deberá contentarse con fortalecer la cooperación entre los países europeos dentro de la OTAN, asegurando que Europa pueda responder a las amenazas sin socavar la relación con Donald Trump (lo mismo de siempre). La dependencia de EE.UU seguirá siendo inevitable en el corto y mediano plazo, y cualquier intento de romper ese vínculo sin una base estratégica sólida podría resultar más perjudicial que beneficioso.
Lautaro Bermudez (Argentina): Licenciatura en Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de San Martin
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