Democracia: sin fecha de caducidad
Valentina Salovich
Desde hace años se profetiza un fin de la democracia liberal que no llegó. Todo en este mundo tiene su principio y su final ¿la democracia es la excepción?

La tecnología avanza a un ritmo exponencial y, al mismo tiempo, la desconfianza y la pérdida de fe en las instituciones democráticas aumentan año tras año. El politólogo Pierre Rosanvallon, entre otros autores, ha expuesto cómo las democracias modernas enfrentan una crisis de confianza, de participación y de representación, proponiendo alternativas como la democracia participativa y nuevas modalidades de deliberación.
Ante esta realidad, ¿por qué no entender el auge tecnológico como una oportunidad para “salvar” nuevamente a la democracia, reformándola, tal como ha ocurrido en otros momentos de la historia? A pesar de sus altibajos, la democracia ha persistido y evolucionado a lo largo del tiempo. Si logró perdurar adaptándose a las cambiantes necesidades sociales, quizá hoy nos encontremos frente a otro punto de inflexión en el que la tecnología pueda desempeñar un rol clave.
El Índice de Democracia Global elaborado por la Unidad de Inteligencia de The Economist, otorga una puntuación a la situación democrática de cada país, clasificándolos en cuatro categorías: democracia plena, democracia deficiente, régimen híbrido y régimen autoritario. Esta clasificación se basa en el sistema electoral y pluralismo político, las libertades civiles, el funcionamiento de su Gobierno, la participación política y la cultura política. En la última edición, tan sólo veinticuatro países fueron calificados como “democracias plenas”, entre ellos se encuentra Corea del Sur. Un país que pese a ser considerado un modelo democrático consolidado, ha enfrentado grandes desafíos y tensiones en el último tiempo. Este ejemplo deja al descubierto algunas de las limitaciones y tensiones que atraviesa el sistema democrático actual.
La democracia representativa que conocemos hoy surgió como respuesta a las necesidades de sociedades cada vez más complejas. Desde la democracia directa en la antigua Atenas, pasando por las repúblicas tempranas, hasta las democracias liberales contemporáneas, el sistema político ha ido evolucionando.
Si bien en un comienzo solo participaba una élite (hombres, propietarios, libres), con el tiempo se logró la inclusión de prácticamente toda la población en los procesos electorales. Sin embargo, en este sistema representativo, el problema radica en que muchos representantes no parecen encarnar realmente la voluntad del electorado; ¿es culpa de ciertos actores con poder y dinero que sabotean el sistema, o se trata de un problema estructural? Si la democracia ha debido reconfigurarse una y otra vez, ¿por qué no pensar en una transformación más profunda?

La propuesta es imaginar un sistema democrático que prescinda del poder legislativo en su forma tradicional y lo sustituya por mecanismos de consulta directa, principalmente referendos, apoyados en el potencial de la tecnología. De esta manera, la participación ciudadana se incrementaría de forma continua, sin intermediarios que no representen adecuadamente el sentir de la población.
Evidentemente, esto plantea grandes retos: desde la necesidad de contar con infraestructura tecnológica segura y fiable, hasta el riesgo de manipulación mediática o populista. No obstante, muchas de estas problemáticas ya existen en las democracias actuales, y varios países han acumulado experiencia en afrontarlas. La clave sería integrar salvaguardas que reduzcan el impacto de la desinformación y el populismo, a la vez que se refuerzan los mecanismos de deliberación colectiva.
Por otra parte, surge también el interrogante acerca del rol de la oposición en este nuevo esquema. En el modelo democrático tradicional, la estabilidad se ve favorecida por la posibilidad de que fuerzas políticas alternativas puedan acceder al poder en elecciones futuras, lo que garantiza el pluralismo y la renovación.
El mayor desafío, sin embargo, es cultural y educativo. La educación debería reorientarse, no tanto a la mera acumulación de conocimientos (hoy ampliamente disponibles), sino a la formación de ciudadanos críticos, responsables y constructivos. Un sistema educativo que no solo transmita información, sino que enseñe a los individuos a comprender su rol como partícipes activos de la sociedad, a pensar por sí mismos y a cooperar en la resolución de problemas comunes, sentaría la base para una democracia más sólida y resistente a las distorsiones.
Esta idea no es nueva: el filósofo chino Confucio ya resaltaba la importancia del auto-cultivo moral como fundamento para una familia armoniosa, un país ordenado y, por ende, un mundo en paz. Esto implica que desde el gobernante hasta el ciudadano deben tomar el cultivo de sí mismos como base, como sostenía Confucio.
Si bien uno podría pensar que la falta de educación y de ciudadanos comprometidos es un problema contemporáneo, la solución tecnológica podría servir como un incentivo para mejorar esta situación, ya que al otorgar mayor responsabilidad a la ciudadanía se hace más evidente la necesidad de contar con individuos bien informados.
La pregunta no es si la democracia puede transformarse, porque la historia muestra que siempre lo hace, sino cómo y hacia dónde. La tecnología ofrece herramientas que, bien empleadas, podrían acercarnos a una participación más directa, informada e inclusiva.
A su vez, una revolución educativa, orientada hacia la formación de mejores ciudadanos, podría preparar el terreno cultural e intelectual necesario para sostener ese cambio. Es en esa confluencia entre el potencial tecnológico y la evolución cultural donde podría hallarse la siguiente etapa de la democracia.

En última instancia, la transición hacia un modelo democrático apoyado en la participación directa y la tecnología no puede entenderse sin considerar las brechas digitales y las desigualdades de acceso. Antes de poder implementar con eficacia mecanismos digitales masivos de participación, es necesario garantizar que todos los ciudadanos, independientemente de su origen socioeconómico, nivel educativo o ubicación geográfica, tengan acceso a las herramientas tecnológicas y a la conectividad básica. Sin ello, cualquier intento de democratización digital corre el riesgo de exacerbar desigualdades existentes, creando una élite aún más reducida que controle la agenda política.
Además de la inclusión tecnológica, otro aspecto fundamental es la transparencia. El uso de algoritmos para procesar votos, clasificar propuestas o presentar información requiere la creación de sistemas auditablemente justos, libres de sesgos y manipulaciones. Esto implica establecer estándares internacionales, regulaciones claras y órganos de supervisión independientes, capaces de monitorizar el funcionamiento de estas nuevas formas de participación.
Al mismo tiempo, sería ingenuo creer que la tecnología, por sí sola, resolverá todos los problemas del sistema democrático. La cultura política, la ética pública y el compromiso ciudadano siguen siendo pilares centrales. Por eso, la reforma educativa propuesta no es un mero complemento, sino la columna vertebral de esta transformación. La construcción de una ciudadanía crítica y activa, capaz de navegar con responsabilidad el mar de información disponible, es un requisito previo para que estas herramientas tecnológicas no se conviertan en meros espejismos.
Para concluir, lo planteado no pretende erigirse como una respuesta definitiva, sino como una posible dirección hacia la próxima etapa de la democracia. La tecnología no debe interpretarse solo como una amenaza, sino como una herramienta que, con la preparación cultural adecuada, una infraestructura tecnológica sólida y un firme compromiso ético, puede contribuir a revitalizar y enriquecer la participación política.
Considerar estos escenarios, así como otros futuros modelos, nos permite comenzar a reorientar a las sociedades actuales hacia una transición que, al tener en cuenta a todos sus miembros, pueda extender sus beneficios de manera más equitativa y universal. Como la historia ha demostrado, las democracias se transforman constantemente, y hoy contamos con recursos capaces de acercar la toma de decisiones a la ciudadanía, impulsando así la construcción de un mundo más justo, inclusivo y consciente de sus desafíos.
Valentina Salovich (Argentina): Estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad Torcuato Di Tella. Redactora en Diplomacia Activa.
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