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Brasil, el campeón mundial de la transición energética

Por Candela Molina

Mientras el mundo acelera su transición energética y las grandes potencias compiten por asegurar recursos estratégicos, Brasil comienza a ocupar un lugar cada vez más central en el tablero global. En un escenario donde Estados Unidos y China priorizan sus intereses materiales por encima de las afinidades ideológicas, el gigante sudamericano emerge como una potencia capaz de combinar recursos críticos, capacidad industrial y proyección geopolítica.

El 8 de abril de 2026, en el marco del debate sobre la explotación de tierras raras, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, acusó a Flávio Bolsonaro, candidato de la derecha, de pretender “vender Brasil” a los Estados Unidos. La declaración no es menor: ocurre cuando la empresa Serra Verde, única productora y comercializadora brasileña a escala de tierras raras, acordó un financiamiento estadounidense de 565 millones de dólares para ampliar su mina en Goiás.

El involucramiento de Estados Unidos en sectores vinculados a recursos críticos dista de ser novedoso. Sin embargo, este caso revela una dinámica más compleja, desde que ha suavizado la confrontación frente a un gobierno ideológicamente distante. En este contexto, surge la pregunta: ¿Por qué Washington mantiene una relación cordial con Brasilia? La respuesta descansa en la centralidad de los recursos naturales bajo soberanía latinoamericana. Las relaciones entre ambos estados dan cuenta de una aplicación selectiva de la proyección hemisférica basada en la Doctrina Monroe: menos guiada por afinidades políticas y más orientada a la obtención de ventajas relativas materiales.

La explicación teórica se funda en el neorrealismo, particularmente en la obra de Kenneth Waltz (1979), quien sostiene que la política internacional sólo puede comprenderse a partir de una perspectiva sistémica, que da sentido a las relaciones interestatales. El orden actual se rige por una estructura moldeada por: el principio de la anarquía, entendida como ausencia de un gobierno superior, y la distribución de las capacidades materiales entre los Estados. En este marco, la estructura condiciona los esquemas de conducta de las unidades y determina recompensas y castigos. Sus bases determinan que el fin de todo estado es la supervivencia y lo que impulsa a los Estados a acumular poder relativo.

Desde esta perspectiva, ante una distribución de poder percibida como desfavorable, particularmente frente al ascenso de China, Estados Unidos tiende a reorientar su política exterior hacia el hemisferio occidental, buscando reforzar su posición mediante recursos estratégicos y vínculos regionales. Así lo explica John J. Mearsheimer (2001), las grandes potencias buscan maximizar poder y asegurar su hegemonía regional, impidiendo la emergencia de rivales en su vecindario. De este modo, Estados Unidos blinda su zona de influencia ante una competencia global desenfrenada.

Tomando como punto de partida la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) enunciada por la Casa Blanca en Noviembre de 2025, la hipótesis antedicha encuentra fundamento en varios de sus puntos. A saber, la misma procura el fortalecimiento de las cadenas de suministro críticas en el hemisferio occidental para reducir las dependencias y mejorar la resiliencia económica de América (ESN, 2025, p. 17). Brasil se posiciona como un actor relevante por sus abundantes reservas de minerales estratégicos, incluidas las tierras raras, cuyo dominio global continúa concentrado en China pero donde el primero ocupa el segundo lugar. La relevancia de este recursos reposa en su naturaleza insustituible para el desarrollo tecnológico contemporáneo. Específicamente, las tierras raras son insumos críticos en la fabricación de semiconductores, baterías, turbinas eólicas, vehículos eléctricos, sistemas de defensa y dispositivos electrónicos avanzados. Su disponibilidad condiciona las capacidades de los estados en los planos industrial, económico y militar. En un periodo de transición energética y competencia tecnológica, el acceso estable a estos minerales se ha convertido en un factor estructural de poder.

También como parte de la ESN, el presidente estadounidense formuló el denominado “Corolario Trump”, que plantea la reafirmación y aplicación de la Doctrina Monroe con el objetivo de restaurar la primacía de Estados Unidos en el hemisferio occidental, proteger su territorio y asegurar el acceso a espacios geográficos estratégicos en la región. En esta línea, se propone impedir que competidores extrahemisféricos desplieguen fuerzas o capacidades amenazantes, así como que adquieran o controlen activos estratégicamente vitales en el hemisferio. En un sistema internacional decididamente anárquico, atravesando una fase en donde la interdependencia se ha convertido en una fuente de vulnerabilidad, el interés del presidente es evidente: estabilizar la cadena de suministro crítica al tiempo que recupera los espacios conquistados por China. En relación a Brasilia, y a las tierras raras en particular, Washington pretende asegurarse un suministro sostenido que contribuya al afianzamiento de su superioridad tecnológica con respecto a Pekín. Esto sólo se vuelve posible si dispone de amistades materialmente dotadas a quien pueda recurrir.

De forma similar, la ESN explica que los vínculos creados entre Estados Unidos y sus socios beneficiarán a ambas partes, al tiempo que dificultarán que competidores extrahemisféricos aumenten su influencia en la región. En relación con Brasil, la estrategia estadounidense apunta a erosionar gradualmente el estrecho vínculo que el país ha consolidado con China en numerosos ámbitos. Según datos oficiales del Ministerio de Relaciones Exteriores, China es el principal socio de Brasil desde 2009. De poco más de 3 mil millones de dólares a comienzos de los años 2000, el comercio se multiplicó varias veces y alcanzó, en 2025 —por décimo año consecutivo—, su valor más alto en la historia, sumando 170,9 mil millones de dólares. De ese monto, 100 mil millones corresponden a exportaciones brasileñas hacia China.

Adicionalmente, las relaciones bilaterales trascienden el ámbito comercial, en abril de 2023, durante su anterior mandato, el presidente Lula da Silva realizó su tercera visita de Estado al país asiático. La visita resultó en la declaración conjunta más completa emitida por ambas naciones, demostrando la multidimensionalidad de los intereses compartidos. Se firmaron 15 actos de gobierno y se anunciaron 32 acuerdos comerciales, en áreas como energías renovables; industria; automotriz; agroindustria; líneas de crédito verdes; tecnología de la información; salud; e infraestructura. En noviembre de 2024, el presidente Xi Jinping realizó una visita de Estado a Brasil, marcando el punto culminante de las conmemoraciones del cincuentenario de las relaciones diplomáticas. Las relaciones se elevaron al nivel de “Comunidad de Futuro Compartido por un Mundo más Justo y un Planeta más Sostenible”. Finalmente, en mayo de 2025, Lula realizó una nueva visita de Estado a China, la segunda en su actual mandato. Se firmaron y anunciaron 36 nuevos instrumentos bilaterales, en una gran extensión de áreas.

En términos generales, contener el avance chino en la región representa una condición esencial para asegurar los objetivos norteamericanos. El hecho de que el principal rival de la Casa Blanca haya afianzado vínculos tan estrechos con el estado más poderoso de Sudamérica significa una potencial amenaza, que de no ser detenida puede convertirse en una verdadera limitación. 


Campeón mundial en energías renovables

Otro punto esencial en el análisis del posicionamiento de Brasil en el hemisferio occidental es el rol que ocupa como uno de los líderes mundiales en energías renovables. Su matriz energética es una de las más limpias del mundo. Según datos del Energy Institute (2023), casi la mitad de la energía consumida en el país (49%) proviene de fuentes renovables.

Los incentivos por transformar las fuentes energéticas convencionales en no convencionales comenzaron en un estadío temprano con respecto al resto. Así lo explicó Eduardo Uziel, Encargado de Negocios de la Embajada de Brasil en Argentina. Parafraseando sus palabras, la transición energética en su país comenzó en la década de 1970: “(…) en 1973, el gobierno de Brasil era una dictadura que, a pesar de sus errores, pudo notar el dramático impacto de la crisis petrolera. El país era muy dependiente y en 1974 fue cuando empezamos el programa del etanol. Hoy, 98% de la flota de vehículos brasileña es híbrida, es decir, puede utilizar tanto nafta como etanol”. Este patrón se mantuvo constante, desde aquella época los gobiernos de Brasil están convencidos de que es muy necesario reducir la dependencia de combustibles fósiles. “Hay una consciencia de la necesidad de  invertir en energías limpias, queremos creer que somos parte de la solución y no de la crisis”. 

Este posicionamiento adquiere una relevancia adicional si se considera que, incluso bajo administraciones estadounidenses que han manifestado escepticismo frente a la agenda climática —como la de Donald Trump—, las energías renovables no dejan de ser concebidas como un recurso estratégico. Más allá de las diferencias discursivas, su valor radica en su contribución a la seguridad energética, la diversificación de matrices y la reducción de dependencias externas. En este sentido, Brasil no solo ofrece abundancia de recursos críticos, sino también capacidades concretas para una transición energética funcional y a gran escala. Esta doble condición —proveedor de insumos estratégicos y referente en energías limpias— refuerza su centralidad en la arquitectura hemisférica emergente.

En conclusión, un breve análisis del vínculo entre Estados Unidos y Brasil retrata que las afinidades ideológicas ceden ante la primacía de los intereses materiales. La Estrategia de Seguridad Nacional presentada por Washington a fines de 2025 refleja una reorientación de su política exterior hacia el hemisferio occidental, centrada en la seguridad de las cadenas de suministro, el acceso a recursos estratégicos y la reafirmación de su influencia regional. En este marco, Brasil se consolida como un socio clave: no solo por su capacidad de proveer minerales críticos —en particular tierras raras—, sino también por su desarrollo en energías renovables, que contribuye a la seguridad energética. Como sugiere Kenneth Waltz, en un sistema anárquico donde la seguridad no está garantizada, los Estados actúan guiados por la necesidad de supervivencia. Bajo esta lógica, la acumulación de capacidades materiales se impone sobre las afinidades políticas, reafirmando que el poder —y no la ideología— continúa siendo el principio ordenador de las relaciones internacionales.


Candela Molina (Argentina): Licenciada en Relaciones Internacionales, estudiante de la carrera de Derecho y candidata a la Maestría en Política y Economía Internacionales en la Universidad de San Andrés. Columnista en Diplomacia Activa.

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