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El dragón recuerda pero también advierte

Por Axel Olivares

En el 80° aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, China convierte la memoria histórica en un escenario de poder. Entre desfiles militares y alianzas estratégicas, Pekín busca enviar un mensaje directo a Occidente: su liderazgo en el nuevo orden mundial es ineludible.

En 2025, el mundo conmemora ocho décadas del fin de la Guerra más devastadora que vivió la humanidad. Cada nación involucrada recuerda al conflicto desde su perspectiva y con sus propios fines, ya sea para rememorar los esfuerzos de sus veteranos para enfrentar a la tiranía del nazismo, desenterrar símbolos de la historia con el fin de reanimar la identidad nacional o tener una razón para demostrar todo su poderío militar ante los ojos del mundo.

En busca de lograr todos esos objetivos a la vez, este 3 de septiembre, la Plaza de Tiananmén será escenario de uno de esos eventos; para China, uno de los más importantes de la agenda política y militar en 2025. El gigante asiático desplegará un desfile conmemorativo por el 80° aniversario de la victoria en la guerra contra Japón en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. La fecha recuerda la rendición formal de Japón en 1945, un acontecimiento que marcó el fin de ocho años de ocupación y conflicto en el territorio chino, así como el cierre definitivo de la guerra en el frente asiático.

El gobierno chino ha destacado que la ceremonia busca reafirmar un mensaje de paz y justicia. Según Wu Zeke, alto oficial de la Comisión Militar Central, “el desfile demostrará que la victoria de hace 80 años fue un triunfo de la justicia sobre el mal, de la luz sobre la oscuridad y del progreso sobre la reacción”. En palabras oficiales, el evento también servirá para “demostrar que el país defiende la paz y defenderá firmemente la equidad y la justicia internacionales”.

El programa contempla una duración de aproximadamente 70 minutos, divididos en dos etapas: una revisión militar encabezada por el presidente Xi Jinping y una marcha de tropas a lo largo de la avenida Chang’an. Participarán 45 formaciones y escalones, con la presencia de tropas a pie, banderas de batalla, columnas de armamento y escuadrones aéreos. Se desplegarán decenas de miles de efectivos, más de un centenar de aeronaves y cientos de sistemas terrestres.


Ilustración | The International Chronicles

Entre los equipos que se exhibirán destacan tanques de nueva generación, aviones de cuarta generación, sistemas antidrones, misiles hipersónicos, armas de energía dirigida y sistemas de interferencia electrónica. Buena parte de este arsenal hará su debut público, con el objetivo de mostrar —como señaló Wu— la “fuerte capacidad de las fuerzas armadas chinas para adaptarse al desarrollo de la ciencia y la tecnología y la evolución de las formas de guerra, y para ganar guerras futuras”. El desfile también marcará la primera aparición oficial de la nueva estructura militar del Ejército Popular de Liberación (EPL), producto de las reformas impulsadas por Xi Jinping.

La cita adquiere una relevancia diplomática de primer orden debido a la lista de invitados internacionales. Entre polémicas presencias y ausencias que se hacen escuchar, el acto promete causar revuelo en medio del contexto internacional actual.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de China confirmó la asistencia de 26 jefes de Estado y de gobierno. La lista refleja la actual configuración de las alianzas internacionales de Pekín: amplia representación de Asia Central, del Sudeste Asiático y de países bajo sanciones occidentales. Entre los presentes figuran el presidente bielorruso Alexander Lukashenko, el presidente indonesio Prabowo Subianto, el presidente iraní Masoud Pezeshkian y el jefe de la junta militar de Myanmar, Min Aung Hlaing, cuya presencia resulta llamativa dada su escasa actividad internacional. También estarán presentes líderes de Vietnam, Malasia, Pakistán, Serbia y Eslovaquia.

En contraste, la Unión Europea tendrá una representación mínima: solo asistirán el primer ministro eslovaco, Robert Fico, uno de los más allegados al frente oriental, y el presidente serbio Aleksandar Vučić, quien equilibra su aspiración de adhesión a la UE con la cercanía a Moscú y Pekín. Ningún líder de Europa Occidental estará presente.

Las diferencias respecto al desfile de 2015 se hacen notar. Hace una década, China había logrado reunir a una mayor cantidad de líderes europeos, además de representantes de varios puntos occidentales y la entonces presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye. Este año, por el contrario, Corea del Sur estará ausente, mientras que Corea del Norte será un actor estelar con la histórica presencia de Kim Jong Un, quien nunca antes había asistido a un acto multilateral de esta naturaleza.

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Sin duda, los dos invitados más relevantes serán el presidente ruso, Vladimir Putin, y el líder norcoreano, Kim Jong Un. Ambos compartirán por primera vez escenario junto a Xi Jinping en un evento público de esta magnitud. La asistencia de Kim representa la primera visita de un líder norcoreano a un desfile militar en China desde 1959 y supone un giro respecto a su habitual preferencia por encuentros bilaterales discretos.

Putin, por su parte, llega a Pekín en medio de un creciente aislamiento diplomático tras la invasión de Ucrania y con una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional. China, considerada su socio estratégico, ofrece un espacio donde Moscú no solo encuentra respaldo político, sino también oportunidades para fortalecer sus lazos económicos y militares.

La confluencia de estos tres líderes ha alimentado las especulaciones sobre una posible celebración de una cumbre trilateral entre China, Rusia y Corea del Norte. Si bien los vínculos entre Moscú y Pyongyang se encuentran en auge desde 2022, las relaciones entre China y Corea del Norte habían mostrado signos de enfriamiento. La cita en Pekín podría reactivar una coordinación entre estas tres potencias nucleares que más allá de su cercanía, su aversión por Occidente les ofrece una causa para unir fuerzas.

La eventual reunión entre Xi Jinping, Vladimir Putin y Kim Jong Un se produce en un escenario global marcado por dos focos de tensión. El primero es la guerra en Ucrania, que tras más de tres años de combates las negociaciones para ponerle fin al conflicto se encuentran en un punto muerto. Pese a múltiples reuniones, las posiciones de Kiev y Moscú siguen irreconciliables, mientras que Occidente mantiene sus sanciones contra Rusia y descarta concesiones significativas. No obstante, a medida que Rusia se ha aislado cada vez más del hemisferio occidental, el Kremlin ha entretejido sigilosamente lo que algunos analistas llaman el “Eje de la Agitación” junto a líderes de otros países marginados por su autoritarismo, entre ellos Irán y Myanmar. Ambas naciones darán su presente en el desfile para reencontrarse con Putin y así, reforzar la percepción de un bloque alternativo. El segundo foco es la intensificación de la guerra comercial entre China y Estados Unidos. Desde el regreso de Donald Trump a la presidencia en enero de 2025, Washington ha elevado aranceles a múltiples sectores clave de la economía china, justificando las medidas con la presunta necesidad de proteger la industria estadounidense. Pekín ha respondido con represalias equivalentes, lo que ha deteriorado aún más una relación ya marcada por disputas sobre tecnología, seguridad en el mar de China Meridional y la cuestión de Taiwán.

Asimismo, el dragón rojo ha observado con detenimiento la tensión entre su principal rival y sus supuestos aliados. Cada reunión, cada apretón de mano entre Donald Trump y algún representante ha estado más condicionado por el temor de represalias arancelarias que por la voluntad de conformar una alianza basada en valores compartidos; este es un detalle que a China no se le escapa.

En este contexto, el desfile es una oportunidad para China de enviar un mensaje a Estados Unidos, Xi Jinping puede lograr lo que Donald Trump no: conformar una alianza entre potencias basada en ideales  rectores, sin la necesidad de aplicar medidas extorsivas.

No obstante, dentro del triángulo conformado por China, Rusia y Corea del Norte, las dos potencias más débiles económicamente no están exentas de intereses para conformar un gran bloque regional.  


Ilustración | Stephen Kelly
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A lo largo de su historia, la diplomacia de Corea del Norte se ha basado en la llamada bandwagoning, es decir, la estrategia de alinearse a Estados fuertes para garantizar su protección y de algunos beneficios diplomáticos. Aun así, a diferencia de otras naciones que se refugian bajo las alas de Rusia o China, Corea del Norte ha ganado su lugar en la mesa junto a sus dos socios por la capacidad defensiva que adquirió con el desarrollo de armamento nuclear. De todas formas, Pyongyang sigue dependiendo plenamente de sus vecinos para subsistir.

Mientras tanto, Rusia no solo no quiere sino que tampoco puede soltarle la mano a China. En 2025, las sanciones impuestas por Europa comenzaron a surtir efecto en el PIB del país. Asimismo, el abandono de multinacionales, el excesivo gasto público destinado a Defensa, la fuga de cerebros y la quiebra de empresas nacionales están desmoronando la economía rusa. Esto lo afirma ni más ni menos que el ministro de economía ruso, Maxim Reshetnikov, quien aseguró durante el Foro Económico Internacional de San Petersburgo que “a juzgar por la percepción actual de las empresas y los indicadores, me parece que ya estamos al borde de una recesión”.

Bajo este panorama adverso, China se ha convertido en un socio económico clave para Rusia. Como consecuencia de la caída de la demanda energética desde Europa, China pasó a ser el principal destino de sus hidrocarburos. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, las exportaciones rusas a China se incrementaron en un 63%, mientras que las importaciones chinas han ayudado a reforzar la economía de Moscú durante la guerra. Asimismo, ambos países han colaborado mutuamente en materia de Defensa. China le ha servido a Rusia desde las sombras, proporcionando tecnología militar a cambio de crudo para el país asiático.

Como conclusión, el desfile del 80° aniversario del Día de la Victoria en Pekín será mucho más que una ceremonia militar. Al mismo tiempo que rinde homenaje a los sacrificios de millones de chinos en la Segunda Guerra Mundial, el evento se proyecta como un escenario de diplomacia estratégica en el que Xi Jinping, Vladimir Putin y Kim Jong Un podrán mostrar al mundo un aparente bloque unificado.

China, en particular, tendrá una nueva oportunidad para demostrar su creciente capacidad defensiva así como también su poder sobre el hemisferio oriental. En definitiva, Pekín busca converger lo viejo con lo nuevo. Mientras recuerda un capítulo crucial en la historia de China, el gigante asiático refuerza sus intenciones de ganarle la pulseada a Occidente. La ostentación del evento no tiene mayores finalidades que esa: demostrar que las ambiciones por dominar el rumbo de la geopolítica mundial se encuentran más latentes que nunca


Axel Olivares (Argentina): Estudiante de Comunicación Social, Universidad Nacional de Cuyo. Redactor y columnista en Diplomacia Activa.

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