¿Hay futuro en la democracia?
Por Tomas Peña
“Con la democracia se vota, se come, se cura y se educa”. Dicha frase fue esgrimida por el ex presidente Raúl Alfonsín hace poco más de 40 años, luego de la última dictadura en Argentina. No fue solo un artilugio para enaltecer el régimen democrático en un contexto social que demandaba “Nunca Más”, sino que se trató de una promesa que llevaba intrínseca la prosperidad, la igualdad y el bienestar. Vale entonces preguntarse, ¿es la democracia garante per-se de estos atributos?

¿Qué factores determinan la calidad y la rigidez de una democracia? ¿Es la libertad de prensa? ¿División de poderes? ¿Libertad civil y política? ¿El estado de derecho? ¿La incorruptibilidad de los líderes? La definición minimalista de Adam Przeworski es ilustrativa: “La democracia es el sistema donde los partidos pierden elecciones”. Esta premisa, a priori, presupone una transición pacífica del poder y expone, dejando el concepto en disonancia con la realidad, un fenómeno que destaca globalmente y ha sido definido por varios autores como la “crisis de las democracias”: la erosión democrática.
Aproximadamente la mitad del mundo no vive en regímenes democráticos. Y existen erosionadores de las democracias establecidas en el orden mundial. Es decir, líderes que aspiran a perpetuarse en su cargo o que despliegan una serie de estrategias para prolongar su poder e influencia. Analicemos algunas de estas.
Polarización Afectiva
La identidad partidaria se ha agravado en los últimos años. En los años 80 la gente se definía por el auto que usaba o la ropa que vestía. Hoy las señales han virado y quién votamos no solo nos define con más precisión, sino que nos enemista con más vehemencia con nuestro opositor político. La polarización afectiva se ampara en dos máximas del ser humano: la condición gregaria (nos interesa relacionarnos con otros) y la condición tribal (somos irascibles y extremadamente reaccionarios cuando se discrepa sobre nuestros valores más fundamentales).
La irrupción de partidos tanto de extrema derecha como de extrema izquierda, el populismo y el nacionalismo han crecido a gran escala. El Bolsonarismo en Brasil, el Massismo en Bolivia, el Trumpismo en EE.UU. y el Chavismo en Venezuela demuestran el argumento de la polarización. Los que encabezan los “isismos” ya no prestan sumo interés al clásico manual de Anthony Downs sobre el votante mediano porque el centrismo se ha damnificado en detrimento del posicionamiento sobre las puntas. Posición que se ha vuelto identidad y esa identidad partidaria (con argumentable más intensidad en etnonacionalistas de derecha que en populistas de izquierda) reflejan un choque de gente que no solo piensa distinto sino que se cree y siente distinta.
Desigualdad
¿Nos molesta que haya desigualdad en el mundo? A priori, uno se siente tentado a responder que sí. Principalmente, porque la desigualdad es arbitraria. Como en un enorme bolillero, cuando nacemos uno no elige en la región que vive, el país que le toca y la condición social que lo rodea. Asimismo, nos interesa tener una sociedad igualitaria por razones de bienestar general. Es decir, aquellos países más igualitarios, con mayores mecanismos de movilidad social gozan de una consolidación y perpetuación democrática más robusta.
También existen argumentos que respaldan la desigualdad. Parte de la sustancia literaria sobre este tópico indica que a partir de la arbitrariedad, cada quien elige qué hace con los activos que tiene a su favor. Además, el abuso de políticas redistributivas puede significar el desincentivo al trabajo a raíz de que gran parte de la población, al maximizar el beneficio de paquetes de bienes sociales, no se siente obligada a realizar sus aportes.
La desigualdad en América Latina ha crecido en los últimos 90 años. La región mantiene un GINI con un promedio de 0.45. Las reformas estructurales de los 90, auge del liberalismo, explican un sector productivo más dinámico pero a cuestas de otros sectores. El incremento de los precios internacionales y el denominado «giro a la izquierda» han mejorado estas tendencias por las políticas redistributivas que han ido favoreciendo la equidad social. No obstante, como señala Buchardt, la región sigue siendo la más dispar en cuanto al acceso a la educación, salud, energía y telecomunicación.
Este fenómeno social, en conjunto a la insurgencia de la pobreza y la fragilidad institucional nos dan máximas de la erosión democrática a partir de la desigualdad. Este sendero común o patrón versa del siguiente modo: Los países democráticos con alta desigualdad, ven su calidad democrática vulnerada. Esto sucede mediante dos mecanismos: el Nihilismo Institucional y la Polarización partidaria en el electorado. Ambas conducen a acrecentar el riesgo de la erosión democrática.
Estas implicancias no son orgánicas ni mucho menos evidentes. La mecánica parte de que la desigualdad, en regímenes democráticos, dan un sentido generalizado de la falta de oportunidades que hay sobre el sistema. Consecuentemente, se gesta un escepticismo sobre la funcionalidad de las instituciones, la cual los líderes (indistintamente de su color político) capitalizan en su discurso. Esto último contribuye a la polarización partidaria que se entabla en las “grietas” que enfrentan varios vecinos de la región.
El manual de un erosionador
Las bases de la retórica de aquellos políticos erosionadores se ampara en interpelar al elector sobre dos emociones intrínsecas del ser humano: el enojo (bronca coloquialmente) y la indignación moral. La teoría de la evaluación cognitiva sugiere que si la gente es eficazmente convencida de que el ambiente que lo rodea es amenazado por causas humanas y que estas tienen en su génesis la participación de un agente que pretende dañarlo a él y a su grupo identitario, esta persona reaccionará fervientemente.
Desafiar la Constituency, Censurar o limitar a la prensa de la libre expresión, presionar políticamente a los jueces o acusarlos de parcialidad, denegar fuentes de información al público como diarios, estatizar los medios, homicidios extrajudiciales de periodistas, reducción del acceso al voto a sectores de oposición, prohibición de competencia electoral y limitación de cuerpos administrativos electorales son algunas de las estrategias que despliegan los líderes que aspiran a erosionar el régimen democrático. Factualmente, se hace visible en la censura a la prensa de Maduro, AMLO con sus reiteradas acusaciones al INA, el asalto al Capitolio en el último traspaso de poder en EE.UU, la negación de someterse al debido proceso judicial de Jacob Zuma por corrupción, los asesinatos de funcionarios opositores y defensores medioambientales dentro del gobierno de Bolsonaro son, entre varios, ejemplos de la erosión democrática.
Los erosionadores (populistas de izquierda y etnonacionalistas de derecha), no solo atacan a las instituciones, sino también a la cultura de la democracia: las creencias públicas sobre la calidad y el valor del régimen. Intentan convencer al público de que los opositores son corruptos, los jueces son parciales, los burócratas son ineptos, los periódicos mienten a propósito; en resumen, que la esfera pública es de mala calidad y no se pierde mucho si la atacan.
¿Cómo podemos escapar de la erosión democrática? En primer orden, preservando la rendición de cuentas (tanto horizontal como vertical) del régimen para prevenir las extralimitaciones del poder Ejecutivo. Fomentando el fortalecimiento institucional mediante el respeto del poder judicial y la legislatura como grandes contrapesos ante cualquier aspiración autocrática, y respetando la libertad de prensa.
Es menester hacer tres evaluaciones sobre los ejecutivos en cargo (o quienes aspiran a este) que cuentan con tintes autoritarios. Primero, analizar si desafían al orden constitucional. Segundo, ver si imparten el odio a la facción opositora. Tercero, si deslegitimizan a las instituciones. Con ello se podrá comprender si, frente nuestras narices, tenemos a un presidente antidemocrático.
Tomas Peña (Argentina): Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad de San Andrés
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