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Trenes para la integración 

Por Jesús del Peso Tierno

Ni Roma se hizo en un día, ni la mera voluntad borra las fronteras. Al final son las cosas más cotidianas las que facilitan la construcción de los grandes objetivos.

Ilustración | Luca D´Urbino

Hasta el siglo XIX la fiebre imperialista había cegado la visión de los grandes dirigentes europeos, la sed por poseer tierras y recursos se había tornado contra los propios europeos, no había enemigo extranjero que rivalizara con el poder en Europa, ni había aliciente en el exterior por el que seguir apostando. Ahora, la consecución de los nuevos logros pasaba por lastrar el desarrollo de los rivales más próximos: los vecinos con los que compartían fronteras.

Así, Europa sufrió dos grandes guerras en menos de 30 años. Tan grandes Que los estudiosos debieron crear el término de “Guerra Mundial”. Tras ellas, el continente estaba destruido y el progreso alcanzado a lo largo de siglos de desarrollo económico e industrial se había borrado de un plumazo. Además, fruto del Laissez-Faire de entreguerras, el continente estaba siendo amenazado por los regímenes comunistas, los Estados, que competían entre sí por los grandes desarrollos industriales y el acceso a las potentes materias primas que había en su interior pronto se dieron cuenta de algo que no habían querido ver, la competición entre ellos mismos los había debilitado y había favorecido la aparición de dos nuevas super potencias, la Unión Soviética y los Estados Unidos.

El horror de las grandes guerras, y el golpe de realidad de verse tutelados por una potencia externa terminaron por despertar la conciencia comunitaria. Los europeos no podían seguir confrontándose contra ellos mismos. Necesitaban colaborar y entenderse para poder progresar, y fruto de esas nuevas necesidades nacieron la CECA, los tratados de Roma y la posterior Comunidad Económica Europea.

Sin embargo, el continente pasaba por un pequeño gran hándicap con el que sus grandes rivales internacionales no cuentan, la amplísima pluralidad de culturas, idiomas y visiones diferentes ¿El gran reto? Lograr que todos pudieran cooperar o “estar unidos en la diversidad”.

Ilustración | Peter Schrank

De esta forma el pequeño gran proyecto de las sociedades europeas pasaba por comenzar a acercar posturas y eliminar las barreras que habían construido entre ellos. Con el nacimiento de la Unión se consagró el Espacio Schengen y así, la libertad de movimiento entre personas, productos y capitales. El comienzo del intercambio comercial y el movimiento de personas comenzaron a hacer que las sociedades se percatasen de algo que durante mucho tiempo no alcanzaron a ver, que en la cooperación y el diálogo se encontraba la llave al progreso. 

Con esto, los países europeos pronto alcanzaron tasas de crecimiento económico y demográfico abrumadoras, y en pocos años recuperaron el poderío económico perdido años atrás. Sin embargo para que la bicicleta no parase de avanzar, no se podía dejar de dar pedales en la misma dirección. 

La Comunidad Económica Europea pronto se rebautizó y cambió de nombre a la Unión Europea. Una refundación de la asociación entre los primeros 12 países fundadores en la que se comprometían a avanzar hacía unos valores comunes y una voz unida más fuerte. 

Desde entonces, la asociación entre los Estados que la componían dejo de contemplarse únicamente desde el punto de vista comercial, y pasó a significar una serie de valores que se debían respetar y apoyar: la libertad y la unidad, la cooperación y la fraternidad. De esta manera los países se dotaron de unas nuevas instituciones sobre las que seguir poniendo los ladrillos de Europa, tal y como son el Parlamento, el Tribunal Europeo o la Comisión, a través de las cuales se garantizaban respaldar y consensuar sus diferentes puntos de vista sobre los retos comunes.

Ilustración | João Fazenda

Con ello, la instituciones se pusieron manos a la obra con un gran reto entre ceja y ceja, derribar las barreras que aun los separaban, y así, pasaron a construir una maraña burocrática común sobre los pilares del Espacio Schengen.

Sobre la economía como base, comenzaron a acercar a los europeos y comenzó la legislación de la normativa europea para seguir aunando cada vez más, los intereses del continente.

De tal manera se alcanzaron grandes logros, tales como el espacio único europeo (para los vuelos comerciales), se liberalizó por ley la tarifa de los datos móviles en todo Europa (el tedioso roaming) y poco a poco, se fueron alcanzando pequeños triunfos comerciales que aunaban cada vez más a las empresas de estos países. 

Inmersos en ese proceso legislativo se ha llegado hasta el último capítulo en el proceso de la integración, la liberalización de los mercados ferroviarios, la corrección de sus normativas internas y la apertura del mercado al resto de empresas europeas. Esto es la unificación de las vías de Europa en una única maraña ferroviaria. Por ende, cualquier empresa de transporte podrá competir en igualdad de condiciones para explotar las líneas de tren existentes en cualquier otro Estado de la Unión. 

La teoría es fácil y el resultado aún mejor, a mayor competitividad menores costes, y a menores costes mayor movilidad. Lo que supone a fin de cuentas, una mayor integración. 


Jesús del Peso Tierno (España): Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad Rey Juan Carlos de la Comunidad de Madrid.

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