Saltar al contenido

Irán en la mira

Por Luca Nava.

Irán vuelve a quedar en el centro del reordenamiento global. La presión de EE.UU., el sostén pragmático de China y Rusia, y una crisis interna de legitimidad exponen un nuevo paradigma: la disputa por la hegemonía ya no busca ocupar territorios, sino neutralizar sistemas en un mundo en transición.

En el complejo entramado de nuestra disciplina existen Estados cuya supervivencia no solo depende de su cohesión interna, sino de su funcionalidad dentro de un equilibrio global de fuerzas tendiente a la bipolaridad. Lo que pudimos observar en el Golfo Pérsico estos últimos días no es simplemente un episodio más de fricción entre EEUU e Irán, sino un síntoma del reordenamiento sistémico donde la presión sin límites de Washington choca frontalmente con la arquitectura de supervivencia que China y Rusia han ayudado a cimentar en Eurasia.

A fines de enero, el territorio iraní pareció convertirse en el laboratorio de una nueva doctrina estratégica de coacción que combinó un despliegue naval masivo con asfixia comercial, encabezada por la administración Trump. En este nuevo escenario, Irán se ha convertido en el nodo donde se mide la capacidad de resistencia del bloque euroasiático frente a la hegemonía del dólar y la seguridad occidental.

Sin embargo, el factor que distingue esta crisis de las anteriores es la profunda erosión de la legitimidad doméstica del régimen de los Ayatolás. La fragilidad de un sistema que enfrenta niveles de disidencia interna sin precedentes nos lleva a plantearnos si un Estado puede resistir un asedio externo de tal magnitud cuando los pilares de su contrato social están seriamente quebrados. Este conflicto no solo redefinirá el futuro de la región, sino que también revelará la viabilidad de los regímenes teocráticos en un siglo XXI mundializado, hiperconectado y en disputa.


La jugada trumpista.

Para Trump, el asedio a Irán no buscó necesariamente una ocupación territorial (lección aprendida luego de los fracasos en Irak) sino lo que algunos analistas llaman «sumisión estratégica«, es decir, forzar a Teherán a aceptar limitaciones permanentes que lo neutralicen como actor disruptivo. Ahora bien, con la captura de Nicolás Maduro en enero del presente año, la Casa Blanca siente que ha recuperado su patrimonio de credibilidad. En este caso, el hecho comprendió un mensaje pedagógico, donde se infiere que si el sistema internacional no castiga a los regímenes que desafían el orden nuclear y reprimen masivamente a su población, la hegemonía estadounidense se disuelve.

Desde la perspectiva del Pentágono, Irán es el foco central de una red de inestabilidad que abarca desde Líbano hasta Yemen. El objetivo de la «Operación Martillo de Medianoche» y el despliegue del USS Abraham Lincoln fue degradar la capacidad de la Guardia Revolucionaria para proyectar poder. EEUU entiende mejor que nadie que sin el financiamiento y la logística de Teherán, grupos como Hezbollah o las milicias en Irak pierden su capacidad de veto sobre la política regional, permitiendo consolidar los Acuerdos de Abraham y la integración de Israel con el mundo árabe.

Resulta claro que también hay una dimensión histórica en este asedio. La narrativa de Trump apela a corregir lo que considera el gran error estratégico de 1979, de permitir la consolidación de un régimen antioccidental en el corazón energético del mundo. Cuando prometió que «la ayuda estaba en camino» a los manifestantes iraníes, Washington busca restaurar un Irán alineado con Occidente, recuperando un socio clave que hoy es, irónicamente, la principal pieza de China en la región.

Infraestructura de sombra: El paraguas oriental.

Si EEUU proyectó su poderío naval para acortar el margen de maniobra de Irán, China desplegó una «infraestructura de sombra» para evitar que el régimen colapse. Para Beijing, Irán no es solo un proveedor de energía; es el pilar de su seguridad estratégica en Eurasia y un campo de pruebas para la desdolarización global.


El presidente iraní Masoud Pezeshkian y el presidente chino Xi Jinping se estrechan la mano al reunirse en Beijing, China.

A partir de enero de 2026, China dio un paso audaz al integrar plenamente el yuan digital en su sistema bancario tradicional, permitiendo incluso el pago de intereses sobre depósitos en esta moneda. Pero su valor real en el conflicto iraní es su capacidad de circunnavegar el sistema SWIFT. De esta manera, Beijing puede liquidar compras de crudo iraní de forma instantánea y fuera del radar de la OFAC (la oficina de control de activos de EEUU). Al ser una moneda digital de banco central (CBDC), las transacciones no requieren pasar por bancos corresponsales estadounidenses, lo que neutraliza la efectividad de las sanciones de Trump.

Además, parte de estos pagos regresan a Irán en forma de inversión en infraestructura, cerrando un círculo de intercambio de «petróleo por tecnología» que mantiene activa la economía real iraní a pesar del bloqueo. China compra entre el 60% y el 80% del petróleo que Irán logra colocar en el mercado internacional, consolidándose como su principal cliente. Lo hace a través de una compleja red de transferencias de barco a barco en aguas internacionales y el uso de refinerías independientes (las llamadas «teapot refineries») en la provincia de Shandong. Estas refinerías operan fuera de los grandes circuitos internacionales, procesando el crudo sancionado que China registra oficialmente como proveniente de otros países (como Malasia o Emiratos Árabes), burlando así la trazabilidad exigida por Washington.

Sin embargo, el apoyo de Xi tiene un techo claro, lo cual evidencia su pragmatismo. Beijing prefiere la estabilidad antes que una guerra regional que dispare los precios del petróleo y desestabilice sus propias metas de crecimiento para el Plan Quinquenal 2026-2030. En foros como la ONU o la OCS (Organización de Cooperación de Shanghái), China, actúa como el paraguas diplomático de Teherán, bloqueando sanciones multilaterales. Pero al mismo tiempo, Beijing debe presionar a Irán para que no abandone el Tratado de No Proliferación (TNP). China necesita un Irán que resista a EEUU, pero no un Irán nuclear que fuerce una intervención directa de la que Beijing no pueda quedar al margen.

Entre idas y vueltas.

En el transcurso de esta primera semana de febrero de 2026, tras haber caminado por el filo de la navaja, parece que el conflicto ha entrado en una especie de impasse momentáneo. La mutación del conflicto por ahora, parece haber sido la culminación de una narrativa de asfixia que Washington supo sostener con fuerza, pero que al fin y al cabo, no acabó por ahorcar a Teherán.

Lo que comenzó en enero como una movilización naval sin precedentes —la «Armada Gigante» de Trump que evocaba el reciente precedente de Venezuela— fue mutando lentamente de una amenaza de invasión a un sofisticado ejercicio de psicología estratégica. Washington no buscaba necesariamente las ruinas de Teherán; con su sumisión bastaba y sobraba. Y en esa «diplomacia de la extorsión», el factor determinante acabó siendo la fractura invisible que se ensanchaba en las calles iraníes. Un régimen que enfrenta miles de bajas internas por protestas sociales difícilmente puede sostener una guerra regional total sin arriesgar su propia implosión.

Fue en ese punto de fatiga máxima donde la diplomacia tradicional, silenciosa y paciente, encontró su oportunidad. No es casual que la apertura de negociaciones nucleares recientemente, llegara precedida de la mediación pragmática de Turquía y Rusia. Para los Ayatolás, la intervención de estos actores les terminó resultando bastante beneficiosa, al no tener que encarar una rendición formal como tal, sino como un gesto de responsabilidad ante la comunidad internacional.

Fue en ese punto de fatiga máxima donde la diplomacia tradicional, silenciosa y paciente, encontró su oportunidad. No es casual que la apertura de negociaciones nucleares recientemente, llegara precedida de la mediación pragmática de Turquía y Rusia. Para los Ayatolás, la intervención de estos actores les terminó resultando bastante beneficiosa, al no tener que encarar una rendición formal como tal, sino como un gesto de responsabilidad ante la comunidad internacional.


Estados Unidos e Irán se reúnen en Omán para retomar las conversaciones sobre el programa nuclear de Teherán. (Foto: AFP).

Hoy, mientras el USS Abraham Lincoln mantiene su posición, la retórica de la guerra cede su lugar a la técnica de los protocolos. Se ha desescalado el conflicto, sí, pero bajo la sombra de un nuevo paradigma. Si algo queda claro es que en 2026 la diplomacia ya no es el preludio de la paz, sino la consecuencia directa de una coacción que no deja margen para equivocaciones. El futuro de Irán ya no se decide solo en sus centrífugas de uranio, sino en la capacidad de un régimen roto para intentar consolidar una paz que les fue impuesta por la fuerza, mientras intentan al mismo tiempo reconstruir una legitimidad que, a los ojos del mundo, parece irremediablemente rota.

Esto deja una lección fundamental para las RRII de la actualidad: la efectividad de la diplomacia hoy es directamente proporcional a la credibilidad de la fuerza que la respalda. La capitulación táctica de Irán no representa el fin del antagonismo, sino la validación de un nuevo canon donde las grandes potencias ya no buscan la ocupación territorial, sino la neutralización sistémica de sus rivales.

Mientras Washington reafirma su capacidad de imponer condiciones sin disparar un solo misil a gran escala, el eje euroasiático —con China y Rusia a la cabeza— se ve obligado a recalibrar su estrategia de protección hacia sus aliados. En última instancia, la paz que se pueda consolidar no es un punto de llegada, sino un intermedio en una disputa mucho más profunda por la hegemonía del siglo XXI. El mundo puede evitar una guerra regional, pero ha entrado de lleno en una era de una nueva «paz armada», donde la estabilidad es solo la superficie de una tensión estructural que aún sigue latente.


Luca Nava (Argentina): Estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de San Martín. Columnista de Diplomacia Activa.

Deja un comentario

Descubre más desde Diplomacia Activa

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo